"LOS NÁUFRAGOS DE
URABÁ" es una novela
histórica que narra las
peripecias de una aragonesa que participó, a su pesar, en la conquista de América. Paralelamente,
podemos atender a los avatares que en ese tiempo acontecen a figuras como Alonso de Ojeda, Juan de la Cosa, Diego Nicuesa, Francisco Pizarro, Martín Fernández de Enciso, Vasco Núñez de Balboa, Bartolomé de las Casas y Pedro
Arias Dávila, con quienes está íntimamente relacionada la vida de la
protagonista.
Aviso para
navegantes
A finales de los 80, con ocasión de los fastos del V
Centenario del Descubrimiento de América, se volvieron a publicar en España
muchas de las Crónicas referentes a la Conquista del Nuevo Mundo; una verdadera
joya no sólo literaria sino de inapreciable valor histórico. Por razones que no
vienen al caso pasé al menos dos años absorto en la minuciosa lectura de tales
publicaciones, desatándome tal curiosidad apasionada por un tema tan
trascendente que me hizo perseguir cualquier fuente referente a ese
asunto, por perdida que estuviese. De
ese modo encontré por casualidad un manuscrito titulado “Crónica privada”, escrito
por un autor que, enmascarado tras el pseudónimo de Sedetano de Salduie,
evidenciaba a las claras no pertenecer al tiempo de los Cronistas de Yndias. La historia que
narraba me pareció interesante, aunque
no poseía en modo alguno la virtud de la
originalidad. Es más, testimoniaba con meridiana claridad que para elaborar su
redacción había entrado a saco ─yo
diría que, desvergonzadamente─
en imágenes, párrafos e incluso relatos copiados casi literalmente de autores
antiguos o modernos que cualquier aficionado a la lectura o al cine reconocería
al instante; como si solamente hubiese tratado de armar un puzzle, sin más sentido que
el de gozar con el juego. A pesar de
saber que la literatura es una rama más del comercio y que su utilización
plagiaria está protegida por leyes basadas en la inviolabilidad de la propiedad
privada, he decidido colgar en la red la transcripción del manuscrito tal cual
lo hallé, de manera absolutamente pública y sin ningún ánimo de lucro;
únicamente con la intención de satisfacer la ocasional curiosidad de cualquier
hipotético lector al que una historia como la que se narra en esta “Crónica privada” pueda agradarle.
"LOS NÁUFRAGOS DE URABÁ" es una novela histórica que narra las peripecias de una aragonesa que participó, a su pesar, en la conquista de América. Paralelamente, podemos atender a los avatares que en ese tiempo acontecen a figuras como Alonso de Ojeda, Juan de la Cosa, Diego Nicuesa, Francisco Pizarro, Martín Fernández de Enciso, Vasco Núñez de Balboa, Bartolomé de las Casas y Pedro Arias Dávila, con quienes está íntimamente relacionada la vida de la protagonista.
Aviso para navegantes
A finales de los 80, con ocasión de los fastos del V
Centenario del Descubrimiento de América, se volvieron a publicar en España
muchas de las Crónicas referentes a la Conquista del Nuevo Mundo; una verdadera
joya no sólo literaria sino de inapreciable valor histórico. Por razones que no
vienen al caso pasé al menos dos años absorto en la minuciosa lectura de tales
publicaciones, desatándome tal curiosidad apasionada por un tema tan
trascendente que me hizo perseguir cualquier fuente referente a ese
asunto, por perdida que estuviese. De
ese modo encontré por casualidad un manuscrito titulado “Crónica privada”, escrito
por un autor que, enmascarado tras el pseudónimo de Sedetano de Salduie,
evidenciaba a las claras no pertenecer al tiempo de los Cronistas de Yndias. La historia que
narraba me pareció interesante, aunque
no poseía en modo alguno la virtud de la
originalidad. Es más, testimoniaba con meridiana claridad que para elaborar su
redacción había entrado a saco ─yo
diría que, desvergonzadamente─
en imágenes, párrafos e incluso relatos copiados casi literalmente de autores
antiguos o modernos que cualquier aficionado a la lectura o al cine reconocería
al instante; como si solamente hubiese tratado de armar un puzzle, sin más sentido que
el de gozar con el juego. A pesar de
saber que la literatura es una rama más del comercio y que su utilización
plagiaria está protegida por leyes basadas en la inviolabilidad de la propiedad
privada, he decidido colgar en la red la transcripción del manuscrito tal cual
lo hallé, de manera absolutamente pública y sin ningún ánimo de lucro;
únicamente con la intención de satisfacer la ocasional curiosidad de cualquier
hipotético lector al que una historia como la que se narra en esta “Crónica privada” pueda agradarle.
SEDETANO DE SALDUIE
LOS NÁUFRAGOS DE URABÁ
Crónica privada
Para
Mercedes,
mi modo de respirar
…y conocí a la mujer que fue dicha,
que después de ganada la isla
se le quitó al cacique en cuyo poder
estaba, y la vi casada en la Villa de
La Trinidad con un vecino della…
Historia de la conquista de la
Nueva España
Bernal Díaz del Castillo
...si veis una rosa distinta,
deshojadla;
si veis un río distinto,
cegadlo;
si veis un hombre distinto,
matadlo.
Juan Ramón Jiménez
La memoria no resucita nada
más que la vergüenza o la humillación. Sin embargo hay quienes creen que el
esplendor estuvo en el pasado; quizás porque padecen un inicuo presente y
anhelan que la grandeza ilumine su oculto porvenir. De ahí, que el pueblo,
humillado siempre, esté acostumbrado a difundir
rumores que convierten la realidad en ilusiones. Así sucedía en la
península ibérica a principios de 1469 con una letrilla que se tarareaba en
todas las solanas: "Flores de Aragón
dentro en Castilla son", que aludía a los secretos amores entre dos
primos Trastámara: Isabel ─hermanastra de Enrique IV, rey de Castilla─ y Fernando, primogénito de Juan II de Aragón. Un asunto nada
nimio, porque no soplaban buenos vientos para las monarquías ibéricas. La idea
de que la autoridad del rey provenía de la gracia de Dios se había quebrado, al
desaparecer las dinastías legítimas y ocupar su puesto las líneas bastardas.
Como había sucedido en Castilla, un reino de seis millones de habitantes que había
logrado mantener sus arcas saneadas gracias a la producción lanera; cuya dueños
eran una nobleza y una alta clerecía insaciables de privilegios y convencidas
de que, ante el fulgor del oro que atesoraban, la legitimidad divina suponía lo mismo que un
escudo de cartón cubriendo a un espantapájaros.
Como su soberbia les apremiaba
a demostrarlo, los más conspicuos de ellos mandaron levantar un tablado ante
las murallas de Ávila para colocar sobre él una silla en la que se sentaba un enlutado
pelele con corona, espada y cetro. Ante la mirada de la muchedumbre, que se
había congregado excitada por la curiosidad, ordenaron leer un documento con
cuatro amonestaciones a Enrique IV. La primera, que merecía perder la dignidad
real; y entonces don Alonso Carrillo, arzobispo de Toledo, subió con gran
prosopopeya al estrado y arrancó de un manotazo la corona de la cabeza del
estafermo. La segunda, que merecía perder la administración de justicia; y el conde
de Plasencia le arrebató la espada al monigote. La tercera, que merecía perder
la gobernación del reino; y el conde de Benavente despojó al muñeco de su
cetro. La cuarta, que merecía perder el trono; y el conde de Miranda del
Castañar alzó violentamente de su silla a la marioneta y, propinándole un
fuerte puntapié, la lanzó sobre las cabezas de los estupefactos espectadores.
Aquella insólita enormidad obligó al rey de Castilla a desheredar a su hija
Juana y proclamar como heredera a su hermanastra Isabel, una reservada muchacha
de dieciocho años a quien los nobles pensaban manejar a su antojo.
No menos graves eran las
preocupaciones del monarca de Aragón, un reino de un millón de habitantes que
se encontraba sin mano de obra, con las arcas casi vacías, un alzamiento de la
aristocracia contra el rey y una revolución de los campesinos adscritos a la
tierra. Su imperio comercial ─que abarcaba todo el Mediterráneo─ había sido
diezmado por los estragos de la peste negra, Francia le había tomado Gerona,
ganado los condados del Rosellón y de Cerdeña, y estaba a punto de arrebatarle
Nápoles. Estudiando el severo ámbito en que debía mover sus piezas, concluyó
que necesitaba aliarse irremediablemente con Castilla. La urgencia le permitía únicamente
la oportunidad de dos movimientos infalibles. El primero, contar con la anuencia
de una figura de incalculable valor: el oblicuo alfil que era su primogénito
Fernando, un muchacho de diecisiete años que reinaba en Sicilia y poseía el arte de conseguir que sus súbditos
reclamasen lo que él deseaba hacer. La segunda jugada parecía más sencilla,
pues es más difícil lograr la obediencia filial que seducir con el relámpago
del oro al ambicioso que predica humildad. De manera que sobornó generosamente al arzobispo de Toledo, don
Alonso Carrillo, para que aconsejase a Isabel la conveniencia de que se desposara
con el heredero de la Corona aragonesa. Al aducir la princesa castellana la
relación de consanguinidad que la unía a Fernando, el ladino clérigo esgrimió
la bula papal que allanaba el grave escrúpulo; aunque se guardó muy mucho de decirle
que había falsificado la firma y los sellos del Papa. Lo que demuestra que es
tan grande el placer de ser engañado como el de engañar.
Isabel, que era lo
suficientemente perspicaz como para darse cuenta de que la sugerencia
arzobispal enmascaraba una orden perentoria, aceptó el envite; era el único
medio de alzarse sobre su precaria posición ante la temible alta nobleza.
Cuando las hojas de los árboles comenzaron a ser sancionadas por el oro del
otoño, subrepticiamente, acompañó al prelado a Valladolid, adonde acudió el rey
de Sicilia disfrazado de labriego. El 14 de octubre se conocieron personalmente
por vez primera los novios. Él se encontró con una joven cuyo porte insinuaba
una austera circunspección y poseía un agraciado rostro de mística palidez, con
la boca marcada por una triste arruga que delataba una singular gravedad y esa
paz interior de los que ni siquiera aspiran a la felicidad. Ella reparó en que
las manos de Fernando eran tan delicadas como las suyas, a pesar de estar endurecidas
por el manejo de las riendas y de la espada; también su rostro correspondía al de un guerrero y un
cortesano a la vez, en las comisuras de su boca se detenía una sonrisa a medio
camino entre el desdén y la ternura, mientras que entre sus anchos párpados se labraba
profundamente el entrecejo de quien lucha con pensamientos que dan vueltas
alrededor de un punto fijo, como las falenas alrededor de una lámpara. Ese
mismo día firmaron el compromiso.
Cinco días más tarde, y con
la asistencia de escasos y escogidos nobles,
el arzobispo de Toledo los desposó. Tras consumar el matrimonio, Fernando
mostró en público la sábana nupcial, no tanto para atestiguar la doncellez de
la esposa como para exhibir su propia capacidad sexual; un gesto nada trivial ante
un pueblo que apodaba a su rey Enrique IV como "el impotente".
De los selectos invitados a
aquel matrimonio, que habría de resultar trascendental, el único aragonés fue quien
había sido el preceptor de la niñez del novio, don Pedro de Urríes, barón de
L’Aínsa, señor del honor de Broto, Boltaña y Gistain. Al alba del día 4 de
octubre lo había despertado un extenuado mensajero que, balbuciendo sílabas
incomprensibles, le entregó un pasaporte a nombre de Giles Destraten, ciudadano
de Lieja y fabricante de encajes. Antes de que el barón saliese de su estupor,
el insólito correo picó espuelas y fue abducido por la neblina de blancas alas
que ocultaba la cordillera pirenaica. Casi de inmediato, una paloma que había
sido soltada en la enriscada villa de Sos le trajo prendida en su pata derecha
un diminuto papel con una orden inapelable: “En
diez días os reuniréis secretamente conmigo en Valladolid”. La ampulosa F que lo rubricaba le
desveló el misterio del autor de las dos sorpresas matutinas, y le torció el
gesto. No porque temiese adentrarse enmascaradamente en un reino cuyo monarca
exhibía una enconada hostilidad contra los aragoneses ─a quienes hacía responsables de cualquier rebelión de sus propios súbditos─, sino
porque trasladarse en aquel momento desde el Alto Aragón a Castilla le suponía un gran inconveniente. Tras haber esperado
durante ocho años el advenimiento de un primogénito que
fuese la bendición de su matrimonio, hacía escasamente un mes que su esposa,
doña Blanca de Alcíbar, había dado a luz un bebé que murió en el instante de
nacer. Desde entonces, la infortunada dama se había negado a abandonar el lecho
y pasaba las horas con la mirada perdida en el umbrío mar de castaños que se
derramaba bajo su dormitorio, como si lo más inefable de su alma se hubiese
evaporado allí. Abandonarla en aquel desamparo abismaba el corazón de Urríes.
Mas, como la urgencia aviva
el ingenio obligándonos a elegir incluso lo más extravagante, se le ocurrió a
don Pedro que quizás la presencia cotidiana de un niño influyese como un
talismán capaz de rasgar el velo de aflicción que nublaba el espíritu de su
esposa. Esa fue la causa de que a Miguel Aniés, el único hijo de Ramón y
Orosia, labradores y feudatarios del barón, lo despertasen al día siguiente
antes del amanecer; lo bañasen dos veces en agua caliente, despellejándolo casi
a fuerza de frotarlo con estropajo; lo vistiesen con ropa de domingo y lo
trasladasen a la casa/fuerte del barón. Don Pedro lo condujo hasta el
dormitorio donde reposaba doña Blanca, y le explicó que su cometido
consistía exclusivamente en estar de la
mañana a la noche junto a ella hasta que él regresase. Una hora más tarde,
Urríes ─vistiendo ropas francesas y en posesión de su
pasaporte flamenco─ emprendió viaje a Castilla para cumplir con su débito de amistad y vasallaje.
Miguel se quedó plantado
como una estaca en la penumbra del dormitorio sumido en denso silencio. Como
doña Blanca parecía ignorar su presencia, los minutos se le hicieron horas.
Después de que el novedoso entorno dejó de ofrecerle asombro, se atrevió a
acercarse de puntillas hasta la enferma y musitar por tres veces su nombre.
Pero la dama, con la mirada fija en el blanco resplandor de la Peña Montañesa,
no acusó ni el más leve movimiento. Así que el zagal desanduvo cautelosamente
sus pasos, salió de la amplísima habitación, descendió al patio y se entretuvo
jugando con los seis leonados sabuesos italianos que poseía el señor.
Era Miguel un guapo y flaco
chico de seis años, con luminosa sonrisa, despiertos ojos grises bajo una mata
de pelo pajizo, e inquieto como un gorrión. Eficaz pastor de un rebaño de
doscientas ovejas, amaba recolectar cualquier especie de hongos, flores,
espinas y hierbas del monte; provocar a las ranas de las charcas; colocar cepos
para cazar liebres y conejos; coger los nidos que se balanceaban en las ramas
de los árboles; y tirar con la honda lo más lejos posible cualquier objeto que
pudiese rescatar su perro de blancas lanas
Después de comer en el fogón
con los criados, volvió a subir al dormitorio y se sentó en una silla a los
pies de la cama. A la media hora, el aburrimiento le rompió el recato y,
haciendo caso omiso de la muda inmovilidad de la enferma, le lanzó un imparable
alud de preguntas sobre el barón, ella misma, los criados, el jardín, el
huerto, los vinos de la bodega, los caballos de las cuadras, los perros
italianos, las armas de las panoplias y cuanto había observado en la casa/fuerte.
Al no obtener como respuesta ni siquiera el parpadeo de aquella señora, que
parecía una estatua de alabastro amortajada por la decente blancura de las
sábanas, acabó por guardar un incómodo silencio y se dejó vencer por el sueño.
Al día siguiente, la
estrecha cinta rosada de la aurora centelleó en la cómplice sonrisa que se
abrió en el rostro del zagal, al comprobar cómo nada más traspasar la puerta
del corral de la casa de sus padres, como todos los días, cacareaban asustadas
las gallinas y las ocas protestaban asomando sus largos cuellos por la
empalizada. Llegó en un vuelo ante doña Blanca y, como el silencio y la
pasividad fueron las réplicas a su respetuoso saludo, con la mayor desenvoltura
comenzó a contar de viva voz cuanto se le pasaba por la mente; sin darse por
enterado de los escasos y leves gestos con que la enferma lo conminaba a
guardar silencio, a que se estuviese quieto o a que desapareciese del
dormitorio. Tras almorzar con los criados, se demoró jugando con los perros,
inspeccionó cada fruto del huerto, desafió con gritos a los imaginarios
fantasmas que debían habitar la oquedad retumbante de la bodega, acarició lomos
y crines en las caballerizas, curioseó las salas en cuya oscuridad sesteaban
insólitos y bruñidos arcones, bargueños, sillas, mesas, armas y cobres. Finalmente,
volvió a la penumbra del dormitorio donde reinaba el silencio del tiempo
detenido. Su animosa mente se puso a devanar una angosta madeja de posibles
remedios que pudiesen acabar con la indescifrable postración de aquella dama.
Cuando la luz que entraba por el balcón adquirió una finura de arena, decidió
recobrar la felicidad singular de volver a escuchar su propia voz. Puesto que
sus palabras fueron haciéndose tan copiosas y agitadas como un torrente, doña
Blanca le hizo por dos veces un cariñoso reproche, más tarde una desmayada
reprobación y acabó por requerir la presencia de los criados para que obligasen
al zagal a que abandonase la casa/fuerte. Pero Miguel se burló de ellos
zafándose de sus persecuciones, en una carrera que lo llevó de nuevo a cada
rincón que ya se sabía de memoria. Agotado el placer de la persecución, se
dirigió tranquilamente a los criados y les recordó que sólo estaba allí por
voluntad del barón. Regresó luego al dormitorio de doña Blanca y prosiguió
desgranándole sus ocurrencias, como si tal cosa. Aquella insolente actitud
logró que la melancólica dama, por vez primera, mirase con atenta curiosidad a
aquel crío favorecido por los dispersos tonos del atardecer. Y comenzó a
sentirse interesada en las pequeñas sabidurías que pormenorizaba fogosamente
sobre la geografía de la comarca, llena según él de secretos y asechanzas;
sobre los beneficios, peligros y belleza de sus flores, frutos, árboles y
plantas; sobre las inauditas costumbres y ocurrencias de los animales que la
poblaban. Aunque lo que realmente le atrajo de Miguel era su desbordada
fantasía y la gracia con que hilvanaba sus invenciones para convertirlas en
realidades palpables.
El quinto día, doña Blanca
se levantó de la cama y ordenó que le sirvieran el desayuno en la planta baja.
Esa mañana, el zagal logró que la sonrisa aflorase a los labios de la esposa de
Urríes mientras lo escuchaba imitar el rebuzno de los asnos, el ululato de los
búhos, el parpar de los patos, el croar de las ranas, el balido de las ovejas,
el ladrido de los perros, el mugido de las vacas, el graznido de las ocas, el
zureo de las palomas, el aullido de los lobos, el cacareo de las gallinas, el
gruñido de los cerdos y el ufano canto del gallo. Pero fue al parodiar los
aspavientos de algunos peculiares habitantes de L'Aínsa cuando a la dama se le
escapó una incontrolable carcajada. Al chico le hacía gracia el sonido gutural con
que la dama pronunciaba las erres, y comprendió por qué se le conocía en la
villa como la señora francesa, a pesar de haber nacido en la vecina Navarra.
Almorzaron juntos y, después, ella le enseñó a jugar al tres en raya.
A partir de entonces, con el
permiso de la señora francesa, Miguel se levantaba aun de noche, para volver a su
habitual tarea de conducir monte arriba los rebaños de los vecinos del pueblo.
A mediodía, cuando lo relevaba un primo suyo, volaba a casa de sus padres para
presentarse de inmediato, limpio y con su ropa de domingo en la casa/fuerte. De
vez en cuando entregaba a la cocinera hierba de san Juan y hierbaluisa, para
que hiciera tisanas a la enferma; otras veces, saquetes con morronglas, boletus
y níscalos. A doña Blanca le traía diariamente ramos de flores silvestres. Ella
jugaba con él al balero, al tres en raya y a las damas, y se empeñó en
enseñarle a leer y escribir.
Al cabo de tres semanas,
Urríes regresó a L’Aínsa. Sus perros salieron a recibirlo rodeando el carruaje
con jubilosas carreras y saltos. El ama de llaves le dio la bienvenida
indicándole que doña Blanca se encontraba en el jardín, cazando mariposas con
el zagal. Don Pedro se sintió calado hasta las raíces de su orgullo al
percatarse de que su insólita ocurrencia había fructificado en un desgarrón de
claridad que había liberado de la amarga noche a su esposa.
Aduciendo que la enseñanza
de la lectura y escritura era una tarea dilatada, doña Blanca consiguió de su
esposo que llegase a un acuerdo con Ramón y Orosia para que, a cambio de dos
florines mensuales, Miguel siguiese frecuentando la casa/fuerte dos veces por
semana. Al cabo de un mes, la alegría, descaro y facundia del zagal se ganaron
también el afecto de don Pedro. Charlaban como amigos del uso que hacía de su
hermosa cuerna la cabra montés, de la sabiduría de la liebre y la codorniz, de
la astucia del zorro y el lobo, del peligro del oso y el jabalí, y del arte de
atraerlos hacia los cepos para cazarlos. Cuando la luz del atardecer exaltaba
los ventanales del salón y en la chimenea languidecían las horas en el fuego, la señora
francesa vigilaba las tareas de escritura y de lectura del muchacho,
valiéndose de los ejemplares cuentos de El
Conde Lucanor, cuyos argumentos y máximas le esclarecía con
voz tierna. Y la noche llegaba
con tal sosiego que cada vez les resultaba a los tres más penoso separarse.
El helador viento del norte
flageló el comienzo del nuevo año. Y una noche asaeteada por la tormenta cayó
un rayo sobre la casa de Ramón y Orosia, dejando a Miguel huérfano y embebido
en lágrimas amargas. Don Pedro y doña Blanca lo trasladaron definitivamente a
la casa/fuerte, abrumándolo de dulzura, como si se tratase del hijo que
esperaban desde siempre. La amistad y el deber de vasallaje con Fernando de
Aragón hicieron durante el tiempo venidero que el barón se ausentase varias
veces de L’Aínsa. En esos periodos, Miguel aliviaba la soledad de la señora
francesa ayudándola en el cuidado del jardín y del huerto; llevándola a
pasear por el bosque en busca de setas y plantas medicinales; recordándole los
gastos diarios que conformaban las cuentas domésticas que ella verificaba de su
puño y letra para entregárselas al barón a su regreso; saboreando al calor de
la chimenea los hermosos Milagros de
Nuestra Señora y las deliciosas aventuras del Libro de Apolonio, que doña Blanca le narraba con melodiosos
acentos. Ahondando el regocijo del matrimonio, pasó Miguel de la infancia a la
adolescencia.
Tenía diecinueve años
cuando, al regresar con el barón de una otoñal partida de caza, se encontraron
a la señora francesa con los ojos fijos ya para siempre más allá de los
ventanales del salón, en la neblina de la noche y sus umbrales de sepulcro. Ningún
asombro vino a mezclarse con la infinita tristeza del don Pedro y de Miguel.
Los últimos días de doña Blanca no habían sido más que un largo deslizamiento
hacia el silencio; se abandonaba sin luchar. Era ya sólo uno de esos seres que
uno se admira de ver existir.
Urríes pasó el resto del
invierno sumido en la negra melancolía de observar cada rincón de la
casa/fuerte, que los amados ojos de su esposa ya no compartirían; paseando la
retórica apacible del jardín, al que nunca ella volvería a infundir su ternura;
durmiendo desasosegado en el lecho conyugal, donde tantas veces y tan
intensamente unidos les acechó la trémula esperanza y el asombro del goce. Con
la llegada de la primavera, anhelando todo lo que pudiese augurar promesas de
prodigio y peligros de tumba, decidió incorporarse a la guerra civil que el rey
de Aragón mantenía contra la Generalitat y el Consell de Cent por el control
político de Cataluña. Miguel, que ya no veía otro mundo que el que amueblaban
los ojos de su señor, se ofreció a seguirlo. Pero don Pedro, considerando la
moderación de talante del joven, y comprendiendo que su disposición sólo era de
alma, lo disuadió de la dedicación a las armas. Considerando su sabiduría de
los beneficios que podían deparar a las personas flores y plantas, optó por
pagarle estudios de medicina en la universidad de Nápoles, donde reinaba el
hermano bastardo de Fernando de Aragón.
Se embarcó Miguel en
Valencia y, tras cruzar maravillado la azul muchedumbre del mar, llegó a
Nápoles, donde se hospedó en casa de un matrimonio amigo del barón de L’Aínsa.
La vivacidad meridional ─aderezada siempre por un innato sentido de la representación, un alegre estoicismo y una pagana sensualidad─ estimuló la natural sencillez del antiguo pastorcico oscense e
hizo que su inagotable energía se fuese remansando hacia la frialdad; una
sencillez que encantaba porque se dignaba no disimular un alma nacida para las
emociones más nobles; una frialdad muy próxima a la llama, que parecía
transformarse en benevolencia y aun en fogosos entusiasmos, si algo o alguien
sabía inspirarlos. Su aprovechamiento en los estudios, el don de poseer unos
ojos que descubrían los dolores y pensamientos ajenos con una sola mirada, y el
amor de Sandra Tórtora ─una amalfitana de frente clara como una fiesta, y una
figura de tal perfección que frustraba a los sonetistas napolitanos─ lo
convirtieron en un hombre al que nunca le faltaban ni las ideas claras y
graciosas ni las palabras vivas y pintorescas para expresarlas, sin perder nada
de su dulzura y su acento respetuoso. Cuando a los diez años después de su llegada culminó el doctorado, Urríes le regaló una
confortable casa de dos pisos con un mediano jardín en el
barrio zaragozano de La Magdalena, para que se instalase en ella como médico. La afable cortesía y el buen juicio de la bella Sandra,
además del certero ojo clínico de Miguel y su noble espontaneidad
matizada de familiaridad delicada, sin permitirse nada que pudiera ofender a la
delicadeza más escrupulosa, les labraron pronto un selecto círculo de clientela.
La cordialidad y grata conversación de los esposos, que revelaban cómo el común
objetivo de ambición de gloria y riqueza podía ser vencido, les granjearon
respetabilidad y firmes amistades. Los días del matrimonio poseyeron el secreto
de esa felicidad que no consiste en hacer siempre lo que se quiere, sino en
querer siempre lo que se hace. Sus noches fueron deseo y gozo de obtener una
descendencia que habría de ser el júbilo y la seña de sus mapas del futuro.
Entre tanto, en medio de una
sempiterna contienda civil entre banderías que amenazaba su simple alianza
matrimonial, Fernando de Aragón encontró un motivo sumo con el deslumbramiento
que provoca una tarea común. La guerra de Granada fue el cebo del que se sirvió
para hipnotizar a los señores anárquicos y a la altanera Iglesia; a los
primeros distrayéndolos de sus rencillas privadas y a ésta movilizando las
espuelas de los obispos con el aroma incitante de una guerra santa: acabar de
una vez con el desdoro que suponía para la cristiandad la supervivencia del
culto coránico en medio de la religiosidad peninsular. La Iglesia y la nobleza
proveyeron el dinero, el estado llano los hombres y, con lo uno y con los otros,
Fernando puso en pie y en marcha una infantería con una sola idea matriz en la
que no tenían por qué pensar: la fe de Cristo. Asestaban con ufanía sus golpes
certeros como quien más que defender la legitimidad de una causa se demuestra a
sí mismo lo irrebatible de su sentimiento. Fomentaban su creencia con su tormenta
de hierro y fuego y, como vencían, la embriaguez de sus almas se apoderaba de
su creencia rociándola con su mismo hervor y haciéndose ella, también,
embriagadora. Era, por tanto, necesario para creer, ganar, ganar siempre por
miedo, cada vez mayor, de dejar de creer si se era derrotado. En el fondo, no
era más que una realización personal llevada a cabo de una manera frenética,
ciega; como su fe. De ese modo, las tropas reales se afianzaron para siempre
frente a las milicias municipales, señoriales y de las órdenes militares.
Victoriosas, fueron apoderándose de Alhama, Ronda, Loja, Málaga, Baza,
Guadix, Almería y, por
fin, terminaron por edificar el
campamento de Santa Fe, a quince kilómetros de la ciudad de Granada, el último
reducto musulmán en la península.
Y cuenta la leyenda que
Isabel de Trastámara, al instalarse en él, juró solemnemente que no se quitaría
la cota de malla hasta arrebatar a Boabdil su Alhambra para poder solazarse en
esa delicada geometría de surtidores, arrayanes y penumbras que era el reducto
nazarí; tal era su urgida necesidad de poner fin a aquella guerra. Una guerra civil
más, pero bautizada como cruzada para así aunar voluntades y tener controlada a
la siempre enarbolada nobleza. Una guerra que se infligía para culminar la
unidad peninsular, consolidar la unión dinástica y reforzar el autoritarismo monárquico.
Una guerra llevada a cabo metódicamente por trece mil jinetes y cincuenta mil
peones, y en la que, por vez primera, se empleaba intensamente la artillería.
Una guerra que sólo a la Corona le costaría más de veinticinco millones de ducados. Una guerra que acostumbraría
a los españoles a colocar a Dios como juez único de su proceder; pues la
voluntad de Dios los había creado tal como eran, sólo contaba el querer de Dios
y el propio ímpetu personal de cada uno.
La misma leyenda afirma que
la reina Católica mantuvo hasta el final su extravagante promesa; pero lo
cierto es que, al menos una única vez, tuvo que quebrar su supersticiosa
terquedad. Lo que no habían conseguido ni la ferocidad del asedio ni la
necesidad de higiene corporal lo logró Fernando el Católico. La noche del 17 de
octubre, fecha en que se cumplía el vigésimo tercer aniversario de sus nupcias,
exigió contundentemente que se le cumpliese el débito conyugal. Aquel hecho
baladí aceleró el instante en el que la humanidad iba a poder descifrar por fin
todo el orbe.
Nunca sabremos si Isabel de
Trastámara sintió que pecaba gravemente durante la matrimonial fornicación al
dejarse llevar por el éxtasis del deleite; o porque, al vulnerar su juramento
de no desnudar su cuerpo, creyó que Nuestro Señor jamás le permitiría la
victoria. El caso es que, antes de que despuntara el día, mandó secretamente un
correo para que ordenase a su antiguo confesor ─fray Juan
Pérez, ahora prior del monasterio de La Rábida─ que se
personase urgentemente en Santa Fe. A pesar del secreto inviolable del
sacramento de la penitencia no quería revelar según qué faltas a alguien que
perteneciese a la alta nobleza, como era su confesor habitual, el jerónimo
Hernando de Talavera. Tres días después, llegó fray Juan Pérez a lomos de un
caballo casi reventado y con las patas y el vientre ensangrentados. Sin haberse
detenido ni a dormir, venía el franciscano con los miembros agotados y el
hábito y la boca asolados por el barro de las marismas. Pero no sólo escuchó
con misericordia la confesión de la reina, sino que aprovechó para recordarle el
interés que ella había manifestado por los proyectos de Cristóbal Colón, cuando
él se lo presentó hacía ya siete años, Por lo que concernía al prior de La
Rábida, había rumiado lo suficiente aquellos planes como para sentirse
plenamente convencido de que significaban la ocasión de que el hombre dejase de
sentirse prisionero en el estricto espacio que limitaba el finis terræ. Isabel
la Católica le prometió que al día siguiente de la toma de Granada convencería al rey de que debían financiar el
viaje propuesto por el navegante genovés. El privilegio más soberano de los
monarcas es que nadie puede excederlos en las generosidades.
El rey Boabdil firmó al fin la
rendición, harto de que sobre la Alhambra volasen los buitres y de que por las
calles de Granada deambularan cada día más hombres hambrientos mientras en las
alfombras se bebía la copa del llanto y pululaban las ratas. El 2 de enero, el
gemido del viento despejó la mirada de los centinelas del adarve e hizo emigrar
a los pájaros. Cristianos nacidos del dolor de la tierra entraron por la puerta
de los Siete Suelos, cabalgaron las enlosadas calles sobre briosos alazanes, resonaron atabales de
muerte en las plazas desiertas y una vez más fueron ejecutados los vencidos.
El cardenal Mendoza mandó izar el pendón real sobre la torre de la Vela,
mientras en los fragantes jardines ardían las verdes hojas. El rey Boabdil huyó
hacia las Alpujarras. Los reyes Católicos se instalaron en el palacio de
Comares, ordenaron que se convirtiese al cristianismo a los derrotados y que se
les presionase para que aprendieran la lengua castellana. A esa doble tarea se
dedicaron de lleno no pocos frailes vigilados por el recién nombrado obispo de
aquella nueva diócesis, Hernando de Talavera, La exultante Isabel la Católica
no sólo se quitó la cota de malla sino que convenció a Fernando de Aragón de la
conveniencia de financiar la empresa que proponía Cristóbal Colón; a quien,
tres meses más tarde, concedería el título vitalicio de almirante sobre las
islas y tierras firmes que descubriese. El 3 de agosto zarparía el tenaz
genovés hacia lo desconocido, dirigiendo para exaltaciones y penas la
incertidumbre de su tripulación. Y antes de mediados de octubre pondría el pie
en un Nuevo Mundo que irradiaba mágicos rigores. Los efímeros hombres creerían
que, por fin, comenzaban realmente a gobernar su propio destino.
El mismo día en que ondeó por vez primera el pendón cristiano sobre Granada, nacía en Zaragoza la tan deseada hija de Sandra Tórtora y Miguel Ainés. Pero, tras la enigmática oblación del parto, el pundonor infamante de la muerte segó la vida de la linda amalfitana. El infortunado viudo suplicó a Dios que le adelantase su última fecha y protegiese por siempre la vida de aquella bolita de luz hundida en pañales. La respuesta se encarnó en Urríes, que llegó urgido de Granada para consolarlo, trasladar el cadáver de la desventurada Sandra al panteón donde reposaban los restos de doña Blanca de Alcíbar, y convertirse en padrino de la recién nacida. La bautizaron en la sobria iglesia de Santa María de L’Ainsa y, anhelando que a aquel ser tan delicado jamás le faltase la clemencia, le pusieron el nombre de Ana; que en hebreo significa mujer, gracia, amor, apostura y misericordia. El barón compró una casa en el barrio zaragozano de San Pablo y se instaló en ella para estar cerca de la niña y de Miguel, en quien el pasmo implacable del dolor comenzó a ahondar sus ojos grises y a perfilar las primeras arrugas en su frente.
La recién nacida sorbió la
vida en los pechos morenos de Fatma, una joven musulmana que acababa de perder de
sobreparto a su bebé y a quien las leyes conminaron al bautismo para poder
cuidar de la pequeña. Era casi una niña esbelta, delicada y alegre, pero el
viento y el sol le habían arañado el rostro y ya poseía la franqueza de la
gente sencilla que conoce las menudas sabidurías de la vida. De su desvelo, Anita
robó siempre suavidad, lumbre, complicidad y dulzura, como de un arca
eternamente pródiga. El comienzo de las mañanas de la hija de Miguel era
revolotear como lluvia desordenada entre el trajín doméstico de la morisca y
sus canciones de melodía tan dilatada como el tránsito de las caravanas por el
desierto. Después llegaban algunos hijos de amigos de sus padres, que
convertían la casa y el jardín en un torbellino de juegos, azares y risas. El
primer tramo de sus tardes discurría entre labores de plancha y aguja, que la
aya armonizaba con fabulaciones llenas de personajes de miradas ardidas por la
rimada prosa alcoránica. En la conmovedora luz del crepúsculo Miguel le
enseñaba a leer y escribir inculcándole el amor por las palabras, como si
aleteara en cada una de ellas la esperanza. De ese modo los hallaba el barón de
L'Aínsa, que llegaba siempre a tiempo de descifrarle a su ahijada la geometría
fascinante de las estrellas y hacerla descender así al sosiego dulce del sueño.
Cuando la estatura de la
pequeña sobrepasó la cintura de Fatma, Miguel le permitió que acompañara a la
morisca al mercado. Jamás olvidaría Ana aquel primer día en que, al cruzar el
umbral de la casa de su padre, una vida nueva estalló ante sus ojos. Las
mujeres tendían sus coladas como frisos en las azoteas y balcones, mientras
recorría la calle un fragor de aldabas y silbidos que ofertaban pan recién
horneado, leche, queso y miel, afilar cuchillos y tijeras, varear alfombras y
colchones o desatascar chimeneas y fogones. Aquel vívido estremecimiento se
transfiguró bajo la absolución de los árboles que bordeaban la amplia avenida
del Coso; donde paseaban hidalgos esperanzados con compartidas fabulaciones de
la suerte, soldados que lanzaban estentóreas risotadas mientras sus manos
acariciaban la guarda de sus espadas dispuestas a desenvainarse por cualquier
futesa, mercaderes que enredaban sus dedos con las treinta monedas del fraude, hidalgos
jactanciosos de sus vidas pudorosas como un delito, mozas casaderas que lucían
su palmito ante la mirada vigilante de sus dueñas y severos ricoshombres lucrados
con el ejercicio de oficios reales o la administración de las rentas de la Iglesia.
Semejante hervor nutrido de perpetua apariencia se remansó en las siete calles
que desembocaban en la iglesia de San Miguel; un barrio donde hasta hacía bien
poco los judíos ejercían su trabajo con
humillación y angustia. Sus hogares habían formaban una banca que daba dinero a
préstamo, y a la que el rey permitía recaudar impuestos e intereses; lo que,
finalmente, determinó la expatriación de los afortunados que no fueron víctimas
de un vasto cadalso rodeado de jueces, esbirros y rencorosos espectadores. Al
pasar a la vera del Arco Cinegio, la diestra de Fatma tiró súbitamente de Ana
para que apurase el paso; quería alejarla de la oscuridad miserable de aquella
calleja que discurría hacia el norte con muros demacrados por noches en las que
el vino movía cien peleas; en ella se enracimaban prostitutas y hombres de
rostros curtidos por el hambre, el ejercicio de la delación, el perjurio o la
venganza, que se enzarzaban en una marea de chismorreos, baladronadas,
resquemores, augurios y malas noticias. Fatma y Ana traspasaron luego las
sombras alargadas de los caserones en que habitaban los nobles y ricoshombres;
sus arcillosas fachadas recordaban la amenazadora tosquedad de las fortalezas,
aunque sus patios estaban revestidos de primorosos azulejos, lucían columnas
italianas y albercas rodeadas de boj. Inmediatamente, el sol se transformó en
una retacería de sombras imponderables entre los tenderetes del Azoque; donde
los moriscos pregonaban el esmero de sus trabajos de ebanistería, carpintería,
tenería, forja, espartería y alfarería. A Fatma, que había nacido en la morería
del otro lado de la muralla que lo lindaba, se le llenaron los ojos de lágrimas
al recordar aquel dédalo de calles donde las asustadas madres sellaban con el
dedo los labios de sus hijos. Sin embargo, un poco más adelante, los requiebros
de los cenceños albañiles mudéjares que labraban con hechizo de adobe el
oblicuo perfil de la Torre Nueva le devolvieron el resplandor de su sonrisa.
Finalmente, llegaron a la plaza más bella y principal de la ciudad, en el borde
del barrio de San Pablo. Allí, en días señalados, se alanceaban toros y se
realizaban autos de fe, pero los martes acogía al mercado. En sus puestos, un
océano de voces regateaba los precios y
elogiaba la frescura y calidad de los productos en oferta. La sombra de las
lonas resguardaba todo tipo de verduras en las que se licuaba el rocío; brillaba
la suavidad de los organdíes, brocados, cetíes, terciopelos, damascos, sedas y
pieles cebellinas junto a la excelencia de los piñones, orejones, frutas
escarchadas, almendras garrapiñadas, guirlaches y mazapanes; destellaba el
vértigo de los cuchillos entre sanguinolentas carnes; fulguraba la sal sobre la
plata de los pescados; reverberaba el sol en cerezas, uvas o ciruelas y el aura
del azúcar se traslucía jugosa en los albaricoques y melocotones.
Aquella delicia aconteciendo
su fugacidad se convirtió para Ana en una imprescindible liturgia semanal, que
fue despertándole una hojarasca de inaplazables inquisiciones. Miguel Aniés,
con la paciencia de un arroyo que busca transfigurarse en río, la conducía
hacia las respuestas tendiéndole su mano mientras desgranaba el rosario de sus
personales convicciones, para que su hija conquistase su propio pensamiento
eslabón a eslabón. Ana lo evocaría ya siempre como aprendió a admirarlo en
aquellas horas: vistiendo un tabardo de color pardo y cubierto por el
terciopelo granate de una gorra de media vuelta, cuya amplia sombra confería un
aire de ausencia a su mirada gris y afabilidad a sus labios apenas dibujados en
medio de una descuidada barba rubia.
Suele decirse que el
carácter es la mitad del destino de una persona, porque es más poderoso que la
educación y aun incluso que la más sutil inteligencia. Pues bien, Ana tenía la
fortuna de poseer un carácter tan excelente que podría decirse que en él
residía su belleza. Eso hacía que le resultara natural desplegar una gracia y
delicadeza singulares en su vida social, porque era lo suficientemente
optimista como para enmascarar su tenaz determinación de realizar cuanto
hubiera decidido. Cuando cumplió los catorce años empezó a ser asediada por
diversos jóvenes que se divertían con sus rápidas intuiciones y su espontánea
franqueza. Gozaba especialmente con el juego de pelota y del aro, aunque prefería
las excursiones en barca por el Ebro, porque le ofrecían la posibilidad de
mantener dilatadas conversaciones, en las que se expresaba con tal claridad y
vehemencia que provocaba perplejidad en las jovencitas y decidido encanto en
los muchachos. Menos gusto sentía por las fiestas, en las que sus amigas
pasaban el tiempo charlando únicamente de bordados, maquillajes, zapatos,
puñeras y perfumes. Aborrecía los bailes, porque en ellos las damiselas se
apiñaban entre sí deshaciéndose en susurros, risas y cotilleos que tenían por
objeto una disimulada ansia sensual que las hacía temblar. Las noches de su
adolescencia estaban presididas por la
dicha grave de mirarse en la hondura de los ojos de su padre, quien tejiendo
palabras precisas ─que caían sobre ella como una caricia misteriosa─, la enseñó
a nombrar las formas de las nubes, a conocer el beneficio que flores, animales
y plantas pueden sembrar en nuestro cuerpo, a descifrar el canto del mirlo y el
presagio de la lechuza, a esperar sin cansarse en la espera, a poseer un
corazón que vigilase y recibiese, y a llenar cada minuto inolvidable con los
sesenta segundos que lo recorren; sirviéndose de la lectura de mitologías y especulaciones
florecidas en la antigua Grecia.
Sin embargo, sus horas más
claras y tersas llegaban para ella cuando se trasladaba con su padre y don
Pedro a la casa/fuerte de L’Aínsa. Allí, la melancolía de su padre se
transmutaba en alegre energía, como si la límpida luz de aquel aire ancho y
libre profundizase en el interior de su alma hasta restituirlo a su plenitud.
Los dos hombres reverdecían sus años jóvenes, afanándose por imitar a la naturaleza
por medio de esa libre y elegante renuncia a la supremacía de su humanidad que
es la caza. Les gustaba galopar contra el viento, porque la velocidad borraba
las huellas de sus años. Era como la embriaguez que suscita luchar contra un
adversario que retrocediera sin dejar de resistir jamás. Dejando tras de sí sus
preocupaciones en medio de la borrasca, como los pliegues de un largo manto. Mientras
tanto, Ana nadaba en los fríos y transparentes ibones, y paseaba a caballo por
el plácido reposo de navas y valles, contemplando extasiada las mudas montañas
como esfinges sagradas, deleitándose con el polifónico canto de los pájaros en
el ramaje y el tintineo de las esquilas de ovejas y novillos sobre los verdes
prados. A la caída de la noche, que borraba los contornos y alejaba el paisaje
de los ojos, cenaban los tres ante el
fuego de la chimenea. Urríes y Miguel repasaban con entusiasmo los lances de sus
cacerías que siempre los conducía a rememorar los regocijos y las penas de su
mutuo pasado, mientras Ana se dejaba penetrar embelesada por aquel mago perfume
que plasmaba vívidamente la ternura de doña Blanca y la alegría de su
desconocida madre amalfitana.
La última vez que disfrutó
de tal epifanía fue en febrero de 1509, cuando Urríes regresó agotado de la
guerra que se había coronado con la toma de Orán. Ella acababa de cumplir los diecisiete
años y sabía gobernarse por sí misma con orden y claridad. Esa prevalencia
propia la denotaba en su porte de mujer alta, flexible y tan grácil que al
caminar parecía sortear el aire para evitar rozarlo. Sobre una frente amplia y
lisa, sus cabellos de un rubio pálido, tan finos como la seda, caían sobre su
cuello redondo, modelado con fuerza y delicadeza, hasta la mitad de su espalda
recta, recogidos en dos gruesas trenzas. Su bella tez resultaba
tan resplandeciente en la sombra que parecía formar un halo alrededor de su
cabeza. Los rasgos más notables de su rostro radiante eran unos ojos azules, luminosos
como dos abiertas interrogantes, y su nariz recta sobre una boca de labios
perfilados que adquirían un voluptuoso sesgo en las
comisuras. Ese año, Ana sólo pudo gozar durante una semana de
aquel apogeo máximo de L’Aínsa, pues la fatalidad acechaba como un torvo azor
que planta inesperadamente su nido de luto en la elipse caprichosa de su vuelo.
Una fría mañana que había
amanecido bajo un lento cielo amatista,
el olfato de los sabuesos condujo al barón y a Miguel por un profuso bosque de
hayas hasta la madriguera del jabalí. Cuando ya en las puntas de sus lanzas se
había secado la escarcha, los canes alzaron sus orejas y se lanzaron a la
carrera, ladrando. Señor y vasallo picaron espuelas siguiendo su rastro sobre
la hierba helada. Al cabo de cinco minutos empezó a sonar la tierra como un
tambor y devolvió con furia el ladrido de los perros rehaciendo el camino. Como
una tromba acosada, corría hacia ellos y los jinetes un grisáceo jabalí de
negro hocico. Urríes, al galope, arqueó el torso y asestó un lanzazo tan
vigoroso al cuello del feroz animal que el chorro de sangre que brotó de su
duro pelaje empapó el vientre de su corcel. Miguel frenó su montura, echó pie a
tierra y desenvainó la daga que llevaba al cinto. Con un agudo gruñido que
espantó a los pájaros del bosque, el jabalí giró sobre sí mismo y arremetió
contra el caballo de Urríes, con tal fuerza, que jinete y caballo cayeron
derribados. Miguel se abalanzó sobre la crin erizada de la fiera y le hundió en
la frente la daga, hasta la cruz del gavilán. Pero la violencia del golpe lo
hizo resbalar sobre el grasiento animal y cayó volteando sobre la tierra
congelada. El jabalí, antes de morir, tuvo fuerza para seccionar con sus curvos
colmillos la yugular del padre de Ana.
Miguel Aniés fue enterrado
en el panteón familiar del barón, entre su amada Sandra y doña Blanca. Ana,
llorándolo con infinito desconsuelo, regresó con Urríes a Zaragoza. Vistió de
riguroso luto y suplicó a Fatma que no se apartase de ella, pues tenía miedo a
desmayarse. Lívida como la ceniza, ordenaba una y otra vez los objetos y libros
que habían pertenecido a su padre. Se frotaba las manos continuamente, como
para borrar lo que la hacía temblar. Las habitaciones de la casa le parecían enormes
desiertos por los que avanzaba con el lento azoramiento de una ciega. Sin saber cómo llenar las horas, hojeaba con
impaciencia algún libro, leyendo algunas líneas y pasando a otros que
abandonaba enseguida. Cuando se ponía a bordar o a coser, su aya se instalaba
frente a ella; las dos se quedaban en silencio. Y la morisca observaba que las
más de las veces la labor reposaba, al cabo, en las rodillas de su señora,
entre sus manos indolentes, mientras su rostro adquiría la plúmbea palidez de
la fiebre. Ninguna posibilidad de porvenir se estremecía en ella. Dejaba que
las horas le resbalaran lentamente, gestando la soledad inexplicable de un
futuro oscuro y hondo. Tan agudo era el sentimiento de su soledad, que deseaba
ardientemente aquello cuya espera espanta a la mayoría de las personas. Ni
siquiera la ternura de Fatma podía confortar su frente envuelta repentinamente
de vacío.
Apenas llegado el otoño, Don
Pedro, apiadado de la inmensa desolación de su ahijada, determinó alejarla
hacia nuevos horizontes.
─Me marcho de la ciudad ─le dijo─-. Y bien sabe Dios que nada me
causaría más gozo que os vinieseis conmigo a L'Aínsa, donde deseo reposar mis
últimos días, rodeado de una naturaleza que he amado desde niño. Pero comprendo
que la honra, tanto la vuestra como la mía propia, lo impiden. Además de que,
para vos, la continua presencia de un anciano no podría resultar grata ni
ventajosa. Compruebo que estáis abismada de dolor por la muerte de vuestro
padre, a quien sabéis que quise como un hijo. Pero, hija mía, aun en lo más
profundo de las tinieblas debemos defender nuestra vida. Y vos, tan joven,
aunque el dolor os rezume como si fueseis un árbol recién cortado, tenéis que
alzar vuestro ánimo y defender vuestra vida. En una palabra, creo que debéis poner
vuestra voluntad en casaros; o en entrar en un convento, si lo preferís así.
─Señor padrino, si estoy viviendo sin voluntad de ser monja ni de
casarme es porque el primer estilo de vida es muy ajeno a mi condición, y no me
atraen los sinsabores que la otra forma de vida podrían acarrearme.
─Pues, ¿qué pensáis hacer no queriendo tomar estado ninguno, de casada o de monja?
─Lo que deseo es estar sola en casa y así servir a
Dios.
─Tened en cuenta que la soledad exaspera o apaga el corazón, y pervierte o debilita las aptitudes.
─Quizá el Señor me ha procurado este destino para fortalecer a quien, como yo,
ha tenido hasta ahora una existencia demasiado regalada.
─Si buscáis fortaleza, os aseguro que no es poca la que una mujer necesita
para contentar a su marido. En cuanto a su obligación de servir
a Dios, mejor lo hace obedeciendo a aquel que se le ha procurado darle por
esposo.
─Mi buen padre me enseñó desde niña que el
mayor bien de esta vida es disfrutar de libre albedrío.
─Y así es, en efecto. Pero la sociedad impone obligaciones inexcusables.
La obligación del varón es ganar la hacienda, y la de la
mujer allegarla y guardarla. El oficio del marido es ser amigable, y el de la
mujer no serlo con todos. La virtud del marido es saber hablar bien, y la de la
mujer preciarse de callar. ¿Queréis faltar a vuestro decoro como hembra y andar
en lenguas de todos, o pasar la vida en un destierro de soledad y tristeza
hasta la muerte rigurosa?
─Señor padrino, temo encontrar un marido tan apartado de mis deseos,
que o me altere o tenga muy penosa vida con él. En fin, de
tener que casarme, querría hacerlo con alguien de quien estuviera enamorada.
─Mirad que no es lícito y honesto a las mujeres escoger el
marido que ellas quieren. Hasta la misma Santa Madre Iglesia considera el amor
una pasión desordenada y pecaminosa que no puede entrar en el grave sacramento
del matrimonio.
─Perdonadme, don Pedro, pero aprendí de mi buen
padre que lo único importante entre casados es que se amen mucho, porque si el
amor anda de por medio todas las cosas irán bien guiadas.
─Y así debe ser. Pero para que los casamientos sean perpetuos, sean
amorosos y sean sabrosos, han de anudarse los corazones con la reflexión antes que las manos se tomen ─le respondió Urríes, mientras pensaba que la agudeza de su ahijada no era común para la edad que tenía. Mas, decidido a llevar a cabo el
deber que se había impuesto, comunicó a Ana su voluntad de conducirla al
hospital de Nuestra Señora de Gracia para presentarle a un
infanzón palentino que estaba reponiéndose de algunas heridas de guerra.
─Es gallardo, discreto en el decir, honorable de sentimientos,
valiente y espléndido jinete. Y, aunque huero de tierra o heredad alguna, supo
alcanzar tal notoriedad de valentía en la conquista de Orán que lo promoví al
grado de capitán.
Al día siguiente, Ana se
encontró frente a una figura apuesta, enjuta y acrecida por un sentimiento
interior de señorío. Bajo unas cejas sumamente arqueadas y de levantadas
comisuras hacia la ancha frente brillaban sus oscuros ojos, con una mirada
llena de neutralidad que traslucía algo más que la indiferencia pero menos que
el vigor. En cambio, bajo su cabello negro y liso, las aristas de su rostro
provocaban una impresión de tremenda reserva de fuerza, y mantenía una leve
sonrisa en el rincón de los labios donde mueren las sonrisas. Se llamaba
Cecilio Támara y dijo que tan pronto terminase su convalecencia quería
embarcarse para Yndias.
De regreso del hospital, Urríes
quiso que Ana lo acompañase a su casa del barrio de San Pablo, para preguntarle
qué impresión le había causado el infanzón.
─No os podría dar una respuesta justa, señor
padrino.
─¿Habéis visto en él alguna falta?
─Ninguna y todas, don Pedro. He notado en él cierto donaire, una noble cortesía y buena
cordura. Pero, como suele decirse, querer a quien no te quiere hace una nada; y
responder a quien no te llama es vanidad probada.
─Comprended que, ni mi presencia ni el lugar ni la sorpresa eran
para hablar de amores. Dadle permiso para que os visite en vuestra casa ─siempre en presencia de vuestra aya, que os es bien leal─ y veréis cómo ante vuestra discreción y virtud pierde miedos y temblores.
Estoy seguro de que será un buen marido para vos.
─Sé que dais este paso por conmiseración y con la
voluntad de proporcionarme lo que creéis mejor
para mí, don
Pedro.
─Así es. Que un ave sola ni bien canta ni bien llora. Si os recomiendo
a Cecilio Támara como esposo es porque no quiero poner vuestra fama en las
lenguas maldicientes. Y porque creo que es lo que mejor conviene a vuestra
dicha.
─En todo caso, señor padrino, vuestra buena intención me obliga a hacer lo que queráis.
─Ana, hija mía, creedme que lo he meditado mucho y serenamente. Y lo hago bien
en contra de mi propio deseo. Pues, sabiendo que pronto embarcaréis a Yndias con vuestro esposo, conmigo mismo me muestro cruel. Ya
que me privo de vuestra querida y agradable presencia, que es lo único que
podría endulzar las escasas horas de vida que me restan.
Como nada respondió Ana y el
silencio entre ambos alcanzó una inflexión insoportable, el barón caminó hacia
un bargueño y extrayendo de él dos arquetas se las entregó.
─Tomad. En esta pequeña hay mil ducados, que son vuestra dote. En esta más grande hay dos mil, que son exclusivamente para vos. Usadlos si,
Dios no lo quiera, ocurriese cualquier fatalidad. Que, al fin y al cabo, el
deseo de fama y fortuna llevan aparejadas las guerras; y éstas, los accidentes,
las heridas y la desgracia. Por lo demás, yo cuidaré de que vuestra casa se
conserve tal como la dejéis. Y, pasare lo que pasare, sabed que siempre podréis
contar con mi más firme protección.
La joven regresó a su casa
escuchando el duro sonido de la realidad contra sus frágiles sueños. La avidez
de las calles, la hondura de las plazas, el brusco sol rompiéndose en esquinas
impacientes, el zureo de las palomas y el gritar de los niños estaban preñados
de deseos incompletos. A su pensamiento voló aquel pájaro del cuento que tantas
veces escuchara en palabras de Fatma. En él, la linda avecilla moría día a día
de tristeza, encerrada en una jaula de oro que había mandado construir el
poderoso sultán para disfrutar de su gracia, su belleza y su canto. Igual que
aquel rey moro había extinguido de esa manera la vida del pájaro, el buen
corazón de su padrino acababa de perderla a ella, lanzándola a una inopinada
altura en la que se hallaba tan temerosa de un traspié como un equilibrista
sobre la cuerda tensa.
Al cabo de dos meses llegó
el día de doble filo que todo lo cambió. La despertó el cierzo, que anunciaba
el invierno haciendo tiritar a la higuera del jardín. Un bullidor oleaje de
sombras alucinaba el rincón del arcón sobre cuya tapa se desmayaba un rico vestido
verde con tiras de randas de oro hilado. El alborozado y apremiante ánimo de
Fatma logró que a mediodía Ana estuviese lista para participar en la liturgia
religiosa que enmascaraba la ejecución de un elemental contrato de cesión.
Antes de salir de casa miró su reflejo en el espejo: ella y cuanto la rodeaba
estaban en él al revés, como su propia vida.
─…Yo os requiero y mando
que, si os sentís tener algún impedimento por donde este matrimonio
no pueda, ni deba ser contraído, ni ser firme y legítimo... ─decía el oficiante mientras una pareja de zalameras palomas, que se
había arrullado levantando nubecillas de polvo en la sombra del
costado del altar, emprendía el vuelo en pos de inocentes alegrías. Cuando traspasaron los perfiles del sol, sus sombras jaspearon
la blanca dalmática del sacerdote. Ana, viéndolas ir, pensó que el miedo al destino no turbaría el
sosiego de su nido; para ellas hoy era mañana y era ayer. ¿Por qué no había de
ser tan confiada como ellas y dejarse ir? Esa era toda su libertad, caer como
cae la noche por las faldas de las montañas, sin saber lo que quería ni si
habría una red oculta que la acogería más allá.
─Ana Aniés y Tórtora, ¿queréis a Cecilio Támara y Olmedilla por vuestro legítimo esposo y marido, por palabra de presente, como lo manda la
Santa, Católica y Apostólica Iglesia Romana?
─Sí, quiero.
─¿Os otorgáis por su esposa y señora?
─Sí, me otorgo.
─¿Lo recibís por vuestro esposo y marido?
─Sí, lo recibo.
Unos minutos más tarde, el
viento que silbaba con furia al rachear el pórtico del templo heló el último y
fervoroso abrazo del barón de L’Aínsa a su ahijada. Desgarrada, Ana lo vio irse
encorvado y con lágrimas en los ojos.
─En adelante, señora mía ─le dijo Cecilio, con ese breve batir de pestañas que hacen la lechuzas antes de abalanzarse sobre un ratoncillo─, prescindiremos de vuestra criada. Mi madre, que ya es también la vuestra, bastará para nuestro cuidado. El cierzo
azotaba las alas de la toca de su suegra, oscureciéndole el áspero rostro donde
un humor rancio acechaba entre la blanda pulpa de los ojos. Un acelerado
vértigo se alzó a las sienes de Ana, para derrumbársele en las venas. Empezaba
a comprender el alcance de aquel contundente vos, esposa, habéis de estar sujeta y seguir a vuestro marido en todo
que acababa de jurar. Volvió su mirada en busca de la figura apacible de don
Pedro de Urríes, sin saber si para lanzarle un reproche o en busca de una
desesperada ayuda. Pero el barón ya había desaparecido. Ana se abrazó a su aya
y, temblando, le contó a su esposo, atropellada, fugaz y desesperadamente, con
qué corazón, con qué aliento, con cuántos deseos y pasión había cuidado Fatma
de su vida. Y, entre lágrimas, suplicó a su esposo, insistentemente, que
permitiese a la morisca permanecer siempre a su lado. Pero él, con su rostro acorazado,
se mostró inconmovible. Fatma, la besó con la desesperación con que una madre
besa a su hijo muerto. Escuchó que por su sangre transitaba solamente la rabia, e
irguiéndose sobre desconcertantes torturas de un secreto pretérito, caminó
hacia la iglesia y traspuso su atrio. Avanzó, impávida, hacia el altar mayor y,
tras un instante de rigidez basáltica, un bramido desencajó sus mandíbulas con
una abjuración que resonó con mil ecos bajo el ladrillo mudéjar de la bóveda:
─La galiba illa Allah! (¡No hay más
vencedor que Alá!)
Relumbró en su diestra la
gumía que siempre guardaba en sus calzas. Y, de cinco cuchilladas, se desguazó
ante el Crucificado.
No hubo ni velatorio ni exequias. Dos amigos
de siempre, que habían asistido a la boda, ayudaron a Ana a transportar el
cadáver a un carruaje y devolverla a casa. Sumida en un tiempo sin presente y
ciega de llanto, la desgraciada novia limpió con sus propias manos las mortales
heridas que manaban inacabables la sangre de su amada Fatma. Con aceite de
saúco y naranja perfumó su suave y moreno cuerpo. Lo amortajó con una blanca
sábana de lino sobre la que colocó su ramo nupcial de peonias y violetas, que
la propia aya había confeccionado el día anterior. Se desprendió de su traje
verde y volvió a vestir el luto de los últimos meses. El violento cierzo hacía
rechinar la hoja de una ventana mal sujeta. De pronto, una bocanada de aire
penetró en la habitación. Con una mano, Ana encajó bien la falleba y apoyó la
cabeza en el postigo de madera. Así recostada, cerró los ojos. Ese viento
salvaje del oeste le recordaba cosas vagas, antiguas, en las que corrientemente
no pensaba: la casa/fuerte de L’Ainsa, el
color blanquecino del ramillete de petunias que anualmente dejaba sobre la
tumba de su madre desconocida, la ávida emoción que le producían las historias
que Fatma le narraba a la sombra de la higuera, la magia de las mitologías y
especulaciones de los griegos desentrañadas por su padre. Abrió nuevamente la
ventana y se inclinó sobre la balaustrada, enfrentándose con la higuera, con
las piedrecitas del suelo del jardín, con la arcillosa tapia sobre la que se
columbraban los verdes tejados de casas y palacios que se aglomeraban proyectando
sus sombras alargadas bajo la torre de La Seo, cuyo chapitel bulboso era tan
violáceo como el crepúsculo. Miraba todo aquello en que sus días se habían
detenido un momento, como si fuesen las estaciones de un camino que jamás
volvería a recorrer. Y se preguntó si vivir sería algo más que habitar los corazones que
uno ha dejado atrás. El coche de caballos esperaba. Sus amigos
descendieron el cadáver amortajado y lo colocaron junto a Ana, que ya lo aguardaba
hundida en el asiento con la compostura de un árbol abatido. Para abstraerse
mejor de todo, se cubría el rostro con las manos, que le devolvían el perfume
de la carne acariciada. El carruaje transitó por las calles semivacías a esa
hora, hacia la fosa común del linde exterior de la muralla sur de Zaragoza. Algunos
mendigos gimoteando plegarias y un par de niños chillones que se agarraban a
los ejes de las ruedas, a riesgo de caer y ser atropellados o aplastados, fueron
su comitiva. En el cementerio, Ana apenas
si percibió la oscura herida agrandada en lo profundo de la tierra donde iba a
pudrirse el corazón en el que su amor de niña hiciera nido; cerró los ojos y
envidió esa putrefacción. Cuando escuchó el seco golpeteo de las paletadas de
cal viva, pidió a Dios una cosa que sólo se les concede a los más fuertes: el
mutismo del corazón.
Obstinándose en el olvido y
ceñida por un espejismo, esa misma noche emprendió camino hacia el sur, junto a
su esposo y su suegra, envueltos en la polvareda de un coche de postas cuyo
permiso y pago había sido facilitado con antelación por el barón de L’Ainsa. El
extenuante viaje duró más de tres semanas; cambiando cada tres horas de montura
y, por la noche, acomodándose lo mejor
que podían en albergues miserables. Ana, que aparecía grisácea y apenas dormía,
pasaba la mayor parte de la noche rezando. De día, en el carruaje, se cubría la
boca con un pañuelito de encaje y permanecía hundida en un rincón, lo más lejos
posible de Cecilio, para dejarle más sitio. Frente a ella, los ojos de rapiña
de su suegra la vigilaban, incesante y reprobadoramente fijos en sus rubios
cabellos cubiertos de una espesa capa blanca, en su rostro que había adquirido
el tono de la arcilla seca donde las pestañas y las cejas no se veían. Sin
duda, aquella dama de rigidez inexorable presentía en el trágico semblante de
su nuera un aciago destino y le reprochaba que pudiese frustrar sus
expectativas y las de su hijo. En los sitios más impracticables del camino, los
tumbos los lanzaban al uno contra el otro. Pero el silencio que se tensaba
entre ellos sólo se rompía cuando Ana, para descansar los ojos del espejeo del
camino y dulcificar el ardor de su garganta, cerraba las cortinas del carruaje;
su suegra y Cecilio protestaba violentamente afirmando que se sofocaban. El último
día, cuando dejaban ya atrás los infinitos olivares pálidos de Andalucía, y se
perfilaba en el horizonte la blanca llama del oleaje del mar, Ana se desmayó.
Su suegra sacó del bolso un frasco con vinagre aromatizado y se lo alargó a
Cecilio, que se arrodilló para mojar el rostro de su esposa con manos trémulas,
sin hablar ni insinuar siquiera un gesto.
Luego vino la inacabable travesía
del océano, a bordo de una cáscara de nuez en la que pasajeros y tripulación,
llenos de piojos y acribillados por las pulgas y chinches, se apiñaban entre
perpetuos zarandeos, arfares, ríos de vómitos, volatería de cucarachas y
montería de ratones. Comían en cuclillas sobre el suelo, en platillos de madera
donde les servían escasas habas guisadas con agua salada, abadejo, cecina o
bizcocho reseco. Necesitaban perder olfato, vista y gusto para beber el agua,
que se les repartía por onzas. Dormían con veinte personas más, apretujados
entre baúles, arcones y atados de ropa, en un pequeño, cerrado, oscuro y
maloliente aposento al que se descendía por las escotillas abiertas en
cubierta. El viento gimiendo y las olas bramando contra los costados del barco
los acunaba; y, de cuando en cuando, si la galerna zahería la nave, bultos y
cuerpos chocaban violentamente. Dos
meses después de aquel calvario terrible y mugriento apareció a lo lejos una
blanca playa orlada de luz tirante y distinta, que besaba la maciza oscuridad
de una selva cuyo misterio esculpía el chillido de miles de pájaros desconocidos.
Al día siguiente, los acogió un remedo de ciudad construida por el latido de
los sueños que empezaban a cumplirse bajo un cielo manchado de sangre.
Finalmente, Ana sufrió el desconcierto de un nuevo hogar: un exiguo corral y
dos menguadas estancias entre muros de adobe cubiertos por un techo de palma,
con dos ventanas y suelo terrizo; e imaginó
que caía en un aire sin fondo donde apenas pesaba su cuerpo. Ningún
nacido de mujer que hubiese atravesado tan enconadas pruebas podía albergar la
insidiosa certeza de haber sido concebidos a imagen y semejanza de un Dios indescifrable.
La noche en que llegaron a
Santo Domingo de La Española, Ana y
Cecilio se acostaron solos por vez primera. El
silencio cayó sobre ellos. Abrieron sus respectivos arcones y extrajeron
los camisones, que tendieron sobre la sábana. Cada uno se sentó a un lado en el
borde de la estrecha cama, abatidos y escuchando el latido de su corazones, dándose
la espalda para quitarse el calzado y la ropa endurecidos por la suciedad. La
oscuridad era total, cada uno escuchaba en la sombra el jadeo de una
perplejidad y un temor similar al suyo Ella, tras embutirse en su camisón de
lino, se despojó de la ropa interior y la dejó resbalar al suelo. En ese
instante, le pareció que su corazón se dilataba hasta el punto de llenar todo
su ser. Atravesada por bruscas sacudidas, juntando las rodillas, se recogió en
sí misma, en aquella palpitación interior. Asistiendo por primera vez a esa
invasión de sí misma, sintió vaciarse gradualmente su espíritu de todo lo que
no fuera la espera de algo inminente e irreparable que le helaba la sangre. Con
moderación y temblor, Cecilio puso su pesada mano sobre el hombro derecho de
ella, para girarla. Ana se dejó caer sobre el lecho, ingrávida, resignada a rendirse
a un marido de quien, por lo menos, no temía enamorarse. Sin una palabra, él la
besó con dureza en los labios. Ella aceptó el beso sin corresponder y se limitó
a susurrar:
─Por favor…
Cecilio le subió el camisón
a la cintura, montó sobre ella con un
peso que la asfixiaba, y se adentró en su cuerpo como el morir. Detrás de la
exigua ventana, la selva hervía en crujidos, siseos reptantes, opacos gruñidos
y huidas. Ana presintió que los búhos se estaban abatiendo sobre sus presas,
que las besaban primero con su lengua, les clavaban después el pico y las
estrujaban luego con sus garras. En la oscuridad de la alcoba, ella era incapaz
de distinguir en el rostro de Cecilio la mueca del miedo de la del deseo;
temblaba sólo de dolor, estaba pálida de vergüenza y se preguntaba, ¿quién es él?. Su esposo la embestía con
furia, copulando tozudamente contra toda razón, gimiendo hasta las lágrimas,
que le resbalaban por un rostro raptado por la dureza y la angustia de quien padece
la secreta esperanza de no obtener a su esposa nunca. Ana deseaba ceder a una
voluntad más fuerte que la suya propia, y salía al paso del asco, la rabia y el
dolor para dar a luz una nueva vida. Hasta que, por fin, Cecilio la descabalgó
y, por un instante, la miró con orgullo triste. Luego, se quedó dormido. Ella se
perdió en un arduo laberinto que demoró su noche hasta el minucioso insomnio; diciéndose
que le resultaría imposible acostumbrarse, día tras día, a aquella violenta contienda.
Estaba segura de que el amor verdadero era algo bien distinto de aquel
paroxismo, de esa persecución de absolución por aquel pecado legítimo, aprobado
por la costumbre; tanto más vil cuanto que está permitido revolcarse en él sin
rubor, tanto más de temer cuanto que no trae consigo la condenación. Según
creía, el amor debía ser una dicha elegida, algo que tendría que despertarse
cuando los dos amantes deseasen, buscasen y encontrasen juntos la dulce copa
elegida donde verter la vida entera. No podía imaginarse cómo su espíritu y el
de Cecilio podrían compenetrarse, sin reservarse nada del uno o del otro,
enlazando sus almas y sus cuerpos de manera tan íntima que no existiese forma
de reconocer la trama que los resumiera. Pero había jurado ante el altar que sería hasta la
muerte carne de la carne de su marido, y ni el mismo Dios podía separar aquella
unión. De manera que el único remedio para reparar aquella pusilánime dejación
de su voluntad cometida ante un ministro divino, era proponerse amar a su
marido con afección tan intensa como para confiar en él tanto como en sí misma;
por encima de la frustración insultante de aquel carnal y estremecedor débito
nocturno, que quizás fuese recompensado con el advenimiento de un hijo.
Sin embargo, Cecilio Támara
no le dio ni ocasión ni tiempo. A las tres semanas, depositó el dinero de la
dote en el despacho del abogado don Pedro Sánchez Farfán, para que lo
administrase en calidad de tutor de su madre y de su esposa. Le encareció a Ana
el cuidado de su adusta y acechante madre, y se enroló en la tropa que partiría
hacia Tierra Firme al mando del
gobernador de Nueva Andalucía, Alonso
de Ojeda. Sus adioses fueron secos, aunque ella
se inclinó sobre él con una compasión desolada; queriendo decirle: llegaste a mí un día frío con los ojos
vacíos, y te marchas un día pesado con el olvido en la frente. Buscabas una
mujer y encontraste un alma. Estás decepcionado. Por eso me abandonas en
medio de un torrente de hombres cuyas esperanzas, penas y acciones son casi
siempre miserables. Pero el discurso que había preparado no salió de sus
labios; porque las palabras no sirven para mover montañas, y menos para hacer
que los esposos cruzasen de nuevo la puerta de su desconocida casa y volvieran
a empezar su vida. Aunque le hubiera suplicado que se quedase, aunque le hubiera
dicho que su corazón estaba partido en dos y quería hundirse en la tierra ─aquella
tierra inasible donde ni el clima, ni las tormentas, ni los segundos entre el
rayo y el trueno eran los mismos que hasta ahora habían vivido─, él se habría
marchado de todos modos. Cumplir con la palabra empeñada le confirmaba en sus
tradiciones de honor. Siempre que el hombre, en lugar de dejarse llevar por la ingenuidad de
su instinto, escoge sembrar la estrella de su destino con el vértigo del poder,
se esclaviza persiguiendo una estela de gloria que lo haga protagonista de los
himnos futuros. Se abrazaron. Él se alejó, titubeando de
esperanza, ebrio de vida que entregar a la gloria, con pasos apremiantes y sin
volver la vista atrás. Ella giró sobre sí misma y traspuso el umbral, sorteando
la circunspecta figura de su suegra cuyo rostro corroían las lágrimas. De
pronto, una molicie irresistible se apoderó de Ana, un aturdimiento de
embriaguez que le aligeraba el cuerpo y parecía liberar su alma. No se
arrepentía de nada. Dio gracias a Dios por haberle permitido reprimir su
necesidad de queja y que Cecilio se fuese sin el viático para la despedida de
las palabras no dichas.
De los cuarenta mil nativos
con que contaba la isla al descubrirla Cristóbal Colón ─a quien apodaban el almirante
viejo─, sólo quedaban cuatro mil, extenuados por un trabajo al que no
estaban acostumbrados y afectados por enfermedades traídas desde el otro lado del océano. Valles y quebradas se habían sembrado de horcas donde recibían ejemplar castigo los
cimarrones sublevados. Muchas indígenas mataban a sus recién nacidos, antes de
criarlos para ser esclavos. La lluvia de la fuerza había embebido aquella tierra, y las malezas
muertas la enriquecían cocidas en el caldo de la servidumbre bajo el látigo.
Para los conquistados, ser bueno siempre consiste en conservar y sostener a sus
dominadores; su tragedia es no poder permitirse más que la abnegación.
En el seno de Santo Domingo
convivían con los nativos, hidalgos de toda laya y criminales a quienes se les
habían conmutado las penas por servir en Yndias. Cualquier gentuza, que hubiese
sido azotada o desorejada en Castilla, señoreaba sobre caciques indígenas y
participaba en todas las fiestas, todos los triunfos y todos los dramas. Cada
uno de ellos era feudatario de la Corona y poseía de cincuenta a cien esclavos,
que se le habían encomendado con la obligación de darles instrucción religiosa,
protegerlos, alimentarlos y pagarles en vestidos el equivalente a medio peso al año. A cambio, los encomendados debían
labrar, cosechar y extraer oro hasta agotar las minas. En Carnaval, Navidad y
Pascua los bizarros conquistadores jugaban cañas
y corrían sortijas. En Cuaresma,
celebraban castigos y ejecuciones. De mañana, realizaban aparatosos alardes exhibiendo la fuerza de sus
armas y el dominio de briosos corceles. Por la tarde, en los bohíos que hacían
las veces de tabernas, cultivaban el embuste, la ambición, la fantasía y el
chisme entre dados, naipes, vino y relumbrar de navajas. La noche era la hora
propicia para contemplar a las doncellas indígenas en sus dulces bailes
llamados areytos ; y, luego, amarlas
o violarlas.
En medio de aquel rugido, Ana,
de día, luchaba contra la angustia desgastando su energía en labores domésticas.
De noche, cedía al sueño como una asfixia donde las pesadillas merodeaban como
tigres domesticados; aunque, a veces, el placer ─descubierto sin su voluntad en
aquellas feroces embestidas nocturnas de Cecilio─ se le insinuaba, siempre a su
pesar, y siempre limitado a una parte baja y estrecha de su carne, sin conmover
todo su ser. Sin cesar, luchaba contra el vacío, esa forma cobarde de la
desgracia. Estrictamente vigilada por el riguroso cancerbero que era su suegra,
el tiempo pasado lejos de su marido se perdía, gota a gota o a chorros, como
sangre desperdiciada, dejándola más pobre de porvenir cada día. Se convirtió en la Penélope que de día teje el amargo
manto de la espera, intentado no proclamar su nostalgia, su desolación y su destierro; mientras en la noche lo desteje en el sueño
resignado que vislumbra la armadura de su esposo trayendo la sombra de guerras
en el rostro. Sin embargo, intentaba convencerse a sí misma de que todo el
dolor al que se abandonaba acabaría por convertirse en serenidad
Así pasaron doscientos
setenta y tres extensos días que no fueron más que humo, sumisión y vigilia,
cuando, en la víspera de Todos los Santos el corazón de su suegra acabó por
detenerse, afectado por la sequedad de su propia alma. El caprichoso azar hizo
que las exequias de su ceñuda carcelera revistiesen un insospechado boato que
hubiera llenado de satisfacción al ambicioso ánimo de Cecilio. El fúnebre túmulo
en el que reposaba el ataúd de la difunta, enfundado en negro paño, ocupaba el
pasillo central del humilde templo de adobe y tabla de Santo Domingo. El virrey
y su esposa ─Diego Colón y María de Toledo─ presidían la santa misa de obligado cumplimiento. En el transparente
claroscuro del lado del Evangelio, tres centenares de caballeros erguían su
majeza como un rapto de fe de sus almas, al costado de la escasa veintena de
damas que raleaban el lado de la Epístola. En sus ricas vestiduras, acero,
satén y brocado cantaban una oda de lujo que contrastaba con la sencilla
dalmática negra del dominico que oficiaba la ceremonia. Un delgado rayo de sol
mariposeó en el perfil de Ana, destacando la naturalidad de su figura enlutada
en medio de aquel éxtasis enfático. Tras acabar la lectura de la Buena Nueva,
el sacerdote se santiguó con la humildad de quien está acostumbrado a la meditación, y dijo:
─Mi voz os será la más nueva, la
más áspera y dura que nunca oísteis. La más espantable y peligrosa que
jamás pensasteis oír. Porque soy la voz de Cristo en el desierto de esta isla.
¡Escuchadme pues con todos vuestros sentidos! Estáis en pecado mortal, y en él
vivís y morís por la crueldad y tiranía que usáis con los inocentes indios.
Decid, ¿con qué derecho y con qué justicia los tenéis en tan horrible y cruel
servidumbre? ¿Con qué autoridad habéis hecho tan detestables guerras a estas
gentes que estaban en sus tierras, mansas y pacíficas, a las que habéis
consumido con muerte y estragos nunca oídos? ¿Por qué los oprimís y fatigáis
con excesivos trabajos para que os saquen y adquiráis oro cada día, sin darles
de comer ni curarlos de sus enfermedades, hasta que lográis matarlos? Y, ¿qué
cuidado tenéis que se les imparta la doctrina para que conozcan a su Dios y
Creador, sean bautizados, oigan misa y guarden las fiestas y domingos?
La opacidad de la capilla
distaba leguas de la sonoridad rotunda que refractaban las pétreas sillerías
del inmediato pasado de los fieles. Sin embargo, aquellas palabras hundieron
las manos en el silencio, con la rectitud de una estocada. Las damas,
petrificadas por aquella insólita exaltación, miraban de soslayo a los
esdrújulos caballeros que hervían como esquifes naufragados. Todos aguardaban
con urgencia un decidido gesto del virrey, en cuyo rostro de pálidas facciones
brillaba el resplandor trágico de los amarillentos cirios sobre el altar. En
cambio, Ana sintió cómo su corazón se henchía con el oleaje auroral que en ella
sólo habían promovido las voces de su padre y de Fatma. Se dijo que quien se
atrevía a cuestionar tal forma de vida no provenía de ningún convento de
recoleto claustro perfumado de flores, con abarrotadas bibliotecas, rebosantes
bodegas y huertas ubérrimas. Debía haber nacido en una aljama judía o
musulmana. Y, aunque el impuesto sacramento del bautismo le hubiese acendrado
de tal modo su sangre como para haberse determinado a profesar de dominico, ni
siquiera usando hábito podía ocultar su rebeldía de converso.
─¿Acaso no son hombres? ─continuó el fraile─. ¿No tienen almas razonables? ¿No estáis obligados a amarlos como a vosotros mismos? ¡Tened por cierto que, en el estado en que estáis, no os salvaréis más que los
moros y judíos, que no tienen ni quieren la fe de Cristo!
El hijo del almirante viejo se levantó con airado
respingo y a grandes trancos ofreció la espalda al altar. Su esposa lo imitó.
Un revuelo de alivio y asentimiento, seguido de murmullos, retiñir de espuelas
y siseo de sayas, se convirtió tras la puerta de la capilla en un mar de indignados
denuestos. Cuando el predicador prosiguió con el ofertorio, Ana y el cadáver de
su suegra eran los únicos feligreses del primer templo construido en aquel
Nuevo Mundo recién descubierto para la cristiandad.
Después del escueto
entierro, los pasos de Ana la dirigieron sin ninguna deliberación hacia el
límite de la ciudad, donde el mar se detenía alzando penachos de agua y espuma
sobre el lomo rocoso de los arrecifes. Aquel fragor blanco y tumultuoso produjo
en ella un estado de meditación alucinada que duró varias horas. Viéndose a sí
misma al borde de los días se dijo que, puesto que la voluntad frondosa de Dios
─sin la que no se movía siquiera la hoja del árbol─ la había deparado la ausencia de su carcelera, ya no estaba obligada a no
poder alzarse más allá de acompañar con obediencia otros pasos. Dejándola sola de absoluta soledad, no hacía más que indicarle que ya sólo dependía de su libre albedrío; aquel
resplandor por el cual, como le enseñara su padre, había que estar presto a
sacrificarlo todo y a soportarlo todo, para
que deslumbrase el fondo de nuestra alma. La soledad, una vez más, había
sido el camino por el que el destino la
había querido conduje hacia sí misma.
El doblar de la campana
llamando al oficio vespertino la hizo salir de sus emociones. Y se dio cuenta
de que la resaca hacía retroceder el mar, dilatando su blanco fleco de encaje
con un feroz estrépito. A su espalda, el heroico poniente se dispersaba en oro
sobre el caserío de Santo Domingo. Buscando un horizonte más irreprochable, su
mirada se enfrentó al puerto de Beata. Bajo una nube de gaviotas se erguían en
él las arboladuras de una carabela y una nao con sus velas y foques sin
desplegar. Por sus jarcias subían y bajaban rudos marineros con canciones en
las que pregonaban no querer ligaduras de poder, tierra, astro o viento. Aquel
deseo de sobreponerse a la vida contrariada le sugirió a Ana que, para esquivar
las espinas de su suerte, quizá también ella sólo necesitaba arrojarse a ojos
ciegas en lo que le demandaba su irremediable compromiso matrimonial. Así que
caminó hacia la ciudad, con la indiferencia extraña de quien ha tomado una
decisión definitiva.
─¿Qué son esas naves del puerto, señor Sánchez Farfán?
─La flotilla del lugarteniente del gobernador de Nueva Andalucía.
─¿Os referís a don Martín Fernández de Enciso?
─Ese es su nombre, doña Ana.
─¿Qué le impide levar anclas y partir a Tierra Firme?
─Una deuda elevada con la hacienda del rey.
─¿Bastarían dos mil florines?
─La cubrirían con creces.
─Si yo aporto esa suma, quiero que se me acepte como par en el
mando de la expedición.
─Eso es imposible.
─No sé distinguir lo que es posible y lo que no lo es.
─Enciso no querrá ni hablar con vos.
─Pero sí con vos.
─No aceptará.
─¿Existe alguien más que quiera satisfacer su débito?
─No, que yo sepa.
─Entonces le interesará el trato. Está obligado a partir hacia el golfo de Urabá. Se lo prometió al gobernador de Nueva Andalucía.
─Enciso es abogado. Y muy estricto con la ley. Se enriqueció con ella.
─Pero ahora no posee el dinero suficiente para cumplir su
compromiso con Ojeda. En cambio, yo sí.
─No firmará un acuerdo con vos. No podéis obrar sin consentimiento de vuestro esposo.
─En mi matrimonio rige la separación de
bienes, señor Sánchez Farfán. Soy aragonesa.
─Y, por tanto, extranjera. Os recuerdo que las Yndias son propiedad
de Castilla.
─Su regente es aragonés.
─Aun así. Vuestra firma es papel mojado.
─Pero no la vuestra. Firmad ante Enciso por mí, don Pedro.
─Creedme, es un asunto muy delicado.
─Por eso recurro a vos.
─Me siento honrado con vuestra confianza, doña Ana. Pero...
─A pesar de vuestra
juventud, habéis ganado fama de hombre justo. ¿Por qué no habría de ponerme en vuestras manos?
Desconfiar no es más que una muestra de debilidad. Y yo no soy débil.
─Parecéis, cuando menos, persuasiva.
─La terquedad es mi
esqueleto.
─¿Tanto os interesa ese negocio?
─Sólo quiero tener la seguridad de ir a Tierra Firme.
─¡Vos!
─Mi señor esposo está con Ojeda.
─Perdonadme, doña Ana, pero vuestro propósito me parece descabellado.
─Esa flotilla debería haber partido con socorros para la
expedición hace ya diez meses. Y una deuda logra que puedan estar
pereciendo en este mismo instante trescientos hombres. ¿Os parece eso más cuerdo?
─En caso de extrema necesidad, Ojeda hubiese mandado aviso.
─En estos mares hay muchos naufragios.
─Suponiendo que Enciso aceptase...
─Aceptará. Si llega a Urabá con las provisiones acordadas, será alguacil mayor.
─Pero, vos... Una mujer sola, ¡entre
aventureros!...
─Todos lo somos en Yndias.
─Señora, no os imagino en tierras salvajes, rodeada de hombres a los
que les falta...
─En Castilla, todos vivimos de lo que nos falta.
─¿No teméis el escándalo?
─Mi deber es seguir a mi marido, reunirme con él y compartir su suerte hasta que la muerte nos separe. Haced el
favor de venir a mi casa. Os entregaré el dinero.
Formaban la expedición ciento
cincuenta hombres en total. Sesenta iban a bordo de la “Virgen del amor hermoso”: una carabela de ciento veinte quintales,
veinte varas de quilla, nueve de manga y veintisiete de eslora, defendida por
dos culebrinas. La tripulación se apretujaba hacinada entre armas,
herramientas, arcones, barriles, veinticuatro canes, cuatro yeguas y nueve
caballos. El resto llenaba “La
sanluqueña”: una nao de doscientas toneladas, cargada con seis falconetes,
veinticuatro mulas, cincuenta gallinas, una piara de cerdos, un rebaño de cien ovejas,
y veintisiete arrobas de provisiones y simientes. Fueron necesarias seis
jornadas de gran barullo para estibar cada cosa en su sitio.
Al amanecer de un día de
mediados de septiembre, palpitando de emoción, Ana subió a bordo de la
carabela. Con la debida cortesía, el bachiller don Martín Fernández de Enciso
la recibió al extremo de la escala y la ayudó a saltar a bordo. Era un hombre
digno y reservado, cuyo rostro cetrino enmarcado en larga cabellera negra
ensortijada estaba animado por un
profundo sentimiento muy difícil de definir; acrisolado en la expresión reprobatoria
de sus ojos castaños y sin huella alguna de alegría en la boca. Se le notaba un
cierto desdén, como si extendiera a su alrededor un círculo repelente a las
aproximaciones. Pese a carecer de alguna experiencia como capitán de navío, estaba
considerado una autoridad en astronomía y un excelente geómetra con habilidad
especial para medir el aire. Había estudiado concienzudamente los portulanos catalanes y los mapas
italianos, y sabía de memoria el Almanaque
de Abraham Zacuto, el medio más avanzado para calcular con precisión la
longitud en que debía navegarse. Durante la única entrevista que había
mantenido con él, Ana había percibido en la precisión de sus palabras el
sarcasmo de quien aguijonea a los demás para restañar las punzadas de su
corazón herido por el mundo.
Mientras un grumete se
ocupaba de acomodar el arcón de la joven en una exigua cámara bajo la toldilla
de popa, Enciso le presentó a once caballeros agrupados en el castillo de proa:
Juan de Vegines, Diego de la Tovilla, Bartolomé Hurtado, Diego de Albítez,
Esteban Barrantes, Jorge Sánchez-Gallo, Alfredo Bernaldo de Quirós, Juan de
Valdivia, Benito Palazuelos, Fabián Pérez y Hernando de Argüello. Sobre sus
cotas de malla vestían ricos mantos con capucha. En los graves modales de todos
ellos se adivinaba que algo oculto les confería una estoica determinación y que
estaban acostumbrados a practicar el lujo del coraje. También la cumplimentaron
los tres jefes de la tripulación: el maestre Martín Zamudio ─un vasco de casi seis pies de altura, con rasgos de infinita
vaguedad en un cutis que tiraba a pecoso, pelo castaño lacio,
ojos dormilones, con formas relativamente ligeras y músculos que prometían una
fuerza extraordinaria─; el piloto Codro Aquileia ─un
triestino de cuerpo enjuto y correoso, modales delicados y una expresión de veracidad sin reservas en el rostro─; y el
contramaestre Sabino Ábrego ─un navarro corpulento, de vasto abdomen y ancha bóveda craneal de idealista. Finalmente, Enciso le presentó a fray Andrés de Vera, el capellán de la hueste: un franciscano epiceno, fofo y de mirada bovina,
con ademanes blandos y encarnadas manchas de goloso en la nariz y las mejillas.
La voz del contramaestre,
haciendo bocina con sus manos, gritó:
¿Somos aquí todos?
La tripulación le respondió:
¡Dios sea con nosotros!
A lo que replicó Zamudio:
Salve, digamos,
que buen viaje hagamos.
En gran desconcierto de tonos cantaron
la Salve. Sonaron luego sobre
cubierta las órdenes rápidas y los silbatos. El áncora se zafó del fondo y en
un instante colgaba de la proa, goteando agua y cieno. Un joven gaviero,
llamado Cristóbal de Valdebuso, empezó una copla:
Galeras de Castilla surcan la mar,
Mis pensamientos las hacen volar.
La marinería, ascendiendo por los
flechastes para fijar bolinas y obenques, continuó a coro:
Mis penas son como ondas del mar,
que unas se vienen y otras se van;
de día y de noche guerra me dan.
Tras desplegar las velas, las dos
naves emprendieron rumbo a suroeste. La carabela se balanceó en la gran ondulación del océano. La botavara tiró violentamente de las
garruchas y todo el barco crujió, rechinó y se movió. Ante los ojos de Ana el
mundo entero dio vueltas vertiginosas. Se asió con fuerza a la regala, pero el
antepecho de la vela cangreja le golpeó la espalda, haciéndola rodar sobre
cubierta. Dos marineros la condujeron a su cámara, mientras zumbaba en los
masteleros un coro bronco y sincopado:
Salve el honor
del nacimiento de nuestro Salvador.
Salve Nuestra Señora,
que lo parió en buena hora.
Salve el señor san Juan,
que lo bautizó en el Jordán.
La guardia ha sido advertida:
la tierra ya quedó atrás.
Dios nos conceda buen viaje.
Para ello, todos, ¡rezad!
La joven pasó la jornada bajo
el efecto de una inconsumible somnolencia, entre agobiantes tiritonas y feroces
arcadas. Temibles guiñadas y arfares la catapultaban de un lado y otro de la
minúscula cámara, que apestaba por el hedor de la sentina y acentuaba los ecos
de las persecuciones de ratones, los ladridos de los canes, los relincho de los
caballos y los gritos, que ordenaban con verbos desconocidos faenas que se
llevaban a cabo con herramientas de nombres incomprensibles. La fiebre la hacía
verse reflejada en un imposible espacio de espejos infinitos formando una
vertiginosa telaraña. Se hallaba en el interior de una casa construida sobre el
agua, que tenía todas sus ventanas abiertas. Tenía conciencia de haber llegado
hasta allí rodando, por seguía rodando y giraba sobre sí misma de habitación en
habitación, igual que una peonza lanzada, con tal fuerza, que finalmente la
hizo precipitarse en el fondo del agua; donde trazaba infinitos círculos que, a
medida que descendía, formaban un embudo que buscaba desesperadamente la
superficie para estallar y llenarlo todo de oscuridad. Tras la primera
inquietud estaba fascinada con el deslizamiento hacia abajo por muy negro que
fuese, con el rumor de la sangre zumbándole en los oídos por el latido de su
corazón. Sobre ella, a enorme distancia, veía un par de puntos, dos cuerpos con
alas, juntos al principio, pero luego uno de ellos ascendía en una curva cada
vez más empinada, hasta que se precipitaba perpendicularmente en el mar. Durante
un momento el otro revoloteaba sobre el lugar y seguía su vuelo hasta
desaparecer. Y Ana se decía que de haber sido dioses difícilmente hubieran permitido
que se abatiese una desgracia así sobre ellos. Empezó a nadar ascendiendo para
buscar al que había caído en el mar, preguntándose que habría pasado con él;
pero no lograba dejar atrás la oscuridad.
Al día siguiente comenzó a sentirse algo mejor.
Desinhibida por la urgencia, evacuó los retortijones de su vientre asomando con
dificultad el trasero por la portilla. Cambió luego su vestido de luto lleno de
vómitos por un traje de color azafrán con mangas acuchilladas, por las que
asomaban las blancas holandas de su ropa interior. Se calzó unas chinelas sobre
alcorques de suela de corcho para no resbalar en cubierta. Ascendió al castillo
de popa y solicitó al grumete un barreño con agua; no importaba que fuese del
mar.
─¿Os encontráis ya bien, signorina? ─le preguntó el piloto, con
una sonrisa.
─¡Gracias a Dios! ─respondió
Ana.
─In principio è successo
a todos. Ma quando uno llega a
sentirse bene con la vida del mar ya
no puede vivir a gusto sulla terra.
Ayudada por el grumete, que le
trajo dos barreños, la joven bajó a su cámara. Tuvo que esforzarse en emplear
un genio firme para impedir que el muchacho hiciese la limpieza del camarote,
como persistentemente pedía. Se quitó el traje recién puesto, fregó el
entablado y arrojó el agua sucia por el pequeño ojo de buey. En el otro barreño
lavó con ahínco el pringoso vestido de luto y lo tendió luego, sujetándolo con
las fallebas de la portilla, igual que si se tratase de un estandarte flameando
al viento. Volvió a vestirse con el traje color azafrán y subió de nuevo a
cubierta. La tripulación la observaba con una zumbona sonrisa en los labios. El
grumete había girado la ampolleta del reloj de arena y cantaba con todo el aire
de sus pulmones:
Cuatro horas se han pasado,
otras cuatro llegarán;
las anteriores se acallan,
las siguientes suenan ya.
Buenas fueron las que van,
mejor serán las que vienen,
pues buen viaje nos aguarda
si Nuestro Señor quisiere.
¡Ah de proa! ¡Buena guardia!
¡Alerta las cuatro horas!
¡Que sabe Dios cuántas quedan
por contar, por padecer,
y por volver otra vez!
Despaciosa y precavida con el
balanceo de la “Virgen del amor hermoso”,
Ana caminó hacia proa observando los afanes de los marineros. Eran figuras
ágiles de percudidos rostros, encallecidas manos y ademanes febriles. Tenían la
compostura de los árboles que reciben el viento, la lluvia, la noche y el sol
sin cambiar en el cambio. Vestían blusones de caperuza, calzas y bonete de
lana. Trabajaban con menos disgusto que orgullo. Sus ojos parecían iluminados
por afiebrados pensamientos no compartidos con nadie. Si sus almas estaban
tristes, su expresión de serenidad lo desmentía; aunque resultaba evidente que
el sufrimiento era la médula de sus huesos, y que de la paciencia esperaban el
prodigio que les abriera los cielos para que todo les fuese posible.
Llegaron a oídos de la joven
las voces de quienes amuraban las rastreras en uno de los tangones de proa.
─Me dijeron: cinco años de
galeras, o soldado en la flota de Enciso. Y, ¡qué fui a elegir!...
─Pero, ¿qué se nos ha
perdido en el golfo de Urabá?
─¡Oro! Mucho oro. Y tierras
paradisíacas repletas de árboles aromáticos, perlas y mujeres desnudas.
─¡Menos palique! ─les gritó
el contramaestre Ábrego desde cubierta.
El monito encaramado al
hombro uno ellos se asustó con el bocinazo del navarro, dio un brinco y
ascendió de jarcia en jarcia. Cristóbal de Valdebuso lo siguió, y sólo pudo
atraparlo en la más alta verga de
velacho.
─Tiene el rabo gangrenado.
¡Hay que cortárselo! ─gritó a los de
abajo, que desde allí parecían figuritas de mazapán.
─¡Eso, no! chilló Ortuño, el
baracaldés dueño del monito.
El gaviero metió la
embocadura de una bota de vino entre los dientes del mico y le hizo beber a la
fuerza. Los marineros reían mientras el animalillo se ahogaba en borbotones.
Finalmente, logró zafarse de las manos de Cristóbal y cayó de estay en estay,
brincando entre cabriolas. De pronto, un ruido sordo heló las carcajadas de la
marinería. El gigantesco Ortuño descargó tal puñetazo contra el palo de mesana
que hizo sangrar sus nudillos. El franciscano se abrió paso entre el grupo que
miraba absorto la cubierta.
─¡Estaba borracho! ─dijo,
displicente. Y volvió la espalda al animal despanzurrado. A los marineros se
les escapó una carcajada atroz. Ana comprendió que la violencia llenaba la
sangre de aquellos hombres; debían sentirse muy desgraciados para exteriorizar
de aquel modo su crueldad.
─Ni la falúa de Cleopatra
llevaba a alguien tan bonita como vos, querida─ voceó un sonriente marinero con
la cara picada de viruelas, antes de encajar un fuerte rebencazo propinado por
el contramaestre, que luego alzó la mirada hacia los gavieros y gritó:
─¡Levad el papahígo de
trinquete y empalomadle la boneta!
Las lonas resplandecieron al
sol, que emprendía su vuelo ascendente. El piloto había fijado el timón y
acodado sobre él, modulaba en una siringa de cañas enceradas una melodía
dulcemente melancólica. Ana permaneció durante horas en el entrepuente, cruzada
de brazos sobre la borda; hipnotizada por el hechizo azul del océano. La
abertura de espumas que se angostaba y ensanchaba con suavidad a lo largo de
los costados de la carabela le parecían abrazos de encaje llenos de promesas.
Pero, ¿promesas de qué? ¿Qué desconocida ventura le iba a deparar el mañana y
el día siguiente y el porvenir? El viento, soplando en ráfagas, alborotaba sus
cabellos, inflamaba los cuchillos de sus mangas y alzaba su vestido y sus enaguas,
dejando ver la palidez dorada de la mitad de sus pantorrillas y sus pies desnudos en sus chinelas de satén
marrón.
Una distante voz estridente
la despertó de su largo lirismo. A proa, fray Andrés de Vera advertía a la
tripulación:
─...el rítmico balanceo de
una nave ejerce sobre las mujeres un malsano hechizo que estimula e inflama su
lujuria. Por esa razón, los paganos de la antigüedad representaban a la diosa
del libertinaje saliendo de las espumas del mar. Y por eso es de mal agüero una
presencia femenina a bordo. En el caso que nos ocupa, no nos queda más remedio
que soportarla pero, si por un acaso, ¡Dios no lo quiera!, advirtieseis en sus
maneras algún signo de concupiscencia, responded con la helada espada de
vuestro desprecio...
A la joven se le escapó el
comienzo de una carcajada, que se apresuró a embozar con las manos.
La mañana fue sofocante y,
sin embargo, cristalina. Los alisios inflamaban el trapo en rachas, tan fuertes
y continuas, que empujaban las naves a barlovento.
─Es hora de probar un
bocado, señora ─le dijo el maestre Martín Zamudio, a mediodía─. Y la condujo de
la mano en el descenso de una escalerilla que daba a una sala medianamente
amplia, de paredes desnudas, soleada por parte de la claraboya de proa y
amueblada únicamente con una mesa y algunos asientos; en los que ya estaban
sentados el bachiller Enciso, el capellán y los caballeros que, al verla
aparecer, bromearon sobre su indisposición a consecuencia de los primeros
barquinazos.
─Pero tampoco le hagamos
creer que fue la única en arrojar la papilla. ¿O no, señor Palazuelos?, ¿O no,
señor Sánchez Gallo? ─advirtió, sonriendo pícaramente, Zamudio.
─¡Ya lo creo! ¡Hasta la
leche que mamaron, echaron éstos! ─corroboró, con una risotada burlona,
Bernaldo de Quirós.
─Siendo la segunda vez que
se embarcaba, lo anormal hubiese sido que doña Ana aguantase como si nada
─puntualizó Zamudio─. ¡Virgen Santa!... Aun recuerdo cómo fue mi primer
vértigo. ¡Qué digo vértigo! ¡Terror!... Aunque aquel día no era la primera vez
que lo sentía.
Era un hombre de natural
paciente y reflexivo. Había surcado los mares durante muchos años y le gustaba
aquella vida, porque su silencio favorecía la meditación. Y sin embargo, pronto
resultó evidente que disfrutaba con una charla amistosa más que con el sobrio
refrigerio que servían con diligencia tres grumetes. Aunque su conversación
fuese tan borrosa como la de un
desbordante palurdo, como buen solitario lo que esencialmente saboreaba era el
sonido de su propia voz.
─Empezando por el principio,
como debe ser ─añadió─, diré que me llamo Martín porque fui bautizado en la
parroquia de San Martín de Arteaga, en el valle del Txorierri, en Vizcaya. Y
como la noción de padre nada tiene que ver con mi conciencia, me pusieron de
apellido Zamudio, que es el nombre del pueblo en el que nací. De mi madre
recuerdo que era alta, delgada y morena, y que trabajaba quitando piedras de
los campos o manejando el estiércol con una horca, como si fuera un hombre.
Incansable. Vigorosa. Con los mechones de su cabello flotando alrededor de su
rostro huesudo.
Continuó contando que se
acordaba de sí mismo cuando era un crío, corriendo descalzo junto a una bandada
de patos, prácticamente desnudo. Por la noche, y con el permiso del granjero,
su madre y él dormían en una especie de establo ruinoso con sólo medio tejado,
acurrucados juntos en el suelo sobre un poco de paja. Y precisamente sobre un
haz de paja se encontró una noche a su madre, muerta. En la oscuridad, su
silencio y la frialdad de su rostro lo sobresaltaron de una manera espantosa.
Suponía que más tarde la había enterrado, pero no lo sabía a ciencia cierta,
pues echó a correr lleno de pavor y no se detuvo hasta llegar al mar. Los
perros que vagaban por la playa lo aterrorizaron aun más, y se escondió en un
falucho donde no había nadie. Unos cuantos sacos vacíos sobre la cubierta le
parecieron un lecho magnífico. Y, absolutamente agotado, se quedó dormido como
una piedra. La tripulación de la pequeña embarcación regresó en algún momento
de la noche y zarpó hacia alta mar. Entonces tuvo lugar el pánico más espantoso
de aquellas horas. Mientras un algo indefinible en el interior de su cabeza
giraba como un molinillo azotado por el viento, un frío con la fuerza de una
garra de tigre le subió desde el recto hasta la nuca, helándole la sangre de
los músculos igual que si miles de alfileres lo hubiesen acribillado. Notó cómo
adquiría su piel la rugosidad de la carne de gallina y cómo se le erizaban los
cabellos, mientras parecía como si sus testículos se le hubieran izado hasta la
garganta para ahogar allí cualquier grito o gemido. Sus intestinos empezaron a
batirle inclementemente, provocándole incontenibles arcadas que terminaron en
un arroyo de vómitos. Cuando recuperó el sentido, el sol ya estaba en el
mediodía, y se vio arrastrado por el cuello hasta que fue depositado junto a
unas redes. Tú, polizón, ¡a trabajar!,
le espetó una voz áspera.
─Y durante ocho años
─concluyó Zamudio─ me acostumbré a contrarrestar con vaivenes de mi cuerpo el
subir y bambolearse de la estrecha cubierta sacudida por el capricho de mares
juguetones o coléricos. Ya no hice otra cosa que trepar por jarcias, aparejar
velas y reparar redes para echarlas luego al mar. Hasta que un día que llegamos
a puerto, tendría yo entonces unos quince años, me escapé de mis amos y me
enrolé de grumete en la armada del rey, nuestro señor Enrique el impotente, que en paz descanse. Y ya
me veis. ¡Es la tercera vez que guío una carabela como maestre!
Durante las singladuras
siguientes, los hombres, en parejas o tríos, se movían en silencio a lo largo
de las amuradas, hundiéndose en la opaca paz
de la rutina. El vigía canturreaba una canción interminable y mantenía
los ojos clavados hacia el frente, con una mirada vacía. La carabela seguía su
marcha veloz como un diminuto planeta. Tenía su propio futuro; albergaba la
vida de los seres que pisaban su cubierta, poseedores de una intolerable carga
de penas y esperanzas. La augusta soledad del sendero de la nave otorgaba
dignidad a la sórdida inspiración de su peregrinaje. Avanzaba espumeante como
si la guiase la valentía de una empresa. La sonriente grandeza del mar
empequeñecía la dimensión del tiempo. Los días se perseguían uno al otro,
brillantes y rápidos como los chispazos de luz de un faro, y las noches, sin
peripecias y breves, parecían sueños fugaces. El sol la contemplaba todo el
día, y todas las mañanas se elevaba con una mirada ardiente, redonda, de
inmortal curiosidad. Ana no lograba acostumbrarse aun al hacinamiento de
objetos, animales y hombres; a los mareos provocados por el inexorable ebriedad
de la nave; al hediondo olor de la sentina y del agua pestilente que se extraía
con bombas de achique; a la fetidez de los excrementos de los animales y los
malos olores que pasajeros y tripulación iban acumulando; a las pulgas que
saltaban por las tablas, a los piojos que se criaban en las costuras y a los
chinches que estaban en todos los resquicios; a las dificultades para hacer sus
necesidades y para lavarse; a las escasas raciones de agua y la frugalidad de
la comida; al continuo crujir de las cuadernas y el gemido sin fin de los
vientos. Sin embargo, se sentía con el entusiasmo de un pájaro que despliega
sus alas en la cima de un acantilado y permanece suspendido en el aire
intentando volar por vez primera. Aquella carabela empezaba a representar para
ella un hogar perfecto, por errante e independiente. Un hogar que sentía vivir
en cada balanceo, en cada vaivén de sus ahusados mástiles, y le infundía
energía suficiente para arrostrar lo que el insondable azar le deparase; no
importaba cuán alarmante, terrible o amenazador fuese. La plenitud de su infancia
y su adolescencia germinaban en su recién estrenada libertad. Volvía a creer
confiada en la felicidad de la vida, esa inocencia. Lanzándose a vivir sin un
plan preconcebido, demostraba su confianza en el azar, por si le quería hacer
dichosa de una manera que no acertaba a comprender.
Antes de que amaneciera el
séptimo día la “Virgen del amor hermoso”
roló hacia el oeste, dejando atrás las blancas cumbres de la que bautizó el almirante viejo como Sierra Nevada.
La brisa había amainado. Cuando el sol apenas nacía a sus espaldas, el maestre Zamudio
cantó, desde popa:
¡Bendita sea el alba
y el Señor que nos la manda!
El contramaestre le respondió desde proa:
¡Bendito sea el día
y el Señor que nos lo envía!
Los marineros se incorporaron a la brega,
coreando:
¡Gloria al alba y su rosada luz,
y a la cruz donde murió Jesús!
¡Gloria a la muy Santa Trinidad
que es Dios mismo en su santa unidad!
¡Gloria al cristiano corazón
que de Dios reclama el amor!
¡Gloria al día que está al llegar!
¡Dios ha aplastado la oscuridad!
Ana ascendió a cubierta con la rapidez de los niños que salen
de clase cuando suena la campana que
anuncia el recreo. Se encontró con una calma absoluta. Hasta donde la vista le
alcanzaba nada había sino una solemne inmovilidad. Nada se agitaba en las aguas
y, sobre ellas, en el lustre intacto del cielo. La carabela flotaba, tranquila
y erguida, como si estuviera atornillada sólidamente a su propia imagen
reflejada en el inmenso espejo sin marco del océano.
─Bella giornata, non è vero, signorina? ─le dijo el piloto. Estaba
sentado perfectamente inmóvil, con sus pies morenos de sol plantados con
firmeza sobre el timón, esperando que el destino hiciese levantar la brisa y
permitiera a la nave abrirse camino a través del mar de zafiro.
─Espléndido día, ya lo creo ─le
respondió Ana─. Con demasiada calma, ¿no?
Una carcajada cristalina
estiró los labios del piloto, y le respondió:
─Avete già perdido el miedo a los
zarandeos, ¿eh? No os preocupéis, signorina Ana. A veces la brisa tarda un po’ en levantarse, come los carpiteros en domenica.
Los impacientes pasos del contramaeste resonaban sobre la cubierta. Se
detuvo ante Zamudio y abrió de golpe seco los brazos para exclamar:
─¡Nada! No cambia...
─No ─dijo el vasco. Luego miró al cielo impasible, de norte a sur, y añadió ─Aunque no he navegado nunca con
ningún maestre que no lleve prisa cuando un condenado periodo de calma le
agarra por los talones. Y cuando sopla una brisa...
Con gesto perplejo, giró su rostro hacia el bauprés proyectándose
audazmente más allá de la donosa proa, semejante a una lanza suspendida en alto
en la mano de un enemigo. Se volvió hacia el maestre y le puso la mano en el
hombro.
─¿Oís?... ─exclamó,
alborozado.
─Oigo, señor. Riza la marea.
─Dad la orden de que larguen
el trapo. ¡Vivo!
Sobre el océano, hasta los
más remotos límites a que la vista alcanzaba, apareció a barlovento, avanzando,
una faja hirviente de espuma, semejante a un angosto listón blanco arrastrado
rápidamente por los extremos, que se perdían en el fulgurante sol naciente, que
ardía al nivel de la lisa superficie de las aguas. Cuando apuntaba ya en el
dorado horizonte la silueta de “La
sanluqueña” con todas su velas desplegadas, el sedal de espuma llegó hasta
la carabela, pasó por debajo, alargándose a ambos lados; y a ambos lados el
agua atronaba. El viento inflamó las velas.
Ya había rebasado el sol su cénit
cuando la voz del vigía de turno en la cofa hizo que algunos marineros se
agrupasen con sobresalto en el pescante del ancla de babor:
─¡Tierra a la vista!
El ventarrón estaba cesando,
y la carabela, como agradecida a los esfuerzos de la marinería ─que había
estado ocho horas luchando denodadamente con cordajes y bombas de achique─
avanzaba como si la guiase la valentía de una alta empresa. Ana, que se había
guarecido en su camarote, volvió a ascender a cubierta para apoyarse en la
barandilla. Pero por más que escrutó en derredor no advirtió nada que no fuese
la amplia extensión del océano bajo el
cielo que ya matizaba su blancura. Media hora más tarde aparecieron uno
o dos pájaros, planeando y chillando. Rápidamente se hicieron mucho más
numerosos; se suspendían y volaban en increíble densidad, como una bandada de
mosquitos. A lo lejos, en la línea de estribor, se divisó la miniatura de una
playa que parecía orlada de blonda y coronada por profundos boscajes sobre los
que la niebla difuminaba cimas violáceas. Al cabo, Ábrego mandó echar las
sondas, con intención de fondear en
aquella bahía para proveerse de agua y adobar la quilla de la carabela, que se
había ido agrietando. Y durante un tiempo todo consistió en que aquella sublime
belleza se fuese agrandando hasta sus reales proporciones.
Estaban ya en tierra dos
cuadrillas hacheando los troncos de los rugosos gigantes que se adentraban en
la playa, cuando los perros comenzaron a ladrar en la nave. Las profundas
sombras del bosque se llenaron de siluetas de hombres desnudos. Los leñadores
corrieron a los esquifes, para ponerse a salvo. El bachiller Enciso ordenó que
veinte tiradores, resguardados por el empalletado de las regalas, apuntasen sus
arcabuces contra aquellos seres que le parecían brutos y no hombres. Ana se
fijó en los músculos alargados que daban esbeltez flexible a los cuerpos
cobrizos de los indígenas. Tenían algo más de cinco pies de estatura, carecían
de barba y llevaban sus negros cabellos recortados a partir de las orejas. Se
adornaban con tocados de plumas de pájaros de colores chillones, y con
collares, zarcillos y pulseras de conchas engarzadas. Blandían garrotes en sus
manos, y arcos de caña les cruzaban los torsos. Con silencio grave fijaban sus
miradas de azabache en la carabela. Brillaba la brisa y desde el interior de la
verde fronda llegaba el eco de miles de pájaros. Sin dejar de ladrar, los canes
arañaban la borda con sus zarpas o recorrían la cubierta atropellando a la
tripulación. Cuando con el susto aun en el cuerpo ascendieron a la carabela las
dos cuadrillas de leñadores, los indígenas se sentaron bajo los árboles y,
acompañando el retumbar de dos tambores, sus voces corearon una desconsolada
salmodia. Al cabo de un cuarto de hora, el piloto rompió aquel medroso instante
lanzando al agua un esquife.
─C'è un lavoro da fare, no? ─dijo.
Y descendió por la escala.
La tripulación volvió sus ojos hacia el bachiller esperando una señal que nunca
llegó. Codro Aquileia remó suavemente hacia la playa.
Hacía tiempo que había
cumplido los cuarenta años, como evidenciaban las arrugas de su abombada frente
que desembocaba en una ancha calva. Era natural de Trieste, la ciudad/estado de
la península italiana que estaba ahora bajo el dominio austriaco. Buen bebedor,
nunca perdía los nervios ni el sentido del humor. Se decía que las mujeres lo
habían arruinado, a pesar de su rostro fiero. Tenía maneras delicadas y estudios
en cirugía y astrología, pero había nacido para navegar; al fin y al cabo, su
padre había sido arponero en el Mar del Norte; aunque un día en una apuesta
hubiese ganado el suficiente dinero como para pagar a su primogénito estudios.
Su confianza en la dócil nave que manejase adquiría la misteriosa dignidad del
amor. Para él, un barco poseía todas las virtudes de un ser viviente: ligereza,
obediencia, integridad, resistencia, belleza, capacidad para obrar y sufrir. La
voluntad de la nave era su propia voluntad; su pensamiento, el impulso del
velero. Convencido de que no valía la pena vivir otra vida que la de la
libertad de tomarle al sol su luz eterna, había cazado focas en el Mar del Norte,
naufragado en el Cuerno de Oro de Estambul, oído las sirenas en las islas del
Egeo y pescado perlas en aquella Tierra
Firme. No temía más que a un Dios que no perdonaba, y deseaba terminar sus
días en una casita, con un huerto adjunto, muy en el corazón de la campiña
friulana, fuera de la vista del mar.
Nada más saltar a la playa
comenzó a despojar de ramas uno de los árboles. Ábrego y media docena de
hombres se decidieron a secundar aquel gesto desafiante y descendieron a los
bateles. Cuando echó sus anclas a media milla “La sanluqueña”, otros veinte hombres echaron por la borda su miedo
y los imitaron. Al cabo, con el revuelto afán de sus hachas, golpeaban la
corteza de los troncos hasta hacerles aparecer su blanca enjundia. Trabajaban
pendientes de su arma y de la inmovilidad estatuaria de los indígenas, pero con
la concentración de las abejas en un panal. Un cerco de mosquitos los
aguijoneaba cebándose en sus espaldas y torsos desnudos. En las naves, los
canes, agotados de ladrar, babeaban por sus fauces abiertas. Enciso daba
zancadas de proa a popa, con el rostro frenético de quien desmadeja un
laberinto de indecisión.
─¿A qué esperamos para
darles una lección? ─se exasperó Jacinto Pancorbo.
─¿Para qué, si no ─insistió
el asturiano Bernardino de Cienfuegos─ se inventaron estos arcabuces?
─¡Cuanto antes empecemos el
jaleo, mejor! ─aventuró Juan de Ezcaray.
─Hay que demostrarles que
Dios y nuestras armas nos dan derecho de señorío ─remachó el caballero Fabián
Pérez.
Con el fulgor rojo del
crepúsculo, Aquileia, Ábrego y los otros veintiséis regresaron a las naves. Los
nativos encendieron hogueras que crepitaban turbulentos resplandores en sus
ojerosas facciones de vigilia. Aquella inmovilidad de tensos azores entró en la
negrura de la noche, tiránicamente intacta. La hoz del cuarto creciente se
columpiaba en los mástiles desnudos de las embarcaciones. El bachiller, en un
corrillo formado por Zamudio, Ábrego y los caballeros, murmuró una disculpa
vaga de por qué no quería hacerles guerra a aquellos salvajes: no podía eludir
en modo alguno el cumplimiento de la cita que tenía con Ojeda en aquella rada
que Colón había bautizado con el nombre de Cartagena. Fabián Pérez dio a
entender que una operación de castigo sobre aquellos seres desnudos, sin más
armas que porras y flechas de caña, sería tan sencilla como ir de romería, y
que el ruido de los tiros de escopeta serviría para mejor advertir de su
presencia al gobernador de Nueva
Andalucía.
─No nos podemos permitir ni
el más mínimo gasto de pólvora. No sabemos la circunstancia en que pueda
hallarse Ojeda al día de hoy ─sentenció Enciso─. Y por cierto que no le
estorbarán las armas y provisiones que traemos en su socorro.
El batir de los tambores y
el fúnebre cántico de los indígenas estremecía la tierra como un conjuro
inacabable. Sin embargo, para Ana, aquellas voces poseían un no sabía qué de
puro y sobrenatural que penetraba su alma, manteniéndola en pie y apercibida
igual que la necesidad. Por la tripulación se extendía un sudario de tácitas
preguntas, mientras el sonido de la mar agotada sobre la playa los acompañaba
con una monotonía somnolienta. No obstante, fueron escasos los que lograron
conciliar el sueño aquella noche de ira en el hierro dispuesto a acometer. La
fortuna inesperada de la mañana se parecía a ya una sombra pintada que la
desventura del anochecer borraba fácilmente, como una esponja.
Ese desazonado encantamiento
─roto sólo por el borboteo humeante de los negros coágulos de brea sobre el
fuego, el rechino de las sierras en las vetas de la madera, y los martillazos
restañando las heridas del casco de la carabela─ se rompió a los tres días.
Cuando se terminaron de clavar las bulárcamas de la quilla de la “Virgen del amor hermoso”, Aquileia
avanzó con serenidad hacia los nativos que, como impulsados por un resorte, se
irguieron y tensaron sus arcos hasta hacer que el tallo de sus dardos lamiese
el borde. Los cincuenta carpinteros, con los miembros agotados y la boca
asolada por el sabor del óxido y el salitre, acariciaron la empuñadura de sus
espadas. Pero el piloto, sin volverse a ellos, hizo un decidido gesto con su
mano izquierda para disuadirles de que desenvainasen. A lo lejos, los arcabuces
que sembraban los antepechos de las naves se aseguraron un primer blanco bajo
las frentes perladas de sudor frío. La brisa libre del mar ahuecó la sombra de
los árboles, sobre los que una nube de pájaros refractó efímeros resplandores. Aquileia
alzó su diestra a la romana y, para pasmo de todos, saludó a los nativos en
lengua chibcha. Un joven engalanado
con la cabeza disecada de un jaguar, pectoral de plumas multicolores, y en su
mano izquierda un largo cetro donde brillaban unas abrazaderas de oro, alzó su
diestra tal y como había hecho el triestino. Los indígenas aflojaron los arcos.
Los escopeteros de las naves intercambiaron miradas sorprendidas y aliviaron el
rostro. Pero ninguno de los carpinteros de la playa soltó la empuñadura de sus
aceros. El joven del cetro avanzó con parsimonia solemne hacia el piloto que,
distendido como si hubiese encontrado a un amigo, le soltó en lengua chibcha una larga parrafada. Mientras,
el joven del pectoral de plumas lo rodeaba sin dejar de escrutarlo, como si
fuese un sastre que estuviese tomando medidas a un nuevo cliente. Finalmente se
detuvo, le ofreció la diestra y hablaron durante un tiempo nada breve.
─No hay dos como él,
Creedme, señor bachiller ─dijo, sonriendo, Zamudio─. Ese triestino es capaz de
llegar a un acuerdo con el mismo demonio. Os lo aseguro. Sabe utilizar la
lengua que se habla en cualquier sitio dónde haya estado antes. Y en esta Tierra Firme anduvo pescando perlas con
el sevillano Rodrigo de Bastidas.
Ana observó que ninguno de
los nativos enfrentaba la mirada con el joven de la cabeza de jaguar; hasta tal
punto que, cuando se giró para señalar con su índice un lugar hacia oriente,
todos se arrodillaron bajando los ojos con reverencia. Sin embargo, Aquileia no
dudó en darle la espalda para gritar a los carpinteros:
─Dice che a cento pasos ci è un
arroyo. Portate las barricas, y
llenadlas.
El joven jefe volvió a
estrechar la diestra del piloto y se internó en la selva. Los suyos
desaparecieron tras él, con calculada lentitud.
Al ascender el piloto a la “Virgen del amor hermoso” contó a Enciso
que aquellos indios pertenecían a la tribu tairona,
y que querían la paz. Cuando él les había dicho que sólo iban de paso, su quevi le había pedido perdón por
haberlos confundido con los hombres de Ojeda y de Nicuesa. Los primeros habían
quemado vivos a hombres, mujeres y niños que defendían tres aldeas, llevándose
más de seiscientos cautivos. Los segundos habían saqueado y pasado a cuchillo a
los habitantes de un gran poblado. Al parecer, luego se habían trasladado ambos
al golfo de Urabá. Pero ya no habían sabido más de ellos, pues taironas y urabáes estaban en guerra desde el principio de los tiempos y
ninguno de ellos entraba en las tierras del otro.
─Naturalmente, ho detto que nosotros no sabemos quiénes
puedan essere esos Nicuesa y Ojeda. Que
vamos de paso y sólo queremos encontrar l'acqua.
─¡Habéis tenido corazón de
negar a nuestros gobernadores! ─le afeó el bachiller.
─Abbiamo bisogno di acqua, no? ─le respondió, serenamente, el piloto.
─¡Sois un Judas! ─apostilló
Enciso.
Estaban las cuadrillas de marineros
terminando de cargar los esquifes con una docena de pipas rebosantes de agua,
cuando volvieron a aparecer los nativos para ofrecerles pan de maíz, pescado
salado y vino de palma. Ante tan sencilla manifestación de amistad de unos
seres sin sometimiento, Ana sintió la vergüenza pesando en su alma. Aquellas
terribles noticias dadas al piloto por el jefe de los indígenas ardían en su
interior como una llaga, iluminándolo de horror. Se preguntaba qué espantosa
ofensa podían haber hecho gentes como aquellas, que parecían inocentes y
bondadosas, que se mostraban desnudas y sin defensas, para que dos huestes de
gente armada con arcabuces, caballos, perros, espadas y lanzas tuviesen
necesidad de sojuzgarlos y matarlos tan bárbaramente.
Dos horas más tarde la
expedición de Enciso levó anclas con rumbo al horizonte donde el sol se
desangraba en el mar.
A media mañana del día
siguiente, sobre un océano que comenzaba a rizarse, avistaron un bergantín que
casi desmantelado orzaba a sotavento dando continuas guiñadas. En su cubierta,
diez hombres desfondados estallaron en una marejada de gritos de socorro, con
el convencimiento de que al fin se libraban de una insoportable pesadilla. El
bachiller mandó arriar el trapo de su nave y les envió dos bateles con agua y
víveres.
Cuando aparecieron por la
borda del bergantín los marineros de la carabela, los náufragos se lanzaron
sobre ellos igual que una ola salida de la niebla. Al cabo, movían las
mandíbulas sin cesar, con el lento esfuerzo de quien mastica un trozo de cuero.
Los bordes de sus párpados fueron adquiriendo un tono escarlata. Uno de ellos,
de mediana estatura, rostro cetrino y enjuto, descendió a un esquife que
retornó a la carabela.
Aparentaba cuarenta años y,
a pesar de sus harapos que desvelaban cien cicatrices en los músculos tensos de
una persona nerviosa, tenía un aire imponente de embriaguez y grandeza. El
rumor monótono del chapoteo de los remos lo ayudaba a devanar el médano de
anhelos tejido en el pretérito para un instante tan decisivo como el que se le
avecinaba.
Se llamaba Francisco Pizarro. Había nacido en
Trujillo y era hijo natural de un coronel que estaba en las batallas de
Nápoles. Su infancia habían sido enhiestas torres y gráciles espadañas, vuelo
de cigüeñas surcando cármenes quemados de hielo y estío, gruñidos y podrido
olor de cerdos. En las noches frías de invierno, cuando él y sus hermanos
formaban ronda al fuego del hogar, su madre les contaba la impetuosa historia
de El caballero del Cisne; en la que Bandoval
asesinaba a la hermosa Isoberta y
convertía en cisnes a sus siete hijos, hasta que el conde Eustacio regresaba de
las cruzadas y deshacía el sortilegio en seis de ellos, llevándose luego
consigo al primogénito en su forma encantada de cisne, para que le
proporcionase la facultad de vencer en todos los combates.
Una noche en que el
firmamento refulgió de luces como espadas, Francisco se preguntó por qué tenía
que continuar sentado entre puercos si no había sombra más negra que ser
ignorado, ni existía delito más vergonzoso que la pobreza. Así que, venciendo
al corazón del miedo, echó a andar con la mirada tenazmente apuntada hacia ese
lugar en que se le escapaba el sentido de sus días; hacia la lejana línea de
las glorias póstumas. En busca de su padre.
Durante cinco huraños meses,
con el firmamento por único tejado y midiendo su camino con las estrellas,
viajó aterido por el frío y empapado por flechas de lluvia. En la noche lo
enloquecían el ímpetu de los treinta y dos vientos, y por el día se perdía
entre soles que no podían morir. Atravesó profundas simas, exuberantes bosques,
hermosos valles, escarpadas y nevadas cordilleras, pueblos de balcones cerrados
y silencio en los zaguanes, ciudades con grandes murallas y hermosas catedrales
donde la luz bruñía diamantes, y en cuyas calles de vago miedo y sinuosas
líneas se apretujaban gentes tiznadas por el sudor y la angustia diaria de las
pequeñas cosas. Robó en gallineros, casas de labranza y alquerías, mendigó en
mercados que tenían sombras verdes como el pecho de un pavo real muerto. Se
acogió a la caridad de la sopa boba en conventos y atrios de iglesia. Dejó
atrás los grandes ríos que avanzaban entre plantas y altas hierbas, entre
animales que pacían y se saciaban, entre hombres que sembraban y cosechaban.
Exhausto de noches despiadadas, fiebre, cansancio, hambre y sed llegó a
Nápoles. Y sus brazos estrecharon, finalmente, la efigie de quien no había sido
hasta entonces más que una sombra fabulosa; una estatua cuyas formas no conocía
y, sin embargo, sabía cómo eran.
Pero el antiguo coronel de
los tercios apenas si recordaba sus pecadillos de juventud en Extremadura.
─Los soldados nos gastamos fácilmente en las
guerras ─le dijo a Francisco─. Somos blandos como haces de hierba, y nuestros
labios y dedos necesitan un pecho blanco que acariciar. Nadie puede tomárnoslo
en cuenta.
Estaba casado con una
rotunda napolitana que le había dado ocho hijos nuevos, y regentaba una humilde
osteria y una escuela de esgrima.
─Sabéis utilizar la espada,
¿verdad? ─le dijo, con una amplia sonrisa.
─Soy un caballero.
─¿Aceptaríais mediros
conmigo durante un cuarto de hora?... Venid. Es aquí cerca. En un sitio muy
silencioso rodeado de pinos.
Mientras caminaba a su lado,
Francisco pensó que la sonrisa de su padre era como una daga amenazadora que,
no obstante, cedía como el secreto que va a revelarse. Quizá su extraña actitud
era una forma de empezar a hablar de circunstancias que no querría que hubiesen
existido. Seguramente la abrupta aparición de Francisco le forzaba a abrir su
corazón como quien abre un viejo baúl cerrado durante mucho tiempo y encuentra
deshecha la ropa que vestía en días hermosos, de la que sólo queda el aroma de la ausencia de un rostro joven.
Las dos espadas se alzaron
formando un fugaz arco de medio punto sobre el suelo entarimado.
─¡En guardia! ─ordenó el padre
de Francisco.
Y, sorpresivamente, le tiró
un botonazo directo al cuello.
Francisco paró el golpe y alzó la punta de su espada para arremeter a su padre
con una cornada. El coronel detuvo la
estocada, tan tranquilo como si manejase una batuta con la que dirigiese el
ritmo de un baile, cuyos metálicos ecos resonaban en la sala forrada de madera.
Paró con contras las cuatro estocadas
de un Francisco cada vez más enardecido, y le respondió con una peligrosa cuarta baja. Su hijo la paró a duras
penas, sujetándole el acero por encima de la empuñadura y liándolo en el del
coronel, para desarmarlo. Pero éste dio un paso atrás. Rápidamente estiró el
brazo con la mano en tercera y sólo
con la muñeca le lanzó un estramazón.
Francisco lo paró con una tercera alta
y se tiró a fondo en segunda. Su padre
le ligó la espada en cuarta y dio
tres pasos hacia él, para que las dos espadas quedasen fijas por encima de los
gavilanes. Sobre los aceros cruzados, el Pizarro viejo sonrió a menos de un
palmo del rostro del Pizarro joven. Luego, velozmente, dio tres pasos sesgados
hacia atrás, giró sobre sí mismo y le lazó una imparable estocada de fondo, que puso la punta de su espada en el pecho de
Francisco.
─¿Os habéis dado cuenta?... ─le dijo
sonriendo─ Si queréis lo repetimos hasta que lo aprendáis.
─No es necesario ─le respondió,
desabrido, Francisco.
─Es una imbroccata
infalible ─puntualizó orgulloso el coronel, tomando el acero que había
utilizado su hijo y colocándolo cuidadosamente junto a la suya en el armero─. Os
regalo esa inexorable estocada, por vuestro viaje hasta aquí. Espero que os
aproveche. Ninguna otra cosa más podréis conseguir de mí. Tengo que mantener
demasiados hijos para añadir uno más. Ya en su día cumplí con mi obligación
bautizándoos.
El defraudado Francisco supo
entonces que las estatuas se pueden doblar a veces dividiendo los deseos en dos,
como el albaricoque. Y se dijo: me han
enseñado que el alma que pretende
conocerse a sí misma ha de contemplarse en otra alma. Pero si uno sólo ve en ese
espejo una estatua desmembrada y extraña es que es un bastardo. Ese es mi
destino: ser un bastardo sin alma donde contemplarse. ¿Y qué? Una estatua no es
más que un cuerpo alzado sobre los cimientos de otra época; una piedra sin
significado. Yo soy un hombre de carne y hueso. Un hombre que no debo nada al
pasado. Para conocerme a mí mismo sólo tengo que dejar de ahora en adelante
huellas imperecederas; como un río, que nunca es el mismo y no obstante
conserva siempre el mismo cuerpo, el mismo signo y la misma orientación. No se puede llevar siempre consigo el
cadáver del padre.
Igual que un enfebrecido
enfermo que en la noche oye las exequias del viento hasta escuchar el ansiado
canto del gallo iluminando la amarga hora del amanecer, Francisco Pizarro dejó
que le creciera la ira. Una ira taciturna que le hacía brotar alas y músculos
de acero para habérselas con estatuas de cualquier envergadura, liquidarlas una
por una y ahondar bajo sus pies el pozo en que podría sumirlas. Nada es más
peligroso que una idea, cuando no se tiene más que una.
Empezó por alistarse en los
tercios que mandaba, en Fornovo, Gonzalo Fernández de Córdoba. Con la
desesperación de quien tiene muerto el corazón, se lanzó de ojos cerrados a la
construcción de aquel nuevo Pizarro que soñaba remontarse por encima todas las
criaturas nacidas de mujer. Durante tres años, sus hazañas adquirieron algo del
renombre que perseguía, pero sólo recibió por ellas un largo tajo que le rasgó
el pecho y una bala de arcabuz que le atravesó el pie. La gloria no dura a
menudo más que la hora que marca el péndulo.
─Lástima de vuestras heridas
─le dijo el Gran Capitán─. Os habría
dado mando sobre cien hombres, aunque andéis un poco corto de linaje para tal
menester.
De regreso a España, luchó
en Navarra. Luego, en Canarias y Mazalquivir. Más tarde, se embarcó hacia el
Nuevo Mundo y se puso a las órdenes de Alonso de Ojeda, a quien por su devoción
a la madre de Dios llamaban el caballero
de la Virgen.
Era éste un conquense
socarrón, pelirrojo, pequeño de estatura, brusco de maneras, gruñón en el
hablar, con carnoso labio, duros ojos de lobo audaz y, en su conjunto, de una
fealdad socrática. Movía su fornido cuerpo con la libertad de quien está
acostumbrado desde joven a despreciar el peligro y atravesar a zancadas y
mandobles valles y montañas infestados de
enemigos; el paradigma del caballero cuya gloria todos envidiaban. Su
deslumbrante carrera como aventurero había comenzado en la toma de Granada. En Yndias
acreció su fama de bravura al desbaratar a más de treinta mil indígenas
sublevados contra la invasión de Castilla. Al ser nombrado gobernador de Nueva Andalucía, el famoso piloto Juan
de la Cosa le financió una nao y un bergantín que se unieron al bergantín
aportado por el propio Ojeda. Reclutó trescientos hombres; entre los que estaba
Cecilio Támara, el marido de Ana. La expedición se hizo a la mar el 10 de
noviembre de 1509, en busca de las áureas arboledas y ciudades encantadas de Tierra Firme. En ella iba también
Francisco Pizarro.
Seis días más tarde, los
hombres del caballero de la Virgen
pusieron pie en una bruma de tierra estampada de pájaros, y fueron recibidos
con un alud de flechas que hizo perecer a veinte de ellos; aullando,
blasfemando, con el sudor helado y convulsionados por los violentos espasmos de
dolor que provocaba el veneno con que los indígenas inficionaban la punta de
sus dardos. Pero lograron que los nativos retrocedieran a refugiarse en su
aldea llamada Turbaco. Conociendo la
codicia española, los nativos les
arrojaban desde su frágil reducto de cañabrava lingotes de oro, mientras
gritaban que no deseaban ser cristianos ni estar bajo su obediencia. Enardecido
de indignación, Ojeda mandó hacer fuego a la artillería. Los caballeros, sobre
sus corceles, saltaron las llamas que incendiaban la aldea y segaron la vida
que estaba aun en las primeras páginas del Génesis. Hicieron prisioneros a los seiscientos
indígenas que no habían podido huir de la hecatombe, y Ojeda mandó que los
enviaran a las naves para venderlos más adelante como esclavos en La Española.
El miasma trajo el crepúsculo
y se escuchó el silencio del horror en la lívida niebla. En el polvo yacían
amontonados centenares de cuerpos desnudos con pies y manos amputadas, vientres
abiertos, pechos desguazados y ojos arrancados. Extenuados por la criminal
labor, los españoles se encorvaban sobre ellos para desvalijar cuanto brillo
dorado destellase. Su rapacidad no respetaba oreja, muñeca, pene, tobillo o
garganta donde el oro fulgiese. Si de un agónico indígena surgía un último
suspiro, el destello veloz de una daga que entraba de golpe en las entrañas, o
el tajo de la espada que segaba una cabeza, imponían el eterno silencio.
Después, se internaron en la selva y acamparon.
El capitán general Juan de
la Cosa caminaba rezagado y solo entre rescoldos y cadáveres. Llevaba de la
brida a su caballo cargado con un serón repleto de zarcillos, collares, ídolos,
brazaletes y diademas. Agotado por la faena, se había desprendido de morrión,
gorjal y coraza, y avanzaba con pasos inciertos de beodo. De pronto, su
vacilante silueta se detuvo ante un blanco manto de algodón que cubría un
cuerpo femenino yerto bajo un tocado de plumas. Era la zipa de la aldea. Llevaba cruzada en bandolera su aljaba de juncos,
aun con dos dardos, y asía en su mano izquierda un arco de caña. En los ojos
grises del santoñés destelló una mirada de águila y un rictus codicioso alargó
las comisuras de sus finos labios. Sobre el pecho alanceado de la zipa, un collar de esmeraldas fulgía
como una rosa en un muladar. La diestra de Juan de la Cosa, de un seco tirón que
alzó el tronco de la reina, arrancó aquella joya singular. El cartógrafo
inmortal la sopesó y volvió a admirarla despaciosamente a la luz de las
estrellas. Con aquel soberbio botín de centelleante verdor aprisionado en su
firme mano, caminó hacia las hogueras que sus compañeros habían encendido en el
cercano bosque. Una sonrisa afloró a su rostro ceñido mientras se decía que,
verdaderamente, los caminos del Señor son inescrutables. No le faltaba razón,
pues súbitamente lo detuvo un golpe seco en la nuca y un velo cubrió sus
párpados. Un líquido ardiente y denso se derramó en un copioso manantial que
empapó de escarlata su espalda, mientras otra flecha le cortaba la respiración
penetrando entre sus omóplatos y seccionándole el diafragma. Sus dedos se abrieron
electrizados por un espasmo que lo obligó a soltar su precioso botín; pesaba
demasiado para aquel puño que nunca más guiaría el timón de nave alguna, ni
trazaría con el sextante y el compás ninguna carta de navegación que guiase a
los hombres hasta virginales costas de mares de ensueño. Sus vigorosas piernas
flaquearon e hincó las rodillas en tierra. Las entrañas se le retorcieron en
fiero tormento inextinguible, y hasta el más mínimo de sus músculos tembló
desatando el estertor en su garganta. A treinta pasos detrás de él, en el
rostro de la zipa se había helado con
majestad marmórea una definitiva sonrisa de venganza. Su aljaba estaba vacía y
su mano aun asía el arco. La venganza es una justicia salvaje, y un deleite
para la mujer que se siente reina.
Cuando la luna llena presidió
lo más alto de la cúpula celeste, a pesar del agotamiento de la victoria ningún
hombre de la expedición podía conciliar el sueño. Encendidos y con los ojos
hinchados, contemplaban el tesoro robado a los indígenas. El vino pasaba de
mano en mano; tomaban cortos sorbos y sacudían sus cabezas echando afuera el
recuerdo de los malos trances. Se abrumaban sacando cuentas del montante total
del botín y su equivalencia en ducados; lo que supondría la quinta parte para
el Rey, la tercera para Juan de la Cosa como capitán general, la séptima para el caballero de la Virgen como jefe de
la hueste, las dos que le tocaban a cada caballero, la parte y media
correspondiente a cada escopetero, y la sencilla obligada a cada peón.
Alejado en las sombras,
Alonso de Ojeda dormía plácidamente tras haber violado a una adolescente que
aun temblaba acurrucada en las raíces brotadas de un árbol corpulento. De
pronto, una flecha envenenada atravesó el muslo del caballero de la Virgen. Rápidamente, los conquistadores se
pusieron a cubierto lejos de la claridad de las hogueras. El estallido de la
pólvora llenó de ecos el sueño de los árboles, alumbrando una incomprensible
vaciedad. Imprevistamente, sopló una ráfaga de viento y esparció los flabelos
de las palmas dejando ver en una de ellas a un nativo oculto y completamente
inmóvil en la cima. Francisco Pizarro le disparó, y el ruido sordo del cuerpo
del indígena cayendo se confundió con un murmullo de hojas y crujir de ramas.
─¡Paba! ─aulló la chibcha violada─. Y echó a correr para
abrazar desesperadamente a su padre
asesinado. Una flecha de acero, lanzada por la ballesta de Ojeda, la convirtió
en una roja flor muda. Impulsivamente, Pizarro dio la señal de avance y unos
cincuenta hombres lo siguieron. A cada trecho, los árboles se distanciaban más
entre sí, y sobre la tierra no había más movimiento que el pálpito de los ojos
de quienes iban tras el de Trujillo. Pasado un cuarto de hora, veinte soldados
volvieron sobre sus pasos. Viéndolos regresar al campamento, su improvisado
jefe pensó con desdén que no se podía esperar valor y tesón de quienes no
habían sido desde muchos años atrás héroes silenciosos y oscuros.
Súbitamente se les interpuso
un árbol de tronco recto y sólido que orlaba sus pies con el desbordamiento de
sus enormes raíces. Se elevaba sobre el terreno al menos veinte varas, y de la
horquilla donde comenzaban sus ramas colgaba el cadáver de Juan de la Cosa; con
un negro agujero abriéndole el pecho, del que salía colgando su corazón. Pizarro
trepó al majestuoso árbol, cortó los hilos de pita que ataban al santoñés, y
descendió con los restos del piloto sobre sus hombros. Ordenó a cuatro
aterrorizados acompañantes que le diesen sepultura y echó a andar con los demás
hacia levante. Cuando al prisma deslumbrante que fue el hombre glorioso lo
cubre la tierra y la hierba nocturna cubre su pecho, lo único que adorna su
nombre es una mísera fama tradicional.
Veinte minutos más tarde, la
exigua partida cayó sobre una pequeña aldea, incendiándola y acuchillando
cuanto se movía. La fiebre hormigueaba en la sangre del extremeño, el sudor
empapaba sus miembros y el rechinar de sus dientes le entumecía las mandíbulas.
Un nativo recio y de fiero continente cayó sobre él, derribándolo y haciéndole
caer su espada en el polvo. De una veloz voltereta, Pizarro se enderezó con una
daga en la mano, pero se encontró con que el indígena le hacía frente
blandiendo su propia espada. Con habilidad y rapidez, las manos libres de los
dos contendientes atraparon los brazos armados del contrario. Durante unos
segundos eternos permanecieron inmóviles, clavándose mutuamente los ojos y
tratando de cansar el esfuerzo de los músculos del oponente, para derribarlo.
En derredor suyo seguía sembrándose el homicidio entre las deflagradas chozas.
Por fin, de un enérgico tirón, el trujillano se desprendió de la garra del
nativo y con certero golpe le hundió la daga en el pecho. A pesar de ello, su
adversario cortó el aire con un feroz mandoble que a punto estuvo de degollar a
Pizarro, quien, tras evitar el tajo, clavó su puñal en los testículos del
corpulento cobrizo. La espada cayó entre los helechos. Las manos del indígena
hicieron presa en la garganta del extremeño, que sintió cómo sus fuerzas cedían
al horror de la agonía. En ese instante, el providencial brazo de un castellano
asestó un feroz mandoble en el costado del estrangulador, que al sentir el
manantial de su propia sangre, abrió los brazos. Pizarro recogió del suelo su
espada y lanzó con toda el alma un tajo al cuello de su contrincante. La cabeza
del corpulento indígena, chorreando un torrente de sangre, voló hacia el fragor
hirviente de la matanza. Sin un respiro, el acero del extremeño centelleó en la
luz infernal de las llamas, cercenando alientos de nativos desnudos. Hasta que
el retumbar del pulso en sus oídos desapareció de golpe, haciéndolo caer de
rodillas en la inmensa nube de polvo infamado. El fuego se disolvía en pavesas
cuyo humo nubló los ojos de Pizarro, arrancándole ardientes lágrimas. Por su
espada resbalaba la sangre inacabable. Los cadáveres de sus compañeros se
amontonaban hermanados con los de sus enemigos. El hedor de la muerte ascendía
hasta el lucero del alba.
Ojeda halló a Pizarro
impávido ante el desastre. Traían al caballero
de la Virgen sobre unas parihuelas, envuelto en sábanas mojadas en vinagre.
El paladín conquense ─que había conminado al cirujano Alonso de Santiago, bajo
pena de muerte, a que le aplicase en la herida emponzoñada su propia escarcela
al rojo vivo─ mandó que lo llevasen hasta el trujillano y le ofreció su mano
abierta, diciéndole:
─Bien hecho, Pizarro. Os
nombro capitán.
Francisco estrechó la mano
de aquel soldado de quimera, mientras su mente volaba hacia Nápoles para reunir
en una sola imagen a su padre y al Gran
Capitán y hacerles una higa, espetándoles: ¡A partir de ahora, hasta un reino resulta demasiado estrecho para mí!
Nada más saltar al combés,
el trujillano comprendió que quien ostentaba el mando era aquella oscura figura
aislada del conjunto de los tripulantes que lucía al cinto una modernísima
pistola italiana de llave de mecha. Rondaba los treinta años y poseía la ardida
delgadez de las personas nerviosas y reservadas. Vestía todo de negro, aunque
los blancos pétalos de una camisa blanca orlaban su cuello otorgándole un
cierto aire de elegancia rígida. Un pliegue surcaba su frente estrecha, como si
estuviese repleta de proyectos en turbia marejada. Sus ojos hundidos en las
órbitas tenían ese mirar opaco de quien ha vivido mucho tiempo en espacios
cerrados.
─Soy Francisco Pizarro,
capitán general de la expedición de Alonso de Ojeda ─se presentó.
─Estáis ante el licenciado
don Martín Fernández de Enciso, lugarteniente del gobernador de Nueva Andalucía ─dijo el bachiller,
dejando en el aire la mano tendida por Pizarro. El menosprecio es la gravedad en que se escudan los estúpidos,
pensó el extremeño, que sin ninguna expresividad en el rostro alzó su diestra
desangelada hacia el escote de su camisa, para crispar en él su puño con la
deliberación y fuerza de quien está acostumbrado a cascar de ese modo dos
nueces. Enciso hizo como que no reparaba en aquel gesto y le preguntó por el
paradero del caballero de la Virgen.
─Partió a La Española, en busca de provisiones
─contestó Pizarro, sin dejar de asaetearle la mirada.
El bachiller, consciente de
que se jugaba el respeto de su tripulación si no respondía a aquel reto que
cuadraba perfectamente a un tipo de hombres distraídamente atroces y
eventualmente heroicos, sembró el aire con una peligrosa inquisición.
─¿Abandonando a sus hombres?
─Dejándolos a mis órdenes.
─¿En alta mar?
─En la colonia de San Sebastián. La fundó en febrero de
este año en el golfo de Urabá.
─Estáis a más de setenta
millas de allí.
─Me dio licencia para que,
si en cincuenta días no había vuelto, obrase según mi saber y entender. Así que
decidí regresar a La Española.
─¡Cincuenta días!...
─exclamó, irónico, Enciso─. Hace menos de diez que partimos de Santo Domingo, y
allí no había noticia del gobernador de Nueva
Andalucía.
─¡Quiera Dios que el océano
no lo haya devorado! ─musitó, sinceramente, el trujillano.
─Rogad para no hallaros vos
en insubordinación y fuga ─dijo el bachiller, ascendiendo indolentemente su
diestra hasta la culata de la pistola.
─Doy mi palabra de honor que
es cierto cuanto digo ─reiteró Pizarro,
abriendo su puño y extendiendo sus dedos a la altura del corazón.
─Deberéis ofrecer una mejor
prueba.
Sabedor de que para salvarse
tenía antes que abrir un surco de simpatía en la tripulación, el extremeño
decidió aplazar la respuesta que merecía aquella flagrante ofensa, y se aplicó
a pormenorizar, con la precisión de quien pasa revista a un catálogo de objetos
salvados de un incendio, la odisea de la hueste de Ojeda. La vela cangreja
zumbaba azotada por la brisa, las cuadernas crujían con un chirrido de
impaciencia y los marineros contenían la respiración, mientras Pizarro teñía su
relato con la vívida familiaridad con que un niño desvelado cuenta a sus padres
la pesadilla que lo inquietó en la noche.
La hueste había llegado de
noche al gran poblado de Matarap, que
encontraron absolutamente vacío. Agotados y confiados, se desparramaron por las
chozas, en busca de un reparador descanso. Y más les hubiese valido haber
regresado a las naves, pues los nativos ─que, alertados por sus fugitivos
vecinos, habían puesto a sus ancianos, mujeres, niños y alhajas a buen recaudo
en los montes─, tan pronto como el sol se alzó sobre las cimas, los atacaron
con tal griterío y nubes de flechas emponzoñadas que mataron a sesenta
conquistadores. El resto, Ojeda y Pizarro incluidos, huyeron como venados
cercados. El que se ve en una situación peligrosa piensa con las piernas,
diciéndose: mejor que digan aquí corrió
y no aquí lo mataron.
La gente que había quedado
en los navíos, al no tener más noticia de sus compañeros que la llegada del
botín y de los cautivos, sospecharon que les había sucedido cualquier desastre
y navegaron hasta fondear en una próxima bahía en la que desembocaban cinco
canales profusamente cubiertos de manglares. Con el agua al cuello, temblando
de fiebre e inanición, escondidos en uno de ellos encontraron a Pizarro y cincuenta
hombres; en otro, con la mano atenazada en los hierros de su espada y cubiertas
las espaldas por su escudo ensartado por más de veinte flechas, hallaron a
Ojeda.
Los conquistadores no se
adentraban mucho en tierra, para poder acogerse, en caso de peligro, al
resguardo de sus barcos fondeados en la costa. Eso hacía que cualquier nueva
expedición topase fácilmente con la precedente. De manera que, antes de que la expedición
de Ojeda tuviese tiempo de reconfortar a los fugitivos, avistaron los siete
navíos de Diego Nicuesa. Venía el gobernador de Veragua en ruta a su gobernación, y dispuesto a tomar represalias
contra el caballero de la Virgen por
haberle robado en La Española el
bergantín que había aportado a la expedición pagada por Juan de la Cosa. Pero
al saber el descalabro que había sufrido, no sólo perdonó al aguerrido
conquense sino que arremetió contra el poblado de Matarap ; con la orden de no hacer prisioneros. Cumplida la infame
venganza mediante una sañuda matanza que redujo el poblado a un mar de
cadáveres ─y procuró a Nicuesa un botín de oro valorado en siete mil ducados─, el caballero de la Virgen le devolvió el bergantín y le regaló los seiscientos indígenas
capturados. La generosidad entre rufianes heroicos sólo proviene de la vanidad;
el que da tiene la doble satisfacción de que se le reconozca el valor manifestado
en adquirir, y la esperanza de que el que recibe contraiga una obligación con el
dador.
Una semana después de que
Nicuesa continuase hacia Veragua,
Alonso de Ojeda siguió ruta hacia la orilla oriental del golfo de Urabá, para
tomar posesión de Nueva Andalucía.
Cuando los urabáes advirtieron su
presencia en el horizonte, abandonaron sus malocas y
se internaron en los montes. Los castellanos ocuparon aquellas chozas, y se
aprestaron a construir una fortaleza de madera de ceiba y a fabricar tejas que
les sirviesen de firme y protectora techumbre. Tras dos meses de arduo trabajo,
la primera colonia de Castilla en Tierra
Firme estaba alzada; y Ojeda la bautizó con el nombre de San Sebastián, en honor del mártir que
murió acribillado por flechas igual que Juan de la Cosa.
Pero pronto las provisiones
fueron escaseando tanto como fue creciendo el malestar de la hueste. La
prometida ayuda del bachiller Fernández de Enciso no llegaba, y por más incursiones que hicieron tierra
adentro no hallaron caza o alimento alguno que los satisficiese. Poco a poco,
los huidos urabáes fueron arrimándose
a ellos con pacífica timidez, trayéndoles algún oro y frutas a los castellanos
les parecieron de escasa sustancia. Cuando llegaron las lluvias torrenciales
empezaron las protestas en voz alta, los insultos y las insubordinaciones. Una
noche, el caballero de la Virgen sorprendió a un grupo de soldados cocinando
los miembros descuartizados de un indígena. A la mañana siguiente, quiso la
ventura que arribase a tan inhospitalaria costa el pirata Bernardino de
Talavera. Venía al frente de setenta hombres, en una nave robada a unos
comerciantes genoveses. Ojeda le pagó una elevada suma de oro por vino, cecina
y galleta para sus hombres. Agobiado de días inútiles, derrotado de infortunio
y sin esperanza, decidió embarcarse con aquellos filibusteros, que se comprometieron
a llevarlo a La Española en busca de
socorro. Antes de partir, nombró a Pizarro capitán general de los hombres que
quedaban en San Sebastián de Urabá. El mando ahora es vuestro , le dijo
Ojeda. Haceos digno de él y de vuestros
hombres. Recordad que esta colonia pertenece a la Corona de Castilla;
defendedla, por tanto. Sólo si en cincuenta días no he vuelto, porque el océano
se vengase de mis pecados devorándome, os doy licencia para que hagáis lo que
os dicte vuestro saber y entender.
─¿Y la nao y los demás
hombres de la expedición? ─preguntó malicioso el bachiller, con intención de
cogerle la mentira.
─Perecieron en el mar ─dijo,
sombrío, Pizarro. ─El feroz coletazo de una ballena hizo pedazos el timón del
barco que mandaba el teniente Valenzuela; y un golpe de mar se tragó hombres y nao, en un gigantesco y
horrible remolino.
El blanco hervor de las olas
bajo la roda provocaba un gemido en los costillares de la “Virgen del amor hermoso”, y las garruchas rodaban dando bandazos
sobre cubierta. Sin embargo, ningún marinero se movió; estaban concentrados en rabiar
mudas retahílas blasfematorias que desahogaban el latido humillante de sus
corazones. Ana se aproximó hasta Pizarro y se presentó como esposa del infanzón
Cecilio Támara. El trujillano la miró con perplejidad e inclinó luego su
torso, con reserva de caballero. Cuando
ella le preguntó si se encontraba su marido entre los supervivientes del
bergantín, el extremeño le informó de que Támara, diez días antes de que
partiesen de Urabá, se había internado al frente de seis hombres en busca de
alimentos.
─Nunca volvimos a verlos. Y
dimos por cierta su muerte, por la sed, la rapacidad de las águilas o las
flechas emponzoñadas de los indios.
La joven recibió la noticia
prendiendo su mirada en el resplandor de los infinitos reflejos del sol sobre
las olas que, inundando sus mejillas de una luz inflamada, parecían estarle
murmurando: No golpees tu pensamiento
contra la puerta de la muerte; tu corazón se romperías como un cántaro. La
entereza de la dama le recordó al bachiller la terquedad con que había logrado
constituirse en socia suya. Y cayó en la cuenta de que acaso quisiera
obligarlos a volver a La Española.
Una proposición como ésa sería aplaudida por los supervivientes de la tropa de
Ojeda y prontamente seguida por los componentes de su propia expedición, dando
al traste con sus esfuerzos, ahorros y esperanzas de once años.
─¡Prendedlo! ─gritó
súbitamente, señalando a Pizarro con su
pistola. Sin embargo, nadie hizo el menor gesto, y Enciso sintió a sus espaldas
la amenazante perplejidad de la tripulación.
─¿Queréis hacernos creer
─prosiguió bajando la voz para hacer valer más su autoridad─ que el gobernador
de Nueva Andalucía ha cometido la vil
traición de abandonar a sus hombres en el estado de calamidad que nos habéis
contado?
Centenares de pájaros
volaban sobre los mástiles, lentamente, subiendo y bajando en el cielo. La carabela
dio una guiñada a babor, y dos obenques se soltaron de la mesana golpeando
árbol, garruchas y jarcias, al caer sobre el combés con el chasquido de una
lluvia de latigazos. En ese vertiginoso instante, la tapa de uno de los toneles
agrupados en el entrepuente saltó por los aires. De su interior, bajo una
erupción de simientes, se irguió alguien que gritó con autoridad:
─¡Mentís, Pizarro!
El hombre era parecido a la
voz: nudoso, seco y fuerte como el tronco de una vid. En sus labios se
perfilaba una sonrisa con esa clase de desdén del que remplaza a alguien.
Poseía amplia frente, ojos vivos, barba y melena del color del fuego. Enciso lo
reconoció inmediatamente. Se llamaba Vasco Núñez de Balboa, y era aquel
deslenguado hidalguillo de Jerez de los Caballeros a quien había hecho
encarcelar hacía tiempo en Sevilla. Se jactaba entonces de ser escudero y aun
ahijado del señor de Moguer. En una pelea de naipes y taberna había causado
algunos daños a don Joaquín Cestino, el primer cliente que tuvo el bachiller
como abogado. De tal rufián supo luego que una deuda de juego lo había visto
obligado a embarcarse a Yndias con Rodrigo de Bastidas, que trabajó de
agricultor al extremo occidental de La
Española y que Ojeda le había negado un puesto en su expedición porque
carecía del oro necesario para enjugar, nuevamente, sus deudas de juego en La Española . Ahora, el azar volvía a
situarlo frente a él como polizón de su carabela.
Enciso gritó una orden que
prácticamente era una sentencia de muerte:
─¡Poned los grillos a ese
polizón! ¡Y mantenedlo preso hasta que podamos echarlo en la primera isla que
encontremos!
Tres marineros desenvainaron
sus espadas y dieron cinco pasos hacia Balboa. Pero éste propinó un puntapié al
tonel del que había salido y lo hizo rodar por la cubierta, atropellando a los
tres hombres y promoviendo un estallido de carcajadas en la tripulación. Con un
ágil movimiento de costado arrebató la espada a uno de los caídos, y
acuchillando el aire con rápidos zigzags de acero, dijo:
─Perdonadme, tinterillo. Pero esta vez no os valdrá
el palabrerío de un tribunal de justicia. No voy a permitir que menospreciéis a
un caballero que sabe manejar la espada, conoce ya las tierras a las que
navegáis y se os ofrece como simple soldado.
─¡Apresadlo, he dicho!
─aulló Enciso.
Sin el menor titubeo de
facciones o de actitud, sus hombres parecieron no escucharlo. Ábrego y Albítez,
secretos cómplices del polizón, acariciaban la guarda de sus espadas con la
ansiedad de quien conoce la delgada abertura que divide esta vida de la otra.
Sólo Aquileia, que conocía a Balboa de su primer viaje a Tierra Firme, se sentía tranquilo apoyado de codos en la fijada
caña del timón, presintiendo de qué modo se iba a desarrollar el futuro. El
bachiller, enrojecido de cólera, avanzó hacia un escopetero y lo empujó hacia
el polizón. En un decir amén el asustado artillero se encontró la punta de la
espada de Balboa en la garganta.
─Ved, tinterillo, que a mí se me ha de tratar con más respeto ─previno
Vasco Núñez a Enciso─. Sería una lástima que cualquiera de estos hombres se
viera privado, por vuestra ligereza, de las riquezas del golfo de Urabá.
La codicia relampagueó en
los ojos de la tripulación. Pizarro sobrepasó al bachiller, diciendo:
─Dejadme hacer a mí.
También él sabía quién era
Balboa. Se decía hijo del mayorazgo de San Pedro de Trones, un hidalgo de la
frontera leonesa con Galicia que, tras alzarse contra la reina Isabel en favor
de La Beltraneja, murió en la batalla
de Albuera. Prohijado por el señor de Moguer, Vasco Núñez vivió una
asilvestrada mocedad en Jerez de los Caballeros y terminó por enrolarse en los
tercios del Gran Capitán. Allí lo
había conocido, y admirado, Pizarro; pues se había hecho famoso por haber
cruzado su espada con el mismísimo Carlos VIII de Francia, que huía sin ninguna
gallardía tras la derrota de sus tropas. Sólo la oportuna intervención de una
cuadrilla de espadachines gascones libró al rey galo de la muerte a manos de
Balboa, permitiéndole poner tierra de por medio a lomos de un corcel. Ninguno
de sus salvadores tuvo igual suerte, pues cayeron atravesados por el acero de
quien, ya para siempre se le conocería como el
esgrimidor.
Diego de la Tovilla
desenvainó su espada y la lanzó al aire.
Pizarro la asió al vuelo y caminó hacia Balboa.
─¿Qué queréis demostrar, porquero? ─inquirió Balboa, dando un
empellón al tembloroso escopetero y poniéndose en guardia─. Parecéis extenuado.
La mitad de la tripulación,
tras un instante de indecisión que aceleró el latido de sus pulsos, optó por
encaramarse a vergas y obenques, mientras los demás rodeaban a los
contendientes en un amplio corro de tensa expectación. Los ojos de los dos
espadachines se medían con fulgor extravagante. En un suspiro, Pizarro tiró a
Balboa un primer corte a la cabeza,
que éste paró fácilmente. Y un segundo a las pantorrillas, que su oponente
detuvo con igual destreza. El trujillano siguió hostigando a su adversario con
fieras embestidas, al tiempo que Balboa cedía terreno hacia proa, parando y
amagando con fintas incruentas. La tripulación se enardecía y sonreía dándose
codazos cómplices. De pronto, el acero de Pizarro cortó el aire con un brutal
silbido sobre la cabeza de Balboa y fue a estrellar su filo en el árbol de
trinquete, haciéndole saltar astillas. El
esgrimidor ─que se había acuclillado
para evitar el feroz corte─ brincó
sobre el castillo de proa y dijo, sonriente:
─¡Tened ya la fiesta en paz,
porquero!
─¡Nadie va evitar que
regrese a Santo Domingo! ─gruñó Pizarro. Y saltó también sobre el castillo,
buscando de nuevo el cuerpo a cuerpo.
─¿Vais a entregaros a la justicia
de Colón? ¿O creéis que ese tinterillo
no jurará que sois un prófugo? ─le inquirió Balboa, lanzándose en pleno hacia
su adversario, con una serie de rapidísimos cortes
que arrinconaron al de Trujillo en peligrosa inestabilidad sobre el botalón. El esgrimidor, dándole un respiro, le
volvió la espalda y caminó tranquilamente hacia el borde del castillo.
─¡En cambio, en el golfo de
Urabá, nos espera la fortuna! ─dijo, con la exaltación de un capitán que arenga
a la tropa─. Y brincó a cubierta.
─Aunque así fuera ─respondió
Pizarro a su espalda─. ¿De qué serviría? Allí no hay ni caza ni alimentos.
¡Sólo flechas y agua emponzoñadas!
Saltó a cubierta y atacó al
polizón con furor inusitado, logrando que retrocediese hasta el palo de mesana.
El esgrimidor se zafó al fin del encolerizado acoso,
ascendiendo en dos zancadas a la tolda.
─Yo conozco bien esa tierra.
Estuve en ella con Bastidas. Y sé que no es tan maldita como decís ─le espetó a
Pizarro que, sin aliento, lo esperaba en guardia sobre cubierta.
Balboa agarró un obenque y,
tras columpiarse en él, dio un brinco tan espectacular que se colocó a la
espalda del trujillano. Éste se revolvió y, tras una serie de cintarazos cada vez más frenéticos ─que
Vasco Núñez paraba con flexibilidad y experto dominio─, se tiró a fondo con el
terrible estramazón que aprendiera de
su padre. El esgrimidor lo evitó arrojándose de bruces al suelo.
Pizarro, abrazó con ambas manos la empuñadura de su acero, y lo alzó sobre su
cabeza para hincarlo con furia en los omóplatos de Balboa. Un grito espeluznado
surgió de la marinería. Pero el
esgrimidor rodaba ya como una peonza sobre el combés, tras evitar el letal
golpe. Mientras el de Trujillo forcejeaba para desprender la punta de su acero
de la madera, Balboa, con una cabriola de funámbulo, se puso en pie y caminó
serenamente hasta el palo mayor.
─¿De dónde venimos tú y
todos nosotros? ─preguntó, sonriendo─ De una tierra cuya mitad es sólo piedra.
¿Por qué nos embarcamos a este Nuevo Mundo? Para alcanzar la fortuna que no podíamos
adquirir en esa tierra. Urabá es verde. Muy verde. Porque está llena de ríos.
Ríos que arrastran piedras de oro. ¡Oro, porquero!
¡Oro!... ¡Mucho oro para todos nosotros!
Como el relámpago preludia
al ensordecedor trueno de la tormenta, Balboa repetía de continuo aquella
palabra que hacía a los hombres semejarse a los pájaros hambrientos que devoran
cuanto encuentran, que se despedazan entre sí, que son perseguidos por otros
que les arrebatan sus presas y que al fin mueren entremezclados. El brillo de
aquel metal, presentido tan al alcance, iluminaba de desbordante pasión los
ojos de la marinería. En cambio, a Ana, aquel duelo le recordaba una pelea de
gallos que había visto con Fatma en un patio del Arrabal de Zaragoza, también
allí el mundo parecía detenerse por unos
instantes, como si la esencia de la vida dependiese de los feroces asaltos de
dos animalillos que creían que el sol salía sólo para oírlos cantar, mientras
que en las sombras del corral hubiesen pasado desapercibidos para cualquiera.
El bachiller Enciso, de espaldas a la pelea, encendió la mecha de su pistola,
dispuesto a acabar con aquella mascarada. El viento clavaba sus agudos filos en
los tibios costados de la sombra, y la quilla rugía desasosegada por el embate
de la mar que se estaba rizando. La carabela derivaba.
Pizarro, agotado y con los
ojos inyectados de sangre, decidió volver a intentar la fatal estocada que le
había enseñado su padre. Las espadas de los dos contendientes se trabaron. Sus
rostros estaban tan juntos que también sus alientos se mezclaban. El puño de
Pizarro aflojó la presión. Dio dos pasos atrás de costado, giró como una veloz
peonza sobre sí mismo, y tiró con toda su fuerza el estramazón contra Balboa. El esgrimidor dio un salto mortal hacia
atrás, y la punta del acero del trujillano le rasgó el capuz a la altura del
pecho. Un ¡huy! vibrante hinchió
cubierta y arboladura. Balboa, con un definitivo tajo de abajo arriba desarmó a
Pizarro, cuya espada voló por los aires y cayó en lenta pirueta hasta clavarse
de nuevo en el entablado. El bachiller apuntó con su pistola al pecho del esgrimidor e hizo fuego. Pero su disparo se perdió en el
aire con un eco de jarcias azotadas por el viento. Ana, que había dado un revés
al arma de Enciso en el preciso momento del disparo, se abrió paso entre los
estupefactos expedicionarios y capturó la empuñadura cimbreante del acero de
Pizarro. De un seco tirón desclavó la espada y la arrojó sobre cubierta.
─Caballeros ─dijo con tono vibrante─,
no he gastado en esta empresa cuanto poseía, para asistir a bizarrías que sólo
persiguen una inútil reputación. Nuestro destino es San Sebastián de Urabá. ¡Y hace ya demasiado tiempo que el viento
nos urge para seguir viaje!
Restalló la cangreja, como
un asentimiento a esas palabras semejantes al destello de una alzada antorcha
sostenida en medio de la noche. La voz de Zamudio, gritando en el idioma que
más claramente entendían todos, corroboró la decisión de Ana:
─¡Levad anclas e izad todas
las velas!
─Señora ─dijo Pizarro, sin
resuello─, os repito que vuestro marido ha muerto. En esa tierra maldita sólo
encontraréis fiebres, locura y muerte. Os ofrezco doscientas onzas de oro si
viramos en redondo y volvemos a La
Española.
─¿Y de dónde las sacasteis, porquero, sino de Urabá? ─le endilgó el esgrimidor, tras una cáustica
carcajada.
─¡Encadenad a esos dos
hombres! ─ordenó con voz firme el bachiller.
Una ráfaga de ira detuvo a
la marinería. Alrededor suyo, los abismos del cielo y el mar se unían en una
frontera inalcanzable. Una gran soledad circundaba la nave, eternamente
cambiante y siempre la misma, siempre monótona y siempre imponente.
─Os propongo un trato, señor
Enciso ─instigó Vasco Núñez─. A cambio de esas doscientas onzas de oro, dejad al
porquero que guíe vuestra nao hacia
Urabá. Yo conduciré el maltrecho cascarón de nuez en el que vino. Si llega
primero al golfo, dejadlo regresar libre a La
Española. Por lo que a mí respecta, os juro por Dios Todopoderoso que no me
resistiré a que me hagáis preso.
─¡Acepto el reto! ─apresuró
Pizarro.
Durante un tiempo que se
hizo eterno el bachiller midió al náufrago y al polizón como quien vende horas
de escoria para comprar excelsos regalos. Un rabihorcado magnifico apareció a
lo lejos, sobrevoló la carabela y desapareció, concentrado en su propio
destino.
─¡Sea! ─dijo, Enciso;
sabedor de que los gestos, cuanto menos espontáneos y más vacíos son, más
atrapan la devoción de la gente de armas. Surgieron en la arboladura viejas
canciones llenas de quimeras y anhelos. El viento inflamó las velas.
Y, de pronto, Ana se sintió
turbada. Ni siquiera la noticia de la posible muerte de su esposo le había
aplacado aquel extraño desvivirse. En lugar de preguntarse hacia dónde
extendería sus manos, ahora que ya no entraba en los cálculos del tiempo, había
exhibido con energía una vanidad que hasta entonces había esquivado siempre.
Aquel Nuevo Mundo le había hecho brotar una irreprimible temeridad que la
empujaba hacia un llegar no sabía adónde. Y experimentaba la exaltación íntima,
orgánica, de quien presiente algo nuevo, ignoto, que la transforma. Como si una
personalidad configurada de antemano, infinitamente más rica que la suya, la
estuviera sustituyendo; una personalidad a la que ella trataría, hasta su muerte,
de ajustarse
Vasco Núñez saltó a la
batayola para descender al esquife que lo llevaría al bergantín en el que había
llegado Pizarro. Al girarse para asir la escala, su mirada quedó un instante
prendida en Ana y sus ojos adquirieron la opacidad de quien medita el peligro
de abordar la dicha.
Cuando Balboa subió a la
cubierta del quebrantado bergantín, nueve rostros lo miraron sin expresión bajo
el sol que caía a plomo. El esgrimidor
les expuso sucintamente la situación. Pero a pesar de la energía de su voz no
encontró otro eco que la sombra rota de quienes ya no deseaban sino la eterna y
ciega inmovilidad. No eran más que fantasmas de sí mismos, y su peso sobre una
driza tal vez no fuese mayor que el de un grupo de espectros. Cualquiera
hubiera pensado que era inútil tratar de combatir aquel sabor de destrucción
definitiva, pero Vasco Núñez fue hasta el palo mayor, desamarró brioles y
bolinas, y comenzó a izar la vela. Las crestas de las olas se encrespaban en el
lado de barlovento. Tras un desconcierto de pesadilla, excitado por el
chirriante graznido de las garruchas, Joaquín de Muñoz ─la piltrafa de un
gigante que estuvo siempre desprovisto de nervios y fue duro como el diamante─
caminó hacia los cabos. Tambaleándose y con un supremo esfuerzo, unió sus
agrietadas manos a las de Balboa en la relinga. El viento azotó el trapo hasta
revolverlo igual que el arrancado penacho de
una palmera. Poco a poco, los demás los imitaron. Al menos durante una
hora, aquellos guiñapos de hombres se bañaron en el ahínco que dio fama a los
héroes mitológicos.
Al percatarse Pizarro de que
“La sanluqueña” era veloz y manejable
─y que comparada con el bergantín donde había venido de Urabá parecía un corcel
árabe ante un caballo de tiro─, mandó al timonel que le cediese su puesto. Se
llamaba éste Pero Estremera y era de complexión rotunda. Su piel encendida no
terminaba de curtirse a pesar de haber conocido todos los soles y vientos. Su
rostro redondo parecía contraerse sobre el ceñudo entrecejo de quien ha
padecido todas las violencias. Obedeció de mala gana; no le gustaba navegar sin
asir la caña del timón. El de Trujillo no podía ver otra mirada que la suya,
pero se sabía observado con la misma intensidad por todos los de a bordo. Por
eso había determinado pilotar él mismo la nao; si tenía que volver al golfo de
Urabá, sería gozando de la admiración de los hombres de la hueste. La fuerza
del lobo está en la manada.
Enciso, sentado en la tolda
de popa de la “Virgen del amor hermoso”,
intentaba calmar su alterado ánimo anotando las impresiones que su memoria
había fijado de los días de navegación. Juan, uno de los grumetes, le trajo el
almuerzo: medio cuartillo de agua, algo de galleta y un tomín de aceitunas. Sea
por éstas o porque el día era tan blanco como un barrio de su tierra sevillana,
le asaltó el recuerdo de su infancia. Sus padres habían muerto en la quemazón
de un auto de fe, por vestir de blanco los sábados, no beber leche a la vez que
comían carne y consumir pan ácimo. Tenía entonces seis años y gracias a su blanca
voz lo internaron como fámulo en la catedral, para formar parte de la escolanía
acogida a la advocación de Santa María de
la Antigua. Allí, durante siete años de sopa boba, recalentadas acelgas y
duro jergón de tablas, padeció férrea disciplina mantenida a gritos, golpes de
vara de fresno y baños de agua helada. Sufrió más de una docena de veces la
violenta sodomización de un reputado canónigo y vivió asaltado por el horrible
temor a que alguien se percatase de que su necesidad de ternura, inexplicable y
vergonzosamente, no se inclinaba hacia las mujeres. Pero aprendió con notable
suficiencia aquellos griegos y latines que le abrirían, más tarde, las puertas
del estudio de Antonio de Nebrija; donde fue rellenando, con paciencia y
maneras de pendolista, varios centenares de fichas que habrían de servir para
la redacción de “Introductiones latinae”,
la primera obra que dio renombre a su maestro. El insigne humanista lo
llevó consigo a Salamanca, para que estudiase cosmografía y leyes. Allí, de los
maestros Arias Barbosa y Abrahán Zacuto ─que dominaban con su sabiduría las
ristras de alumnos olientes como ajos a medio secar─, aprendió que la tierra es
un círculo perfecto, y que la naturaleza podía volver a ser objeto de goce y
dominación, como en la edad grecorromana.
Consciente de que le faltaba
ese vigor, sencillez y simpática ingenuidad que son compatibles con la
adulación, la brillantez y el narcisismo necesarios para elevarse sobre la
pobreza, aquellos días fueron para él perpetuo anhelo y tesón, hasta quemarse
las pestañas sobre los libros; aunque desesperaba de que el esfuerzo lo hiciese
llegar a poder tratar como igual a cualquier bravucón nombrado caballero. Pero
el azar le abrió de par en par las puertas de la esperanza cuando tuvo noticia
de que Cristóbal Colón ─de quien se rumoreaba que era de origen hebreo─ había
sido nombrado virrey y almirante ─con poder para legar tales títulos a sus
descendientes─, por haber descubierto una forma más rápida de arribar a Catay y
Cipango, los reinos de las especias. Se prometió entonces que también él
desafiaría aquel mar tenebroso para que sus hechos lo hicieran invulnerable.
Sometido al desgarramiento de cilicios que evitasen su concupiscencia,
padeciendo las hablillas que lo tildaban de afeminado y marrano, padeciendo los arañazos impíos del hambre, obtuvo
finalmente los bachilleratos en leyes y cosmografía. Una vez más, los buenos
oficios de Antonio de Nebrija le proporcionaron en su natal Sevilla ventajosos
pleitos, que supo ganar con destreza,
sabiduría y la venalidad inherente a los de su oficio. Siete años más
tarde ya tenía una economía desahogada y era respetado en el proceloso mundo de
la Casa de Contratación, donde se dirimían los sustanciosos negocios referentes
a la conquista de Yndias. Allí lo convenció
Alonso de Ojeda para que se trasladase a La
Española. Deseoso de poner tierra de por medio a su manchado origen, no
sólo hizo caso al caballero de la Virgen
sino que le subvencionó una parte de aquella expedición al frente de la que
ahora se encontraba; una aventura en la que se jugaba todo cuanto había logrado;
y en la que tenía que soportar ahora a unos aventureros que detestaban sus
maneras de hombre de letras. Para colmo,
dependo por mitad de la testaruda voluntad de una jovencita extravagante, y
debo precaverme de la ambición de un gavilán criado entre puercos y un
badulaque codicioso del oro que dejaría a riadas en la primera timba que
hallase.
A proa de la carabela, los
once caballeros parecían absortos en el minucioso azar de una partida de dados,
pero en realidad deliberaban sobre la forma de imponerse un porvenir
irrevocable. Una lentitud circunspecta demoraba tanto sus palabras como las
alternativas del juego.
─¿Vamos a dejar nuestra
suerte en manos de un tinterillo?
─Ha pagado la mitad de la
expedición.
─¿Un puñado de ducados basta
para que obedezcamos a un hombre sin linaje?
─La ley es la ley.
─La ley permite muchas cosas
que prohíbe la razón.
─Pero debe ser respetada.
─¡Que se queden prendidas
las moscas en esa tela de araña!... La ley se acata, pero no se cumple.
─¡Y menos, si encumbra a un
cobarde!
─Apresuráis vuestro juicio.
─¿Dónde teníais los ojos
cuando aparecieron esos salvajes?... ¡Temblaba como una mocita en su primer
baile!
─¿Por qué, si no, evitó el
ataque a aquellos brutos emplumados? Una conquista debe llevarse a cabo como
una tempestad.
─¡Eso no se aprende en los
libros! ¡Hay que nacer!
─No hay derecho a que
dejemos llevarse los laureles a un hombre inaccesible al honor.
─¿Qué laureles? Ya lo han
comido por la mano esos dos ganapanes.
─Son caballeros.
─Lo parecen.
─Todo se pierde con la
timidez que ese tinterillo llama
prudencia.
─Piensa demasiado.
─Ese tipo de hombres es
peligroso.
─No debemos acelerarnos. Un
paso en falso nos perdería. El tiempo pone todas las cosas en su sitio.
El sol, al caer sobre la
bruñida superficie del océano, trazó una estrecha línea brillante; una abertura
de oro y púrpura que, lentamente, dio paso a la oscuridad. Las tres naves no
dejaron de navegar en la noche.
Ana soñó que la envolvía una luz verde repleta
de pájaros, que llenaban el espacio de gritos, elevaciones y descensos. Caminaba
por un sendero que se abría hacia adelante y se cerraba, misteriosamente, detrás.
La guiaba una invisible mirada fría desde la lejanía; obligándola a ir a su
encuentro, dirigía sus pasos atándole su voluntad. Era Cecilio, que caminaba
hacia ella bañado por el fluir de torrentes de sangre de cien heridas que
rasgaban su cuerpo. Una extraña atracción más profunda que la del recuerdo la
hizo que corriese hacia su esposo, diciéndole: He navegado con serenidad entre hombres, pero nadie puede decir que os
negué y no hice frente a mis obligaciones. Cecilio pasaba a su lado sin
mirarla, pero ordenándole: Cruzad otra
vez la larga enfermedad del océano y volveos a vuestro lugar de procedencia.
¡En esta tierra sin descanso, cualquier simiente germinará en sangre! Pero ella sabía que la casa/fuerte de L’Aínsa
no estaba ya al alcance; se había hundido en el inextricable manglar en cuya
orilla su desangrado esposo había desaparecido. Una cegadora luz blanca se fue
convirtiendo gradualmente en la casa de su infancia, donde ella, aún una niña, recorría
habitaciones de paredes blancas. Como deslumbrantemente blanca era la figura de
su padre, que se arqueaba sobre ella y le susurraba: Que arrojasen la diadema de tu amor en el polvo, no debe hacerte perder
ni tu alegría ni tu libertad. Ella, alborozada, quiso abrazarle, pero sus
manos dieron en un vacío blanco que era una mortaja adornada por un ramo de
peonias y violetas; la voz de ultratumba de Fatma, le decía: Caramba, niña mía, te han robado de mi
caricias. No lo permitas más. No te dejes atrapar por las blancas paletadas que
se echan en la tumba del futuro.
Jadeante y oprimida por el
calor que inundaba su exigua cámara, Ana se despertó y, al alzarse y mirar por
el ojo de buey vio que la aurora golpeaba sobre la marejada produciendo un
vapor de luz rosada y deslumbradora. La brisa se levantaba. De cubierta
descendían amistosos murmullos, bostezos y carcajadas que fueron convirtiéndose
en alboroto.
─Os haré mantener limpio
este castillo de popa, jovencito.
─¿Es que no hay descanso
para nosotros?
─¡No! No hay descanso hasta
terminar la faena.
─Ya le enseñaría yo a darse aires.
─¡Cuidado!... ¡Soltad un
poco!... ¡Tirad!... ¡Amarrad!
─Vamos… ¡Ahora la gavia!
─¿Estáis lerdos?... Tómense
de ese andarivel.
─¿Qué es eso de venir a gritar aquí?
─¡No os quedéis ahí como un
pasmarote!
─¡Menos lobos, que soy
leonés!
─¡A cerrar el pico todo
Dios, y a la faena!
Tras una ráfaga de silencio sorprendido,
muchos y fuertes golpes asestados con un alzaprima en el puente de arriba
resonaron en la cámara de Ana como descargas de arcabuz. Sonó imperioso el
silbato. Empezaron las canciones que zumbaban e el aire con energía. La nave se
despertaba. Ana sonrió imaginándose la brega de aquellos hombres duros de
manejar, pero fáciles de inspirar. Hombres impacientes y resistentes,
turbulentos y delicados, indóciles y fieles. Hombres fuertes, como lo son los que no conocen la
duda ni la esperanza. Hombres que sabían cómo existir más allá de los límites
de la vida y a la vista de la eternidad.
Cegado por el naciente día,
Pizarro giró la cabeza hacia barlovento y observó la considerable distancia que
había sacado a Balboa. Una enorme ola avanzaba hacia el bergantín del esgrimidor, rugiendo enloquecida. Dos
hombres treparon por el aparejo, gritando; el resto, con una convulsa
contención del aliento, se agarró al lugar en que se hallaba. El piloto Joaquín
de Muñoz movía con pericia la caña del
timón para evitar el cabeceo de la proa, pero sin quitar la vista de la tromba
que llegaba y se erguía muy cerca, alta como una pared de vidrio verde coronada
de espuma. Pizarro reía viendo a aquella cáscara de nuez trepar y, por un
momento, quedar detenida en la cresta de la ola.
─¡Se hunde! ─gritó Estremera
en el oído del trujillano, sobresaltándolo.
─¡Se levantará!
─Lleva mucha vela. Va a
destrozar los palos.
El bergantín de Balboa había
salido indemne de la ola gigantesca y venía a cuatro nudos de distancia de la
nao, escorado a estribor por el ventarrón que le lanzaba las olas de costado.
─El esgrimidor sabe lo que
hace ─resolvió Pizarro. Y ordenó al timonel que mandase izar los sobrejuanetes
de velacho, gavia y sobremesana. La estupefacción hizo que los ojos de
Estremera se agrandasen como pompas de jabón.
─¿Los sobrejuanetes? ─gritó,
incrédulo─. Pero, ¿queréis que naufraguemos?
─¿Quién es aquí el capitán?
─Lo siento, señor ─farfulló
el timonel. E inmediatamente chilló las órdenes, haciendo bocina con las manos.
El cielo se llenó, inesperadamente, de nubes ocultando el sol naciente. Una de
ellas era la más negra que había visto Pizarro en su vida; mostraba pinceladas
agrias que le daban el mismo aspecto que el agua sucia de un abrevadero de
puercos.
A mediodía Ana ascendió a
cubierta de la carabela, y se vio gratamente sorprendida por el cántico del
piloto:
Voglio cantare d'un accidente
che sovente é fiero
Ed é sí altero ch'é chiamato amore.
La compostura de aquel hombre
distaba leguas de la del resto de la tripulación. Aquella serenidad en realizar
con alegría y decisión lo que tenía que hacer le gustaba a la aragonesa. Caminó
hasta ponerse al lado de Aquileia y le fue lanzando una interminable ristra de
preguntas sobre el arte de navegar. Tras la inicial sorpresa ─que lo hizo
estallar en una sonora carcajada─ el piloto le guiñó un ojo y le dijo:
─Habéis nacido bajo il segno del Capricorno. A que
sí.
─¿Cómo lo sabéis?
─Porque estáis dominada dalla vostra volontà.
Ambos rieron, cómplices; y
el triestino pasó las próximas dos horas descifrándole el misterio del
cuadrante de madera blanca con su plomada balanceándose al extremo del hilo de
seda; el secreto del astrolabio de bronce, cuya alidada se enfocaba hacia el
sol para precisar en grados la latitud en que se encontraban; la exactitud de
la rosa que marcaba los treinta y dos vientos; la manera de conocer la
dirección de la marcha relacionando la flor de lis de la brújula con la
bitácora; el enigma de las cartas de marear, que servían para estimar el rumbo de la embarcación; el modo de calcular
la velocidad con sólo mirar las burbujas de la estela de la nave o los sargazos
que flotaban inmóviles sobre la superficie del agua. Ana
comprendió la diferencia que separaba a aquel hombre del resto de sus
compañeros. Amaba la técnica de su trabajo por sí misma, como amaba el vivir
por el vivir. Estaba bendecido por su trabajo, y no pedía otra felicidad.
Mientras los hombres, por lo general,
dentro del laberinto de la vida se afanan en la prisa por encontrar la
salida, Aquileia, prefería disfrutar
alegremente de cada recodo, de cada camino, de cada tentación, de cada
obstáculo del laberinto; sabiendo que el salario del noble esfuerzo, está en el cielo.
─¡Ha largado la escandalosa!
─chilló el timonel de “La sanluqueña”,
señalando al bergantín de Balboa, que ya se ponía a una distancia de dos nudos.
─¡Está loco! ─afirmó
Pizarro, con risa cómplice─. ¿Qué pretende? ¿Hundir esa escupidera?
Estremera no dejaba de mirar
a barlovento. Movía la cabeza con una continua negación muda, mientras el
bergantín desaparecía por completo emborronado en la inmensa negrura que
transformaba mar y cielo en una cortina ominosa.
─Sí. Está loco ─rezongaba el
trujillano, alzando dubitativo la vista a la arboladura de la nao. Su
tripulación estaba echando apresuradamente todo tipo de cabos desde el castillo
de proa hasta las bitas del palo mayor, y desde allí hasta el castillo de popa
y las escalas que llevaban a la toldilla. El viento azotaba las velas con
furia. Sobre cubierta balaban empavorecidas las ovejas, coceaban feroces las
mulas y cacareaban las gallinas que, con garras, picos y aleteos, luchaban
desesperadamente por escapar de sus jaulas de alambre, mientras los puercos se
golpeaban entre sí con horrísonos gruñidos. Pizarro se volvió hacia el
cejijunto timonel.
─¡Izad la escandalosa y los
cuchillos! ─le gritó, furioso─. ¡Soltad todo el trapo!
─¿Os habéis vuelto loco,
capitán?
El de Trujillo le dio tal
empujón, que Estremera trastabilló sobre cubierta y a punto estuvo de romperse
la crisma en la toldilla.
─¡Que nadie abandone su
puesto! ¡Si es necesario, usad el látigo! ─le ordenó. Volvió su cabeza y no vio
nada a barlovento. Cuando se giró a estribor sus ojos se desorbitaron con la
estupefacción de un borracho ante su copa repentinamente vacía. Saliendo de la
negra nube, levantando gigantescas flores de espuma sobre su roda, venía el
bergantín de Balboa con la proa a diez brazas de la popa de la nao.
─¡Allá vamos, porquero! ─gritaba el esgrimidor.
Pizarro soltó la caña del
timón y tomó un cabo.
─¡Balboa!... ¡Coged esto y
os remolcaré con él hasta Urabá!
─¡Ponéoslo vos al cuello! ─voceó
Vasco Núñez.
Estremera había saltado
sobre la caña del timón, y con esfuerzo sobrehumano intentaba mantener el
rumbo.
─¡Ese caballero se nos echa
encima como una galerna! ─gritó, con el rostro desencajado.
─¡Aquí os espero! ¡Venid!
─desafiaba Pizarro a Balboa─ ¡Voto a Dios que voy a darme el gusto de veros
preso!
El bergantín cabeceó,
arrojando un quintal de espuma sobre “La
sanluqueña”, que dio una peligrosa guiñada a babor. El trujillano volvió su
mirada al timonel, para espetarle:
─¿Queréis que nos vayamos a
pique?
─¡Porquero!... ¿No padecisteis sed
en Urabá? ¡Pues ahí tenéis un buen baño! ─gritaba Balboa, riendo y palmeando en
la cómplice espalda de su piloto Joaquín de Muñoz.
Un golpe de agua salada
invadió el castillo de la nao y, a pesar de que Pizarro se unió en la caña del
timón al esfuerzo titánico del timonel, los mástiles de la nao crujieron.
─Eso no tiene ninguna
gracia, esgrimidor. ¡Juro que os
mataré en Tierra Firme! ─vociferó
Pizarro, encolerizado, empapado y deseoso de que llegase ese momento.
La “Virgen del amor hermoso” avistó Punta Caribana, una cala
circundada por un acantilado rocoso que se adentraba en el mar por el oeste y
parecía prolongarse en una cadena de arrecifes submarinos. De su selva profusa
llegaba el singular estrépito de una enorme bandada de pájaros que se habían
detenido a descansar. El viento traía un denso aroma de frutas y podridas
raíces. Un rabihorcado planeó en vuelo majestuoso por la bóveda gris del cielo.
La quilla de la carabela rozó ligeramente un bajío y, al romper el mar contra
él, cayó la rociada en el puente. Aquileia convenció a Ana y al bachiller de
que no apurasen la singladura. Zamudio y Ábrego ordenaron lanzar las sondas. Al
cabo, cinco enormes tortugas que estaban poniendo sus huevos sobre el caliche,
miraron con ojos estólidos las maniobras de atraque. Los hombres no tuvieron
más remedio que disponer el campamento en un terreno circundado de mangles que
desembocaban en una zona pantanosa. El suelo estaba tan repleto de pitas y
cactos que durante tres horas fue necesario segarlos. Luego, ataron los canes,
agruparon los caballos para limpiarles el salitre y amontonaron armas,
provisiones, herramientas, municiones y mantas. De pronto, señalando al océano,
un marinero quebró el riguroso afán con su voz:
─¡Balboa!
Todo el mundo abandonó la
faena y contemplaron atónitos cómo a media milla sobre el horizonte,
jactanciosas y esbeltas, flameaban las lonas del bergantín; el viento chillaba un
saludo entre sus mástiles. A medio nudo, “La
sanluqueña” orzaba veloz bajo una negra nube que la separaba de su caza. El
regocijo general estalló, y ascendió el montante de las apuestas. Desde la
cubierta del bergantín, dos maromas cruzaron el aire silbando antes de golpear
la mar, sus velas se agolaron y el ancla cayó de la serviola al agua, con un
estallido de espuma.
La nao entró en una negra
nube y las sombras desaparecieron de su cubierta. Súbitamente, el eco de un
golpe brutal congeló de pavor los semblantes de la playa. La quilla de “La sanluqueña” había chocado con un
arrecife. Su combés desapareció velozmente bajo una montaña de agua que
despidió al aire las costillas de babor. Pizarro rodó por la cubierta, entre
blasfemias. Estremera intentó fijar la caña del timón, cuyo martilleo enloquecido
terminó por catapultarlo por la borda y se estampó contra el pico de un
arrecife, como un sangrante crucificado. Las aterradas mulas se lanzaron en el
sollozo furioso del mar y sus patas coceaban inútilmente los rompientes a
medida que sus lomos se hundían para siempre. Mientras la popa se iba a pique,
tan suavemente como si fuese la de un barco de papel empujado por el pie de un
niño, la proa se erguía igual que una montaña inexpugnable, entre el restallido
de las velas perdiendo viento. El mástil de mesana se quebró en dos tras un
agónico y salvaje crujido. Lo mismo que un golpe accidental en una colmena hace
que el enjambre de abejas salga de ella volando torpemente, así saltaban los
marineros al aparejo, entre blasfemias y gritos de socorro. Algunos, desdeñando
las escalas, subían a pulso por las jarcias. Otros, corrían por el combés hasta
aferrarse en cada vela y estay, voceando clemencia al cielo. Los más se
peleaban por la posesión de los bateles, porque no sabían nadar. Unos pocos
brincaron a las crestas hirvientes.
En la playa, Ábrego, con un
alarido, mandó echar cuatro esquifes a las olas que se abrían en abanico. Saltó
a proa del primero y bogó con energía sobre las veloces espumas que ceñían la
quilla. Ordenó virar el timón para tomar de costado el oleaje sin surcar sus
crestas. Cuando llegó a unas siete brazas de la nao se arrojó al mar
embravecido. Nadó de espaldas entre los pecios, para medir el ritmo preciso de
las olas. Una vez que estuvo al compás, se dejó alzar con el feroz embate hasta
la altura del campanario de una iglesia. Resbaló con la resaca del desplome e
intentó amarrarse al mastelero del truncado árbol de mesana, pero un borriquete
le dio tal culatazo que fue a parar sobre la escotilla de carga. Desde ella ─a
pesar de estar magullado y chorreando sangre─, lanzó cabos a los esquifes para
salvar a los náufragos. Pizarro era zarandeado de babor a estribor por los
embates feroces del océano. Una ola gigantesca anegó la nao, de la perilla del
tope hasta el puente. Las cuadernas volvieron a encontrarse con el arrecife y
las lonas atronaron como una andanada, antes de hacerse trizas. Cadenas,
barriles, cofres y cabos salieron desparramados por las bordas. Hacía ya tiempo
que ovejas, gallinas y cerdos se habían ahogado; ahora, algunos de sus cuerpos
flotaban chocando contra masteleros quebrados, baos y obenques. Una nube de
cormoranes, con estridentes gritos, giraba al contrario que el vórtice que
succionaba a la embarcación; calculaban con precisión su artera caza entre los
restos del naufragio. Cuando los dos palos que le quedaban a la nao, uno tras
otro, se rompieron a causa de un nuevo golpe contra los arrecifes, Pizarro
saltó sobre la turbulencia de la vorágine. Braceó a ciegas con toda la potencia
de sus músculos, pero una fuerza ciclópea lo arrastraba hacia la nao, que
giraba sobre sí misma, cada vez a mayor velocidad, en el centro de una espiral
cuyo infernal ojo la iba abduciendo con voracidad. El agua salada inundaba los
pulmones del trujillano, pero braceaba como un poseso para avanzar un sólo codo
en medio del hondo bramido de las olas. Un golpe en su cabeza le hizo abrir los
ojos y notó, flotando sobre su hombro, el extremo del cabo que lo había
embestido. Con enorme esfuerzo lo asió y se dejó arrastrar, labrando los feroces
penachos de espuma hasta desembocar junto a una ondulante proa. Dos vigorosos
brazos engarfiaron su cuerpo por las axilas y lo alzaron de un brusco tirón.
Cayó sobre un esquife atestado de atemorizados expedicionarios. Casi exánime,
tras la niebla que cegaba sus ojos, vio a su providencial salvador remando
endurecido mientras la sangre enrojecía su blanca y pecosa piel de pelirrojo:
era Balboa. El rabihorcado perseguía a cormoranes y gaviotas, con ese planear
incesante que lo convierte en el rey del mar.
Sabino Ábrego y veintitrés
hombres más habían perecido. La sentina de la “Virgen del amor hermoso” estaba ligeramente abierta por el roce
del bajío. El casco del bergantín, perforado por la broma, hacía agua por todas partes. Los animales, semillas, armas,
municiones y herramientas de “La
sanluqueña” habían ido a parar al fondo tumultuoso de las aguas. De las
provisiones, únicamente habían podido salvar ocho toneles de harina, dos de
higos secos, tres de cecina, pocos quesos y exigua cantidad de galleta. Extenuados
de agitación, superstición y esfuerzo, los hombres encendieron hogueras para
aviarse la cena, mientras la voz de Cristóbal de Valdebuso, acompañando el
tañido de su vihuela y el dulce contrapunto de la siringa del piloto,
desgranaba pesimismo y dolor:
Todos los bienes del mundo
pasan presto y su memoria,
salvo la fama y la gloria.
El tiempo lleva a los unos;
a otros, fortuna y suerte.
Y al cabo viene la muerte,
que no nos deja a ningunos.
Todos son bienes fortunos
y de muy poca memoria,
salvo la fama y la gloria.
Procuremos buena fama,
que nunca jamás se pierde;
árbol que siempre está verde
y con el fruto en la rama.
Todo bien que bien se llama
pasa presto y su memoria,
salvo la fama y la gloria.
Sin probar bocado y arrebujada en una manta,
Ana esperaba que el antiguo asombro de mirar el fuego la amodorrase. Trataba de
rezar, pero su corazón estaba seco como el polvo. La angustia la oprimía como
el peso de una losa empujada por las yertas manos de los cadáveres. Se
preguntaba por qué tantos hombres llenos de sufrimiento, necesidad y anhelos
tenían que haber sido crucificados bajo el mar, si no eran más que figuras del
hambre que huían hacia un mundo más pródigo. Los perros, aun con el pasmo en
sus músculos, ladraban a la luna. La serena pureza de la noche envolvía a todos
con su aliento sedante, con su tibio aliento que fluía bajo las estrellas
innumerables. El calor de la noche aumentaba el perfume que exhalaban las
plantas aromáticas que poblaban la negrura de la selva. El bachiller Enciso era
el único que estaba de pie, contemplativo y quizá sin pensar, en reposo y
carente de esperanzas, con un rostro torvo e inexpresivo. Los pensamientos de
toda su vida podrían ahora resumirse en seis palabras; pero la agitación de lo
acontecido y la palpitación de su corazón provocaban una chispa de rabia que se
despertaba en la severidad de su rostro. Empezó a caminar, colérico, como en
una burbuja de vacío.
─¿No queríais venir a Urabá
a todo trance? ─le dijo, ácido, Pizarro─. Hacia suroeste, tras siete leguas de
rocas e impenetrables selvas, tenéis la hermosa ciudad de San Sebastián de Urabá : treinta chozas a la sombra de una sierra
angosta llena de indios y águilas. ¿Qué más deseáis?
─Deberíamos ir allá,
mientras el triestino y dos cuadrillas de marineros reparan las naves ─intervino Balboa. Enciso detuvo en seco sus
pasos y lo miró encolerizado.
─¡Medid vuestra lengua,
polizón! ¡Si no, os la mandaré arrancar!
─Soy tan libre como
cualquiera. Disteis vuestra palabra.
─¡Sois culpable de un
naufragio con treinta muertes!
─Pedidle cuenta a la naturaleza,
no tiene sentimientos.
─Si los tuvieseis vos,
escucharíais a vuestra conciencia desatada en alaridos.
─No es hora de discutir
─intervino Palazuelos.
─Sólo decía que ante
nosotros no hay más que un espacio. Y un espacio se cruza ─dijo Balboa, con
deliberación.
─¿Queréis que conduzca a estos hombres a una muerte segura y cargue
luego la culpa a la naturaleza, como hacéis vos? ─le espetó Enciso.
─Un jefe debe actuar de
manera que pueda mirar fijamente a los ojos de cualquiera de sus hombres y
mandarlo al diablo ─afirmó Palazuelos.
─¿Queremos, o no queremos
apoderarnos de los tesoros de esta tierra? ─continuó el esgrimidor.
─¡Amordazadlo y encadenadlo
a un árbol! ─gritó el bachiller.
Pero nadie se movió. La
melodía de la siringa de Aquileia se había tornado más alegre, como subrayando
las palabras de Vasco Núñez, que eran todo lo que la hueste necesitaba oír. De
tal manera vive el valor en los aventureros que, cuando son muchos los testigos
y aun en los peligros de mayor importancia, se ven empujados a lanzarse a ojos
cerrados a cumplir con su deber, si se lo recuerda quien consideran que es el
más valeroso.
─¡No consentiré la sedición!
─aulló el bachiller.
─Estamos agotados. Eso es
todo ─terció Ana.
─Por lo que a nos respecta
─dijo Sánchez Gallo, con un gesto que abarcaba a los caballeros─, consideramos
que el plan expuesto por Balboa no carece de sentido práctico ni de audacia.
─¿Queréis que una dama
atraviese la selva a pie? ─se excusó Enciso.
─Puedo llegar donde llegue
cualquiera ─apresuró la aragonesa.
Enciso les volvió la espalda
y, despechado, caminó a grandes zancadas hacia los manglares, como si estuviese
seguro de que sólo en aquella ominosa oscuridad podría escuchar la música
perdida que convierte a los hombres en héroes. La hueste tenía la convicción de
que su tiempo se había colmado y no daba para más. Parecían cadáveres que
respiraban con fuerza mientras sus párpados se buscaban como dos amigos que
deseaban abrazarse para ahuyentar los trágicos recuerdos. Balboa se acercó a
Ana, con el ánimo de convencerla; al fin y al cabo mandaba tanto como el
bachiller en la expedición. Le ofreció una fruta que parecía un diminuto melón
de pulpa amarilla y aromática.
─Tomad, señora. Los indios
la llaman mamey. Es muy dulce.
Ella la rehusó, negando con
la cabeza. El esgrimidor se acuclilló junto a la joven, hincó sus
dientes en el redondo fruto y chascó la lengua para saborear su jugo con
delectación.
─Vos os lo perdéis.
Las llamas de la hoguera llenaron
con su deslumbre hipnótico el denso silencio que se instaló entre los dos. Sus
rostros, petrificados, demostraban la irrevocable zozobra de quienes están
soñando claros laberintos.
─Habéis sabido ganaros la
confianza de estos hombres ─dijo Ana, finalmente.
─No ha sido difícil.
Cualquier mono sabe a qué árbol trepar.
─¿Me encarecéis vuestra
astucia?
─La vida, señora, es un
asunto de caballería andante, en la que sólo el rápido juicio y la pronta
acción son posibles y debidas.
─¿Aunque conduzca a los
demás a la muerte?
─La muerte es cosa del
destino.
─Y, por tanto, no merece ni
una lágrima…
─Los hombres no podemos
dejar que la piedad remueva nuestro miedo hasta volvernos cobardes.
Nuevamente el silencio se
instaló entre los dos. En algunos corrillos menudeaba el vino hablado en
susurros para exorcizar el temor al futuro. Alguien jugaba con una daga. Los
más temerarios dormían con el rostro expuesto a la luna.
Ana miraba el desaliento de
aquellos hombres que conocían el trabajo, la privación, la violencia y el
desenfreno, pero no el temor. Pensaba que no
albergaban deseos de venganza en sus corazones y que se burlaban de las
voces sentimentales que lamentaban la dureza de su suerte; sin conocer la
dulzura del afecto o el refugio de un hogar, quizás porque creían que su
destino era único y propio, y su capacidad para soportarlo les parecía un
privilegio de elegidos.
─¿Por qué una dama como vos
─le preguntó Balboa a Ana, observando la compasión de su mirada y desistiendo
de su primer empeño de pedirla ayuda─ se ha embarcado con unos buscavidas? ¿No
tenéis un hogar que cuidar?
─Mi marido vino con Ojeda a Tierra Firme.
─Siento que no esté entre
nosotros ─dijo Balboa, alzándose─. Necesitamos hombres acostumbrados a bregar
con lo imposible.
Viéndolo alejarse hacia el
grupo formado por Zamudio, Joaquín de Muñoz, Pizarro y Aquileia, Ana pensó que
sólo Dios podía conocer la auténtica laya de aquel hombre incansable como si lo
encendiese el aire. Luego, su mirada pasó nuevamente revista a la hueste. Acostumbrados
a que el sueño los cogiese donde fuera, como a los infatigables perros de los
ganados, los expedicionarios estaban tendidos sobre una pesadumbre parecida a
un paisaje batido por pezuñas y osamentas rendidas.
─No os he dado aun las
gracias, Balboa ─le dijo Pizarro al esgrimidor─.
Me salvasteis la vida.
─Vos lo habíais hecho en la
carabela, retándome con la espada.
─Ese tinterillo me hubiera puesto preso de todos modos.
─Estamos en paz, entonces.
Las sombras del grupo
oscilaban por las llamas de la hoguera. Al notar en la distancia que la mirada
de Balboa se detenía en ella, Ana cerró los ojos, turbada, y se tendió en el
suelo.
─No me gusta que una mujer
esté metida en esto ─escuchó a Pizarro.
─De la mujer viene la luz
─dijo Balboa, sin dejar de mirar en la distancia a la aragonesa─. Tanto las
noches como los días se organizan a su alrededor.
─Le debemos estar en Urabá ─apostilló
Zamudio.
─Por eso mismo ─puntualizó
Pizarro..
─A mí no se me ha perdido
nada en La Española ─confesó el
maestre─. Y en Castilla soy menos que nada, como todos los marineros. Además,
tener a una mujer cerca me da alegría.
─No me gusta que me mande
una mujer ─sentenció Pizarro.
Sólo cuando el silencio se adueñó
de la oscuridad, osó la joven incorporarse y correr hacia los mangles para
evacuar su vientre y calmar el insoportable retortijón de tripas que la roía. Súbitamente
aterida, volvió a la carrera para arrebujarse en la manta sobre el suelo. En su
mente desconcertada y doliente floreció una
súplica: Por favor, querido padre,
tendedme una vez más vuestra mano vigorosa que siempre me condujo hacia
adelante. Y llevadme a una costa donde no existan culpas y aflicciones. De
ese modo pudo deslizarse serenamente en la enigmática profundidad del sueño.
Al abrir los ojos, Ana comprendió
que el suavísimo cosquilleo que había sentido en su rostro había sido causado
por la enorme mariposa que ahora se internaba entre los árboles. La aurora
comenzaba a calentar la hornilla del horizonte y las nubes se esponjaban como
hogazas. Las aves lanzaban sus finas y claras notas musicales. La hueste
hacía tiempo que estaba diseminada por
la espesa fronda hiriendo los árboles con el golpe seco del filo de sus hachas.
El grumete Juan le trajo una zafa con frutas y galleta, que Ana devoró en un
santiamén. Luego se apresuró a participar en aquella labor, que suponía una
manera fácil de arrojar fuera los pensamientos que poblaban insoportablemente las
mentes de todos. Apenas si detuvieron su esfuerzo a mediodía, para rezar el Ángelus. Algunos soltaron los perros y
se internaron en la fronda en busca de caza, otros se metieron en el borde del
mar para pescar. Los demás siguieron con aquella agotadora labor, que era una
forma de esperar sin esperar nada, de mantener la vida en un fuego bajo un
cielo implacable. Al borde de la noche miraron al poniente sin verlo,
totalmente rendidos y temblando de fiebre. Las manos de la joven estaban
despellejadas y su cintura y sus huesos no eran más que un puro dolor; pero se
sentía orgullosa. Habían construido cuatro balsas y aserrado tablas que
servirían de sobreplanes para la reparación de la sentina de la carabela y el
casco del bergantín.
Al día siguiente, que empezó
melancólico y negro, Enciso obligó a Balboa a quedarse con Aquileia y dos
cuadrillas de carpinteros para reparar las naves. El resto emprendió la marcha
por el espeso bosque, cuyos árboles se enlazaban mediante una maraña
inextricable de plantas parásitas. Abriéndose paso a mandobles de espada y
golpes de hacha, sonaban como una oscura tropa de mulos tercos. El terreno se
alzaba en leves cumbres y descendientes cañadas; su color pasaba por mil
tonalidades de verde, coronado por un cielo encapotado.
Llevaban dos horas de marcha
cuando un estruendoso chaparrón los embebió. Se agruparon protegiéndose bajo
los escudos durante veinte inagotables minutos. De improviso, el ruido del
aguacero cesó y una explosión de sol sofocante se filtró entre las hojas.
Volvieron a caminar, deshaciendo en jirones las nubes de vapor ardiente que
brotaban del suelo. A cada paso, sus escarpes segaban millares de telarañas
entre las raíces y las hierbas. Sus manoplas, abriendo camino entre el tupido
follaje, rozaban destiños grisáceos enredados de avispas secas, restos de
élitros, antenas y caparazones a medio chupar que se adherían al hierro como
melaza.
Habían avanzado casi ocho
leguas cuando les cortó el paso una gran ciénaga en cuya verde superficie se
reflejaban los macilentos troncos de los mangles y sus correosas hojas. Al
echar las balsas en el marjal, un agitar de alas espantadas levantó el vuelo
desde las sombras. Navegando en columna hacia sureste, se abrieron paso entre
un tropel de garzas hambrientas que descendían hacia el traidor espejo
esmeralda; sus ecos frenéticos y opacos hacían croar a las ranas y fruncir los
ceños de los hombres con el surco del mal humor. El cielo había vuelto a
adquirir un esplendor agrio y equívoco. Ni una brizna de aire removía las duras
hojas del mangle. Ana, Enciso, Pizarro, una docena de hombres y seis perros,
atados a una estaca clavada en el centro, iban en la primera balsa. Seis
hombres marcaban la corteza de los troncos para que sirviesen de señal. Las
largas vergas se hundían en el cieno con gran esfuerzo y monótono ritmo.
Perdieron de vista la vecina sierra de levante a medida que se internaron en
las sucias aguas. Después, fueron engullidos por una frondosidad que ocultaba
el firmamento; el sol, los vientos y las lluvias no podían penetrar aquel
dominio de ramas enlazadas que hacía extremadamente dificultoso el avance. Una
bandada de guacamayas revoloteó con alharacas de un lado a otro, manchando de
fugaces sombras rojas las corazas de los expedicionarios y sembrando con sus
gritos estridentes el sobresalto en sus ánimos. Monos aulladores trepaban entre
el ramaje y se columpiaban de árbol en árbol utilizando el largo rabo como
balancín. Los canes les ladraban, provocadores e inquietos. Entre las sombras
se mecían grandes hojas agujereadas, semejantes a antifaces de terciopelo ocre,
que eran plantas de añagaza y encubrimiento. Una guerra sorda se libraba en los
fondos enrevesados de culebras. Un gran mutismo preñado de fatales augurios
reinaba en la hueste, como el silencio de una ardorosa mente pensadora.
A Ana acudió el recuerdo de
aquella Laguna Estigia de los cuentos griegos que tanto gustaba comentar su
padre, y comprendió por qué no era concebible que ningún ser vivo pudiese
resucitar tras atravesar el territorio de la muerte. Sin embargo, aquellos
compañeros suyos seguían avanzando; duros, afiebrados, sin cejar en adentrarse
más y más en unas fauces desconocidas que no podían parir la vida en las
puertas del más allá, fuese éste Paraíso o Averno. Como si la desesperación
acrecentase sus esperanzas. Como si estuviesen convencidos de que la única
victoria era el propio esfuerzo. Como si creyesen que sólo conquistar al miedo
era el comienzo de la riqueza y la gloria. Al cabo de cuatro horas habían
perdido la noción de verticalidad, en una especie de mareo de los ojos. No
sabían ya si la claridad venía de abajo o de arriba, si el techo era de agua o
el agua suelo, lo que era de los árboles y lo que era su reflejo. Como troncos,
ramas, pértigas y lianas se reflejaban en ángulos abiertos o cerrados, acabaron
por creer en salidas, corredores y orillas inexistentes. El aire se hacía cada
vez más delgado y fugitivo entre la suntuosa vegetación invadida de insectos
pequeñísimos que les chupaban la sangre del rostro hasta reventar hartos de
ella. Bajo los arneses, se cocían en una humedad pegajosa como un unto. Pero el
terror más profundo era el fango; el fango sin sombra alguna, como la arena
clara.
De pronto, surgieron tres
cocodrilos cuyas cabezas surcaban la burbujeante superficie del hediondo marjal
en dirección a las balsas. Los perros babearon rabia, alzaron sus patas con
frenesí y se hirieron el cuello al tironear rabiosamente de los dogales. Enciso
ordenó a los escopeteros que abriesen fuego. Bajo la nube azulenca de la
pólvora los cocodrilos se revolvieron con espantosos saltos, abriendo sus violáceas
bocazas con dos largas filas de enormes dientes afilados y golpeando las aguas
con atroces coletazos. Pero su piel acorazada había repelido los impactos y
siguieron avanzando con mayor rapidez hacia los españoles.
─¡Entre los ojos! ─gritó
Pizarro─ ¡Hay que dispararles entre los ojos!
Y, dando ejemplo, con un
tiro de ballesta atravesó con su acerada flecha la cabeza de una de las
bestias. Un mortal brinco catapultó al saurio herido a proa de la balsa de Ana,
quien dio tal respingo que cayó sobre el troco que ataba a los perros. El
bachiller, mudo de espanto, se apresuró a izarla, mientras dos hombres clavaban
sus picas en los ojos del monstruo, que se sumergió en el agua con las garras
abiertas. Pero aun dio otro espasmódico salto, y sus fauces atraparon a un
desventurado marinero, que con un horrible grito se hundió para siempre en la
ciénaga. Un postrer coletazo, que levantó una nauseabunda nube de insectos,
anunció que la bestia y su desdichada captura morían en la profundidad del
fango. Una cerrada descarga de arcabuces acabó con la existencia de los otros
dos cocodrilos. Cientos de pájaros alzaron un vuelo escandaloso y policromo.
Las ranas cornudas croaron con sorna opaca. Una anaconda, de siete varas de
longitud y el grosor de tres falconetes, reptó para sumergirse en el fondo del
marjal en busca de los cadáveres.
Antes de que se repusiesen
del susto, una flecha atravesó el ojo izquierdo de un soldado de la cuarta
balsa, que cayó aullando en el lodazal. Todos se echaron de bruces sobre las
balsas y avizoraron la espesura en la que reinaba un silencio de tumba. Cinco
nuevos dardos silbaron sobre sus cabezas. Uno de ellos hirió a un perro que,
aullando, trastabilló sobre los troncos y cayó muerto en medio de tremendas
convulsiones. Al comprender que el veneno inficionaba las puntas de los dardos
de los invisibles indígenas, los corazones de los expedicionarios temblaron de
impotencia, furia y miedo. La inmediata réplica de las armas de fuego,
disparadas a ciegas sobre la fronda que los embebía, sólo recogió el eco del
más inquietante mutismo. Cuando se hizo ensordecedora la general desbandada de
los animales de la selva, tres nuevas flechas acabaron con la vida de otros
tantos españoles. La violencia de los arcabuces desató un blando quejido de
ramas. La nube de pólvora lo envolvió todo, sin permitir ver un cuerpo que
desde lo alto de un árbol cayó sobre el agua tras un zumbido de hojas que
recordó al batir de una matraca. Cuando pudieron observarse nuevamente, vieron
el cadáver de un hombre flotando en la superficie de la ciénaga. Vestía
únicamente una pluma de tucán atada a una cinta que ornaba su cráneo. Los
expedicionarios siguieron inmóviles, presintiendo la muerte en el susurro de
los árboles. Con el sobresalto en las mandíbulas, las manos velozmente
atareadas en limpiar los cañones de las armas de fuego para volver a cargarlas
y el frío sudor perlando sus frentes, se miraban a hurtadillas espiándose
secretas reacciones. Inesperadamente, un grito inhumano retumbó en la fronda.
─¿Qué ha sido eso? ─susurró
alguien.
Nadie le contestó. Al grito
había sucedido un silencio aterrador. Escuchaban atentos esperando que se
volviera a repetir el chillido. Ballestas y arcabuces apuntaban con nerviosismo
en todas las direcciones.
─¿A qué aguardan?
─A que caiga la noche.
─No podrán vernos en la
oscuridad.
─¿Estáis seguro?
─Habrán desistido.
─Nunca desisten.
─Si conservamos esta
posición no se acercarán a nosotros.
─Pero tampoco nosotros
saldremos de aquí.
─Nos dan a elegir:
cocodrilo, serpiente o flecha.
─¿Os fiais de los dientes de
esos monos negros?
─Ni siquiera de las ranas.
Tienen los ojos rojos.
─Salgamos de aquí de una vez
por todas, ¡rediós! ─gritó Pizarro.
Nada más ponerse nuevamente
en marcha las balsas se cruzaron con seis desnudos cadáveres que flotaban con
el azul de la muerte en sus labios. De pronto, el destello del canuto con que
cubría su pene una de las víctimas deslumbró a alguien de la segunda balsa, que
gritó:
─¡Oro!
Sobre la ponzoña inmóvil,
fulguraba el metal omnipotente que en los ensueños pretéritos había rozado el
corazón de todos aquellos hombres convirtiendo su pensamiento en un volcán en
erupción, y los había conducido al extrañamiento, la aventura, el dolor, el
tesón heroico y la locura en la que se hallaban. Sólo quien había sido capaz de
pronunciar la mágica palabra tuvo fuerza para lanzarse sobre la ciénaga, dar
con el puñal un tajo en los genitales del cadáver y arrebatarle aquella joya
que lo divinizaba. Entre las soeces risotadas de los demás, alzó en su puño
cerrado el portapene que chorreaba sangre, mostrándolo con el éxtasis del
delirio. Pero su alborozo se le heló en los labios para siempre: una flecha
surgida de las sombras le atravesó el
paladar en el instante en que volvía a gritar el nombre del metal portentoso.
Nuevamente las armas de fuego atronaron la selva. Y bajo la nube de pólvora el
desgraciado favorecido por el oro se hundió en el fango con su execrable
trofeo, cuya diabólica potestad lo sujetaba en amistad tiránica, para
conducirlo al sueño definitivo de la muerte. El chapoteo de las pértigas se
hizo más afanoso.
Al empezar a flotar los
anofeles sobre el asqueroso caudal del ocaso, los mangles empezaron a doblar su
hirsuta celosía ante una ensenada sincopada por ceibas, almácigas y plátanos salvajes
que tenían la firmeza de un ejército silencioso presentando armas. Más allá,
grandes masas de negros nubarrones parecían bañarse en una neblina de sangre.
Los expedicionarios saltaron a tierra. Un caimán muerto, de carnes putrefactas,
debajo de cuya escamosa piel se metían por enjambres las moscas verdes, los
aguardaba. Era tal el zumbido que resonaba dentro de la carroña que, por
momentos, alcanzaba una afinación de queja dulzona, como si una mujer gimiese
por las fauces del corrompido saurio.
Una bandada de estorninos
navegó entre ellos, buscando su alimento entre las duras matas sembradas de
rocas. La hueste se vio obligada a desbrozar
con hachas y espadas una vegetación trabada en intríngulis de bejucos, garfios
y enredaderas. Luego, la vegetación fue desapareciendo lentamente, hasta que
convirtió a la tierra en un páramo calizo cuajado de piedras opalescentes que
se hundían en la bruma como si condujesen a un mundo velado. Durante tres horas
avanzaron lo más rápidamente que pudieron. El cercano bramido del mar
multiplicaba sus ecos en el cielo resonante y negro. La noche era oprobiosa.
─Ni aun las manos alcanzo a
verme ─se impacientaba Ortuño de Baracaldo.
─Así no conoceréis vuestro
porvenir ─bromeó Juan, el grumete.
─El Señor nos da las penas
para que nos abracemos con ellas ─sentenció el orondo franciscano.
─Entonces debió habernos
dado ojos de lobo, para ver en lo oscuro ─le replicó Barrantes.
─¡No blasfeméis! ─riñó el
fraile.
Un poco más adelante
apareció ante ellos una agrietada salina cortada aquí y allá por simas
verticales. Una vieja y astrosa palmera de tronco grueso y deforme restregaba
con seco rumor su lacio ramillete de flabelos muertos. Jacinto Pancorbo,
natural del Bierzo, miraba con lástima su cantimplora, aleteándola una y otra
vez con desesperada desgana ante sus irritados ojos.
─Nunca creí que llegara a
esto ─sollozó─. Voy a tener que cambiar mi orujo por un poco de agua.
Pero nadie lo escuchó. Una
fuerza imantada parecía llevarlos hacia delante, como el curso montañoso de los
manantiales en busca de la serenidad del valle; adentrándose en el abismo de
una noche que, enamorada de sí misma, esparcía el miedo por el aire. El
berciano volvió a repetir su llamada de auxilio:
─¿Nadie quiere cambiar mi orujo
por un poco de agua?
─¡Pobre Pancorbo, tenéis el
pensamiento cargado de oro y no podéis compraros ni un trago de agua! ─murmuró
una sombra que caminaba como un autómata tras él.
Una iguana miraba a la
expedición; estólida, con la papada abierta en abanico y los codos en jarras.
Fray Andrés de Vera reparó en las bolsas hendidas de aquellos ojos
fosforescentes, mientras sobrepasaba al angustiado Pancorbo que se había
derrumbado en tierra.
─Mirad ese lagarto, hijo. Se
siente mucho mejor que vos. ¡No hay derecho!
Y descerrajó un tiro de arcabuz
sobre el reptil, que se esparció por los aires convertido en una repugnante
lluvia gelatinosa y verde.
─¡No teníais motivo para
hacer eso! ─se le enfrentó el gigantesco Ortuño.
─¡Estoy harto de lagartos!
─protestó el fraile.
─No os hacía ningún mal.
¿Por qué habéis tenido que matarlo?
─¡Que me aspen si os
entiendo, hijo! ¿Qué demonios os pasa? ¡Sólo era un lagarto!
El baracaldés le volvió la
espalda.
─¡Todo este jaleo, por un
asqueroso lagarto! ─rezongó el franciscano.
Pancorbo, de rodillas,
lloraba, alzando su cantimplora a los compañeros que lo sobrepasaban
impertérritos.
─Si alguno de vosotros no
tiene la caridad de darme un poco de agua, creo que moriré de sed ─gemía.
─Es muy posible ─le dijo
Botello. Y poniendo su mano en el hombro de fray Andrés de Vera, añadió,
socarrón:
─¿Por qué no bendecís esas
piedras, santo fraile? ¡A ver si las convertís en un fresco manantial!
El franciscano relampagueó
un cuchillo, y chilló:
─¡No blasfeméis u os parto
el alma!
Una centella rasgó el
firmamento y, tras el trueno ensordecedor, comenzó a llover a torrentes.
Pancorbo se dejó caer en la tierra yerma, con los brazos y la boca abiertos al
cielo, riendo como un poseso. El fraile alzó sus ojos a la negra vaciedad sobre
su cabeza y, mientras se santiguaba con obsesiva reiteración, clamó:
─¡Gracias te sean dadas,
Dios omnipotente!
La intensidad de la lluvia
arrancaba de la tierra un cinturón de vapor tan denso que creyeron caminar
entre nubes. Pero el peso de sus armaduras, por las que resbalaban regueros de
agua, los fue doblando hasta hacerlos avanzar arrastrando sus manos y rodillas
sobre el barro. El grumete Juan y Cristóbal de Valdebuso habían entrelazado sus
manos para formar una especie de silla en la que, sentada y asida a los hombros
de los dos jóvenes, una Ana desfondada podía continuar la aciaga jornada..
Media hora más tarde, una
luz extraña brilló en los ojos de Enciso, que iba al frente. Se detuvo,
zarandeó su cabeza y se restregó los ojos, como un enfermo que quiere
distinguir entre el delirio de la vigilia y la realidad hueca de la noche.
Pizarro se le aproximó con parsimonia en el instante en que el bachiller
musitaba, con la incredulidad de quien está siendo tentado por un espejismo:
─Creo estar viendo...
─...San Sebastián de Urabá ─concluyó con infinita apatía el de
Trujillo.
Los castellanos se
detuvieron con la mirada absorta en aquel horizonte, tan hondo y esperanzador
como las lágrimas; y, como cada uno cree fácilmente en lo que teme y en lo que
desea, sintieron ascender en sus entrañas un nuevo presagio de cumbre tocada
con las manos.
No importa qué agotamiento,
furia o miedo hayamos padecido en nuestro camino; lo peor es, siempre, llegar a
la meta. La primera colonia de Castilla en Tierra
Firme no era más que un reguero de astillas chamuscadas que flotaban en el
barro de negros charcos. Durante diez días el cielo siguió rasgándose en
relámpagos y una lluvia unánime y aborrecible anegó la tierra hasta convertirla
en un lago sin límites. La hueste se transformó en una envilecida bandada de
pájaros inmóviles en las ramas de los frondosos árboles. La tempestad de oro y
gloria que se había agitado un día en sus mentes era ahora una llaga que
supuraba la fosca pululación del bochorno de quien ha arribado extenuado a la
república del fracaso. Cualquiera de aquellos hombres hubiese aceptado una
sentencia de muerte para huir de la sentencia de vida que la providencia les
había traído en la mano. Estoy en el
reino del espanto y vigilando su anegada ruina como una fúnebre lechuza, se
decía el bachiller Enciso temblando de cólera. Encogido como una oruga, calado
hasta los huesos y retrepado en la rama de una ceiba, se preguntaba si tanto
esfuerzo merecía aquella vergonzosa e intolerable derrota. Y maldecía al
implacable Jehová de sus antepasado; porque había insuflado en el corazón
humano la inseguridad, la incertidumbre y la desconfianza como únicas verdades;
porque no se cansaba de recordar al género humano que su más acerbo dolor
consistiría siempre en aspirar a mucho más de lo que realmente podía lograr; porque
había anudado de tal modo su destino, que jamás podrían desatarlo libremente; porque
con aquella feroz tragedia sin duda se vengaba de su sincera fe cristiana.
Ana luchaba para no aceptar
que aquella cabal ausencia suponía la desgarradura final, la irrefutable
evidencia de que las huellas del infortunado Cecilio Támara habían sido
borradas para siempre de la faz de la tierra. La esperanza ─o la terquedad─,
que desde que salió de Santo Domingo contenía todos sus instantes, le ardía
poderosa en su interior intentando contradecir la negra realidad. También las olas ─pensaba─ se persiguen y acaban por romperse, pero el
mar no se agota. Y le pidió a Dios que secase su corazón como una hoja
marchita y lo aventase a todas las zozobras, si de ese modo podía encontrar a
su esposo.
Al cabo de tres días
inagotables, un viento huracanado acarreó las nubes y la expedición pudo
descender de sus refugios arbóreos. Las botas del maestre Zamudio chapotearon
con fuerza en el barro burbujeante hasta encontrarse con Enciso.
─Señor bachiller ─le dijo─,
vos diréis qué hacemos.
─Contad el oro que el
maldito polizón os prometió que hallaríais en esta tierra.
El maestre se encogió de
hombros, con la serenidad de quien sabe que ante el tumulto blasfemo del mundo
había que refugiarse en el silencio.
─Pero, antes ─añadió el
bachiller─, volveremos a levantar esta ciudad.
─Hay que no acelerarse,
señor. Herramientas y pólvora están empapadas.
─Se secarán, señor maestre.
─Os recuerdo que andamos
escasos de provisiones.
─Mientras unos construyen
las casas, otros explorarán el entorno en busca de alimentos.
─Recordad, señor Enciso, que
Pizarro nos advirtió de la inclemencia de esta tierra.
─Si dijo la verdad en eso,
también será cierto que el gobernador Ojeda volverá con la ayuda que fue a
buscar. Y aquí lo esperaremos.
─¿Y los indios y sus flechas
envenenadas?
─¿No confiáis en el temple
de vuestra espada, señor Zamudio?
El maestre guardó silencio
con pudor estoico, pero los expedicionarios sintieron la lisura de sus aceros
bajo las lentas yemas de sus dedos. Aquel latigazo de ira colectivo no pasó
desapercibido para el bachiller, que encendió la mecha de su pistola y alzó la voz para ordenar:
─Quien tenga suficiente
valor para declarar su cobardía, ¡que dé un paso al frente!
Una peligrosa sombra barrió
el percudido rostro de la hueste. El berciano Pancorbo se rasgó su escaupil y
sus calzones. Desnudo de pies a cabeza, salió de en medio del grupo y echó a
correr hacia el horizonte festoneado de blancas gasas de ardiente vapor; como
una figura de ultratumba perseguida por el aterrador eco de sus bramidos.
Enciso le disparó. Un rugido de corazón roto rebotó en el rostro frenético del
inmediato bosque y mil pájaros aterrorizados se elevaron hacia el cielo. Ana
dio tres zancadas y propinó una formidable bofetada al rostro del bachiller.
Los ojos de Enciso asaetearon la faz de la joven, cuya furia tremolaba en sus
labios. Un escalofrío presionó las espaldas de la hueste. Enciso volvió su cara
descompuesta hacia el franciscano.
─¡Id a bendecirlo! ─le
ordenó con voz estrangulada por la ira. Y señalando a los grumetes, añadió:
─¡Ayudad a que tenga
cristiana sepultura ese desgraciado!
Volvió a medir a Ana con el alcance feroz de
sus pupilas y dijo con voz excesivamente articulada:
─Señora, dad gracias a Dios
por ser mujer... Aun así, os prevengo: no soy un caballero.
─¡Ni tenéis sentimientos!
─Ese pobre hombre se había
vuelto loco.
─¿Estáis seguro de no
estarlo vos?
─Después de morir no se
sufre ─. Aquella verdad relució en las mentes de todos como una moneda bajo la
lluvia. Un vértigo en su imaginación les descendió a la última sombra, donde ya
no había ni necesidad ni afán; y envidiaron la suerte de Pancorbo.
─¿Habéis visto alguna vez
agonizar a un loco? ─preguntó el bachiller a Ana.
─Los estoy viendo vivir.
─Pues deberíais alegraros
por ello ─resolvió Enciso.
Y dando la espalda a la
joven tomó un hacha del montón de herramientas y anduvo con paso firme hacia
los árboles. Los hombres seguían inmóviles y con la mirada exasperada: parecían
criminales conscientes de sus fechorías y no hombres honrados atormentados por
la desolación. El filo del hacha del bachiller se hincó por tres veces en el
tronco de un árbol. Entonces Zamudio imitó la acción de Enciso. Lo siguieron
los caballeros, Pizarro y la propia Ana. Era lo que esperaban y odiaban hacer
los demás: la llamada inexcusable del deber, que borra o mitiga la saña de lo
real, que agazapa la seguridad de la muerte. Esa era su vida, carente de
trayectoria, a salto de mata; una epopeya compuesta sólo de episodios que no
formaban trama. Morían a diario para renacer a otra vida de la que tampoco eran
capaces de representarse su futuro. El simple impulso creaba su sino; por él
emprendían una acción impremeditada, no importaba cuál, con tal de que los
pusiese en un brete que tuviesen que afrontar.
Días más tarde, cuando el
yunque del sol había evaporado cualquier rastro de agua, arribaron la carabela
y el bergantín. Balboa, Aquileia y sus dos cuadrillas de carpinteros se unieron
a la insensatez de aquella manada cocida por el barro que intentaba reconstruir
con manos en carne viva una ciudad digna de llamarse San Sebastián. Iban y venían entre el talado término del bosque y
la ribera sinuosa, mientras el sol les encendía las caras y los torsos. Se
agachaban, se levantaban, clavaban con ahínco el filo de sus hachas, empujaban
con sus pies los heridos troncos, para que crujiesen expandiendo agónicamente
las lonas de su follaje en una lluvia verde sobre el mar de helechos. Actuaban
a conciencia, sin preguntarse por la utilidad de aquel trabajo; como si en
aquella tarea agotadora encontrasen la paz. Ninguno
de ellos cree aun estar aquí ─reflexionaba Ana, mientras utilizaba el
serrucho para desbastar un tronco recién talado─. Reniegan de esta tierra porque no creen que ella sea su futuro. Y hacen
bien. Si perdieran esa ilusión y abrieran bien los ojos, aunque fuera un
instante, se verían atrapados en un sueño imposible, lo mismo que estoy yo.
También Balboa consideraba
que en aquella labor extenuante no había ni porvenir ni nobleza. Aquel
desvivirse inútil no era sino una demostración de vanidad que encubría miedo e
impotencia. Y, como el zorro siempre cree que su sombra es inmensa, cayó en la
cuenta de que podía utilizar un ardid que, de salirle bien, no sólo acabaría
con aquella ocupación sin sentido para nadie, sino que podría abrirle las
puertas de un destino grandioso. Así que esperó a que la hueste se reuniese
para cenar y dijo, con la serenidad de quien está convencido de que en medio
del infortunio se ha de tomar un camino osado:
─Yo me acuerdo de que los
años pasados, viniendo por estas costas a descubrir con Bastidas, Aquileia,
Joaquín de Muñoz y el bravo Ábrego, que Dios tenga en su gloria, entramos a la
parte occidental de este golfo y navegamos un gran río que los indios llaman Darién,
que arrastra escamas de oro. Desembarcamos, y vimos un pueblo que tenía
muy fresca y abundante tierra de comida, donde la gente que lo habitaba no
ponía veneno en sus flechas. Le dimos el nombre de Santa María de Belén.
─Es cierto ─dijo Joaquín de
Muñoz.
─Dice la verità ─corroboró
el piloto triestino.
Los corazones de los
expedicionarios latieron con tal violencia que parecía querérseles salir de los
pechos. A alguno se le atragantó el vino, cuya aspereza mitigaba la salazón de
la cecina.
─¿Recordáis, Balboa ─dijo
Enciso, con tensa calma─, cómo se retira el mar de la playa y cada vez se aleja
más? Pues si abandonáramos esta tierra, haríamos lo mismo con el honor de
Castilla y con el nuestro.
─El honor es sólo la gloria
que sigue a las acciones heroicas. Hagámonos fuertes primero allá donde podamos
realizarlas.
─Os consideráis demasiado,
polizón. Queréis que vuestro deber como súbdito no os aparte de vuestros
intereses. ¿No es eso?
─Así es.
─Tendría que mataros por
declararlo.
El lejano marfil de la luna
lograba que la tranquilidad de lo que los rodeaba tuviese una majestad tan
augusta que las palabras se quedaron en los labios durante un largo instante,
como contenidas por el temor a una profanación. También en la mente del
desdichado bachiller la proposición de aquel maldito polizón había repercutido
con más ecos que un disparo de arcabuz. El torbellino de la duda se instaló en
él, para inspirarle presunciones de naufragio; pero, ¿qué podía esperar negando
lo que todos, y él mismo, anhelaban con desesperación?
─Espero, por vuestro bien
─dijo─, que lo que prometéis no sea una fullería más.
La sonoridad de un pedo,
soltado por Ortuño con toda la fuerza y el hedor de la naturaleza, rompió la
tensión de los rostros; les pareció a todos
una burla de los escrúpulos del capitán general de la expedición.
─Ripeto che dice la verità ─volvió a testimoniar Codro Aquileia.
─Juro que es cierto lo que dice Balboa ─remachó
De Muñoz.
Los once caballeros tenían
sus ojos inquisidores prendidos en el bachiller, y ni siquiera el crepitar de
las hogueras hacía mover sus rictus estatuarios; esperaban de él las palabras
esenciales.
─Mañana partiremos hacia el
otro lado del golfo ─resolvió Enciso,
con la perplejidad de quien es sorprendido porque el sonido de su voz afirmaba
algo contrario a lo que le ordenaba su estricto sentido del deber.
Esa inesperada decisión le
demostraba a Ana que sólo lo extravagante convencía a aquellos hombres con
nervios deshechos, que se empeñaban en embriagarse de sí mismos. A ella no le
quedaba más que rogarle a Dios que tal desmesura no originase más tempestades.
Había aprendido en aquellos días que una liviana mariposa al posarse en una
rama podía hacer caer todo lo que había en el árbol. Esa noche soñó que un pico
desconocido se le clavaba en el pecho, inmovilizándola casi sin dolor, mientras
el pájaro hundía el pico en su sangre que chupaba con creciente intensidad.
Ella ya no sabía si se estaba desangrando o convirtiéndose en pájaro; uno de
aquellos pájaros que trazaban al volar los códigos indescifrables de su
porvenir, que era ya sólo el azar.
En mitad de la noche un
espantoso grito despertó a todos, sobrecogiéndolos: Odón Valverde, un cenceño
palurdo burgalés, acababa de degollar a quien dormía a su lado porque sus
ronquidos le impedían conciliar el sueño. Enciso, con inmediata indiferencia,
mandó castigar con cincuenta azotes al asesino. Cuando el sol aun no había
salido y el firmamento aparecía iluminado por el fuerte azul de las
postrimerías de la noche, el desventurado Valverde se había librado del dolor
de los días, colgándose por el cuello en la rama de un árbol.
Por segunda vez quedó
Francisco Pizarro en San Sebastián de
Urabá ; al mando de setenta y cuatro hombres y con el bergantín en la rada.
Ana y los cuarenta y cinco restantes se hicieron a la mar en la “Virgen del amor hermoso”. El puesto de
Sabino Ábrego lo ocupó Hernán Muñoz, un asturiano de treinta y pocos años,
prudente, meticuloso y, en realidad, un lobo marino en quien la dureza y el
peligro de la vida naval nunca habían perjudicado a su instinto natural de
disfrute sensible. Había sido gaviero de proa a las órdenes de Juan de la Cosa
en el segundo viaje de Cristóbal Colón al Nuevo Mundo, y piloto en la carabela Santiago de Palos, en el cuarto viaje del almirante
viejo. Cuando Bartolomé Colón lo culpó injustamente del hundimiento de esa
nave ─que en verdad naufragó carcomida sin remedio por la broma─, fue visto por todos como un ave de mal agüero, lo que le
deparó no ser contratado en navío alguno durante casi cuatro años de incuria
extrema; hasta que Martín Zamudio lo escogió como gaviero para la expedición de
Ana y Enciso. Como toda la tripulación de la “Virgen del amor hermoso” respetaba su experiencia y bonhomía, y se
habían percatado de que en las faenas era infatigable, y tomando rizos a las
gavias siempre estaba el primero a caballo del penol a barlovento, nadie se
opuso a su nombramiento como contramaestre. Es mucho lo que se gana con un buen
presagio, y hasta la superstición de ayer se vuelve útil cuando está afirmada
por la fe.
Las veinticuatro leguas de
agua tersa del golfo de Urabá yacían refulgentes como un lecho de joyas.
Navegaron de espaldas a la aurora, con la arrogancia de los hombres azuzados
por el hambre; mordiendo el tesón como una fruta ácida. En lo hondo de sus
angulosas y oscuras delgadeces brillaban nuevamente las pupilas ofuscadas por
la esperanza. Tras día y medio de travesía, la tripulación se reunión en el
castillo de proa, a observar bajo el cielo del oeste, una tierra con contornos
irregulares y quebradizos, como una sombría runa en la llanura basta y desierta
del mar. Cuando pudieron observar con más nitidez la costa plagada de corotúes, manzanillos, laureles y caobas
que eran el adarve de la profunda selva, reinó entre ellos el alborozo, sin
saber por qué; conversaban en grupos y señalaban con sus brazos; soñaban con
que llegaban a las puertas de una ciudad en cuyas aceras ningún hombre
mendigaría ni reclinaría la frente ante sus señores.
Cuando la carabela rozaba ya
la costa, como un gran pájaro que volase hacia su nido, el agua formó remolinos,
privados de la diadema de espuma del mar. Sin dudarlo, Codro Aquileia se internó
en la desembocadura de aquel río que venía del sur infestado de escollos. Así
como los aleros de una ermita se pueblan de golondrinas, aquellos torvos
arrecifes albergaban albatros, picogordos y gaviotas de todas las variedades.
Zamudio y Muñoz ordenaron echar los escandallos de las sondas. El triestino
fijaba el rumbo con tensa energía, sorteando uno tras otro los grumos de
corteza terrestre que semejaban galeones desarbolados y encallados sin orden ni
concierto. A lo largo del cada vez más estrecho caudal podía verse una ligera
neblina de pálidas nubes que no variaban nunca ni su forma ni su color. Todos
los ojos estaban pendientes de la menor sombra de coral, arrecife o banco de
arena en el agua. Cada embate de la corriente en la proa era un sobresalto, una
presión helada en la nuca, una enorme indecisión a la deriva.
Se habían alejado del golfo
como media milla hacia suroeste cuando los perros comenzaron a ladrar. Y, desde
la cofa, Valdebuso alertó de lo que alcanzaba su vista, con una voz más
contundente que un epitafio:
─¡Indios!
Se arrojaron de bruces sobre
la cubierta y, a rastras, se enfundaron en lorigas y almófares. Resguardados
tras la amurada los escopeteros se encararon los arcabuces y profundizaron con
la mirada en las sombras. Sólo entonces se dieron cuenta de que al menos cuarenta
de aquellos rojos troncos de hirsuta cresta que tenían enfrente no eran sino
indígenas apostados entre los repliegues de las rocas; su desnudez e
inmovilidad de estatuas los confundía con el paisaje del que formaban parte.
Sus ojos atisbaban perplejos la carabela. Iban armados con garrotes y
jabalinas. Llevaban el cuerpo pintado con una geometría caprichosa y feroz.
─¡Que nadie dispare! ─gritó
el bachiller, con esa altivez insultante de los hombres tímidos.
Repentinamente, los nativos
deshicieron su hieratismo y comenzaron a caminar al costado de la nave, con un
andar suave de pasos elásticos y fuertes, como si cada una de sus piernas
estuviera cargada de saltos. Aquella marcha de fuerza y voluntad acompañó la
derrota de la nave durante un eterno cuarto de hora. Al ver que la niebla se
les echaba encima a escape, Hernán Muñoz ordenó agolar las velas y echar el ancla,
que cayó al fondo con un ruido parecido al redoble de un trueno lejano. Un
instante más tarde, las armaduras dejaron de ser un oleaje de chisporroteantes
reflejos, al ser tragadas por un sudario sofocante que impedía a sus dueños
contemplar mutuamente sus tormentas de exasperación. Cuando, más tarde, el velo
se disolvió, los indios habían desaparecido. Y eso fue casi peor que si se hubiesen
quedado.
Los trancos de Enciso
resonaron abriéndose paso hasta el palo mayor. Se puso a media rodilla,
desenvainó la espada y se encomendó a la santísima Virgen de la Antigua,
prometiéndole que, si le concedía la victoria, enviaría a su altar de Sevilla
un romero con los más ricos presentes que hallara, y pondría su bendito nombre
a la ciudad que en aquella tierra fundase. Transfigurado de solemnidad, mandó
desplegar el pendón blanco y azul en cuyo centro campaba una roja cruz.
Señalándolo con la punta del acero, dijo en voz alta:
─¡Amigos, sigamos a la cruz!
Y con la fe en este símbolo, ¡conquistemos!
La hueste saltó a tierra.
Antes de abandonar la nave, el bachiller tomó a Balboa palabra de honor de que
permanecería a bordo, en compañía de Ana, Aquileia, cuatro artilleros y diez
marineros.
─Si Dios nos obligase a una
vergonzosa retirada ─dijo, mirando al piloto─, cubrid nuestras espaldas con el
fuego de las culebrinas.
Su tranquilo reposo era lo
que más llamaba la atención de la franja de hierba abejera comprimida en un
marco de bosque empinado donde desembarcaron. Enciso mandó a Jorge Sánchez
Gallo y Alfredo Bernaldo de Quirós que se adelantaran como atalayadores. Luego,
formó a sus hombres en una relumbrante herradura; tal como había aprendido en
Suetonio que hacían los generales romanos. En vanguardia y al centro, dispuso a
los caballeros, al abanderado Bartolomé Hurtado, a los dos clarines de llamadas
y a diez ramaleros con los canes. Montó al frente de todos y mandó avanzar. Ana,
en la barandilla de la carabela, alzó los ojos al cielo y se persignó.
─No desconfiéis, señora ─le
dijo Balboa─. El temor atrae el peligro.
─Ya que Nostro Signore ─urgió Aquileia─, se tomó la molestia de colocar
nuestras cabezas sobre los hombros, hagamos tutto il migliore por
conservarlas donde las puso. Preparemos quelle
armi.
Con airados chillidos de
protesta por la violación de su denso reino, un ejército de pájaros revoloteó
alrededor de los españoles, confundiéndolos con sus alharacas. El tórrido y
pegajoso calor parecía preñado de fatales augurios. La suntuosa vegetación
estaba invadida de insectos pequeñísimos que chupaban la sangre de las patas de
los caballos y de los rostros de los conquistadores. Los adalides hollaron la
selva virgen con dificultad, pues los altísimos helechos que ocupaban el hueco
entre los árboles hacían casi imposible el trote de sus corceles, defendidos
con pecheras, testeras y costados de cuero. El estrépito de sus cascos y
petrales de cascabeles fue succionado por aquel verdor perfumado y exuberante.
Al cabo de un tiempo llegaron a un claro donde salieron a recibirlos unos cuarenta
hombres cobrizos, medrosos, desnudos y con la estupefacción fijada en sus ojos.
Los dos adalides frenaron sus monturas y Sánchez Gallo requirió en voz alta:
─¿Sois hombres, brutos o
demonios?
Los nativos se miraron
perplejos, y tras un vago rumor en sus labios temblorosos echaron mano a sus
algabas y pusieron flechas en sus arcos de caña.
─¡Hablad, si sois hombres!
─gritó Sánchez Gallo, desenvainando su espada─. Picó espuelas hacia los
nativos. Brillaron en el aire dos dardos. Uno de ellos hirió el ojo derecho de
Sánchez Gallo. Corcel y caballero rodaron agitándose en un confuso amasijo de
hierro. El animal huyó al galope en dirección a la querencia de la carabela,
arrastrando al infortunado jinete ─aun con un pie enganchado en el estribo─ y
haciéndolo rebotar de árbol en árbol con mil siniestros ecos. Salió disparada
una nube de flechas y Bernaldo de Quirós midió el suelo con sus costillas. Al
intentar ponerse en pie, una azagaya lo hizo caer nuevamente. Sin embargo,
aunque trabajosamente a causa del peso de la armadura, volvió a alzarse. Pero
una nueva azagaya le atravesó el almófar y le quitó la vida.
Los caballos espantados de
los dos adalides muertos abrieron una brecha en la infantería mandada por
Enciso. A pesar de que aquel aviso llenó a la hueste de temor y superstición,
continuó el avance. Sus vivas imaginaciones, alucinadas por la engañadora luz,
les hacían ver formas humanas en cada rama que oscilaba, o la jaspeada mirada
de un tigre en la sombra vacilante de cada flor o fruto. Aquel era el mundo de
la mentira, de la trampa y del falso semblante. Allí todo era disfraz,
estratagema, juego de apariencias. Los bejucos parecían reptiles y las lianas serpientes.
Las cortezas caídas tenían la consistencia del laurel en salmuera. Los hongos
simulaban espolvoreos de azufre junto a la falsedad de un camaleón demasiado
rama, demasiado lapislázuli, demasiado simulación de salpicaduras de sol caídas
a través de hojas que nunca dejaban pasar el sol entero. En todas partes
parecía haber flores, pero sus colores eran mentidos por la vida de hojas en
distinto grado de madurez o decrepitud. Parecía haber frutos, pero su redondez
era falseada por terciopelos hediondos, bulbos sudorosos o vulvas de plantas
insectívoras.
De pronto, cuarenta hombres
desnudos y con sus armas prevenidas avanzaron hacia ellos. Los ramaleros
soltaron el dogal de los perros, y en un decir amén las mandíbulas de los
lebreles se hincaron sobre las espantadas carnes desnudas de los nativos que
intentaban salvarse a la carrera. Enciso dio orden a los escopeteros de hacer
fuego. Un terrible estruendo sacudió los helechos, plagando de verdes hojas la
nube de pólvora y dejando en el suelo quince atónitos cuerpos lanzando gritos y
quejidos. Los pájaros salieron a miles por todas partes, volaron aturdidas un
millón de multicolores mariposas. Tan fácil victoria, y la seguridad de que las
flechas de sus enemigos no estaban envenenadas, infundió a los conquistadores
el coraje necesario para seguir avanzando con obstinado porte, corazón
orgulloso, frente rebelde, oído atento, alma de sangre y la visera baja
escondiendo el ansia. El franciscano y los tres grumetes se encargaron de dar
sepultura entre helechos y orquídeas a los dos caballeros atalayadores
sorprendidos por el definitivo abrazo de la muerte.
La marcha de la hueste duró
al menos dos horas, sin hallar otra señal de vida que la densa fluorescencia de
la luz que cubría sus cuerpos con una ondulante retacería de sombras que les
proporcionaba un aire espectral. Invadieron con su hierro la convulsionada
exuberancia de raíces y arbustos de intensa lascivia; perforaron con sus ojos
avizorantes las profusas ramas de árboles añosos; espantaron con sus escarpes el silencio de las larvas y
la viscosidad de las orugas; quebraron somnolientas sombras desde las que eran
observados por cien mil ojos lentos de gusanos, serpientes, roedores y pájaros.
Era como si el mundo se hubiera despoblado súbitamente y se ofreciese como un
ámbito mágico que esperaba ser poseído por nuevos dueños. En la mente de todos
ardió la duda de si aquel fugaz y victorioso encuentro con los indígenas había
sido real y no el estupefaciente producto de una pesadilla colectiva. Sin
embargo no cejaron ni un segundo en adentrarse en aquella ruta, que cada vez se
hacía más empinada, y parecía conducirlos a ninguna parte.
Mas, como lo que nos
desespera acaba siempre por revelársenos, de pronto resonó un gran tumulto de
voces dominadas por la más feroz de las pasiones. Y la selva se pobló con
centenares de hombres desnudos que atacaron a la hueste por todos los costados.
Los españoles acogieron aquel horrísono griterío con el alivio de quien vuelve
a sentir el latido de su sangre bajo la piel erizada cuando ya creía haberse
convertido en inmaterial fantasma, cuyos pecados le condenaban a vagar sin
rumbo por un mundo deshabitado. Esa certeza les confirió la furia y valentía
necesarias para convertirse en homicidas. Tras la alarmante llamada de los
clarines, los canes fueron los primeros en lanzarse frenéticos contra los
enemigos; sus dentelladas y zarpazos desgarraron espaldas y pechos desnudos,
arrancaron narices y orejas, seccionaron yugulares que se convertían en
borbotones de sangre hirviente. Los cascos de los corceles patearon espaldas y
aplastaron cráneos, mientras sus jinetes ensartaban con sus lanzas cuerpos
cobrizos desnudos. Apresurados por matar para no ser matados, los infantes de a
pie acababan la resistencia de los enemigos acuchillándolos aun después de
muertos. Los nativos, al ver que sus armas rebotaban inocuas en los escudos y
armaduras de aquel pavor acerado que avanzaba sembrando la muerte, desmayaron
su ataque y volvieron a huir con pies de viento.
Los caballeros galoparon
tras su rastro hasta que, inesperadamente, los cegó una deslumbrante explosión
de luz que, irradiando mil haces, logró que canes, caballos, jinetes e
infantería se despeñasen por un precipicio de lajas rocosas que levantaba la
selva entera a treinta varas sobre un desnudo páramo. Cascos, espuelas,
pezuñas, arcabuces, lanzas, espadas y armaduras chisporrotearon su imparable
descalabro en el pedernal, como fuegos
fatuos de una legión de espectros. Ya en tierra, la magullada hueste se
desperdigó como pudo por el yermo, perseguida por nubes de flechas que salían
de las altas copas de los árboles. Corrieron aterrados, sin detenerse a mirar
ni saber hacia dónde huían, llorando y maldiciendo al Creador por haberles
permitido vivir para sentir aquella derrota; hasta que sus propias voces,
gritando, pidieron tregua en la carrera. Terminaron por apiñarse, humillados,
en un compacto amasijo protegido por sus escudos, como un gigantesco e indeciso
puercoespín henchido de blasfemias y aislado en el centro de la llanura. A su
espalda, la encumbrada selva. Al frente, un amplio y escarpado cerro con brusco
perfil de enorme animal mitológico. Un silencio imponente dominaba el espacio baldío.
Los indígenas, que habían
aprendido a no exponerse a la vista de sus enemigos, dispusieron espías
emboscados en lo alto del macizo cerro, mientras a su espalda el resto tensaba sus arcos de caña. A una señal de los
observadores, los arqueros lanzaron contra el cielo sus flechas que, tras
describir un sibilante arco que rasgó la luz del sol, cayeron sobre el acerado
puercoespín como una lluvia letal. Tras seis fatales andanadas de dardos, un
silencio de tumba volvió a tensar el erial, y la despiadada hacha del sol
golpeó aquella hirviente inmovilidad. Un alcatraz de largas y angostas alas
planeó majestuoso en el limpio cielo y empezó a trazar círculos sobre las
ocultas cabezas de los expedicionarios. Cristóbal de Valdebuso miró a
Cienfuegos mientras señalaba al pájaro.
─¿Amigo vuestro? ─bromeó.
─Ese no viene por mí. Os
busca a vos, que estáis tierno como una codorniz. ¿Por qué no echáis una
siestecita y os despierto cuando ya estéis muerto?
Sin poder distinguirse ni un
solo movimiento en sus alas, el alcatraz descendió veloz hacia el puercoespín
acerado. Joaquín de Muñoz tiró al suelo su escudo, se encaró el arcabuz e hizo
fuego. Pero erró el tiro y el pájaro se elevó sin esfuerzo buscando refugio
entre la enmarañada altura de la selva.
─¿Dónde aprendisteis a
disparar? ¿En casa del ciego?
─¿Queréis ver si acierto a
picaros la nuez?
─Lo harán esos salvajes.
─¿Cómo se reza, fray Andrés?
─En silencio, ¡rediós!
Dos nubes incendiadas
trazaron un arco zumbante que cayó sobre la hueste. Los indígenas volvían a la
carga; esta vez, con fuego en las puntas de los dardos. Tras la tercera lluvia
de flechas de fuego, un tremendo estampido llenó la explanada de ecos, tan
estremecedores que hicieron temblar la tierra. Como por encantamiento, del lado
de levante apareció en el desolado escampado la silueta de Vasco Núñez de
Balboa. Avanzaba con paso decidido hacia el escarpado montículo; su roja
cabellera flotaba con un desplante suicida, la vaina de su espada relumbraba y
sus botas levantaban tras él vaharadas de polvo. La llegada de los caballos de
los adalides a la carabela había alertado al esgrimidor de que el avance de la hueste no estaba resultando tan
irresistible como había pensado el inexperto bachiller. Eso lo había determinado
a ponerse de acuerdo con Aquileia para virar la carabela hacia el norte. Cuando
la nave dejó la selva al sur, saltó a tierra.
Desde la oculta cara del
cerro, una docena de flechas chirrió en el aire buscando el cuerpo del esgrimidor. Una de ellas atravesó su
hombro izquierdo. Pero Vasco Núñez no demoró sus pasos. Se desabrochó el cinto
y dejó caer su espada en el polvo. Su sombra nubló un instante el fulgor del
arma.
─¡Deteneos! ─le gritó,
histérico, Enciso, desde el frente del acerado puercoespín.
La cresta del pétreo cíclope
se erizó de siluetas que empezaron a descender lentamente hacia la planicie. Al
frente de ellas iba un guerrero de poco más de cinco pies de estatura, pero
fornido y elástico. Cubría su cabeza una diadema de oro adornada de plumas,
realzaba su amplio pecho un pectoral de huesos y plumas, y portaba un cetro de
áurea contera. Se llamaba Cémaco y era el quevi
de la tribu. A una señal suya, la fila de indígenas que lo seguía lo dejó que
descendiese en solitario. Ya en el erial, se detuvo, clavó la punta del cetro
en tierra y cruzó sus brazos con parsimonia grave. Cuando Vasco Núñez llegó
frente a él levantando su brazo a la romana, los ojos algo oblicuos del quevi avizoraron en el rostro de su
enemigo un signo premonitorio. Desenlazó los brazos, devolvió el saludo y
circundó suavemente con su mano derecha el dardo que había herido a Balboa. Sin
dejar de escrutar el impávido rostro del hombre blanco, cerró el puño y con un
golpe seco quebró en dos el asta de la flecha; luego, se la prendió con empaque
en el extremo en su pectoral. Balboa sonrió con dignidad y ofreció al jefe
cobrizo su mano abierta. Sin retirar su penetrante mirada de los ojos del esgrimidor, Cémaco se la estrechó
largamente. Y ambos guerreros leyeron en sus respectivos semblantes tal
firmeza, astucia y bravura que les llenó de espanto pensar en su común futuro.
El toledano Luis Botello,
que había regresado a la “Virgen del amor
hermoso” para conducir a Ana, Aquileia y el retén de soldados al poblado
conquistado, les dio cuenta de lo sucedido, con exagerados acentos épicos. Tan
sólo habían sufrido diez bajas y algunos heridos, pero se habían hecho dueños
de una tierra que, tras la angostura de un yermo ominoso, había resultado
graciosísima; labrada y llena de huertas con todo tipo de frutas y hortalizas,
pues la bañaba un río de aguas cristalinas. En su aldea, que los indios
llamaban Cutí, habían gozado de un
merecido festín en el que no faltó vino que los nativos hacían con maíz
fermentado.
En la plaza central del
poblado flameaba el estandarte con la cruz escarlata, y Hernando de Argüello
levantaba acta de palabras, disposición y actitudes de aquella ocasión solemne.
Frente a los conquistadores se apretujaban tres centenares de nativos, en cuyos
rostros se presagiaba la ebriedad dolorosa de quien siente no haber muerto. Los
caballeros Vegines, Pérez, Tovilla, Albítez, Barrantes, Valdivia y Palazuelos
circundaban al galope el centenar de chozas, marcando con el filo de sus
espadas los troncos de los árboles y los macizos de juncos que las circundaban,
en un acto ritual de toma de posesión. Enciso pronunciaba con grave majestad
unas palabras que nadie traducía a los nativos, pero que restallaban como un
látigo.
─En el nombre de Dios y de
la Santísima Trinidad: Padre, Hijo y Espíritu Santo, que son tres personas en
un sólo Dios verdadero, y que viven y vivirán para siempre sin fin. En el
nombre de Jesucristo y de Nuestra Señora Santa María de la Antigua, yo, don Martín Fernández de
Enciso, en nombre de Su Majestad la Reina doña Juana Primera de Castilla y de
su padre don Fernando Segundo de Aragón, fundo la ciudad de Santa María de la Antigua en esta tierra
del Darién, para que en ella convivan
españoles e indios, que servirán y obedecerán en todo a Sus Majestades de
quienes son legítimos vasallos. Y, para que dicha ciudad de Santa María de la Antigua del Darién no
decaiga y de continuo permanezca, mando: que en lo mejor de su solar y traza se
tome sitio para erigir la iglesia mayor, donde los fieles cristianos hallen
doctrina y se les administren los santos sacramentos. Otrosí, mando hacer un
cabildo, donde las autoridades de la dicha ciudad entenderán del buen gobierno
de la misma. Señalados los lugares correspondientes a estos edificios, mandaré
que los demás sean repartidos entre los expedicionarios, del modo y manera que
se haya hecho en las ciudades y villas que en Yndias han sido ya
conquistadas...
Botello, Ana y Aquileia,
nada más llegar a Cutí, entraron en una
maloca donde entre sudor, sangre e interjecciones una treintena de
conquistadores heridos eran atendidos por el cirujano Alonso de Santiago, el
grumete Juan López y Cristóbal de Valdebuso; sin más ayuda que agua, tijeras,
serrucho, tenazas, daga, aguardiente y jirones de tejidos indios.
─¡Gracias a Dios, Codro!
─suspiró el cirujano, metiendo el gollete de una bota con aguardiente en la
quejosa boca del magullado abanderado Bartolomé Hurtado─. Disponeos a utilizar
el serrucho. Aquel zamorano del rincón, el de la nariz de pimiento, tiene la
pierna gangrenada.
─¿Y Balboa? ─inquirió el
triestino, caminando raudo hacia una zafa.
─En la choza contigua
─respondió Alonso─. Una flecha le ha interesado el hombro. Confío en que no le
haya dado en hueso.
El piloto se lavó las manos
con aguardiente, se armó con un serrucho, miró con dominio a Valdebuso, y le
dijo:
─Aiutatemi ─ y, reparando en la inmovilidad acongojada de Ana, le
pasó la bota de aguardiente─. Tomad. Un trago no os vendrá mal. Y salid de
aquí, signorina Ana. Los hombres sentimos vergüenza de que nos vean sofrire.
─Si queréis ayudar, señora
─dijo Alonso de Santiago levantando la voz, id donde Balboa. Allí encontraréis naguas de las que usan las indias.
Hacedlas trizas y renovadle el vendaje.
─Y haced que ese maldito
esgrimidor ─puntualizó el pilote a Ana─ apure completamente ese aguardiente. Lo
va a necesitar.
La noche transfiguraba en
formas fantásticas las siluetas del poblado. Ana halló a Balboa dormido sobre
una barbacoa en el interior de un bohío.
Frente a él, un tronco tallado agrupaba verticalmente rostros y brazos de un
animal imposible; era el enigmático talismán por el que se derramaban los
dioses en el hogar, y que los nativos llamaban zemi. Con la mesura de la inexperiencia en los dedos, la joven
limpió el borde de la herida del
esgrimidor procurando no tocar el asta quebrada de la flecha. Sin embargo,
el herido se despertó. Su mirada tenía la vaguedad de quien nace a un ensueño.
─¡Vos, señora!
─El piloto dice que debéis
tomar esto hasta los posos ─dijo ella, ofreciéndole la embocadura de la bota
con aguardiente.
El esgrimidor sonrió irónicamente y
apuró la bebida con la desgana de quien agota un gozo a la fuerza. Antes de que
Balboa entrase a fondo en el más profundo sueño, se anudó entre él y Ana un
silencio que tenía el desasosiego del aleteo de los pájaros desorientados que
mueren en el mar. La lejana voz de Enciso era un rumor tan negro como la noche.
Decía a los nativos cómo Dios, en Santísima Trinidad, había creado el cielo y
la tierra y todo cuanto había en el universo. Después había hecho a Adán, que
fue el primer hombre, y sacado a su mujer, Eva, de su costilla; de donde fuimos
todos engendrados. Por desobediencia de esos nuestros primeros padres, caímos
todos en pecado y no alcanzábamos gracia para ver a Dios, ni ir al Cielo, hasta
que Cristo, nuestro Redentor, vino a nacer de una Virgen para salvarnos. Para
ello sufrió pasión y muerte, y después resucitó glorificado y estuvo entre los
hombres un poco de tiempo hasta que se subió al Cielo; dejando en el mundo, en
su lugar, a San Pedro y a sus sucesores, que residían en Roma, y a los que los
cristianos llamaban Papa. Éste había repartido las tierras de todo el mundo
entre los príncipes y reyes cristianos. Y aquella Tierra Firme y el continente descubierto y por descubrir lo había
adjudicado a Sus Majestades los Reyes de Castilla.
Nada más aparecer Alonso de
Santiago y Aquileia en el bohío, despertaron con gran esfuerzo al esgrimidor.
─Os va a doler más la salida
que la entrada ─le dijo el cirujano, palpando con sabiduría profesional la
herida.
─Estáis borracho, ¿eh? ─rió el piloto.
─Micer Codro pondrá pólvora
en lo que queda de flecha y le prenderá fuego ─advirtió De Santiago a Balboa─. En ese instante yo golpearé el asta
de la flecha, de manera que os atraviese totalmente el hombro para que el fuego
cauterice la herida.
─Cómo vais a disfrutar, ¿eh,
maldito triestino? ─balbució Balboa, con la desierta mirada dispersa de los
beodos.
─Ricordate : os encubrí como polizón en la nave.
─Cobraos esa deuda lo más
raudo que podáis.
Y mirando a la silueta de
Ana, suplicó con lengua de esparto:
─Pero antes quisiera que
nuestra capitana general enlazase su mano con la mía, en señal de perdón.
─No digáis más locuras y no
os mováis─ ordenó el cirujano.
─¡Hierba mala nunca muere!
─bromeó Aquileia, mientras, con sereno pulso iba extendiendo el oscuro reguero
de pólvora sobre el borde del dardo. Alonso de Santiago aproximó la cabeza del
martillo al extremo de la flecha, mientras el piloto prendía un pabilo. Balboa
engarfió sus manos en la barbacoa. La
llama se puso en contacto con la pólvora y el cirujano golpeó con fuerza
precisa el extremo del asta. El
esgrimidor se desmayó. La voz de
Enciso sermoneaba a lo lejos el debido requerimiento
en el que conminaba a los nativos al bautismo y a la obediencia a la Corona de
Castila, bajo pena de prenderlos y reducirlos a la esclavitud.
Cuando Vasco Núñez despertó,
asombrado de no ser un cadáver, le dijo Aquileia:.
─Os habéis librado, una vez
más.
─¡Gracias a Dios!
─Dádselas también a micer
Alonso. Y a vuestra estrella ─añadió el piloto, señalando a un lucero que
brillaba junto a la media luna tras el umbral de la choza.
─Ni mi destino ni el de
nadie están escritos, amigo.
─Los pájaros no cantan per nessun motivo. Incluso las flores y
los bosques saben que la órbita de la luna intorno
alla terra es el itinerario de la
morte. Lo creáis o no, todos tenemos una estrella que teje su red intorno alla nostra vita. Os prevengo:
si volvéis a ver ese lucero brillante junto al cuerno de la media luna,
correréis un gran pericolo ─sentenció
Aquileia, y ofreció su brazo a la dama.
─No os llevéis aun a doña
Ana ─se apuró Balboa─. Si me lo permite, quisiera cambiar dos palabras con
ella.
El piloto observó el gesto
de extrañeza en las cejas de la aragonesa, pero cuando las vio distenderse y
formar un leve arco de resignación deseó las buenas noches y salió del bohío.
Durante un instante se hizo audible el aliento lejano de la selva bajo el
doliente cántico de un coro de nativos, que enumeraba las virtudes de tantos y
tantos héroes que, desgarrados por los inclementes invasores, habían alzado sus
almas a la honda noche, para integrarse en el follaje de estrellas. Hacia el
sur, los árboles se estremecían.
─¿También vos, señora,
creéis que dependemos de las estrellas? ─preguntó Balboa, mirando a Ana con
ojos tan opacos como los de los asnos agonizantes.
─Tiemblan demasiado para
gobernar la vida de alguien como vos.
─¿Querríais compartirla
conmigo?
─La herida y el aguardiente
os provocan una insana fiebre.
─Decís eso por discreción.
─¿Habéis requerido mi
presencia para ofenderme?
─Perdonadme, os lo ruego.
Pero ningún hombre sirve de nada hasta que se ha atrevido a todo.
─Dejaos de chanzas.
─Sois valiente, muy bella, y
no tenéis la cabeza a pájaros.
─¡Por amor de Dios!...
─Uníos a mí.
─No soy la que vos creéis
─dijo Ana, serenamente. Y caminó decidida hacia el umbral.
─Permaneced a mi lado, doña
Ana ─insistió Balboa.
La aragonesa se detuvo y se
enfrentó al esgrimidor.
─Sabed que, si fuese un
árbol, me arrancaría de cuajo bajo los pies del hombre a quien pertenezco.
─Vuestro marido murió en San Sebastián.
─Buenas noches os dé Dios
─fue la respuesta de la joven.
Y salió a la taciturna noche.
Corriendo apurado, con una antorcha en la mano, el grumete Juan apareció ante
ella.
─Señora, he preparado
una choza para vos.
─Sois muy amable ─dijo Ana,
enlazando el brazo al mozalbete y brindándole una sonrisa. Un temerario guácharo de pico ganchudo se detuvo
planeando como congelado en el aire, inmediatamente después alzó el vuelo. Pero
ya no se podía confiar en él.
La joven sintió que una
hormiga avanzaba arrastrándose por su frente. Era la brisa, que traía
corazonadas de bosque, dulzura de frutas, olor de orquídea y madreselva. Se
despertó agitada e imprecisa de ese dormir poco profundo con que los sueños
preceden al sol. Su mente en brumas reconoció con cautela el lugar donde se
hallaba: un bohío con el arcón que trajera de Santo Domingo, cuatro duhos y un zemi en el rincón. El alba nacía llena de sueño, lejano parloteo
del agua del río, repiqueteo de hachas en la fronda y gemido de árboles cayendo
sobre la tierra que trepidaba luego en oleadas. La luz comenzaba a filtrarse
por las paredes de caña, volviendo compleja su sombra rasante. Una golondrina
se posó en la viga central del techo. Al poner su mano abierta sobre los labios
para esconder un bostezo, Ana comprobó que su cuerpo se balanceaba suspendido
en el aire a cosa de un metro del suelo. Sonrió al recordar el esfuerzo y la
torpeza que había desplegado en la noche para lograr acostarse en una de
aquellas redes de fuertes hilos que colgaba de los palos del bohío, y que los
indios llamaban hamaca. La
golondrina, al salir volando por la puerta, guió su mirada. Atados a los yareyes que florecían tras el umbral,
los caballos pateaban con sus cascos el polvo, sacudían las crines y meneaban
la fusta de su cola para espantarse los insectos que los rondaban. Ana se
agarró al borde de la hamaca, puso
los pies en el suelo y salió al palenque.
Se encontró en el centro de
un poblado en el que la vida adquiría misterio y peligro sin que nadie se
hiciese visible. Se acercó a una maloca
y miró en su interior. Como impelidos por la presencia de un tigre, cincuenta
cuerpos desnudos saltaron hacia atrás buscando inútil refugio en las paredes de
caña por las que el sol hendía espadas de polvo; aterradas, las pupilas de
todos titilaban impetrando misericordia. Una criatura prorrumpió en llanto
mientras se escondía tras las naguas
de su madre. Ana echó a correr;
avergonzada, sin rumbo.
─¿Buscáis a alguien, señora?
─oyó a una sombra a contraluz.
─A... al bachiller Enciso
─titubeó la aragonesa ante Hernando de Argüello, deteniéndose azorada.
El notario giró sobre sus
talones, y con el índice de su diestra señaló un bohío.
─Gracias ─le dijo Ana, y
caminó hacia el lugar indicado. Argüello ajustó su paso al de la dama.
─Os acompaño. Por el
momento, nada mejor tengo que hacer.
Hallaron al bachiller
escribiendo, como un prócer de la edad antigua oculto a la vista del vulgo en
la habitación predilecta de su quinta de recreo cuya penumbra le inspira
fechorías que podrían luego resultar hazañas. Enciso recibió a la aragonesa
poniéndose en pie y haciéndole una reverencia. Ella pensó que tanto la actitud
de los dos castellanos como la de los aterrorizados nativos definían a la
perfección la existencia en la que se había aherrojado: gestos circunspectos en
medio del pavor a la crueldad de la tiranía.
─Señor bachiller, no me
andaré con rodeos.
─Nunca lo hacéis, que yo
sepa. Y debo reconocer que ese rasgo de franqueza es algo que no siempre me
desagrada.
─Decidme, ¿a qué habéis
venido a Yndias?
Enciso parpadeó, como un
niño reprendido por su padre que lo ha pillado de improviso cometiendo una falta.
Luego, declaró una fórmula aprendida y repetida hasta la saciedad:
─A proveer la predicación
del Evangelio.
─¿Sin distraeros en vuestro
beneficio?
─A decir verdad, son dos mis
razones: Dios y ganancia. Por ese orden.
─Supongo que ha sido ésa
última la que os ha llevado a sembrar el terror entre estas pobres gentes.
─Fueron ellos quienes nos
atacaron a traición.
─¿Una gente desnuda, sin
otras armas que flechas de caña? ¿Qué daño podían hacer contra soldados armados
de hierro?
─Señora, hemos tenido doce
muertos y treinta heridos.
─Vuestros soldados han
descuartizado al menos doscientos de ellos.
─La guerra no tiene más que
un fin: vencer.
─Acabáis de decirme que
habéis venido a traer la palabra de Dios…
─¿Recordáis, señora, estas
palabras?: Y envió Josué a requerir a los de Jericó que le dejasen y diesen
aquella tierra, pues era suya porque se la había dado Jehová. Y, porque no se
la dieron, los cercó y los mató a casi todos. Y después les tomó toda la tierra
de promisión por fuerza de armas, en que mató infinitos de ellos y prendió
muchos. Y a los que prendió los tomó por esclavos. Y todo esto se hizo por
voluntad de Dios, porque eran idólatras. ¿Podéis dudar aun de que la pólvora
contra los infieles sea incienso para el Señor?
─O sea, que habéis venido a
hacer la guerra.
─Una guerra justa. Los
paganos están a medio camino entre el hombre y la bestia.
─¿Acaso los antiguos griegos
y romanos no fueron idólatras también? ¿Diréis que por ello no eran hombres?
─De estos indios a aquellos
antiguos hay la misma diferencia que de monos a hombres, señora. Y, aun así,
Dios tuvo que enviar a su propio Hijo para mostrarles la verdadera fe.
─Mandándonos sólo dos cosas:
que amemos a Dios y que nos amemos los
unos a los otros.
─Olvidáis que también dijo: No
he venido a traer paz, sino espada. Quien ama a su padre o a su madre más que a
Mí, no es digno de Mí; y quien ama a su hijo o a su hija más que a Mí, no es
digno de Mí. Por eso, el Papa nos ha mandado obligar a los pueblos bárbaros a
llegar al conocimiento de Dios, por la fuerza de las armas si es preciso.
─Usáis a Dios más que lo
reverenciáis.
─Quizás no sea todo lo buen
cristiano que debiera, pero sé muy bien que el único significado de nuestra
conquista consiste en ayudar a que se establezca en este Nuevo Mundo el reino
de Dios. Y creedme, señora, sólo la previa sumisión logrará que podamos
difundir la fe a estos infieles. Si no, Dios no hubiese permitido el triunfo de
nuestras armas.
Cuando Ana salió del bohío,
angustiosamente confusa por la teología del bachiller, dos cuadrillas de
soldados habían agrupado a los indígenas en medio del palenque. Dos grumetes,
con cirios encendidos, flanqueaban a fray Andrés de Vera, que alzaba sus brazos
extendidos al cielo, declamando en latín la fórmula del sacramento del bautismo:
─Dios, Santo, temible y
glorioso en todas tus obras y en tu poder inconcebible e inescrutable, arroja
de estos energúmenos el espíritu de error, el espíritu de maldad, el espíritu
de idolatría y de toda concupiscencia, el espíritu de mentira y de toda
impureza inspirada por la acción de Satanás. Y conviértelos en ovejas del santo
rebaño de Cristo, en miembros de tu Iglesia, en vasos consagrados, en hijos de
la luz y en herederos de tu Reino; a fin de que, habiendo vivido según tus mandamientos,
reciban la bienaventuranza de los santos en tu Reino.
─Amén ─añadían los acólitos.
─¿Renunciáis a vuestros
ídolos, que no son sino la forma adoptada por Satanás; a todas sus obras; a
todos sus malvados ángeles, a todos los inmundos espíritus que inficionan
vuestras casas, tierras, selvas y ríos; a todo su culto y a todo su orgullo?
─Sí, renuncio, respondían
los grumetes por los indígenas.
─¿Abomináis de vuestro torpe
y pecaminoso pasado, que no es sino maldad y error, porque no conocíais la voz
del Evangelio de Cristo Redentor?
─Sí, abomino.
Los grumetes obligaban, uno
a uno, a que los nativos inclinasen la cabeza para que el franciscano trazase
sobre sus frentes la señal de la cruz y derramase el agua de una damajuana que
recogía con una concha, diciendo:
─Ego te baptizo in nómine
Patris et Filii et Spiritus Sancti.
Las miradas inmutables de
los indígenas, su profundo silencio, su perpleja docilidad como de quien va a
regalar su vida fueron una zarpa arañando las entrañas de Ana. Hasta ahora, la
fe cristiana y su sagrada liturgia habían sido para ella una enraizada
costumbre llena de aliento, confianza y paz. De pronto, comprobaba que aquel
bendito andamiaje servía de disculpa para lo que más profundamente detestaba:
la crueldad y el sometimiento de los más débiles.
Al volver a entrar en el
bohío donde había dormido la noche anterior, sobre el arcón alguien había
dispuesto una navaja, un cuartillo de agua, algo de queso y una papaya rosadamente
abierta. Su pensamiento voló agradecido hasta la amable disposición del grumete
Juan y devoró aquellos alimentos, con la voracidad de quien quiere borrar su
desconcierto. Se preguntó qué hacía allí rodeada por aquel puñado de hombres.
Reconocía su valor y ahínco, pero la insatisfacción perpetua de sus almas, la
persecución de un rápida riqueza o un poco de esplendor ─que al fin y al cabo
se convertiría en un espejo expiatorio en el que la púrpura parecería sangre─ los
impelía a tiranizar al mundo ¡nada menos que en nombre de Dios Nuestro Señor!
Sentirse uno de ellos la hacía verse a sí misma derrotada y temblando de
humillación, sin saber por qué había venido a aquel Nuevo Mundo una vez. ¿Con qué rotas verdades iba a sobrellevar la
ceniza de su futuro, si lo único que llevaba consigo era un palpitante recuerdo
de traición?
Percatándose de los harapos
que la cubrían abrió el cofre y revisó sus recovecos, como si buscase la
perdida inocencia de su luminoso pasado. Se cambió de ropa, y caminó hacia el
bosque. Retrepados sobre un arrumbado tronco de ceiba, Zamudio, Ortuño y Valdivia enseñaban a unos indígenas cómo
manejar el hacha con la pericia de los aizcolaris. Con secos golpes iban
trazando entre sus piernas separadas una cuña en la que desfloraban la enjundia
del árbol. En medio del bárbaro esfuerzo los tres leñadores sonreían y se
jaleaban. Tras ellos, la selva destellaba de hachas que herían las gigantescas
rodillas de los árboles hasta que crujían agónicos. Siotes, loros, azulejos y
guacamayas se escondían en los techos del bosque, entre los asustados comadreos
de los pericos.
─Onhartu dozu zer ederra dago Ane anderea? (¿Os habéis dado cuenta
de lo guapa que está hoy doña Ana?), escuchó susurrar a Zamudio, mientras se
internaba entre orquídeas cubiertas de escarcha. Un lagarto dorado se
desperezaba guiñando los ojos. Las nubes cobraban hermosas formas. Cuando ya se
perdió el eco del sacrificio de los árboles llegó al río. Sus aguas corrían con
un ruido vasto, continuado y profundo. Su caudal se ensanchaba hacia levante
hasta esfumar su horizonte en una niebla verdecida de frondas, donde se perdía
precisamente en aquel instante una canoa con cinco españoles y Aquileia a popa;
bogaba sin duda hacia la carabela, para navegar luego hasta San Sebastián de Urabá en busca de los
hombres que habían quedado al mando de Pizarro.
Ana avanzó hacia la oleada
de gigantescos helechos que se mecían ante los juncos y cañas de la orilla.
Hundió su mirada en las traslúcidas aguas que la reflejaban; y se quedó triste,
vagamente sonriendo. Pero, transgrediendo su remilgo de cristiana vieja, se
desprendió completamente de las ropas y se zambulló rápidamente entre los
espejos del agua. Cada chapoteo era una agónica alegría con la luz del sol
arremolinándose en sus tobillos, encaramándose a sus muñecas, hinchando sus
pezones, dorando su cabellera y trazando lentos círculos en derredor de sus
muslos separados. Una golondrina ─quizás la misma de su despertar─ planeó hacia
ella, observándola; luego, chirrió del lado de la selva y fue devorada por la
espuma de las nubes. Siguiendo su vuelo, vio a una nativa escondida entre los
juncos de la ribera opuesta. No tendría más de trece años. Su rostro de manzana
titilaba con los dibujos de las ondas luminosas del río. Una ancha cinta
violeta ceñía su frente. Su cuello estaba circundado por un collar de oro que
representaba un kiplo de alas
abiertas y ojos de esmeralda. Con sigilo y esa despaciosa sonrisa que acompaña
a veces a la preñez, se desató el guayuco
amarillo que tapaba su sexo y lo extendió sobre la orilla. Puso sobre él una
enorme caracola mientras sus labios se movían con la monotonía insistente de
quien recita una plegaria. Para observar mejor sin ser vista, Ana, cautelosa y
con el agua a la barbilla, se ocultó tras una roca. La indígena se acuclilló en
el agua y tomó con unción la caracola y la hundió bajo el agua para apretarla
contra su sexo. Su vientre formidablemente hinchado comenzó a agitarse
espasmódicamente. Sus ojos se fueron agrandando por un llanto silencioso,
mientras sus mandíbulas se apretaban para ahogar un largo estertor, inhumano,
de bestia flechada, de parturienta. Sus manos se alzaron al cabo de un tiempo
hacia el sol, teñidas de púrpura y sosteniendo la magia de un delicado
cuerpecito ensangrentado. Los minúsculos labios del recién nacido serraron en
dos el riguroso silencio con el agudo y feroz llanto de quien empieza a dolerle
la vida.
Al cortar con los dientes el
cordón umbilical, la indígena vio a Ana. Las pupilas se le llenaron de furia.
Y, abrazando al bebé contra su seno, dio un ágil salto hacia la orilla. El bebé
gritaba angustiosamente mientras la silueta de su madre corría entre la muralla
de cañas alanceadas de rayos solares. De pronto una sacudida, feroz como un
latigazo, hizo trastabillar el cuerpo de la nativa que desapareció de la vista
de la aragonesa. El llanto del recién nacido se detuvo en una nota de exasperante
quejumbre. Ana, con el corazón en la boca, siguió los pasos de la indígena. La
espesura de la ribera rasgó con cien delgados surcos de sangre su blanca piel
antes de que volviese a verla. Estaba tirada sobre el barro orlado de musgo,
con los ojos en letal languidez; sin sentido. El bebé, aprisionado entres los
brazos y el seno de su madre, lloraba convulsamente mientras pateaba el aire
como una garceta atrapada en las ramas de coral de un mar sombrío y escarzado.
Una serpiente de dorso negro resbalaba con helada pereza su blanquecino vientre
por la pantorrilla de la madre; su lengua bifurcada se limpiaba veloz una baba
espesa y carmesí. Ana, con una violencia surgida de la zozobra de su sangre,
atenazó al ofidio por la cola y lo lanzó con todas su fuerzas sobre el rumor de
la espesura. Arrancó luego una rama de helecho y con febril rapidez la despojó
de sus frondes, hasta dejar limpio el duro y flexible nervio. Lo ató en
torniquete bajo la rodilla de la pierna infectada de la nativa. La fuerte presión
batió los párpados de la indígena, que se crispó y revolvió como un felino
acosado. Pero el cuerpo de Ana, con vigor inusitado y cargando todo su peso,
inmovilizó con sus manos la pierna herida. A pesar de que el talón de la pierna
libre de la madre le pateaba las costillas con la violencia insistente del pico
de un pájaro carpintero, Ana aplicó sus labios a la mordedura de la serpiente y
sorbió con fuerza el veneno, que escupía de inmediato. Cuando después de
hacerlo cinco veces creyó que había vaciado de ponzoña la herida, la furibunda
pierna de la indígena reposó suavemente en tierra. El bebé suspiró entrecortada
y largamente antes de prorrumpir en nuevo llanto. La madre se replegó contra el
cañaveral. Ana llenó el cuenco de sus manos con limo y caminó hacia ella, que,
con la altivez afirmada en sus ojos de azabache, se arrancó con un brusco tirón
de su mano izquierda el collar del áureo kiplo
y se lo ofreció. La aragonesa se estremeció de vergüenza; pero no realizó otros
gestos que los de explayar el barro sobre la herida y desanudar el nervio de
helecho que comprimía la pantorrilla de la indígena; en cuya mano destellaba el
oro del kiplo, aunque su mirada ya
sólo denotaba una perpleja curiosidad. Ana, afirmándose que ni el agua donde
cabrilleaba el sol, ni la brisa de la mañana eran tan suaves como las leves
facciones, los gráciles pliegues, las extremidades diminutas y la piel
aterciopelada de aquel bebé de llanto inacabable, se señaló con el índice y
dijo:
─Me llamo Ana.
Ante la impavidez de la india,
golpeó suave y repetidamente su pecho mientras volvía a insistir en su nombre.
─Ana... Ana... Ana.
Finalmente, la adolescente
creyó ver un anhelo de paz en la exaltación que brillaba en aquel rostro de
color de luna, y, señalándose con el kiplo,
musitó:
─Anagua.
El silencio se encendió
inesperadamente en el pecho del bebé. Sorprendida y confusa, la aragonesa se
señaló insistentemente, diciendo su nombre:
─Ana.
La parturienta le respondió
con un repetido gesto afirmativo de su cabeza. Después, apuntó con su índice a
la mujer blanca y precisó:
─Ana.
Y cimbreando el brazo se
señaló a sí misma, diciendo su nombre:
─Anagua.
Ambas volvieron a repetir
idénticos gestos, diciendo:
─Ana... Anagua... Ana...
Anagua.
La aragonesa sintió que algo
misterioso y definitivo acababa de unirla a la muchacha indígena; como si el
mástil de una nave, plantado en el corazón de un bosque, hubiese echado hojas y
ligase para el resto de su vida cada una de las venas arraigadas a aquella
tierra.
Igual que los cuclillos, que
ponen sus huevos en los nidos construidos por otras aves y no alegran los días
con sus gorjeos atropellados, tras la vuelta de Pizarro y los hombres que
habían quedado en San Sebastián de Urabá,
Enciso mandó construir un nuevo poblado trazado a imagen y semejanza de
Sevilla. La iglesia, el cabildo, la casa de fundición, la vivienda del
bachiller, la de Ana, la del franciscano, la del maestre, la del cirujano y las
de los caballeros deberían ceñir el rectángulo de su plaza central ─de cuatrocientos
pasos de largo y vez y media su anchura─ que se proveería de soportales para
comodidad de los futuros comerciantes. Entre sus muros de ladrillo se
celebrarían procesiones y ejecuciones, se correrían sortijas y cañas, y con
el tiempo incluso se alancearían toros. Partiendo de ella, formando un
ajedrezado de cuadras rectangulares, saldrían calles principales de catorce
varas de ancho, creando a trechos plazuelas de buena proporción para edificar
en ellas parroquias.
Tras repartir a cada soldado
un solar de cien por cincuenta pies, distribuyó el ejido entre hatos, estancias
y tierras para labranza; a razón de una peonía por cada
expedicionario simple, una y media por cada escopetero, y el equivalente a
cinco de ellas por cada caballero. Destinó espacio para eras, dehesas, matadero
y todo servicio maloliente y poco salubre. De tal repartimiento levantó acta y
dio fe Hernando de Argüello. Cada miembro de la hueste estampó su firma ─en la
mayoría de los casos una simple cruz─ en el documento. De ese modo, los doscientos
cincuenta expedicionarios se convirtieron en encomenderos, vecinos, señores, carpinteros, campesinos, rabadanes,
alarifes y soldados a la vez. Y se aplicaron a enraizar sus nuevas vidas con la
intensidad apasionada que requiere todo trabajo urgente y múltiple.
Tiempo y cambio pasaron
sobre ellos en marcha presurosa. Con la ayuda obligada de los indígenas, cavaron
pozos negros en los principales solares, llevaron agua a la ciudad por acequias
y zanjas, talaron, aserraron, araron, sembraron, fabricaron adobes, cal, tejas
y ladrillos. Siempre armados, construyeron primero la iglesia, el cabildo y la
casa de fundición; después, la vivienda de cada cual. Al crepúsculo, cada
vecino desherbaba y limpiaba el trozo de calle enfrente de su casa y quemaba
las basuras. Por la noche cumplían con la obligación de turnarse en las rondas
y guardias. Los nativos, que pernoctaban en la antigua Cutí ─llamada ahora el
cercado, porque la habían mandado rodear por una alta empalizada─,
convivían con ellos sirviéndoles de peones y criados, aunque su voluntad fuese
de pájaro silvestre.
A pesar de trabajar como uno
más en la construcción de la colonia, Ana logró que únicamente le encomendasen a Anagua. Al terminar la
jornada corría al cercado en busca de
aquel bebé cuya risa era tan lírica como un surtidor de inocencias. Su corazón
se conmovía hasta el éxtasis mirando sus límpidos ojos bendecidos por el
milagro del asombro. Los brazos del niñito estaban permanentemente dispuestos a
abrirse al verdor de las horas, sus diminutos pies hacían zapatetas que
buscaban caminos de luz. La aragonesa hubiera dado la vida por abrazarlo un
solo segundo, pero sabía que no podía atreverse. Su sola presencia hacía que
volase una sombra de pavor entre Anagua y quienes la circundaban. Su blanco
rostro, sus vestidos y sus palabras pertenecían a aquella jauría que había
estremecido su tierra fecunda, abatido los ancestrales altares y abierto la
tumba de sus muertos para otorgarles un desolado presente de esclavitud.
Mas, como lo novedoso no
sorprende por mucho tiempo, cundió de nuevo el desánimo y la irritación entre
los colonos. El calor húmedo y las nubes de insectos transmisores de fiebres
los fueron mortificando y reduciendo a la inanidad. El tiempo ya no se dividía
en cuatro estaciones, sino en dos: lluvioso y seco. El trigo que habían
sembrado se malograba en aquella tierra; y la falta de pan blanco los hacía
sentirse perpetuamente hambrientos. Estaban asqueados de alimentarse de lo que
veían comer a los indígenas, y añoraban las legumbres, embutidos y carnes de
tocino, oveja y vaca. Así que muchos caían muertos de pura hambre de alimentos
habituales en España.
Suele decirse que la
providencia aprieta pero no ahoga. Y para corroborarlo, un capricho del azar hizo
que Cristóbal Daza encontrase el tesoro que la tribu había escondido entre los
espesos cañaverales que festoneaban la ribera del río Tanela. Eran figuras votivas, pectorales, collares, diademas,
broches y zarcillos que pesaron el equivalente a ochenta libras de oro; un
botín que suponía dos veces y media la suma invertida por Ana y Enciso en la
expedición. Por un instante, los conquistadores imaginaron que llegaban los
años futuros danzando al ritmo alegre de la opulencia. Pero, como existen
hombres a quienes aun la mayor fortuna les parece escasa, Enciso mandó llamar a
Cémaco y le preguntó si aquel era todo el oro que tenían. El quevi afirmó con su cabeza. Pero el
bachiller, que creyó ver en sus ojos el temblor de la indecisión, le puso la
punta de su espada en la garganta y le repitió la misma pregunta. Esta vez,
Cémaco extendió su brazo en dirección al cercado.
Aquel gesto desató la impaciente avaricia de picos y azadones, que dieron por
fruto un nuevo botín equivalente a ocho mil pesos.
La ira del bachiller, en lugar de amainar, arreció; porque, al que quiere de
sobras, el mundo entero no le cabe. Así que, tras suspender de las ramas de una
ceiba a una veintena de niños, amenazó a Cémaco con ahorcarlos si no le decía
dónde habían conseguido tanto oro. El angustiado quevi ardió en una palabra que le quemó los labios:
─Coíba.
Durante los días siguientes,
con la celeridad con que el águila desciende planeando hacia el indefenso
cordero en el valle, los encomenderos
volvieron a vestir sus armaduras abolladas e invadieron los poblados próximos
para indagar dónde se podía encontrar aquella tierra tejida con la urdimbre de
los sueños. De cada expedición no trajeron más que alimentos abundantes, diez o
doce esclavos y el equivalente a cincuenta o sesenta pesos de oro. Pero, en una de ellas, la cuadrilla que capitaneaba
Pizarro descubrió una mina aurífera a la vera de las opalinas aguas del río Nutibara. Enciso la dividió en cuadras
de dieciocho pasos y la repartió entre los vecinos de Santa María de la Antigua.
Desvividos por volver pronto
a Castilla con el oro suficiente para ser dueños de casas, tierras, esclavos y
honores hollaron el estupor sagrado del paisaje. Y, bajo la amenaza del látigo,
obligaron a los nativos a catar, extraer y lavar el oro desde el primer sol
hasta el último. En medio de aquella efervescencia que llegó a hacerse
costumbre, Enciso prohibió, bajo pena de muerte, el libre tráfico con los
indígenas. Y dispuso que todo el oro que se recogiera por extracción o saqueo
se le entregara para su custodia; era a Alonso de Ojeda a quien competía su
distribución, cuando apareciese. Los españoles repararon en que ni el oro
hallado por Daza, ni el encontrado en el
cercado, ni el rescatado en las invasiones se había repartido aún. Las
leyes de guerra establecían que el botín había de dividirse entre los soldados
antes de transcurrir los nueve días de librarse la acción, así que nadie dejó
de pensar que la verdadera intención del bachiller era planear su fuga con lo
rescatado.
─Quien ha adquirido el poder
gracias al oro se halla dispuesto a hacer cualquier cosa por él ─opinó Juan de
Vegines.
─Caballeros, bien sabe Dios
que no me gustaría que tomarais mis palabras como semilla de infundio ─zahirió
fray Andrés de Vera─, pero, ¿no habéis observado que al bachiller jamás se lo
oye rezar en voz alta? Se limita a mover los labios.
─Lo que es palmario es que,
suframos lo que suframos, se las arregla siempre para usar camisa blanca y
limpia en sábado, como un marrano
─observó Juan de Valdivia.
─Conviene ser extremadamente
cautelosos, pues el pecado de escándalo asemeja al agua derramada en el
suelo ─sermoneó el franciscano─. Pero la
verdad es que he visto con mis propios ojos cómo en su casa siempre hay dos
candiles encendidos las noches de los viernes, para alumbrar a los muertos en
procesión, igual que hacen los hebreos.
─Yo presencié una discusión
entre el bachiller y la aragonesa ─informó Hernando de Argüello─, y juro que
hizo gala de los Jehová o Josué con tanta familiaridad como un rabino.
Como nada hay más fácil de
lanzar y aceptar que la calumnia, estuvieron tejiendo y destejiendo conjeturas
y enormidades hasta que en la plaza se demoró el día.
Ese era el momento y
oportunidad que Vasco Núñez tan largamente había esperado desde que lanzase la
proposición de que la hueste navegara hacia la otra orilla del golfo. De manera
que, al alba, una veintena de hombres, con Palazuelos y Balboa en cabeza,
avanzaron hasta la casa de Enciso, aplastando bostezos y agonías.
─Han pasado cuatro meses
desde el primer rescate de oro en esta tierra. Y aun no ha sido dividido entre
la hueste ─comenzó por decir Benito
Palazuelos.
─¿Venís a mi casa, de
madrugada y con ruido, sólo para atender a vuestra ganancia? ─inquirió el
bachiller.
─Queremos saber por qué guardáis
lo que es nuestro ─dijo Diego de la Tovilla.
─Porque es Ojeda quien debe
repartirlo. Es la ley ─respondió Enciso.
─¿Sólo es el conocimiento de
la ley lo que os da esa seguridad? ─le interpeló Balboa.
─Mi seguridad proviene de
mis méritos.
─¿Méritos de cristiano viejo? ─preguntó Bartolomé
Hurtado.
─¿A qué vienen esas
inquisiciones?
─A que queremos saber quién
sois ─espetó Esteban Barrantes.
─Vuestro alguacil mayor,
nombrado por Ojeda.
─Mostradnos la cédula real
que acredita ese nombramiento ─exigió Juan de Vegines.
─La perdí en el naufragio.
─Naufragó la nao. La
carabela en la que íbamos, no ─puntualizó Diego de Albítez.
─De cualquier modo, la he
perdido. Pero todos tenéis consciencia de que existía. Por ella pagué la
expedición.
─Decidme ─tanteó Balboa,
sembrando el estupor en los caballeros─, ¿sabéis en qué lado del golfo estamos?
─¡Dejaos de chanzas! Todos
sabemos que he fundado esta colonia en la orilla occidental del golfo de Urabá
─replicó, airado, Enciso.
─Quería que nos lo recordaseis
vos mismo ─continuó con firme seguridad el
esgrimidor─. Porque siendo experto en leyes, como sois, reconoceréis que la
concesión real de jurisdicción otorgada a Ojeda comprende, exclusivamente, la
orilla oriental del golfo. Así que no estamos en la gobernación de Nueva Andalucía, sino en la de Veragua. O, lo que es lo mismo, estamos bajo la jurisdicción de Diego
Nicuesa. Y, por tanto, no os debemos ninguna obediencia.
Aquel inopinado argumento
creó un silencio que se tensó como un gato antes de saltar sobre un ratón.
─No tenéis en Santa María de la Antigua ninguna
autoridad ─afirmó, rotundo, Palazuelos─ Sois uno más. Y, por cierto,
pretendiendo guardaros lo que es nuestro.
El conocimiento de este
hecho anunció a Pizarro la seguridad de la inmediata destitución del bachiller.
Aquella revuelta del común bebía en las aguas del extrañamiento y la lejanía,
que crean el espejismo de la impunidad. Y de esa situación sólo podía
producirse el desorden. Eso lo entristecía. Enciso no era santo de su devoción,
pero cualquier empresa se iba a pique si se quebrantaba el respeto a la
jerarquía. El bachiller había sido nombrado alguacil mayor por Ojeda, a quien
había hecho gobernador la reina, dueña de la Corona de Castilla por la gracia
de Dios. La jerarquía era como el cristal de un espejo, y ponerse del lado del
desorden equivalía a echar el aliento sobre el espejo para borrar su
esplendoroso lustre. Ningún hombre que quisiera elevarse por méritos propios
podía permitirse tal despropósito.
A mediodía, los vecinos de
la colonia abarrotaron el cabildo y eligieron a Benito Palazuelos y a Vasco
Núñez de Balboa como alcaldes, con la abstención de Ana y la oposición firme de
Pizarro. Nombraron como tesorero al cirujano Alonso de Santiago, como alguacil
a Bartolomé Hurtado y como regidores a Martín Zamudio, Diego de Albítez,
Esteban Barrantes y Juan de Valdivia. Las flamantes autoridades de la colonia
juraron su cargo con un acatamiento a las formalidades lleno de escrúpulo. Y,
como medida de seguridad, ordenaron vigilancia y rondas en las naves ancladas
en el desembarcadero, que llamaban el
playón. Por la tarde se retiró el quinto real del oro aprehendido y fundido
en lingotes. Se entregaron cuatro mil seiscientos diecinueve pesos a Enciso por el costo de la
expedición, y dos mil quinientos a Ana por la deuda satisfecha para levar
anclas de Santo Domingo. Se pagaron los sueldos del maestre, el contramaestre, el piloto, el clérigo, el
cirujano, los caballeros y sus caballos. El resto se repartió entre toda la
hueste, a razón de ochenta y cuatro pesos
por cabeza.
Aprovechando que todos los
habitantes de la ciudad se comprimían en la casa de fundición, Anagua salió del cercado y caminó hacia el río con su bebé en brazos,
para lavarlo. Tres centinelas que se ocupaban de dar comida a los perros la
observaron a lo lejos, sonriendo con lubricidad.
─Esa india huele a potrilla
pichona.
─Huele a problemas
─¿Habéis visto qué tetas?
─Los piojos la devoran. Como
a todos estos indios.
─¡Voto a Dios que esa
potrilla está pidiendo que la monten!
─Cuidado… La protege la
aragonesa.
─Si he venido a Yndias no ha
sido a padecer, sino a devanar el día en el festejar, mozar y reír de los caballeros.
─¡Bébete un sorbo de
aguardiente para echar fuera ese ramo de fiebre!
Pero la urgencia en sus
testículos hizo que el soldado que primero había hablado cortase el dogal de un
can y avanzase presuroso en pos de la nativa.
─¡Vuelve acá, ladrón! ─le
gritó uno de sus compañeros.
─¡Nos meterás a todos en un
jaleo! ─chilló el otro.
Sintiendo tras de sí el
ahogado resuello del perro, Anagua aceleró el paso. El can la rodeó, con fieros
brincos y fauces llenas de baba. Ella, sintiendo en su nuca ese vaho caliente
que es el vértigo del instinto, cayó de rodillas. Pero volvió a levantarse,
para caer aun y rendirse al fin. Suplicó al animal, hablándole como si fuese
una persona.
─Señor perro, voy a lavar a
mi bebé en el río. No nos hagáis mal.
El can se paró muy manso y
la olfateó con parsimonia. El bebé chillaba como si su tierna boquita fuese una
zarza ardiendo. En los ojos de la indígena las lágrimas eran sólo un brillo
furtivo que apenas espejeaba, demasiado pesadas para rodar por sus mejillas.
─No nos hagáis daño, señor
perro ─gemía Anagua, mientras el can daba dos vueltas completas alrededor de madre
e hijo. Cuando se detuvo, levantó su garra y orinó sobre la nativa. Volvió
luego, tranquilamente, hacia el primer centinela, que había detenido sus pasos
para refocilarse a gusto en un convulsivo ataque de carcajadas. Anagua se lanzó
en desesperada huida hacia el río. Eso hizo que el perro girara sobre sí mismo
y la persiguiera de nuevo. Con un poderoso salto, hincó sus fauces en la tierna
garganta del bebé, devorándole el grito roto de la vida y el hilo dulce del
alma.
Media hora más tarde, al
saber lo sucedido, Ana corrió al cercado
con una nube de lágrimas cegándole los ojos. Hoscos rostros escarnecidos la
vieron llegar, sin romper el círculo que velaba el montoncito de tierra donde
dormía para siempre la tierna víctima de la ignominia. Musitaban una plegaria
que exigía de sus dioses una venganza inexorable. El quevi Cémaco y Anagua habían
desaparecido. La terca neblina en sus ojos le despobló de luz la ruinosa tarde
a Ana, le borró las líneas de las manos y el suelo se volvió inseguro bajo sus
pies. Cayó de bruces sobre la tierra infamada.
A veinte leguas al norte de Santa María de la Antigua, las cimas
repletas de bambúes se partían en dos para delimitar con sus cuernos violáceos
un abra donde hacían nido millones de mosquitos. El Atlántico se adentraba en
tierra formando entre helechos canales de luz donde se espejeaban las nubes que
morían en agujeros de lava hirviente: era la puerta azufrosa de Careta, la tierra de los indios coíba. Pacientes agricultores que
cultivaban bananos, batata, yuca, cacao, tabaco y maíz eran también hábiles
pescadores y certeros cazadores. Conocían la alfarería y la orfebrería con
aleaciones de cobre, oro y plata. Su poblado principal tenía más de ochocientas
casas de caña donde habitaban unas diez mil personas, de las que casi cuatrocientos
eran esclavos raptados a las tribus vecinas. El centro del poblado lo ocupaba
un amplio espacio que los nativos denominaban batey, En su extremo oriental se alzaba un alcázar de madera, caña
y techo de palma cercado de modo laberíntico por calles que conducían a
almacenes, silos, santuarios, casas de placer y de baños. Su interior se
alhajaba de patios y aposentos primorosamente pulidos y pintados con escenas de
pesca y de batallas entre canoas. El señor de aquella tierra era el sáhila Chimba, un hombre de cuarenta años, con trece
hijos, ojos lentos, párpados rojos, nariz aguileña y mejillas hundidas. Su boca
de comisuras descendentes y su mentón puntiagudo en un rostro enjuto delataban
un carácter pesimista. Vestía sobre los hombros una túnica de algodón blanco y
ceñía su cuello un collar de oro con un kiplo
cuyos ojos eran dos esmeraldas. Postrados de hinojos ante él estaban Anagua y
Cémaco.
─Benévolo, justo y sabio sáhila que nos mandas, riges y gobiernas
─dijo el quevi de Cutí─ , un gran peligro te acecha. Hace
cuatro lunas vimos que desde el lugar donde tiene su casa el divino Tad-Ibe, que se levanta cada día para
darnos calor, salud y vida, avanzó hasta nuestra costa una forma terrible que
aparentaba fuerza y sosiego; como quien causa el mal y no lo sufre. Era un raro
asombro del que no sé si podré darte perfecta cuenta, porque si digo que era un
escollo que navegaba no seré fiel, pues era violento. Si digo que era un enorme
pez tampoco te doy cuenta exacta, ya que tenía tantas alas y tan blancas como
una bandada de guácharos. Si digo que
era un pájaro que nadaba, también podrías desmentirme, pues parecía un pez en
el nadar y un pájaro en el volar. Cuando se detuvo, esa gran bestia parió otras
figuras execrables. Unas, con cuatro patas y dos cabezas; otras, con rostros
greñudos como monos blancos como la yuca. Llevaban a su vera feroces bestias
parecidas a jaguares, que jugaban y hacían fiestas con ellos. Cuando uno de los
nuestros alcanzó con su flecha a uno de aquellos espantos de dos cabezas
partiéndolo por el centro, ¡sus dos mitades se repusieron en el suelo! ¡Y, cada
una por su lado, salieron corriendo en la misma dirección! Al cabo de un tiempo
en el que de nuestras frentes temblorosas caían gotas de agonía, todos los
seres espantosos se unieron en multitud como surgida del abismo. De nada sirvió
la ira de la espesa nube de azagayas y flechas que les mandamos; rebotaban
sobre ellos como lluvia en una ciénaga. Ellos bostezaban truenos y estornudaban
rayos que nos cegaban, con tal bramido y tal humo que nos pasmaron. Al poco,
nos bañaron la cabeza haciendo la señal de la golondrina en la frente y nos
convirtieron en esclavos. Cercaron nuestro poblado, quisieron ahorcar a muchos
de nuestros hijos, y durante diez veces diez soles nos obligaron a herir la
madre tierra y lavar las aguas del Nutibara,
en busca de oro. Finalmente, uno de aquellos jaguares que conversan con ellos
descuartizó al hijo de tu querida hija Anagua.
Chimba mandó alzarse a
Cémaco y Anagua, y abrazó con fuerza a su hija. Luego, se quedó en silencio
durante largo tiempo; sus ojos parecían desfallecer acuciados por marañas de
terribles augurios. Finalmente, volvió su rostro al sacerdote y dijo:
─Kantule, ¿qué es lo que piensas?
El sacerdote le hizo una
profunda reverencia y dijo:
─Sáhila de Careta, poseedor
de tantas lanzas como árboles crecen en la selva. Tad-Ibe creó el mundo y todo lo que contiene. Pero también creó a
los neles, que nacidos de una mujer
virgen, descienden del cielo de tiempo en tiempo para recordamos nuestros
deberes. Ellos dominan los vientos, las olas, el rayo y el trueno. Pueden
resucitar a los muertos y hacer venir a su conjuro el espíritu de nuestros
difuntos padres, de nuestros abuelos, de los padres de nuestros abuelos y de
los abuelos de nuestros abuelos. Conversan con los animales, las piedras y las
plantas y pueden tener amistad con monstruos espeluznantes, así como vencer a
demonios y animales dañinos. Lo que nos ha contado Cémaco supone pena y enigma.
Pero demasiados enigmas pesan sobre el hombre. El tiempo, el destino, el azar y
el cambio no nos pertenecen. Esos seres blancos y terribles pueden suponer para
nuestro pueblo las sombras de un destino más espantoso que su aspecto, pero
también pueden ser las envolturas desconocidas de unos neles que conduzcan nuestras almas hacia la dicha.
─Yo sólo quiero añadir una
palabra, admirable y querido sáhila
─dijo, urgida, Anagua─ Y es esto: que te prepares. Pues el malvado blanco
llegará a nuestra tierra. No lo dudes. Y traerá la tristeza y el peso
aborrecible del dolor.
Las terribles noticias
llegaron hasta el taller donde los esclavos vaciaban el oro dulce para
afinarlo, alearlo, pulirlo y cincelarlo. A uno de ellos ─un hombre que sacaba a
los demás dos palmos de estatura y era delgado y elástico, de ojos acuosos bajo
unas cejas sumamente arqueadas─ se le iluminó el rostro mientras se decía: “Ojeda, ¡al fin! ¡Nadie sino él, con esa
valentía y fiereza!... ¡Gracias, Dios
Todopoderoso, por haber escuchado mis plegarias!”
Era Cecilio Támara. Y su
mente voló hacia la tarde terrible en que, al frente de una cuadrilla en busca
de alimentos, se sintió incapaz de responder con las armas al ataque de los urabáes. Las muertes de sus compañeros
envenenados por los dardos le volvieron a desatar el más paralizante y atroz de
los terrores. Cobardemente, huyó a internarse en las ciénagas. Temblando como
un cascabel en el collar de un alazán lanzado a la carrera, con el agua hasta
el cuello, pasó tres días y sus noches escondido entre los manglares. Pero
cuando la lluvia comenzó a martillar las correosas hojas de los árboles
descubrió que venía a resguardarse en su escondite otro soldado español. No lo
conocía, pero su encogimiento, su ansioso mirar de un lado a otro y el tiritar
de sus labios le revelaron que también padecía la comezón del pavor. Se llamaba
Juan Alonso y era un pacense de la hueste de Nicuesa que había sido esclavo de
los indígenas.
Como el secreto de toda
fuerza reside en creer que los demás son más cobardes que nosotros, el infanzón
dio por descontado que su nuevo compañero era un pobre de solemnidad cuyo miedo
tenía que ser por fuerza más grande que el suyo; pues, al fin y al cabo, quien
ha nacido donde no existe lo necesario para vivir carece también de coraje y
dignidad. Sin embargo, le propuso que fuesen juntos a San Sebastián de Urabá. Al cabo de extenuantes horas, y sin haber
cruzado entre ambos ni una sílaba, pudieron divisar la costa del golfo a través
de la lluvia torrencial. Pizarro se había embarcado con la hueste hacia La Española y los indios habían quemado
la colonia. Hambriento, humillado y desesperado Támara cayó de rodillas sobre
la ceniza embarrada y la golpeó con sus puños. Pero, como la desgracia abre el
pensamiento a insospechadas luces aun a los más débiles, Alonso le sugirió un
ardid para pasar desapercibidos de los nativos. Con la daga de Támara se
afeitarían la barba y el cráneo, dejándose en medio de la cabeza una cresta a
la manera de los indios. Quemarían luego sus ropas y embadurnarían sus cuerpos
de bija.
De esa guisa, e impulsados
por los presagios del miedo, caminaron hacia el sur. De cuando en cuando, entre
los árboles oían gritos de alarma de
indios ─quizá caníbales─ que les recordaban lo que les esperaba: la
opacidad de la muerte. Vigilando siempre, furtiva y ansiosamente, cualquier
sombra sospechosa tuvieron que vadear con el agua al pecho marjales atestados
de caimanes, serpientes, sapos y un hervor de insectos. Salvaron profundos
barrancos, peñascos rugosos como coágulos de lava y hendiduras que respiraban
nieblas. Caminaron sobre angostos bajíos, recibiendo las cuchilladas de los
ostiones sobre los que pisaban, y temiendo con aprensión el momento en que
serían alcanzados por la flecha o la jabalina de algún indígena. Bordearon
poblados con silos repletos de fruta, pescados ceciales y maíz seco, que hicieron
efervescer los jugos en sus hambrientos estómagos; inútilmente, pues en las
paredes de hojas de moriche colgaban ominosas aljabas con dardos envenenados.
Atravesaron infinitas selvas de boscajes aéreos e intrincadas raíces que abrían
cráteres infestados de hormigas, y con tantos y tan grandes árboles caídos que
les hubiesen impedido el avance a no ser porque los dominaba la obsesión de
mover las piernas hacia delante para marchar más aprisa que el tiempo.
Amparados en la negrura de las noches trepaban a las ramas de cualquier árbol,
para que los ocultase con sus hojas y así poder descansar algo tras comer
frutas desconocidas. Hasta que una terrible mañana, al cruzar el claro de un
bosque, se toparon con una roja silueta que nada más verlos se llevó las manos
a la boca y lanzó un aterrador chillido. Como por encanto, más de cincuenta indígenas
brotaron de entre los árboles y acudieron a la señal, con una presteza y un
vocerío ensordecedor que llenó la selva. Támara y Alonso, presos de espanto,
corrieron con las escasas fuerzas que les quedaban, al menos media hora. El
pulso retumbaba en sus oídos de tal modo que ni se dieron cuenta de que las
voces y la persecución habían cesado tras ellos hacía tiempo. Entonces fueron
detenidos por una masa de altas cañas, tan recias y duras como barras de acero.
Támara se lanzó desesperadamente contra aquella muralla, aplastando con la
furia de un poseso las cañas que encontraba en su camino. Después de una hora
de violento ejercicio, Alonso tomó la delantera, relevándolo en el titánico
esfuerzo. Pero debido a su débil complexión, el avance se hacía cada vez más
lento. Cuando comenzaron a pensar que nunca saldrían vivos de aquella jaula
amarilla, una luz los encegueció y se encontraron en la ladera de una colina
cubierta de una suave alfombra de verdura, que se deslizaba hacia las tersas
aguas del golfo. Ni siquiera el canto de los pájaros hollaba el impresionante
silencio que reinaba en aquel paraje de ensueño.
Alonso, inánime, se tumbó a
la sombra de un alto árbol. Respiraba fuerte, como si de golpe se le hubieran
venido encima todos los días atroces de
su vida.
─Seguid sin mí, si es que
sabéis a dónde vais ─dijo, con voz estrangulada.
─¿Qué demonios estáis
diciendo?
─¿Por qué os empeñáis en
seguir?
─Huimos de la muerte.
─Y vamos hacia ella.
─Nuestro destino es el otro
lado del golfo.
─Nuestro destino es la
tierra. ¿Por qué tanta prisa por llegar a ella?
─No podemos derrumbarnos.
─Eso exige una gran energía
que yo no poseo.
─Tenéis que defender vuestra
vida.
─¿Para qué?
─¡Sois un soldado!
─Y, ¿qué significa eso?
─Debéis luchar. Así se hace
nuestra vida.
─Así nace nuestra muerte.
─No me obliguéis a dejaros
aquí.
─Seguid vos. Yo no os
obligo.
─No os conforméis con la
derrota.
─Creedme, el que no acepta
su derrota está vencido.
Por el tronco del árbol, en
lenta procesión, ascendía una línea de hormigas. Azuzado por el hambre, Alonso
las cogió y las masticó despacio. El silbido de una flecha que se clavó entre
los dos les hizo brotar una ola de pánico en los labios. Estaban rodeados por
cincuenta indígenas que los miraban fijamente; algunos, con trozos de carne en
la mano. Eran exploradores del sáhila
de Careta.
─¿Queréis comer?─ dijo un coíba menos achaparrado y más sólido que
el resto; panzudo, con gran cabeza, ancha cara de color de polvo y de una
cierta serenidad borrosa. Cecilio sintió una dolorosa punzada que le espeluznó
la piel y agostó cualquier balbuceo en sus labios. El indígena tuvo que repetir
sus palabras. Alonso movió afirmativamente la cabeza y se le ocurrió hacer
señas con sus manos para anunciar que Támara era mudo. La treta tuvo éxito.
─Viche ─pidió el pacense.
─Quieren comer. Son urabáes ─dijo uno de los coíbas, reconociendo la palabra que
acaba de pronunciar Alonso─. Han debido sufrir alguna desgracia.
─Éste está casi muerto ─dijo
el más fornido, acercándose a Cecilio, que jadeaba con el pecho subiendo y
bajando espasmódicamente.
─Los caribes ─dijo el pacense
en lengua urabá─ quemaron nuestro
pueblo. Robaron nuestras mujeres.
Señaló a Cecilio y volvió a
mentir.
─Sobí (sin habla)─. Y se golpeó con el índice repetidamente la
lengua. Luego puso las manos en su pecho, y dijo:
─Chizaré (hermano mío).
─Takune, coíba ─dijo el indígena fornido,
señalándose y sonriendo vagamente. Los demás fueron diciendo uno a uno sus
nombres. Les dieron alimentos y observaron en silencio cómo trataban de comer.
El estómago de Alonso se contrajo en una arcada que le hizo vomitar bilis y
hormigas. Cecilio, aterrorizado de despreciar el ofrecimiento, se metió la
carne en la boca y la masticó. Pero, al hacerlo, lo medio masticado empezó a
salírsele por las comisuras de la boca. Babeó por la barbilla, por el pecho y,
al cabo de un rato, dejó de mover las mandíbulas y cayó en el suelo cuan largo
era; los ojos dilatados, su garganta jadeando y jadeando. Los coíbas los observaban, pacientes,
implacables; esperando. Más tarde, los trasladaron en sus canoas a Careta.
Como dos más de sus esclavos
vivieron en medio de aquella raza exultante y grácil. Aprendieron a modelar
figuras en arcilla mezclada con carbón y a recubrirlas de cera; a afinar el oro
poniéndolo al rojo vivo hasta que la sílice producía el color dorado que
convertía al metal en oro puro; a fundirlo en crisoles de arcilla refractaria y
lograr el vaciado por medio de la cera perdida; a martillarlo con piedras sobre
yunques redondos.
En las ardidas noches, el
reflejo especular de la memoria del infanzón volaba hacia la blasonada casa de
su padre en Revilla de Santullán, donde él y su inseparable mellizo Andrés
soñaron ser caballeros de leyenda. Hombro a hombro podía vérselos con su
juventud vibrando de eternidad en los torneos y justas. Desde Cervera a Peña
Rubia, los respetaban y temían. Pero un día el azar transformaría sus vidas
despreocupadas. Con el rostro ensombrecido de quien ha cometido algo enorme,
Andrés le confesó que había violado a la prometida del hijo de don Pedro
Villalobos, señor de Aguilar de Campoó. Para esquivar la inevitable venganza,
huyeron y se enrolaron en las tropas del cardenal Cisneros, que luchaban por
ganar Orán.
No habían pasado tres meses
cuando les llegó el día del gran asalto al baluarte. Los dos mellizos, codo con
codo, vigilaban las mesnadas musulmanas que plagaban el adarve de la ciudad.
Podían escuchar el ondear de seda e ira de la bandera verde del cardenal, y esperaban la orden de ataque. El caballo de
Cecilio, nervioso, tiraba de bocado y riendas y rascaba impaciente el suelo con
el casco ardiente de su mano diestra. A sus espaldas ululaba la tensa espera de
los infantes divididos en líneas; más allá, se agrupaban las acuclilladas
culebrinas. Cecilio oyó de pronto un leve quejido, y supo que era el gemido que
le nacía del miedo. Le ardían las nalgas y sentía un retortijón en el escroto.
Le dolía la cabeza, y un zumbido en sus oídos comenzó a resonar cada vez con
mayor intensidad. Se dio cuenta de que aquel sonido no era sino el latido
furioso de su corazón, que batía en su pecho como el redoblar de un tambor
estimula el coraje de la infantería. El general Pedro de Urríes desenvainó su
sable, y la caballería lo imitó con un fragor de metales que se disolvió en un
largo silencio. La artillería retumbó con una llamarada que sobresaltó a los
corceles. Los proyectiles pasaron por encima de sus cabezas, para convertirse
en un hondo latido con rumor de trueno que reventó parte de la muralla
argelina. Sonó el clarín tocando a rebato y los caballos salieron de estampía.
Mientras Cecilio se dejaba arrastrar hacia adelante por su montura, los labios
del corazón le atenazaban la garganta. El terror lo helaba hasta los huesos
impidiéndole mover un solo músculo, mientras un espantoso eco ahondaba su pecho,
enloqueciéndolo. Su alazán escaló la pronunciada colina para que su jinete de
aguda espada dispersase a los paganos y los centinelas le abriesen el portón.
Cecilio compartió la muerte con la muerte para devolver su corazón al vacío, y
el vacío a una ferocidad que lo borraba todo hasta no dejar detrás nada entero.
Al término de una niebla de denodado esfuerzo, escaló al mástil que coronaba el
adarve, arrió el estandarte de la media luna ensangrentada y se la entregó al
capitán de su tercio, el baezano Diego Nicuesa. Ambos lo tremolaron sobre los
cadáveres de vientres rajados que obstruían las calles, y se lo ofrecieron al
barón de L’Aínsa. Urríes felicitó el
heroísmo del infanzón palentino y, reparando en la sangre que chorreaba por su
armadura, ordenó que el cirujano curase sus heridas. Ya resonaban los atabales
de muerte en las plazas y eran ejecutados los vencidos, cuando la mirada de
Cecilio se paralizó de espanto: a veinte varas, lo miraba su mellizo Andrés,
con la espalda apoyada en un fragante macizo de arrayán. Por su espada
resbalaba la sangre. Sus ojos líquidos tenían el tono apagado que se ve en los
costados de un pescado muerto, y sobre la piel gris de su cara descansaba el
vuelo de una docena de moscas. Una, que caminaba a lo largo del labio superior,
se adentró en la hendidura violácea que daba paso a los dientes. Cecilio,
lanzando un aullido, se abalanzó sobre Andrés, le espantó con sus manos las
moscas y cerró con aterrada unción aquellos ojos que parecían habitar un lugar
arbitrario en el que para nada servía una mirada.
Urríes lo llevó consigo a Zaragoza
y ordenó trasladarlo a un hospital. Allí tuvo noticia de que el hijo del señor
de Aguilar de Campoó, al percatarse de que las facciones de su hijo reproducían
con increíble exactitud las de Andrés Támara, había acorralado a su esposa
hasta que confesó la fechoría del mellizo de Cecilio. La consecuencia fue que el
padre de los dos Támara fue alanceado y descuartizado por cuatro jinetes
enmascarados en las sombras del bosque de Barruelo. La madre de Andrés y
Cecilio huyó a Alba de Tormes, donde se refugió en un convento, y el
primogénito de del señor de Aguilar de Campoó repudió a su esposa y a su hijo.
Aquellas noticias hicieron que el infanzón temiese al sueño como si fuese un
verdugo revelador de una desconocida culpa. Vencido por el insomnio, una nada
espantosa tomaba la imagen de su hermano Andrés, que, con su rostro devorado
terriblemente por un enjambre de moscas asquerosas, saltaba sobre su pecho, le
agarrotaba el cuello con manos invisibles y lo oprimía y oprimía hasta
estrangularlo. Cecilio se despertaba, sudoroso y estremecido de horror, pero
vergonzosa e inmerecidamente vivo; escapado de una muerte equivocada. La
frecuencia de tan espantosa pesadilla lo decidió a hacerse cargo de su madre y
embarcarse a Yndias, creyendo que sólo podría liberarse del miedo nocturno con
visiones diurnas de horror y aflicción. No contaba con el miedo del amor, que
le llegó por obra de la magnanimidad de don Pedro de Urríes. La placidez de su
esposa, Ana Aniés, su serena belleza e inocente alegría lo absorbían con
intensidad; pero, al mismo tiempo, lo oprimían, señalándolo como el marido no
deseado. De manera que se embarcó con
Ojeda en busca del narcótico que sólo podía encontrar participando en
catástrofes, pueblos en llamas y razas en fuga.
La continua impostura de su
mudez y la resignación cruel habían colmado en Cecilio su deseo de ir hacia
abajo, en busca de esa seguridad que se siente al saber que no se puede caer ya
más. De ese modo, había recobrado la embriaguez de las lágrimas: esa claridad
capaz de arrumbar el miedo. Igual que hasta la más espinosa rama muere,
desapareció el terror de sus noches, y su corazón comenzó a consumirse sin
arder en la esperanza. Pero, ahora ─meditaba
Cecilio, entre los áureos centelleos del adorno labial que estaba fabricando─, volveré a La Española. Y, de allí, a
Castilla. Tengo al alcance de la mano más oro del que nunca ningún castellano
pudo soñar. Así que sólo necesito un plan. Y paciencia: esa planta amarga cuyos
frutos son dulces.
Benito Palazuelos comunicó
al concejo de Santa María del Darién que
presentaba su irrevocable dimisión como alcalde. La aragonesa había ordenado
que se dieran treinta latigazos al centinela y al perro causantes de la muerte
del bebé, y él se había opuesto, enfrentándose a ella. Su honor de caballero le
impedía obtener satisfacción de los denuestos que tuvo que soportar por parte
de Ana. Así que prefería no asumir mando alguno y ser uno más. El concejo, tras
cortas deliberaciones, nombró para el puesto vacante al maestre Martín Zamudio.
Apenas si dio tiempo a que
el vizcaíno estampase su firma en el acta: unos cañonazos arrasaron las nubes
del horizonte, y el golfo de Urabá atronó de una parte a otra. Con espanto,
corrió toda la colonia hacia el playón
donde estaban atracadas sus dos naves. Pero el temor se trocó en júbilo al ver
hacia levante inconfundibles señales de humo, que anunciaban la presencia en San Sebastián de tropas castellanas. El
nombre de Ojeda relampagueó en todos los labios. Balboa mandó responder a las
señales con ahumadas en los cerros más elevados. Zamudio ordenó que se hicieran
veinte salvas de culebrina.
Pero quien desembarcó en el
playón al amanecer del día siguiente no fue el
caballero de la Virgen, sino el ayudante de Nicuesa, Rodrigo de Colmenares.
Venía con dos naos y una carabela, y les contó que Alonso de Ojeda, tras una
épica travesía con el barco de los piratas haciendo agua por los cuatro
costados, había arribado a la isla Juana,
donde fue socorrido por Juan de Esquivel, a pesar de que éste era jurado
enemigo del gobernador de Nueva Andalucía. Más tarde, Ojeda se
había trasladado a Santo Domingo y había andado días y días mendigando alguna
ayuda que llevar a su hueste. Pero como Diego Colón no había querido ni
recibirlo, todo el mundo le volvió la espalda y lo escarneció. Incluso tuvo que
padecer tres intentos de asesinato. A consecuencia de uno de los cuales enfermó
tan gravemente que murió en la miseria y olvidado. Aquellas execrables nuevas
plasmaron en la mente de todos la paradójica urdimbre de los efectos y las
causas, que alcanzó tintes de tragedia cuando Colmenares relató lo que le había
acontecido al gobernador de Veragua.
Había navegado Nicuesa hasta
una Tierra Firme cubierta día y noche
por una bruma azulenca, y se adentró en ella. Cuando perdió la cuenta del
tiempo transcurrido entre sus canalizos y enfoscaderos de agua fangosa sin
hallar ni oro ni alimento alguno, regresó a la carabela e intentó seguir la
huella del resto de su expedición, que, al mando del teniente Olano, se había
resguardado en unas islas. Durante seis días, una galerna terrible tuvo a
Nicuesa sin esperanza de vida, zarandeando su carabela, quebrando dos mástiles,
rompiendo el castillo de proa, haciendo trizas casi todo el trapo y ahogando a dieciséis
de sus hombres. El séptimo día sobrevino una densa manga de niebla, torcida en
forma de torbellino, que anegó la nave de tal modo que les provocó dos jornadas
de agotadora faena de achique. Al cabo, se toparon con una isleta en la que
desembarcaron. Aun no se habían acomodado cuando salieron a recibirlos
centenares de indios, trayendo cada uno al cuello un disco de oro que pesaba el
equivalente a catorce ducados. Por media docena de cascabeles, diez de
alfileres, algunas tijeras, peines, bonetes de colores y abalorios, los
indígenas entregaron a los españoles más de trescientos de aquellos valiosos
collares. Al comprobar el contento de la hueste, los nativos se fueron a sus malocas a buscar gran número de lingotes
y polvo de oro. Lo depositaron todo sobre la arena para tentar a los
expedicionarios, haciendo ademanes de lucha y señalando con el dedo las copas
de los árboles. El gobernador de Veragua dijo a los suyos: ¿Nos piden que combatamos para obtener ese oro? Por toda respuesta,
el teniente Pedro de Badajoz se adelantó con su espada y, de una cuchillada,
cortó al quevi por medio. En la
cabeza del jefe indio, ya en tierra, sus dientes aun chirriaban bajo los ojos
desorbitados por el asombro. Cuando los demás huyeron despavoridos, Nicuesa
mandó cargar el montón de oro en el esquife que les había servido para
desembarcar. Pero antes de poder llevar a cabo la orden, el redoble de unos
tambores formó mil ecos en la selva, y en el linde aparecieron unos veinte
guerreros mirándolos desafiantes. Rechinaban los dientes y se golpeaban el
pecho con los puños, al compás del eco de los timbales. Las aceradas
flechas de las ballestas castellanos atravesaron
sus gargantas y pechos. Cayeron rugiendo, entre las carcajadas de los españoles;
que no repararon que estaban cercados por una verdadera nube de indígenas
enfurecidos. En el instante en que el gobernador de Veragua gritaba: ¡Desenvainad!
¡Desenvainad!, el garrotazo de un nativo le arrancó el casco de acero de su
cabeza.
─¿Murió Nicuesa? ─inquirió
Palazuelos, con premura.
─No ─informó Colmenares─. La
atronadora andanada de la culebrina de la nave puso en fuga a los salvajes,
dando tiempo a los españoles a embarcar y huir rumbo a levante, buscando
aquella maldita Veragua que tan caro
les estaba costado; y que aun más les costaría. Porque, a mitad de la travesía,
dos de la carabelas tocaron en un arrecife y se abrieron en cien partes.
Perdieron cuantas provisiones traían. Y quienes no sabían nadar perecieron
ahogados; entre ellos, los seiscientos esclavos que le había regalado el caballero de la Virgen. La nueva isla
a la que llegaron los que lograron salvarse estaba tan despoblada de consuelo y
remedio alguno que ni siquiera tenía agua. Durante cinco meses anduvieron por
ella con desespero y atribulados; vadeando ciénagas anegadizas, comiendo
hierbas y bebiendo el agua de los marjales. Nicuesa juraba que despellejaría
vivos al teniente Olano y a los demás que con él habían dejado de socorrerlo.
Una mañana descubrió que cuatro marineros habían escapado con el oro en el
esquife.
─Uno debería recordarse cada
día al despertar que va a estar rodeado de ingratos, mentirosos y traidores
─meditó en voz alta Enciso.
─¡Imaginaos su alegría
cuando vieron venir la nao de Olano! ─dijo Colmenares a los emocionados
colonos─. Creyendo que el gobernador de Veragua
había perecido, el teniente vizcaíno había
establecido una colonia en una tierra deshabitada, en la que encontraron
un río en cuyo lecho rodaban pepitas de oro en gran cantidad. Pero cuando se
les acabaron los alimentos que traían en las naves, el hambre los había
obligado a tener que comer sus caballos y a beber sus propios orines.
─¡Mala ventura nos trajo a
este sitio del mundo! ─exclamó Valdivia,
con rabia incontenible.
─Venturosamente, los cuatro
marineros que habían escapado con el oro ─prosiguió Colmenares─ habían arribado
a la colonia de Olano y refirieron el padecimiento de la hueste del gobernador
de Veragua. Inmediatamente, el
teniente vizcaíno mandó en su socorro aquella nao cuya vista hizo resucitar a
la gente que quedaba viva con Nicuesa. Sin embargo, el gobernador prendió a
Lope de Olano acusándolo de querer alzarse con la gobernación de Veragua, y mandó levantar el asiento con
rumbo a la tierra de los chuchureyes,
que Nicuesa bautizó como Nombre de Dios. Allí, Olano sólo se salvó de ser
ajusticiado por las súplicas de los hombres de Nicuesa, quien cambió la pena de
muerte por quinientos azotes y la orden de que el teniente vizcaíno
permaneciese encadenado y moliendo maíz día tras día, como un indio.
─¡Si estoy allá, cuelgo a
ese Nicuesa! ─bramó Zamudio.
─¡Feliz vos, si teníais una cuerda en aquel yermo! ─le
dijo Colmenares.
─¡Lo ahorco con las riendas
de un caballo!
─También ésas se las habían
comido ─replicó Colmenares.
─Antaño, Nicuesa era un hombre
muy cabal, bravo y honorable─ afirmó Barrantes.
─¡Gran señor y con gran
corazón! ─recordó Albítez.
─Un caballero a la antigua,
como ya no quedan ─apostilló Fabián Pérez.
─Pero las penalidades y el
hambre le sorbieron el juicio ─afirmó Colmenares.
Y continuó su relato
diciendo que, consumido por el paludismo y abrumado por las tempestades, el
gobernador de Veragua comenzó a
tratar a sus hombres con tal aspereza y crueldad que sólo pudo evitar la
rebelión enviando un esquife a La
Española, para pedir auxilio.
─La misericordia divina
quiso que ese bote llegase a Yaquimo, donde
yo aguardaba con las naves llenas de víveres y dispuestas para acudir a Veragua. Así que me hice a la mar.
Cuando llegué a San Sebastián de Urabá
y la vi convertida en ruinas, ordené disparar tiros de artillería y hacer
hogueras sobre las peñas más altas, por si había algún cristiano a la redonda
que viese el humo u oyese los cañonazos. Y así di con vosotros.
Al cesar las palabras de
Colmenares, la pesadumbre que les había sobrevenido a los vecinos de Santa María escuchándolas se transformó
en vívido agradecimiento a Dios, por haberles permitido erigir una nueva ciudad
en la que una vida holgada se extendía diariamente ante sus ojos. Sólo cuando
se conocen las desgracias ajenas nos damos cuenta de que debemos conformarnos
con lo que el destino nos ha deparado
Ana preguntó al ayudante de
Nicuesa si tenía noticia de que su esposo hubiese regresado a Santo Domingo. Él
le respondió que no; sin embargo, el abogado don Pedro Sánchez Farfán sí le
había encomendado un recado para ella: un tal don Pedro de Urríes había sido
enterrado cristianamente en L'Aínsa, en Aragón, y la había designado heredera
universal de sus bienes.
Semejantes noticias suponían
para la joven la certidumbre del arrumbamiento absoluto de todo su pretérito. Nunca
volvería a abrazar a aquella figura cuyos labios le enseñaron la ruta
insondable de los astros, y que, ahora, desde la lejanía, le lanzaba un amoroso
y último destello de estrella en una marejada; un adorable recuerdo que la
impulsaba a la vez hacia un futuro incierto y quizá mejor de lo que suponía. En
cambio, el anhelo de hallar a su marido con vida se convertía en un imposible
evidente, aunque el inapelable destino la liberaba de aquel habéis de estar sujeta y seguir a vuestro marido en todo que había
jurado ante el altar de Dios. Ya podía decir y pensar lo que quisiera; ya no
tenía que cumplir a rajatabla con deber alguno. Entonces, ¿qué hacía ella en
aquel Nuevo Mundo? El azar le había enviado con Colmenares una nave que podría
utilizar para volver a La Española, y
de allí a Aragón; donde la generosidad de su padrino le brindaba la oportunidad
de empezar una nueva vida. Ya no tenía por qué avergonzarse de sentirse como
uno más de aquellos que donde quiera que se presentaban el contorno se
estremecía porque nada estaba seguro; ni el oro en su sólito escondrijo, ni la
doncellez, ni siquiera un tierno bebé en brazos de su madre. La suerte ponía a
su alcance la ocasión de dejar atrás a aquellos verdugos vanagloriados de que
Dios los hubiera hecho como eran, y que cifraban su sentido vital en la
soberbia del yo, como el primero. Podía
rehacer su vida; libre, como ninguna mujer de su mundo lo estaba; sin ataduras
de tierra o cielo. ¿No era rehacer sus vidas lo que deseaban todos aquellos
compañeros de sus últimas horas, cuya sempiterna hambre y sed de libre
albedrío, gloria y riqueza sólo lograban que el dolor y la muerte entrasen y
saliesen por los agujeros de sus jubones? No obstante, si elegía alejarse de ellos,
huir vergonzosamente, significaba traicionar aquella pasión tenaz, aquella
capacidad de improvisación y aquella valentía ante la suerte que le habían
contagiado hasta transformarla. Prisionera de su propia terquedad, gracias a ellos
había aprendido que en el miedo, la esperanza y el error se encierra la vida
del hombre; que el porvenir es un edificio misterioso que edificamos en la
oscuridad y que más tarde deberá servirnos de morada; que no contentarnos con
lo que somos, y querer vivir en el pensamiento de los demás una vida imaginaria,
equivalía a manejar sin prudencia la propia felicidad. La vida no podía ser
creerse débil y no atreverse. No estaba dispuesta a convertir su libertad
recién adquirida en ese angosto anillo que la volvería cautiva. Prefería ser un
salto hacia la casualidad y una llama inquisitiva e intrépida. Así que tomó una
decisión audaz: He llegado hasta aquí. No
pensé nunca ni hubiera querido llegar hasta aquí. Pero he llegado aquí. Y aquí
me quedo.
La noticia de la muerte del caballero de la Virgen le hizo pensar a
Enciso que nunca había visto el porvenir con tan negros colores, ni siquiera en
la mezquina y torrencial noche de su llegada a San Sebastián de Urabá. Estoy
seguro ─se decía, taciturno─ de que cuando Nicuesa se haga cargo de la
gobernación de Santa María no tendría en cuenta la promesa de Ojeda, rubricada
por don Diego Colón, de nombrarme alguacil mayor de la colonia. Preferirá
mantener en su puesto a Balboa, al fin y al cabo los dos son hombres de armas;
espantapájaros vanagloriados de su cuna y analfabetos que no pueden vivir sin
el elogio y sin causar maravilla; hombres vacíos que no contienen más que
hambre y sed de alabanza. Sin embargo, la ley me protege. He demostrado con
creces valor y energía suficientes para
cumplir lealmente con Ojeda, con la Corona y con Dios Nuestro Señor. He
conquistado una nueva tierra para Castilla y he fundado una colonia cada vez
más próspera. Y si el voluble común me ha despojado injustamente del poder sólo
se debe a las malas artes de un infatuado tahúr, ambicioso, egoísta, falsario,
grosero, hipócrita, que quiere trocar la conquista de nuevas tierras para la
gloria de Castilla y la predicación del cristianismo a los paganos, en una funesta
farsa en beneficio propio, como no siente empacho en proclamar él mismo a los
cuatro vientos. Sin embargo, he de reconocerlo, semejante buscavidas ha sido
acogido por los expedicionarios como un héroe; mientras que a mí me muestran un
distanciamiento y una frialdad que sólo puedo achacar a la antipatía que
sienten las gentes groseras por quien piensa y sabe más que ellos. No obstante,
ese odio contenido, pero unánime, que leo en sus ojos me oprime el corazón.
Al cabo de un minuto se sintió
avergonzado de la deriva de su mente, y sintió que sus facciones se ponían
rojas como la púrpura; no recordaba haber sentido tan penosa tempestad del alma
desde sus años mozos en la escolanía de Nuestra Señora de la Antigua. Quizás
por aquel acceso de dolor horrible que
vencía a su orgullo, un resplandor de esperanza le hizo cambiar de
parecer. Quienes han conocido al gobernador
de Veragua ─se alentó a sí
mismo─ dicen que es hombre cabal,
honorable y con gran corazón, ¿por qué presumir, si ello es cierto, que no va a
atender mis razones y hacerme justicia?... Es cierto que otros lo tildan de
crueldad para con su hueste. Pero, ¿acaso los balboas y los pizarros no
murmurarían a mis espaldas otro tanto de mí?
Sólo haber mencionado aquellos dos nombres le hizo arrepentirse de
inmediato de aquel repentino desahogo. Estaba demasiado acostumbrado a que la
inseguridad, la incertidumbre y la desconfianza fuesen sus únicas verdades. Y
sabía que por mucha firmeza y mucho
valor con que un corazón que sabe aspirar a las altas posiciones soporte todos los dolores de los sentimientos
vulgares, hay una clase de desgracia que un corazón noble tolera difícilmente:
el equivocarse en un cálculo. Es una
insensatez ─se desmintió de
inmediato─ dejar que sea el albur quien
rija mi suerte. A un pájaro de mal agüero, capaz de provocar por bravuconería
el naufragio de una nao repleta de víveres y armas, y la muerte de treinta
hombres valerosos, alguien debe cortarle las alas. Y, por Dios, que nadie mejor
y con más causa que yo para hacerlo. Sé ir donde la marcha de los acontecimientos me
conduzca irresistiblemente. Ya he aprendido que para triunfar hay que tener,
más que nada, sentido común. Si no quiero que mi porvenir se haga añicos, y que
se me devuelva el poder que legítimamente me corresponde sólo puedo confiar en
una determinación: embarcarme urgentemente rumbo a La Española y contar al virrey
cuanto ha sucedido en esta Tierra Firme. Y, si es necesario, al propio Fernando
el Católico.
¿Qué me ocurrirá cuando llegue Nicuesa a la colonia? ─se preguntaba Balboa. Necesitaba convertirse en alguien
verdaderamente imprescindible para el común, si quería que el gobernador de Veragua no lo considerase únicamente
como uno más. No había llegado hasta allí para conformarse con un puñado de
oro; había oído demasiadas veces que en aquella Tierra Firme había caciques a quienes sus vasallos les llevan en
canastas las pepitas de oro que pescaban en las aguas de los ríos. Pero, ¿cómo
arrancárselo? No por la fuerza, pues, tarde o temprano, los indígenas perderían
el miedo al látigo, al fuego y al acero, y se rebelarían. ¡Y eran legión!...
Únicamente había un camino para impedirlo: imitar el discurrir de los ríos, que
avanzan, retroceden y se curvan dando un rodeo para llegar a su meta; es decir,
ofrecer amistad a aquellas gentes bronceadas de tanto sol brusco. Pero para
llevar a cabo esa estrategia necesitaba que Diego Colón lo nombrase capitán
antes de la llegada de Nicuesa. Y mejor que el virrey, el propio rey. Les escribiré a ambos ─se dijo─ contándoles
las riquezas que la Tierra Firme posee. Les pediré mil hombres de La Española,
porque los de Castilla no están hechos para este clima, ni resisten la falta de
pan de trigo. Eso sí, les advertiré que no haya entre ellos ningún bachiller en
leyes; no sirven más que para crear pleitos.
Rodrigo de Colmenares hizo
un suculento negocio vendiendo a los colonos ─a cinco veces su precio─ la mitad
de las cuatro mil arrobas de víveres, gallinas,
cabras, vacas, mulos, yeguas y caballos que había traído consigo. Al
saber que Joaquín de Muñoz había navegado hacía tiempo aquella Tierra Firme lo persuadió de que
condujese como piloto una de las naos en su marcha a Nombre de Dios, en busca
del gobernador de Veragua. El concejo
de Santa María decidió poner la
colonia a disposición de Nicuesa y eligió como representante suyo al notario
Hernando de Argüello. Enciso entregó a Colmenares seiscientos pesos para que un bergantín lo llevase a
La Española. Éste sólo cerró el trato
bajo la promesa de que su piloto, el gallego Hernán Farias, gobernase la nave y
la llenase de más víveres en Santo Domingo, para llevarlos de regreso a Nombre
de Dios. Cuando se enteró Balboa, convenció a su amigo Diego de Albítez de que
embarcase en ese bergantín llevando tres cartas que debía guardar con
precaución y en secreto. La primera la entregaría personalmente al virrey Diego
Colón. Luego, continuaría viaje a Castilla, para entregar la segunda al
franciscano fray Juan de Quevedo, predicador de Fernando el Católico y buen
amigo de Balboa. El fraile lo conduciría ante Su Majestad, a quien entregaría
la tercera carta. Treinta colonos hartos de aquella tierra, estimando que sus
sueños de adquirir fortuna estaban ya colmados, se enrolaron como tripulación
en la nave. En cambio, cuarenta hombres que habían llegado con Colmenares
prefirieron incorporarse como encomenderos
a la colonia. Y, como la gente cierra su puerta ante el sol que declina, sólo
Ana se despidió formalmente del bachiller Martín Fernández de Enciso.
Tan pronto como las naves de
Colmenares partieron, Balboa consideró que no debía perder tiempo en realizar
sus propósitos. Así que mandó a Aquileia y a Hernán Muñoz que aparejasen la “Virgen del amor hermoso”. Reunió una
tropa de ciento treinta soldados y les arengó:
─Cuando considero, amigos y
compañeros míos, cómo nos ha juntado en esta Tierra Firme nuestra felicidad, cuántos estorbos y persecuciones
dejamos atrás y cómo se nos han deshecho las dificultades, conozco la mano de
Dios en esta obra que vamos a emprender. La causa de Dios y la de nuestros reyes,
que es la misma, nos obliga a conquistar regiones no conocidas. Debemos
intentar entrar en ellas, no a sangre y fuego sino ofreciendo nuestra amistad.
Sus almas necesitan nuestra fe para salvarse del infierno y nosotros precisamos
su ayuda para nuestra ganancia. Pero no está en mi ánimo facilitaros la empresa
que acometemos. Nos esperan seguramente las miserias de la necesidad, las
inclemencias del tiempo y las asperezas de la tierra. Acaso también, y pese a
nuestra pacífica intención, tengamos que sufrir combates sangrientos, acciones
increíbles y batallas desiguales. En todo ello habréis menester socorreros de
todo vuestro valor, y os será necesario sobrellevar el sufrimiento, que es el
segundo valor de los hombres y tan hijo del corazón como el primero; que en la
conquista más sirve la paciencia que las manos. Hechos estáis a padecer y a
pelear, pero ahora es mayor nuestra empresa y debemos ir prevenidos de mayor osadía:
que siempre las dificultades son del mismo tamaño de los intentos. Pocos somos,
pero la unión multiplica los ejércitos, y en nuestra conformidad está nuestra
fortaleza. Del valor de cualquiera de nosotros se ha de fabricar y componer la
seguridad de todos. Yo seré el primero en aventurar mi vida por el menor de
vosotros. Más tendréis que obedecer en mi ejemplo que en mis órdenes. Y puedo
aseguraros de mí, que me basta el ánimo para conquistar un mundo entero. Por
tanto, amigos, ¡a convertir en obras las palabras! Y no os parezca temeridad
esta confianza mía, pues se funda en que os tengo a mi lado y dejo de fiar de
mí todo lo que espero de vosotros.
Con viento sobre la cuadra
de popa, a mediodía del día siguiente llegaron a Careta. En la grisalla lluviosa llena de la voz del mar saltaron a
una tierra plagada de rocas, que se ofrecían sonoras e imperturbables al paso
del viento. Dejaron atrás peñascales entre los que se arraigaban viejos árboles,
que se inclinaban sobre el mar y sufrían el embate de las olas que entraban en
los socavones del monte. Ceñidos por el viento, atravesaron una tan frondosa
como peligrosa garganta, tras la que llegaron al enorme poblado. Una gran
multitud de nativos salió a recibirlos con temor y aspavientos de asombro.
Al conocer la noticia,
Anagua prorrumpió en un sollozo que le permitió ver en su cercano pasado el
inmediato porvenir de su pueblo. Sabía que colmillos y metales abrirían tarde o
temprano cráteres en su carne, que el odio agotaría el número de veces que le había
sido dado a su corazón latir, que oiría el último pájaro antes de morir y que
no quedaría en la noche ni una estrella. Ni siquiera el divino Tad-Ibe, que premeditaba el silencio
anterior a la primera noche del tiempo, podría destejer aquel destino de fuego
y hierro.
Tensos y alerta, los
españoles se abrieron paso entre los coíbas
hasta avistar a Chimba, que los esperaba con solemnidad. Balboa descabalgó.
Dejó caer sobre el barro su espada y avanzó. El sáhila lo esperó inmóvil, con los brazos cruzados bajo el áureo kiplo. Valdivia, Palazuelos y Pizarro
palmeaban el cuello de sus corceles inquietos y temerosos del cada vez más
azotador temporal. Por un instante las miradas de Chimba y Balboa se escrutaron
con impenetrabilidad bajo la furiosa lluvia. Un esclavo más alto que el resto
de los coíbas salió de entre la
desnuda y estupefacta multitud. Señaló
al jefe indígena y dijo:
─Estáis ante el gran sáhila de Careta.
El asombro no sólo se
reflejó en los rostros de Balboa y de la tropa castellana, también trazó un
profundo surco entre las cejas de Chimba. Al darse cuenta de la dilatada
impostura del esclavo, las descendentes comisuras de sus labios formaron un
verdadero círculo sobre su barbilla puntiaguda. Cecilio Támara sonreía con la
satisfacción de quien ve realizado el inicio del camino que se ha propuesto
seguir.
─Os ofrece la paz ─añadió.
La mirada de Pizarro se
iluminó de recuerdo y, señalando al
indígena alto, dudó un instante en voz alta:
─¿Vos no sois...?
─...Cecilio Támara, infanzón
de Revilla de Santullán. Estos malditos salvajes me hicieron prisionero al sur
del golfo de Urabá.
La mirada de Balboa, fija en
la de Chimba a pesar de que el agua chorreaba por su celada y goteaba en su
roja barba, se disparó hacia Támara como un fugaz dardo que ordenaba
precaución. Aquel gesto hizo que el palentino explotase en una carcajada.
─No tengáis cuidado. No
entiende una palabra ─dijo otro eslavo que salió de entre la multitud
extremando una mendaz cortesía hacia el sáhila.
─Es Juan Alonso ─dijo
Támara─. Soldado a los órdenes de Nicuesa, y hecho prisionero por los urabáes primero y por estos coíbas después.
─¿Habláis su lengua?
─inquirió, con sequedad, Balboa.
─¡Qué remedio! dijo Cecilio.
─Decidle al sáhila que queremos la paz. Que aquí
estamos menos de la octava parte de quienes poblamos Santa María de la Antigua, en el Darién, y que necesitamos cuantos alimentos puedan proporcionamos.
─Y que queréis el oro que
poseen, ¿no es eso?
Balboa, sin mover su mirada
clavada en los ojos lentos de Chimba, dijo ásperamente:
─¡Decid sólo lo que he
dicho!
El infanzón transmitió el
mensaje al sáhila, que otorgó su
respuesta midiendo la expresión del hombre de reluciente armadura que tenía
enfrente.
─Dice que está en guerra con
la gente de Ponca ─tradujo Támara─ Que
sus hombres no han tenido tiempo ni de recoger la cosecha ni de sembrar. Y que
no posee oro, pues se saca muy poco de estas tierras.
La mirada de Vegines se
detuvo en el contrariado rostro de Valdivia.
─Pero, naturalmente, miente
─puntualizó el pacense.
─Lo mejor que podéis hacer
─añadió Cecilio, sin dejar de sonreír ─es intentar una falsa despedida y
caerles de noche por sorpresa. Yo os conduciré donde guardan el oro y los
alimentos.
Rodeándolos bajo el
chaparrón, con un balanceo inquieto que recordaba a una ola crispada, los
nativos gesticulaban su estupor señalando las corazas, caballos, rostros,
barbas y armas de los españoles. Balboa ordenó a Támara, con voz suave pero
contundente:
─Decidle que quiero que
seamos buenos amigos y que prometo ayudarle en la guerra contra Ponca.
Decídselo sin una sola palabra de vuestra cosecha.
Aquella noche el buen humor
le desapareció de golpe a Cecilio Támara. Pizarro le contó que su esposa se hallaba
en Santa María de la Antigua, a pesar
de haber sido designada como heredera por un caballero aragonés. Tras la
perplejidad, el insomnio se le deslizó entre los nervios hasta que presintió el
aliento de la aurora. Llegó entonces a la conclusión de que aquella situación
inesperada podía formar parte beneficiosa de sus planes. Con el oro que podía
robarle a los indios se embarcaría hacia España mucho antes de lo que había
imaginado.
Al día siguiente, dos cuadrillas de
escopeteros al mando de Benito Palazuelos y Juan de Valdivia se quedaron en Careta protegiendo a fray Andrés de
Vera, que estaba dispuesto a bautizar a toda la tribu. Con Támara y Alonso de
traductores, partió el resto de la hueste y cuatrocientos indígenas hacia el
territorio de los vainoras.
Anduvieron durante cuatro jornadas atravesando los montes de poniente, sobre
las guijas ásperas de la huracanada sabana y entre bosques profusos. De noche,
las nubes balanceaban la luna sobre las fogatas alrededor de las que
descansaban los expedicionarios, metidos hasta el cuello en tierra para evitar
las picaduras de los insectos; sus ojos entreabiertos vigilaban el sueño de los
coíbas y el vuelo de los vampiros,
hasta que el escalofrío de las hojas de los árboles terminaba por sumergirlos
más allá del sueño que confunde los rostros. Finalmente, la claridad rompía en
lo alto por detrás del colosal y aserrado murallón de montañas, ofreciéndoles
una visión nítidamente perfilada de picos que erguían sus escarpadas vertientes
sobre un alto pedestal de bosque asentado entre aglomeraciones desnudas de
enormes rocas. Tras éstas, y brotando en el verdecido lado de una quebrada
semejante a una cuña, el río Sautatá
hendía el valle en el que se alzaba el poblado de Ponca.
El esgrimidor mandó a Támara y a
Alonso que los coíbas se dividieran
en dos mitades, para formar las alas del cuerpo central de españoles. Llegaron
a las puertas del poblado a mediodía.
─¡Sin cuartel! ─gritó
Balboa.
La hueste exhaló rojas nubes
de poder y de dominio. La descarga de las armas de fuego estremeció los cielos
e incendió el poblado. Los hombres de Ponca, cogidos por sorpresa y
estupefactos por el súbito incendio que convertía su poblado en pavesas, salieron
de su malocas, asfixiados por el humo.
Al retroceder en desbandada, toparon con las alas de los coíbas, que cargaron sobre ellos con macanas,
cerbatanas y jabalinas. Los más afortunados ─entre
ellos, el propio Ponca─ se refugiaron en las montañas; mientras que más de la
mitad de los hombres, ancianos, mujeres y niños sembraron de ultrajada muerte
la tierra vainora.
Mientras tanto, en Careta, Chimba había caminado solitario
hasta los agujeros de lava hirviente que desembocaban en la ensenada del
Atlántico. Había elegido aquel lugar para interpretar los secretos augurios que
burbujeaban los dedos de fango que brotaban a chorro desde las grietas de los
farallones. El sáhila, que se ahogaba
en bilis, podía allí gritar sin que nadie lo oyese. La luz del alba le
chamuscaba los ojos, y maldijo la llegada de aquellos espectros de barbas
cizañosas que, tejiendo mentiras, querían alzarse sobre su pueblo. No. No eran
demonios ni tampoco neles, como había
creído el kantule. Sólo eran hombres
que se pavoneaban irguiendo necesidad. Él no era más que una hormiga en la
frente de Careta, pero la hormiga
procura comida para los suyos en medio de los peores peligros de la selva que
conoce muy bien. No era más que una mano que guiaba llena de dudas el destino
de su pueblo, pero la mano actúa como le dictan los pensamientos, que son la
lengua de los dioses. Para cerciorarse de poder cumplir bien su misión quería
conocer totalmente a los hombres mentirosos; y escuchar de noche en el barro, y
de día en la blancura de sal marina, la lengua de los dioses. Para ello se
sentó al borde del acantilado y fijó su mirada en el oriente, donde tiene su
casa de oro y niebla el divino Tad-Ibe.
Los atronadores mitos del océano quebraron el roción que avanzaba desde el
encaje del mar hasta la estatua en carne viva del sáhila. Su achicharrado rostro estuvo viajando, inmóvil y aproado,
durante una semana; mientras la luz sabia de Tad-Ibe apartaba las telarañas de su frente hasta dejar sus dudas a
la zaga. Cuando se dijo que ya creía compartir el privilegio del kiplo ─el pájaro señorial y sereno que
desde las alturas puede ver el parpadeo de la iguana y cómo el diminuto totí limpia
los carniceros colmillos del caimán─ se alzó del promontorio y volvió a Careta.
El regreso de la victoriosa
hueste de Vasco Núñez fue mucho más lento que la ida; el paso de los indígenas
era necesariamente más pesado, agobiado por el enorme botín de alimentos,
animales, joyas y oro conquistados. Cinco sorpresas aguardaban a Balboa en Careta. Chimba había ordenado a los
habitantes de su pueblo que se dejaran bautizar por fray Andrés de Vera en las
cristalinas aguas del Sautatá. Había
querido cambiar su nombre de Chimba por el de Fernando, en honor del regente de
Castilla. Otorgó a Balboa el sobrenombre de Tibá-Yu
─que en lengua coíba quería
decir: Campeón Blanco─, y le regaló todo el rescate de oro y joyas robado a los
vainoras. La quinta sorpresa, y la
más extravagante, tuvo lugar en la cena ofrecida en el alcázar. Presidía la
mesa Fernando/Chimba y lo flanqueaban el kantule
y los principales de la tribu. Frente a ellos, el Tibá-Yu, Pizarro, fray Andrés de Vera, los caballeros, Alonso y
Támara. Antes de dar por acabado el banquete, el sáhila le ofreció por esposa a la mediana de sus siete hijas, que
se llamaba Anayansi. Támara estalló en una carcajada. Chimba lo atravesó con su
mirada.
─¿De qué os reís? ─dijo,
impaciente, Balboa.
El rostro de Chimba tenía la
impenetrabilidad de una roca que soporta el azote incomprensible del viento.
─Os ordena que os caséis con
Anayansi, una de sus hijas.
─¿Qué?... ─logró balbucir Balboa.
A sus compañeros se les
contagió la risa, pero cesaron de inmediato al notar su mirada asaeteadora.
─Dice que no es bueno que un
Tibá esté solo. Que necesitáis una
esposa ─añadió Alonso.
─¡Yo no quiero una esposa!
─farfulló Balboa.
Pero Támara le transmitió a
Chimba que Vasco Núñez decía que se lo agradecía mucho y que estaría encantado
de desposar a su hija. El sáhila
levantó hacia el esgrimidor la palma de su diestra, y las descendientes comisuras
de sus labios se alzaron en una mueca que quiso ser una sonrisa. Una vez que
fue avisada, Anayansi entró en la gran sala, avanzó con timidez hacia su padre
y observó a Balboa con elocuencia. El
esgrimidor reparó en la belleza de la joven: sus frutales labios enmarcados
en el súbito rubor de las mejillas exhalaban un aire místico. Chimba dijo algo
que tradujo Támara:
─Pregunta que si os gusta.
Anayansi había bajado la
mirada mientras su padre parloteaba orgulloso.
─Dice que posee la serenidad
de los árboles y la alegría de los pájaros, y que se llama Anayansi ─añadió el infanzón─. Claro que vos podéis
llamarla como os venga en gana. Según dice su padre, es fuerte, obediente,
sabrá cuidar bien de vuestra casa y os dará muchos hijos.
De pronto, la sonrisa
burlona del infanzón palentino se transformó en un rictus de profunda seriedad
y alarma, para añadir:
─Si la rechazáis, nos matan
ahora mismo. Recordad que el sáhila
manda a tres mil hombres que en cualquier momento pueden sacar sus macanas y jabalinas y dejarnos el cuerpo
con más agujeros que un cedazo.
Sin esperar la respuesta de
Balboa, Támara se levantó sonriendo, rodeó la mesa, tomó de la mano a la
hermosa coíba y con los más delicados modales cortesanos se
inclinó ante ella en una exagerada reverencia.
─Señora del Tibá-Yu,
a vuestros descalzos pies ─dijo con sorna.
Cuando las estrellas en
hileras tímidas comenzaron a florecer en el cielo, el sonido melodioso de las
flautas y caracolas se acopló al ritmo trepidante de los tambores. Los pasos
danzarines de las muchachas coíbas
marcaron el compás pletórico y extraño del areyto;
sus senos mecían el aroma penetrante de los sahumerios. Los expedicionarios
contemplaban el espectáculo con un cosquilleo lujurioso entre las ingles, que
intentaban apagar desmoronándose en ríos de vino de maíz fermentado, hasta que
la risa y el llanto terminaban por rendirlos de deseo y extravío. Támara
aprovechó para desvelar a Alonso sus planes, guardados hasta entonces en
secreto. Se había puesto de acuerdo con una docena de urabáes para ir ocultando día a día la mayor cantidad de oro
posible, persuadiéndolos de que, a cambio, los castellanos los regresarían
libres a su tierra. Ahora, pensaba pedirle a Balboa que lo enviase al Darién para encontrarse con su esposa. Y
allí aviaría una nave con la que volver
disimuladamente a Careta, recoger a
Alonso con el oro y navegar, los dos ricos, a España.
─¡Por nada del mundo me
quedo yo aquí!... ─dijo, temblando, el pacense.
─¿No soñasteis, cuando
embarcasteis a Yndias, con regresar como hombre afortunado para el resto de
vuestros días?
─Chimba mandaría que me
matasen.
─No, si permanecéis siempre
al lado de Balboa y lejos de Careta,
haciéndolo rico y respetado por las demás tribus. Yo me encargo de que ese
Vasco Núñez someta a jurás y abraimes.
¿Conocéis a un castellano que haga ascos al oro y a la gloria?
─No conozco a ninguno que se
meta de hoz y coz en su muerte.
En el interior de un bohío
alfombrado de rojas flores de ceibo,
dos mujeres maduras peinaban a Anayansi mientras una tercera adornaba con
blancos pétalos de magnolia la hamaca
que ocupaba el centro del ámbito. Sobre una barbacoa
había ordenadas ropas de color jacinto, esponjas, raspadores, cepillos, y
punzones de antimonio para pintarse los ojos. La novia vestía una holgada
túnica amarilla y azul sin mangas, bajo la que se le erguía el seno. Dos
brazaletes de oro rodeaban sus brazos, como reacios a perder lo que apresaban.
─Es un hombre fuerte. De
piel blanca como la yuca ─dijo una de
las mujeres.
─Te dará muchos hijos
─prosiguió la segunda.
─Tiene mirada de mar ─ensoñó
en voz alta la primera.
La tercera puso sus manos
extendidas sobre la hamaca y la
balanceó delicadamente, mientras sonreía pícaramente, diciendo:
─La hamaca se moverá mucho esta noche…
Cuando apareció Chimba en el
umbral, las tres salieron de la choza, riendo cómplices.
─Tu belleza es más valiosa
que nuestras armas, Anayansi ─le dijo el sáhila
a su hija─. Al mando de cuatro de tus hermanos haré que cincuenta de nuestros
mejores guerreros vayan con el Tibá-Yu,
para velar siempre por ti. Recuerda el sufrimiento que esos hombres blancos
infligieron a tu hermana Anagua, y el que pueden causar a nuestro pueblo. Que
no se quiebre la luz para nuestro pueblo depende de que descubras los pensamientos
del hombre blanco y me los hagas saber, como las ramas conocen el pensamiento
de los troncos y lo comunican a las tremolantes hojas.
Al claro de luna, padre e
hija se abrazaron, llorando.
Tan pronto amaneció, Cecilio
Támara le pidió a Balboa que lo enviase con de su esposa; de eso modo podía
llevar a Santa María de la Antigua del Darién el fabuloso botín adquirido
en la derrota de los vainoras, y
ponerlo a buen recaudo. Por supuesto que se apuró en sembrar en el corazón del esgrimidor la idea de que, mientras
tanto, podía fácilmente dominar a las tribus circundantes, muy ricas y
poderosas pero pacíficas. Se mostró convencido de que el prestigio adquirido al
vencer a Ponca y su alianza con el poderoso sáhila
de Careta habrían recorrido ya esas
cercanas tierras, y le recomendó vivamente a Juan Alonso, que las conocía muy
bien, pues había participado como ojeador de las tropas de Chimba. Como las
palabras del infanzón palentino cuadraban perfectamente con los planes de Vasco
Núñez, éste ordenó que se embarcase cuanto se había conseguido, para llevarlo a
Santa María de la Antigua. Mandó a Aquileia
que pilotase la nave y a Hernán Muñoz que eligiese dos cuadrillas de marineros,
quedando de acuerdo en que regresasen en menos de dos semanas a Careta para recogerlo a él y a su
expedición.
A la hora del crepúsculo del
día siguiente ─ya que el viento era bueno y hendía la mar─ la “Virgen del amor hermoso” llegó al playón, y Cecilio Támara sintió que
comenzaba a erigir un porvenir hasta entonces disgregado en miedo, afanes y
tormentas. Una resaca de gritos de aviso se levantó en cada hogar, y la plaza
de la colonia se abarrotó de encomenderos
para admirar el formidable botín. Todo el mundo corrió hacia la casa de
fundición para pesar el oro y tasar las joyas. Los pájaros hilvanaron el cielo
con entrecruzantes puntadas. El piloto triestino condujo a Cecilio Támara hasta
casa de Ana.
Al abrir la puerta la
aragonesa, la sorprendente presencia en el umbral de aquel indígena de oscura
cresta la confundió. Pero al reparar en sus facciones, temblando, lo reconoció.
Sacudió su cabeza para arrojar lejos la perplejidad y lo estrechó entre sus
brazos, con el resuelto arrebato de una ola.
─¡Dios sea loado! ─gimió.
─¡Le he rogado tanto para que llegase este momento!... Llevo tanto, tanto
tiempo buscándoos que os creí muerto, mi señor.
─¿Y mi madre? ─preguntó
Cecilio, deshaciendo el abrazo.
─Falleció en Santo Domingo.
Hace más de un año, que ha sido una eternidad ─respondió Ana, helándosele el
corazón y limpiándose con el dorso de su mano las lágrimas.
─¿Cómo sucedió?
─Fueron los años. Murió en
paz y gracia de Dios.
Y, secretamente aturdida por
el estupor que le causaba aquel glacial encuentro tan perseguido, pero
mostrándose tan resplandeciente como el más encantador instante de la tarde, le
señaló la cálida penumbra que se alargaba tras el umbral.
─Entrad. Es vuestra casa.
Con un torrente de palabras
que se despeñaban en gozo y plenitud, le contó cuanto le había sucedido con la
urgida esperanza de hallarlo. Cecilio observaba que la suave atmósfera de la
casa estaba hecha con la ilusión de que algo fuera a empezar. La disposición de
los escasos muebles, de cada objeto, revelaba el limpio atrevimiento y el velar
inagotable de quien tiene el alma en la piel. Escuchando las palabras de su
esposa, tan desnudas, tan continuas y sencillas, sintió que el mundo podía
volver a ser una fábula habitable. En Ana residía la delicia como está la
crueldad en las espadas. Confiaba ella tanto en su eterno presente, y la adornaba
de tal manera un ver hondo a través de la esperanza, que lo conmovió hasta las
lágrimas. Y, por vez primera, se sintió feliz y deseoso de aprehender para
siempre aquel inmerecido regalo que la vida le devolvía. Su quieta silueta a
contraluz ─como esculpida a martillo sobre la noche que empezaba a nacer tras
la ventana─ tembló como una hoja recién brotada y acariciada por la brisa.
Cerró los ojos y pidió a Dios con todas sus fuerzas que le diese el valor
necesario para encadenarse a aquella ternura, hasta que su mirada pudiera ver
con los ojos de su esposa. Y pidió
perdón a Ana por haberse marchado tan súbitamente, abandonándola a aquel furor
del destino que le acababa de desgranar.
─Sólo quería mereceros
─mintió Cecilio.
Ella le enlazó la mano y la
guió hasta dejarla en su regazo, donde la piel se tendía a la compasión y el
embeleso. Sería maravilloso sentir ─
se dijo Ana─, una sola noche, una noche
como esta, el peso de su cabeza sobre mi pecho. Y poder decirle que deseaba ver
cómo el viento se llevaba para siempre su ambición y las venosas sombras de su rostro
se borraban, que naciese entre los dos un idioma secreto en el que confluyeran
dos ríos sin preguntarse de dónde ni adonde. Pero el deseo de Cecilio dio un inopinado
rodeo, derrochando aquel mórbido regalo; cambiando su tumulto en la simple
reverencia de besar el calor de aquella mano blanca, que alzó hasta el rostro
conmovido de Ana, y sus dedos sólo supieron apartarle hacia atrás el rizo
dorado que le cubría la oreja. Sintiendo en su alma un estremecimiento de hoja
esquivada, pero sabiéndolo tan frágil y tan al borde de sí mismo que se
quebraba su sombra al respirar, ella lo abrazó con la fuerza de quien desea
unirse como nieve a punto de ser agua. Quería despertar a Cecilio a una
desnudez como la de la noche de afuera, donde se derramaban las estrellas.
Quería ver sus ojos como un espacio abierto de par en par, dispuestos a
llenarse. Qué no hubiese dado porque él hubiese descansado la cabeza en su
regazo y, resignado, le hubiese dicho: por mal que me haya ido, por mal que me
vaya, dejadme vivir a vuestro lado. He sido, soy y seguiré siendo egoísta,
huraño, vanidoso, ávido, astuto, cobarde, malo. El lobo, la rata y la serpiente
ni faltan ni faltarán en mí; pero, os amo. Sin embargo, sólo había traído
consigo el rastro de un dolor tan hondo como el brillo de una estrella en un
puñado de sal, y la fragilidad amarga de las personas incapaces de ser
verdaderas. Pero él no volvió a cogerla de la mano ni le dijo: ¡Aprovechemos! El aire suave y el bosque misterioso
que nos envuelve lleva el nombre de amor”. Él no le dijo: No volveré a creer que hay otra tierra más
fértil para mí, mientras no estés tú en ella.
Así que la noche
inevitable se desbordó sobre el abrazo inútil.
Durante los días siguientes
no hablaron mucho; como si fuesen estatuas de un jardín junto a las que se pasa
mirando y siguiendo camino. Cecilio, comprendiendo que el concejo de Santa María no lo dejaría embarcarse en
el único bergantín que fondeaba en el
playón, se incorporó a la vida de la
colonia con la desgana de saber que, una vez redondeado su plan, lo que
aconteciera en el tiempo de aquel Nuevo Mundo nada le importaría. Deseaba estar
ya en España y siendo dueño, por fin, de un destino verdadero. Una vida sin
azares, sin agravios, penas o terrores no buscados; labrada únicamente por su
propia voluntad. Se engañaba a sí mismo convenciéndose de que sólo entonces
podría sentirse libre de enlazar a su esposa del brazo y sacarla a la fiesta de
los días, de que sólo entonces sería posible que ambos fuesen una misma energía
que apagaría definitivamente su angustia incontenible. Ana, a su vez, pensaba
que si su pena humease la tierra estaría cubierta de humo. Sin embargo aquella
aflicción también tenía debajo un fuego; su corazón ardía pero no se consumía,
porque había recuperado un esposo secreto con el resplandor del agua temblorosa
en el rostro. A veces, mientras participaban ambos en la faena de todos bajo el
brusco sol, sus miradas se cruzaban y parecían interrogarse: ¿Qué sabéis vos de mí? De noche, la luna tejía en su alcoba un vaivén
de silencio palpitante en el que se buscaban como ciegas sus dos soledades.
Vasco Núñez, acompañado por
Alonso y cien coíbas se había puesto
al frente de la hueste en dirección al río Matumagantí, donde estaba la tierra
de los jurás gobernados por Comogre.
Al salir de Careta, en medio de la
geometría telúrica de rocas desunidas que salpicaban la enorme sabana en la que
el sol caía a plomo, se dio cuenta de que Anayansi lo seguía a distancia, con
la mirada fija en el deslumbrante fulgor de su armadura.
─¡Vete! ─le gritó─. ¡Regresa
a tu pueblo!... ¡Vamos, vete!
Pero Anayansi siguió
caminando tras él.
─¡He dicho que te vayas! ¡No
quiero verte! ─gritó el esgrimidor,
desatando la risa de su hueste.
La joven continuó su
voluntariosa marcha. Un cuarto de hora más tarde, Balboa volvió a girar su
cabeza para contemplar a Anayansi un instante; pero muy pronto su mirada se
perdió en la soledad del mundo anterior al hombre. Sin embargo, quizá porque se
le metió en el alma aquella vaciedad y desorden de la tierra, detuvo su
montura. Cuando llegó corriendo Anayansi hasta él, la alzó a la grupa.
Soportaron durante una
semana un sol que tapaba el firmamento. Atravesaron quebradas y desfiladeros
empavesados de cascadas como largos y refulgentes estandartes con flecos de
neblina colgados de sus cimas. Rodearon la curva montañosa que circundaba por
un lado el perfil azul de elevados picos, y por otro una costa selvática y
brava donde batía el oleaje; llena de rocas y con amplias playas guardadas por
un ejército de bajíos y acantilados. El octavo día Alonso anunció la proximidad
del poblado jurá y pidió permiso para
adelantarse, con el fin de preparar la llegada de la hueste. Cabalgó día y
noche y, finalmente, anunció al quevi
Comogre que estaba a punto de llegar el Tibá-Yu, venido desde el lugar donde
tiene su casa el divino Tad-Ibe que
se levanta cada día para darnos calor, salud y vida. Ese Tibá-Yu había hecho la paz
con los coíbas, derrotado a los vainoras de Ponca y desposado a una de
las hijas del sáhila de Careta a cambio de que se le ofreciera
el fulgor del oro y de que su pueblo se dejara trazar con agua sobre la frente
la señal de la golondrina, que llamaban los cristianos bautismo. Comogre le
respondió que aquellas noticias ya eran viejas para él, y que hacía mucho que
esperaba este momento. El martilleo de las macanas
en los troncos de los árboles, el silbido sobre los barrancos y el retumbo de
enormes caracolas se expandió por todo el valle anunciando la llegada de la
hueste. Anayansi señaló hacia el blanco horizonte, y exclamó:
─¡Jurá!
Y apareció ante los castellanos
un enorme pueblo con las mejores y más grandes casas que habían visto hasta
entonces en Tierra Firme. Rodeado de
sus siete hijos y los guerreros principales, Comogre recibió con regia
solemnidad a la expedición. Era un hombre aun joven, de corto busto, ancho de
espaldas y miembros atléticos que cubría con un manto de rojo algodón. Ceñía su
cabeza de largos cabellos una mitra de plumas de guacamayo, ceñía su cintura un
faldellín blanco, y sus brazos y
tobillos estaban adornados de brazaletes de oro; el mismo metal del que estaban
fabricados sus zarcillos, nariguera y pectorales. Un alertado temor sobrecogió
a la expedición ante tal alarde de fastuosidad y, sobre todo, al verse rodeada
de un auténtico bosque de jabalinas blandidas por tres mil guerreros. Comogre
se acercó al Tibá-Yu y lo abrazó. Después, invitó a los castellanos
a entrar en su espaciosísima casa, que les mostró con orgullo. Dividida en
amplios espacios, un gran zaguán ─cuyas paredes lucían pinturas de escenas de
caza, ceremonias religiosas y batallas─ daba paso a una despensa llena de pan cazabe, carne de venado, hutía, pecarí, pescados ceciales y toda clase de hortalizas.
Junto a ella había una gran bodega llena de vasos de barro, barricas de madera
rebosantes de vino de palma, y cuencos desbordados de frutas. Las cinco enormes
habitaciones siguientes servían de granero. Más allá, otro diáfano ámbito
albergaba platos de madera con pinturas, cucharas de cáscara de coco pulidas
con extraños tallados, piedras de moler con figuras de jaguares y galápagos,
pilones para triturar el maíz, y anafes de piedra. Finalmente ─y ante la repulsión
disimulada de los conquistadores─, Comogre les mostró ufano un espacioso ámbito
donde humeaban los sahumerios y de cuyo techo colgaban los cuerpos embalsamados
de los más egregios de sus antepasados, cubiertos por ricas mantas entretejidas
con joyas de oro, perlas y esmeraldas.
Tras el almuerzo, el quevi ─siempre con la ayuda de Alonso,
que ejercía de traductor─ confesó a Balboa tres fervientes deseos: brindarles
su hospitalidad el tiempo que quisiesen, ser bautizado, y sellar una paz
duradera basada en la mutua colaboración y respeto. La alegría de Vasco Núñez
sólo fue comparable al entusiasmo de fray Andrés de Vera, que se apresuró a
impartir el sacramento del bautismo a todo el pueblo jurá. Comogre solicitó que
le impusiese el nombre de Carlos, en honor al príncipe heredero de España.
Durante dos semanas, los
conquistadores disfrutaron de los placeres de la copiosa y excelente mesa,
colmaron su insaciable sed de vino y apagaron la lava de su sangre bebiendo los
suspiros y jadeos de las nativas, que se entregaban a ellos con la naturalidad
y generosidad con que las misteriosas estrellas vierten su plata sobre la negra
sombra de la noche. Cuando Balboa confió a Carlos/Comogre su deseo de partir,
éste le regaló setenta esclavos, y piezas de delicada hechura labradas en oro
que suponían el equivalente a más de cuatro mil pesos. El esgrimidor se lo agradeció y, en el mismo zaguán de las
pinturas murales, mandó pesar el oro, para
separar el quinto de la Corona y dividir el resto en partes iguales entre
sus soldados. Mas, así como la bebida sacia la sed, el amor extingue la pasión
y el alimento aburre el deseo de nutrirse, el oro no satisface nunca la
avaricia. Así que el brillo del metal precioso sobre la balanza despertó en la
hueste disputas encrespadas que estaban dispuestas a saldarse por medio del
acero. Antes de que Balboa lograse calmar los ánimos, Panquiaco, el hijo mayor
de Comogre, dio un golpetazo en la balanza, convirtiendo el suelo en una dorada
e informe sementera. Un azarado Alonso tradujo las palabras que dijo el
primogénito del quevi.
─¡Qué es esto, cristianos!
¿Tan pequeña cantidad de oro estimáis tanto? Si es tal vuestra hambre de ese
metal que por él os perturbáis de tal modo, yo os daré noticia de una región,
llamada Birú, donde podréis saciaros
de esa sed incomprensible. Pero es preciso que acometáis tal empresa con mucha
más gente, padeciendo molestias y calamidades, luchando con vuestras armas
hasta la muerte; pues, si saliereis con vida del furor de los feroces y erráticos
caribes, que comen carne humana, se os opondrán los valerosos dulenegas, y los quevis de Pocorosa, Cubanamá, Secativa, Terarequi, Penonomé y, sobre todo, Paris y sus cincuenta
mil guerreros panamáes, que pueblan las montañas del poniente, a seis soles de Jurá, y están bañadas por un pacífico
mar.
Los castellanos estallaron
en contento y tomaron a chiste la inicial violencia y temeridad que desparramó
su oro en el suelo.
─¡Buena labia pinta el
mozo!.
─¡Es más arriscado que un
león!
─Un adarme ha faltado para
que le rebanase el cuello, por su desplante.
─Luego, se ha merecido el
perdón con creces.
─¿Será engaño eso del
oro?...
─Ha dado razón suficiente:
el poniente a seis jornadas y otro mar.
─¡Y que allí los indios
hacen de oro cuanto quieren!
─Pero también que hay
salvajes que comen los hombres crudos.
─Nadie me va a hincar el
diente mientras me cuelguen redaños.
─¡Ni al hijo de mi padre!
─Vos estáis hecho a escote
entre varios.
─¡Rebuznó el hideputa!
─¡No encisméis, que os pico
la nuez!
─¡Pedid permiso a esta daga,
piojoso!
─¡Puñales y espadas, al
tahalí! ─ordenó Balboa.
─Y no estéis tan agudos. San
Pedro no deja entrar criminales en la Gloria ─añadió el franciscano.
─Yo sigo sin fiarme mucho.
─¿De qué no fiais?
─Del salvaje.
Como si entendiese las
palabras de la hueste, Panquiaco, con la grave majestad de quien intenta
persuadir, volvió a hablar:
─Oíd, cristianos. También
nosotros conocemos las guerras. Las tuvieron nuestros antepasados y las tuvo mi
padre. Y siempre por ambición y por mando. Ya habéis visto que tenemos
esclavos. También el jaguar ataca al pecarí, la serpiente a las hutías, y los
vientos a las nubes. La ambición es la virtud de los grandes. Y vosotros lo
sois. Así que, para que sepáis mejor lo que antes os he referido y no
sospechéis que os engaño, acometed la empresa guiándoos yo, llevándome como
testigo dispuesto a morir si entendiereis que mis palabras se han apartado un
punto de la verdad.
Balboa tomó buena nota del
ofrecimiento, como una incitación a empresas imprevistas. Pero no quería que la
corriente lo arrebatase deprisa hacia el final. Se sabía sólo una onda que aun
no era campanada porque le faltaba la fuerza que hace vibrar el aire.
Necesitaba el reconocimiento real para que fuesen verdaderamente suyos su
esfuerzo y el viento de sus naves. Había que medir paso a paso el hoy para que
comenzase pronto, e hinchado de preñeces, el mañana.
Los expedicionarios
emprendieron el camino de vuelta, con la sensación de haber conseguido al fin
la dicha de ser conquistadores. Cuando llegaron a Careta fueron obsequiosamente recibidos por Chimba; a quien
Anayansi contó en secreto cuanto había sucedido en tierras jurás, y la intención que tenía Balboa de hacer una nueva
expedición a tierras de los panamáes, para allegarse hasta el Birú en busca del oro que allí había.
Estaba convencida de que el Tibá-Yu consideraba firme la paz con el pueblo coíba. Lo necesitaba para sus planes.
─Quiera el divino Tad-Ibe que lo que sospechas esté
dictado por tu razón y por el amor a tu pueblo ─le dijo su padre─ Pues en algunas mujeres la razón se encuentra
en la parte de su cuerpo que disimula el pudor, porque están hechas para el
amor; y el amor es como una niebla que ciega y todo lo cubre.
─No desconfiéis de mí por
ser mujer, amado sáhila. Sé para qué me entregaste al Tibá-Yu. Y para eso sacrifico mi vida. Porque siempre
os he obedecido, os obedezco y os obedeceré. Y porque tengo presentes la muerte
del bebé de Anagua, y el peligro que puede cernirse en cualquier instante sobre
el pueblo coíba que tan sabiamente
gobiernas. Pero si conozco las intenciones del Tibá-Yu es porque fía de mi docilidad y no conoce mi gran cólera. Y
porque mi razón me dice que él necesita estar a bien con el pueblo coíba, igual que el cocodrilo que desea
comer comienza por no enturbiar el agua.
Hernán Muñoz ─que había
regresado a Careta desde Santa María de la Antigua como maestre
de la “Virgen del amor hermoso”─ le
sugirió a Vasco Núñez que debía apresurarse en volver a la colonia. Hernando de
Argüello había traído de Nombre de Dios malas noticias. Comisionados para
preparar la inmediata llegada del gobernador de Veragua, habían llegado el fraile Jerónimo de Aguilar y un
bachiller llamado Diego del Corral, a quien Nicuesa había prometido nombrarlo alcalde. Y así
como Corral se limitó a contar las infinitas desgracias sufridas en Nombre de
Dios, el fraile había confiado al concejo de Santa María que el infortunado gobernador había perdido la gracia y
compostura de antaño para caer en el delirio de venganza. Había jurado que
tomaría todo el oro que hubiesen rescatado los expedicionarios de Santa María y que los castigaría por desacato a su
autoridad. Con la velocidad de la sombra de los pájaros en vuelo habían corrido
por la colonia esas noticias, provocando alarmas, rencores y dudas. Y cuando
Martín Zamudio le había preguntado a fray Jerónimo de Aguilar qué pensaba que
debían hacer, el fraile le había replicado:
─Yo, hijo mío, sólo os digo
que no sé cómo habéis incurrido en el error de llamar a un tirano para que os
gobierne, siendo libres y habiendo jurado lealtad sólo a Ojeda. Dos espadas no
caben en una misma vaina. Aunque os recomiendo que seáis prudentes al tomar una
decisión.
A los dos días, Balboa se
presentó en Santa María de la Antigua
del Darién, y fue aclamado con entusiasmo
por sus vecinos; alborozados no sólo por la magnificencia del botín, sino
porque confiaban en que él desenhebrase la madeja de dudas que los aprisionaba.
Tras la ceremonia de la misa, se colocó un paño ante el altar y sobre él un
cojín bajo el crucifijo. Hernando de Argüello expresó su opinión sobre Nicuesa,
con contundencia en la que no faltaron los exabruptos. Lo mismo hicieron el
cirujano Alonso de Santiago y los caballeros. Balboa, con la energía de un predicador
que se emplea en demostrar que la religión es ante todo una ascesis, desgranó
un discurso trufado de refranes y alegorías, haciendo gestos con la cabeza para
solicitar la aprobación a sus palabras y remachando cuanto habían dicho los
oradores anteriores, asegurándose que nadie pudiese ni desconocer su
responsabilidad al tomar una decisión ni volverse atrás más tarde. Al terminar
sus palabras, en la capilla se espesó un silencio que pareció tan infinito como
el anterior a la primera noche del tiempo; nadie dudaba ni tejía oráculos
dispares. Así que, finalmente ─con la excepción de Ana Aniés, Cecilio Támara y
Francisco Pizarro─, todos los colonos juraron solemnemente por la cruz no
admitir como gobernador a Diego Nicuesa.
El sábado 1 de marzo de
1512, diez salvas de culebrina advirtieron que la nave del gobernador de Veragua se divisaba en el remoto
horizonte. Cecilio Támara voló al encuentro de Juan Alonso y le dijo que tomase
el esquife que le tenía preparado y desembarcase secretamente en Careta. Había llegado el momento de
ultimar el plan previsto.
─¡Quiá! Tan pronto ponga mi
planta allí, el sáhila mandará asesinarme ─respondió el pacense, a
quien el terror de volver a la tierra coíba
se le hundía en el alma.
─¿Os sentís incapaz de
hacerlo sin que os vea quien no debe?
─Sabéis que esos indios
tienen mil ojos.
─Y vos, prudencia de
serpiente.
─¡Sólo pensar lo que me
decís me hace temblar las carnes!
─Mirad que tanto rodar y
penar bien merecen la fortuna.
─Acá poseo ya más fortuna
que la que nunca soñé. Y no quiero soñar más; que los sueños terminan en
pesadillas.
─¿Ni siquiera lo haríais
para vengaros de quien os ha robado los mejores años?
─De cualquier manera hubiera
tenido malos años. Desde que nací, los tuve.
─¿Y qué pensáis hacer en
esta colonia donde no sois sino uno más?
─Lo que siempre hice: labrar
la tierra. Pero, esta vez, gobernando
con el látigo a veinte esclavos.
─Muchos de ellos, coíbas. Pensadlo, Alonso. ¿Estáis seguro
de que ninguno acabará con vuestra vida cumpliendo órdenes de Chimba?
El rostro del pacense se
ensombreció de pronto, y sus ojos se detuvieron por un instante en un infinito
de espantosa niebla. Támara aprovechó para convencerlo:
─¿Por qué creéis que estoy
yo tan empeñado en desaparecer de esta tierra?
Un ligero pero incontenible
temblor se instaló en los labios de Alonso.
─Ninguna ocasión mejor que ésta
que Dios nos pone en la mano para huir, amigo Alonso. Recordad que ahora
celebran los coíbas el Kaborr Igala, y que pasarán una semana
sin dejar de fumar y beber chicha. Así que si llegáis a Careta oculto en la noche es imposible que alguien os vea.
─¡Soy incapaz de vencer mi
miedo!... Vos sabéis muy bien de lo que hablo.
─Por eso mismo, sé que sólo
los actos desesperados lo vencen. Id a Careta,
Alonso. Os juro solemnemente que pasado mañana estaré allí a bordo de una nave.
Apenas vais a tener tiempo de transportar todo el oro escondido. Luego, lo
embarcaremos, y... ¡a España!, Alonso, ¡a
España!
Desoyendo lo que la razón le
dictaba, y temblando, Juan Alonso partió en un amén ; dispuesto a salvar las veinte millas que lo separaban de Careta.
Cuatro horas más tarde, y
con sesenta hombres a bordo, fondeaba en el
playón el bergantín de Nicuesa, iluminado por un sol que se dispersaba en
oros y sombras. El choque de dos esquifes arrojados por la borda levantó
surtidores de espumas. Descendieron a ellos cincuenta ballesteros y chapalearon
las aguas del Darién.
Tan pronto como los hombres
de Nicuesa pusieron pie en tierra fueron recibidos por una cuadrilla al mando
de Diego de la Tovilla. El piloto del bergantín, Gonzalo Runyero, le dijo al
caballero que venía como embajador del gobernador de Veragua, quien tenía el gusto de invitar a las gentes principales
de la colonia a almorzar al día siguiente; pues tenía gana de intercambiar
novedades y opiniones con ellos. La nueva fue recibida con precaución e
incertidumbre por los vecinos. Támara robó quinientos pesos del arcón de su esposa y se los entregó a Aquileia, para que
acudiese al almuerzo del gobernador. Sabía que el triestino estaba harto de las
intrigas y la rutina de la colonia.
─Yo conseguiré de Nicuesa
─le dijo─ que gobernéis su nave hasta Santo Domingo, donde podréis elegir la
aventura que os plazca. Estoy seguro de que, cuando compruebe el menguado
estado de Santa María, querrá
trasladarse de inmediato a La Española.
Necesita que Diego Colón le proporcione gente experta para poder convertirla en un dominio digno de su
gobernación.
Cuando regresó Cecilio a su
casa se inclinó sobre Ana y, con la ternura súbita de un amante, le dio un beso en la frente. Su esposa, acostumbrada al
desamor y a la desgana de recolectar horas vacías, lo miró con perplejidad.
─Señora, me parece que os he
contado que Diego Nicuesa y yo somos uña y carne, desde la ganada de Orán. Así
que, por fin, nuestra dicha es visible. Mañana, ¡volvemos a España! ─dijo,
alborozado─. De manera que enfardelad vuestro ajuar y el oro que habéis
adquirido para transportarlo a su nave. Hacedlo con la más absoluta reserva;
recordad que a quien se dice un secreto se le da la propia libertad.
Aquella decisión tan súbita,
apresurada, y expresada con un vehemente entusiasmo que desconocía en su
esposo, dejó a Ana más estupefacta que
si la hubiese colocado frente a un espejo, y obligándola a mirarse en él
hubiese visto que sus hombros estaban hechos de polvo y se desmoronaban. Se le
había consumido el tiempo en que se atrevía a decir no puedo, no quiero. Desde el reencuentro con su esposo, su
espíritu se ahogaba en brumas infinitas y sólo deseaba desaparecer. No poseía
ya ni estímulos ni palabras que lograsen que el estrecho anillo de hielo que la
tenía cautiva se licuase. No alteró un ápice su rostro silencioso, como si
callar y escuchar se hubiesen fundido en sus facciones de modo indefectible Pensaba
que no le importaba nada deslizarse hacia atrás. Que tal vez fuese mejor que
arrastrarse lentamente hacia una meta que en cualquier caso no existía para
ella. Quizás, con esa decisión ─con ese
mandato─ de su esposo, algo podría manifestársele espontáneamente, algo a lo
que pudiese aferrarse. Empezar otra vez desde el principio, y aunque fueran
cincuenta veces ¡qué importaba! Sólo era cuestión de mantener los ojos bien abiertos
y el espíritu alerta, y lo que hubiera de llegarle ya le llegaría.
─Nicuesa era el capitán de
mi tercio, a la órdenes de Cisneros ─continuaba, torrencialmente, Cecilio─. Los meses de
paciencia y tensión que preludiaron el asalto final crearon una franca
camaradería entre nosotros. Y cuando me apoderé de la bandera mahometana,
Nicuesa fue el primero en abrazarme. Así que no me será difícil convencerlo de
que nos envíe a Santo Domingo. Argüiré (y perdonadme, señora, por esta leve
mentirijilla) que os encontráis en estado, y no deseamos que deis a luz en un
lugar sin ningún tipo de recursos. Así que nos embarcaremos hacia La Española y, de allí, ¡a España! Si lo
deseáis, nos instalaremos en Aragón, donde, según os he escuchado, habéis
pasado los mejores años de vuestra vida. Creedme, señora, este Nuevo Mundo sólo
merece la presencia, el esfuerzo y los sinsabores de los ganapanes.
Dispuestos a que los
acontecimientos discurriesen según el destino dispusiera, Balboa y Pizarro
salieron de caza al día siguiente, antes de que el sol se elevase solitario y
espléndido en el cielo. A media mañana, Ana, Cecilio y Aquileia ascendieron los
primeros por la escala del bergantín y fueron cumplimentados por Nicuesa, con
cortesía y buen humor. Era don Diego un noble con modales de hombre competente,
cristiano viejo y con un alma
rebosante de zozobras. Ruinoso y monumental, tenía el pescuezo corto, el pecho
inexpugnable, los brazos peleadores y largos, la nariz rota, la cara, aunque
historiada de cicatrices, menos importante que el cuerpo, y las piernas
estevadas como de jinete que estriba derecho sobre el caballo a la andaluza.
Vestía de negro y en su porte tranquilo y presuntuoso todo era gravedad: el
tipo de caballero que los poderosos de este mundo encontraban inapreciable y en
quien estaban dispuestos a confiar, aunque mostraba huellas evidentes de
recientes inquietudes y preocupaciones que le quitaban el sueño. Los condujo a
la mesa, dignamente dispuesta bajo las velas agoladas, con frascas de vino y
fuentes con mameyes, guayabas, y carne de pavo y de tucán. Támara le recordó y
encomió con todo tipo de pormenores las tribulaciones, penas y heroísmo de la
victoria en Orán.
Habían apurado el tercer
brindis cuando aparecieron por la borda Palazuelos, Vegines, Tovilla,
Barrantes, Hurtado, Valdivia y Zamudio. A pesar de su rumor de armas, sus
rostros curtidos les daban una apariencia de hermandad campesina, como esas
cuadrillas de segadores que devoran el pan moreno a la sombra de un camino
castellano.
─¡Hola! ─saludó el
gobernador de Veragua, alegre, sin
levantarse, y con los ojos encarnizados por el reflejo de la cabrilleante luz
sobre el mar─. Ya tenemos aquí a los grandes que se ríen de todos los
gobernadores.
Los colonos se miraron con
perplejidad, pero sonrieron con cortesía.
─Sed bienvenido a Santa María de la Antigua del Darién, vuecelencia ─saludó Zamudio,
con una ligera reverencia.
─¿Vuecelencia? ¡Cuánto
respeto! ─dijo con sarcasmo Nicuesa.
─Por Grande de España, no por gobernador ─precisó Vegines.
─Todos los hombres de buena
voluntad son aquí bienvenidos ─matizó Valdivia.
Nicuesa apuró una copa de
vino que destelló el fulgor de la luz.
─¡Qué farsantes sois,
malditos! ─exclamó, luego. Y rio con una risa violenta que le volvía el vino a
la boca y le amorataba la cara llena de cicatrices. ─¿Cuándo habéis dejado de
comer mierda? ─preguntó, empalideciendo de
repente. Hablaba sin despecho, orgulloso de poder decir aquellas
audacias.
─Yo, en Castilla, ¡nunca! ─bramó
Zamudio.
─Lo suponía ─sonrió Nicuesa
con marcado énfasis de cinismo. Y extendió su brazo derecho con la palma
abierta, en gentil invitación. ─Sentaos a mi mesa y probaréis por fin una buena
comida. Incluso trincharé un ave en el aire para vos.
Incrédulos y exasperados,
los colonos tomaron asiento a boleo. Palazuelos sonrió tímida y cortésmente,
para decir:
─Celebramos encontraros de
tan buen humor, don Diego. Así, todo será más fácil.
─¡Imbécil! ¿Quién eres tú
para celebrar que mi humor sea malo o bueno? ─dijo Nicuesa, bruscamente,
sacando el pecho con aire fanfarrón─. El anfitrión aquí soy yo.
─Y nosotros, huéspedes
libres de beber una copa con vos o no ─le espetó Barrantes.
─La vida en esta parte del
mundo es difícil ─intervino Támara─. Como
lo era en Orán. ¿Recordáis, don Diego?
─Orán no nos importa ahora,
Támara ─repuso Nicuesa, mordiéndose una
uña y en voz melodiosamente baja─. Se supone que todos somos aquí compañeros
para poder hablarnos dejando que el corazón salga a los labios… Confiando,
acaso más que debiera, en ese compañerismo os he dejado a vuestras anchas en mi
gobernación. Pero ahora ha llegado el momento de hacerme cargo de ella.
─Che fortuna ha la volpe,
le portanno la gallina tra i denti! (¡Qué suerte tiene el
zorro, le llevan la gallina a los dientes) ─susurró el triestino.
El gobernador lo miró de
soslayo y no pudo contener una risa nerviosa que hizo perlar en su frente un
sudor enfermizo.
─Esa expresión es rara en un
marino. ¿O es que sois también cazador, como yo? ─dijo.
Ana intercedió ante lo que
creyó que podía ser comienzo de otra disputa:
─Creo que estáis considerado
uno de los grandes justadores de Castilla...
─¡Y un magnífico tañedor de
vihuela!... ¡Además de ser el mejor trinchante de la corte! ─abundó Támara,
adulador.
Nicuesa terminó su copa de
vino y, en silencio, se la volvió a llenar y apurarla de un trago. Luego, con
letal languidez, tomó una guayaba y la partió con un seco golpe de su daga. Con
un hábil movimiento de muñeca rebanó la hilera de pepitas que orlaban su pulpa
y se la ofreció a Ana clavada en la punta de su puñal, mientras decía con voz
extraviada:
─¡Justas!... ¡Torneos!...
Sí, he fiado mi vida en los intentos audaces. Pero una ambición mayor me
llamaba: conquistar tierras para Castilla y extender la luz del Evangelio por
el orbe. Traje conmigo a este Nuevo Mundo segadores con hoces, pastores con
hondas, boyeros con picas, escopeteros con arcabuces, soldados con espadas y
caballeros de valor probado. Mi alma se comunicaba en silencio con el alma de
todos ellos. Sabía cuáles eran los más fuertes, los que se consumían en una
llama fervorosa, los que peleaban ciegos y los que tenían ese don antiguo de la
astucia. ¡Jamás hubo capitán que reuniese más el alma colectiva de sus soldados
con su propia alma!.. Era toda la sangre de la raza castellana llenando mi
cabeza de paladín. Cómo iba a contar con los mosquitos, las hormigas, las
galernas, los naufragios, el hambre, la sed, el veneno en los dardos, el barro,
la traición, la muerte..., la muerte..., ¡la muerte!...
Su mente parecía
trastornada, si no afectada aun más seriamente. Su nariz rota aleteaba y su
cabeza se inclinaba sobre el hombro con una afectada complacencia en el
desvarío. Jadeaba mientras su mano crispada blandía la daga ensangrentada con
el jugo de la guayaba, y sus ojos extraviados parecían cristales heridos por
una luz remota. Ana lo observaba con la parálisis que produce una perspectiva
desesperada, mientras notaba que el germen de una piedad profunda echaba raíces
en ella.
─Estáis afectado de
melancolía, señor ─le dijo.
De pronto, la mirada de
Nicuesa escrutó los rostros suspensos de los colonos, y la cólera se cebó en
él. De un golpe seco ensartó la daga en la mesa.
─Me llamasteis a vuestro
lado y estoy viendo que era un cepo para que cayese. ¡Villanos! ─chilló,
exhausto.
─Volveos a Veragua ─soltó a bocajarro Barrantes.
─¡Esto es Veragua! ─gritó, histérico, el
gobernador.
Inopinadamente, lo asaltó un
súbito ataque de tos, que logró dominar a fuerza de vino.
─¡Dios mío!... ─suspiró
entrecortado y como en sueños─. Antes de pasar por lo que he pasado habría
recibido con alegría las más terribles...
La tos le volvió con
violencia acentuada. Al disminuir, se dejó caer en el respaldo de la silla; con
labios enrojecidos, la frente inundada de sudor y los ojos cerrados. Su
pensamiento y su voluntad se desvanecían en él, perdidos como en el hueco de
una cueva. Los colonos se miraron sin saber cómo comportarse.
─Don Diego, ¿os encontráis
bien? ─le susurró Ana.
─Lo suficiente para hacer
rodar las cabezas de estos traidores ─dijo Nicuesa en un ronco siseo que se
transformó de inmediato en una risa extravagante.
─Antes perderíais vos la
vuestra ─dijo, tranquilamente, Zamudio.
─Apostados en la orilla
tengo cincuenta ballesteros que acabarán con vuestras vidas.
─Esos ballesteros os han
abandonado y se han acogido ya a Santa
María ─dijo Zamudio.
─¡Traidores!.. ¡Ordenad
entonces a vuestros esbirros que me maten ahora! ─suspiró Nicuesa.
─La decisión del común ha
sido sólo que no pongáis en la colonia vuestra planta ─concretó Palazuelos.
─¡Conque hay un común que
dicta sentencias!... ¡Ralea de criados!... ─chilló el gobernador. Y explotó en
una carcajada nerviosa que devolvió energía a sus miembros.
─¡Un atajo de cobardes! ─
volvió a chillar.
─No nos tentéis las
cosquillas ─advirtió Zamudio.
─Presumís de dos hileras de
dientes blancos, como un mastín de la muerte. ¡Pero, os ensuciáis en las
calzas, de miedo! ─dijo Nicuesa riendo hasta las lágrimas.
─¡Rezad el Yo, pecador! ─le espetó Zamudio, con
indignación tranquila y resuelta.
─Huid por la selva como los
indios. Las alimañas y las ciénagas os abrirán un camino. Escapad por los
montes, entre peñas y plantas carnívoras, como los cimarrones esclavos. Y si os
veis cercado por amigos traidores, echaos en una hoguera... ¡Pero no vayáis
contra un Grande de España!
Mordiéndose las uñas hasta
la carne, lanzó una mirada fulminante, primero a Zamudio, luego, al resto. Y de
pronto se echó a llorar desconsoladamente.
─Volved a España, señor
─dijo Ana─. Lo necesitáis.
Se hizo un silencio
imponente y larguísimo, apenas roto por el monótono choque del agua contra la
roda de la nave.
─Si no me queréis como
gobernador ─dijo Nicuesa, entre sollozos─, tomadme por compañero. Si no por
compañero, tenedme aprisionado con hierros. Prefiero morir entre vosotros, que
en Castilla con deshonor.
Y, bruscamente, se alzó y
corrió hasta el castillo de popa. Cogió una arqueta apostada en la bitácora y
la abrió. Extrayendo de ella un pergamino enrollado y sellado con el lacre
real, les gritó como un poseso:
─¡Mirad! ¡Mirad! ¡Aquí está
la cédula del rey en que se me nombra gobernador de Veragua!
─Dejadme hacer ─susurró a
los demás Támara, levantándose de la mesa. Y caminó decidido hacia su
conmilitón. Durante más de un cuarto de hora habló el infanzón con Nicuesa. De
cuando en cuando, los labios del gobernador, lívidos de indignación, alzaban
una protesta inaudible para los que, a distancia, con pétrea inmovilidad,
aguardaban. Finalmente, don Diego avanzó hacia ellos con parsimonia y, en un
tono tan cordial como el de un padre que se despide de su familia antes de
retirarse a dormir, dijo:
─¡Marchaos en paz!
Enlazó la diestra de Ana y,
con elegancia cortesana, le dijo:
─Vos, no, doña Ana. Os ruego
que vos y vuestro esposo permanezcáis conmigo. Y lo mismo os pido a vos ─dijo
mirando sonriente a Codro Aquileia─. Os recompensaré espléndidamente. Os ruego
que gobernéis mi nave. Y os juro que no os arrepentiréis.
Una indecisa perplejidad
paralizó a los colonos. Don Diego abrió sus manos en un gesto de cordial
despedida y añadió:
─Podéis decirles a vuestros
convecinos que el gobernador de Veragua
ha levado anclas rumbo a España con estos amigos y esos leales marineros que
ahí veis. Y que les perdono los cincuenta mil pesos que gasté en esta malhadada
expedición.
Ensombrecidos, pero
aliviados por la facilidad del desenlace, los dirigentes de la colonia
descendieron al esquife. Los dos marineros que habían traído a Ana, Támara y Aquileia
cargaron sus arcones en los pañoles del bergantín. Nicuesa ordenó que levasen
anclas y la proa se alejó de la colonia. Ana, una vez más, sentía que toda su
dicha se le alojaba en el pasado; y se preguntaba si la brisa del futuro podría
borrarle la inocencia terrible de la resignación y prepararla para lo que no
había sido nunca. La voz amenazadora del gobernador de Veragua gritaba desde popa a Santa
María de la Antigua del Darién:
─¡Volveré! ¡Juro ante Dios
Todopoderoso que volveré! ¡Levantaré horcas en todas las plazas y calles de
vuestra maldita ciudad durante un año entero! ¡Y os colgaré a todos, como
corresponde a traidores!
El empuje del viento
abombaba furiosamente las velas haciendo que la quilla del débil bergantín
partiese las olas. Aquileia guiaba con pericia y tino, pero a la milla y media
de singladura el agua empezó a anegar la nave por todos los costados. Los diez
marineros que componían la tripulación no daban abasto para achicarla; sin
embargo, navegaron incluso durante la noche. Antes de que la luz de un amanecer
estremecido pugnase por abrirse paso entre cendales opalinos, una llovizna de
pájaros que circunvagaba los mástiles de la nave preludió el encuentro con doce
largas canoas que venían veloces hacia ellos chapaleando un agua más
transparente que el cristal. A dos millas tras ellos se columbraban los cuernos
violáceos de la bahía de Careta.
Támara corrió hacia el piloto y le ordenó que mandase arriar las velas y soltar
el áncora.
─Dapprima desembarcaremos en Careta.
Necesitamos reparar la nave.
─Allí es imposible ─dijo
Cecilio.
─Imposible perchè? Así no podemos navegar. El casco
está lleno de lapas.
─Hay que llegar como sea a
Punta Caribana. Allí podremos reparar el bergantín.
─No llegaremos. ¡Son sesenta
y seis millas!
─Os repito que en Careta es imposible. ¡Nicuesa nos
atravesaría con su espada!
─È la stessa cosa sucumbir atravesado sobre el puente que devorado
por el mar ─rezongó el piloto. Pero mandó recoger velas y echar el ancla.
El gobernador, apoyado en la
batayola, con los hombros hundidos y el rostro entre las manos, parecía estar
perdido en un abstruso problema de matemáticas. Las canoas abordaron la nave al
pairo. Al ver el fulgor del oro en ellas, Ana y el triestino comprendieron
cuáles habían sido los argumentos empleados por Támara para lograr que Nicuesa
abandonase Santa María. La ira
taladró los párpados de la aragonesa al comprobar que la ambición de su esposo
no tenía diques. A él le daba igual convertir en atroz y gigantesco fraude su
propia dignidad. Era experto en extender con sigilo la falsedad para corroer
las convicciones en que todos nos apoyamos al pasar del pretérito al futuro. En
el férvido relampagueo de aquel oro lo veía con la claridad de una revelación.
Juan Alonso ascendió la
escala y el gobernador se estremeció al
ver aquel ser de cabeza pelada y jubón lleno de jirones. Por una fracción de
segundo voló en su mente la posibilidad de arrojarse por la borda, pero desenvainó
con furia su acero. Al retroceder para ponerse en guardia, su espalda se clavó
en el palo de mesana, paralizándolo sin aliento. Eso salvó al pacense; que,
atropelladamente, se presentó como soldado suyo y le recordó las desgracias que
juntos habían pasado. Jadeando desde el borde de las lágrimas, Nicuesa devolvió
su acero a la vaina y explotó en una estridente carcajada cuyas convulsiones
terminaron en un desesperado abrazo al atemorizado Alonso.
─Alonso... Alonso...
¡Alonso! ─resolló, con la voz tan quebrada como el croar de una rana─. Creímos
que os habían asesinado en Urabá... ¡Alonso! ¡Mi tembloroso andarín! ¡Tuvisteis
siempre tan mala suerte!...
Mientras el sol naciente
producía un vapor de luz deslumbradora, los urabáes
llenaban la bodega anegada de la nave
con el dorado botín. Aquileia tronaba que era demasiada carga para un bergantín
ruinoso con el casco plagado de lapas.
─¡No sabéis qué inventar
para hacerme la vida imposible! ─chilló Nicuesa.
─La nave está anegada, e con questo peso no navegará ─insistió
el triestino.
─Necesito ese oro. Voy a
armar con él la más potente expedición que jamás haya surcado estos mares. ¡Y
no dejaré a nadie vivo en esa maldita colonia!
Aquella ruindad tan
trasparente levantó en Ana una tormenta de vergüenza, que se encrespó en su
pecho con tal furia que deseó que el cielo y el mar se estremeciesen antes de
permitir tamaña felonía. Cuando los urabáes
se apostaron en la bodega inundada, Támara echó el candado en sus puertas.
Nicuesa ordenó a Aquileia soltar el trapo, y el viento impulsó al bergantín por
los desfiladeros del mar.
─¿Por qué habéis consentido
que subiesen a bordo esos salvajes? ─le reprochó el gobernador a Támara.
─No había otro remedio.
─Sois un inepto.
─Les prometí dejarlos en
Punta Caribana.
─¡Pueden asesinarnos en
cualquier momento!
─Ya habéis visto que sellé
la bodega. Confiad en mí, don Diego.
─Sois la clase de hombre en
quien menos me sentiría inclinado a confiar.
─Hacéis mal. Soy vuestro
amigo. Y mi vida es el precio de la vuestra.
Durante un una hora el cielo
estuvo limpio, pero, de pronto, como si la naturaleza cumpliese el deseo
iracundo de Ana, unas densas y negras nubes ocultaron el sol y volcaron sobre
el golfo de Urabá una lluvia torrencial. El viento, con cambio súbito, comenzó
a zarandear al bergantín, y el firmamento se estremeció en relámpagos. Aquileia
mandó arriar las velas. La nave, tras una pausa de relativa firmeza, inició una
serie de rolidos, uno peor que otro. Nicuesa, atento a los gestos del piloto,
se plantó en dos zancadas ante él, cuando vio que el triestino llevaba la caña
del timón a babor.
─¡Qué hacéis, imbécil! ─le
gritó, rojo de ira.
─La marejada empeora, eccellenza!
─¿Sois o no sois buen
piloto?
─Hemos cargado demasiado
peso, ya os lo dije.
Una zambullida del bergantín
terminó en feroz sacudida. El elevado vuelo de espuma cayó sobre la cubierta en
una enorme ola y en medio de su vuelco la nave comenzó a sacudirse y a
hundirse. Un rayo rasgó el firmamento.
─¿Queréis que naufraguemos?
─bramó, histérico, Nicuesa.
─Tenemos los puentes
anegados, eccellenza. È migliore da metterla proa all'nord.
─¿Proa al norte? ¡Eso es más
de cuatro puntos de desviación de nuestro rumbo!
─Cincuenta grados. Hasta que
se calme la galerna.
─¿Hacia dónde creéis que
vamos?
─No hay más remedio. Si no,
nos estrellaremos contra Punta Caribana.
─Una galerna es una galerna.
¡Y un buen piloto tiene que hacerla frente!
─Os repito que llevamos
demasiado peso. ¡Habría que soltar lastre!…
─¡Os ordeno que mantengáis
el rumbo! ─y volviéndose hacia Cecilio, le gritó:
─¡Arrojad por la boda a esos
salvajes!
Entonces apareció lo
auténticamente grave. Fue algo formidable y veloz. Una acometida, igual que el
reventón de una enorme presa, estalló a barlovento con una sacudida abrumadora.
Aquileia vio desplomarse la cresta de la ola con un tremendo rugido y casi en
el mismo instante se le arrancó la caña del timón de las manos, y cayó sin
sentido sobre el puente, sacudido y arrollado por grandes volúmenes de agua. El
bergantín cabeceó y el vórtice de un cono de espuma lanzó a Támara contra el
palo trinquete; su caja torácica se aplastó como si sus costillas fueran de
cartón. Nicuesa resbaló por la cubierta envuelto en una sábana de agua, entre
velas arrancadas y toldillas desgarradas. Ana ató un grueso cabo a su cintura y
se amarró al palo mayor dando vueltas sobre él hasta convertirse en una madeja
ensartada. Las puertas de la bodega saltaron hechas astillas y los urabáes hormiguearon en la nave, como abejas en una
rama. Con gritos empavorecidos, se atenazaban a cualquier cosa, la perdían, la
volvían a encontrar, la perdían una vez más, y terminaban por derramarse como
una masa de piedras rodantes por una ladera, chocando contra amuras y escotas.
Nicuesa se levantó con un fuerte impulso y se metió brutalmente entre los
indígenas embistiéndolos con su espada y su puñal, pisando sus pechos, sus
caras, sus dedos. Pero volvió a caer, hundido en una multitud de manos que eran
zarpas. Juan Alonso, para salvarlo, se introdujo entre la ferocidad de los urabáes propinando puñetazos, patadas y
mordiscos a diestro y siniestro hasta aislar a Nicuesa; que en el suelo, chorreando
sangre y blandiendo dos aceros, esquivaba golpes invisibles. El pacense le
atrapó un brazo y lo alzó. La espada del gobernador traspasó hasta la
empuñadura al infeliz Alonso. Una ola rodante estalló con un fuerte rugido que
ahogó el agudo estertor del desventurado extremeño. La serpenteante masa de urabáes volvió a atacar a Nicuesa, con pánico ciego.
El gobernador detuvo la embestida a mandobles; ensartando pechos y cercenando
gargantas, hasta que terminó por derrumbarse con un nuevo golpe de mar que
provocó un peligroso arfar de la nave. La centelleante luz de un relámpago
fulguró en los ojos enloquecidos del gobernador de Veragua antes de salir volando por la borda como un muñeco de papel
que pudiese lanzar el más terrible alarido de espanto. Recuperado el sentido, Aquileia
trastabilló hasta la caña del timón y se aferró a ella con toda la fuerza de
sus manos. El viento aulló con energía y columnas de espuma se elevaron rectas
para estrellarse sobre el casco del navío. El oro rodaba por la cubierta; ojos
de estatuas votivas, colgantes en forma de pájaros, jaguares, lagartijas y
serpientes destellaban como fuegos fatuos. Cecilio Támara, con un estertor,
ordenó a la tripulación que abriera fuego contra los indígenas. Las arcabuces
vomitaron su espanto retumbante, y los urabáes
que no cayeron acribillados se arrojaron
a las voraces aguas. La nave cabeceó una vez más y la caña del timón dio un
bandazo tan descomunal que arrojó a Aquileia por la borda. Támara, en una
especie de reyerta personal con la galerna, con el pecho aplastado, el rostro
ensangrentado y las manos en carne viva, se arrastraba como un gusano para
aprisionar el resplandor áureo de las joyas indígenas que rodaban por cubierta.
Una acometida del viento dejó un instante inmóvil la nave. Entonces Ana vio a
Cecilio. Tenía atravesado su pecho por un garfio de hierro y estaba siendo
barrido por masas apiladas de espuma que se precipitaban de un lado a otro; en
sus manos brillaba el maligno resplandor del oro. La aragonesa giró alrededor
del palo mayor, para desamarrarse y correr en ayuda de su desgraciado esposo. La
nave cabeceó y se hundió de proa. Bajo el agua tronó un estruendo pavoroso y,
tras un súbito respingo parecido al de un caballo puesto de manos, el bergantín
fue abducido por un voraz remolino de
olas.
Gaviotas blancas y negros
cormoranes revoloteaban graznando en el cielo, donde una trama blanquecina que
se deshilachaba hacia levante era cuanto quedaba de la galerna de la víspera.
Desgarbadas palmas que agitaban sus verdes abanicos sobre un enmarañamiento de
lianas y troncos de árboles podridos, formaban el umbral de un profuso arcabuco
emanador de penetrantes aromas a frutos y flores. A sus pies se extendía una
pequeña cala tapizada de peces reventados, crustáceos rotos y mechones de
sargazos. Sobre ella se derrumbaban purpúreos acantilados rocosos. Rompió una
ola, resbaló sobre la fina arena blanca y lamió los pies de Ana Aniés, que
yacía de bruces. Medio inconsciente aún, se encogió sobre sí misma y, a pesar
de un agudo dolor en su pierna derecha, se arrastró impelida todavía por una
terca voluntad de salvación. Al llegar junto a una enorme tortuga que estaba
desovando, se detuvo asustada ante la mirada estólida del reptil. Se arqueó
como un gato, giró sobre sí misma y cayó de espaldas sin sentido.
Seis horas más tarde unos
ojos luminosos la examinaban con extraordinaria intensidad, en silencio.
Pertenecían a un desnudo joven de color cobrizo que estaba a media rodilla
apoyándose en una jabalina de cañabrava. Fornido, de algo más de cinco pies de
altura, lucía alrededor de su cuello una sarta de cuentas de cuarcita y
coronaba su cabeza con una diadema de plumas de papagayo. A su espalda, una
docena de indígenas sostenían en sus manos hutías y yaguasas recién cazadas. Al
entornar los ojos, a Ana le cruzó por su mente la idea de que se hallaba entre
caníbales. Cuando los dedos del joven acariciaron su rostro, le heló la sangre
un pánico vertiginoso que se convirtió en estupefacción al oír un susurro que
decía nítidamente:
─¡Ana!... ¡Ana!
Las pestañas de la aragonesa
se abrieron del todo y dejaron ver el miedo en el azul de sus ojos. Con la
delicadeza de quien sopesa una rara joya, el indígena arrodillado sostenía
entre el pulgar y el índice de su diestra un delgado bohordo en forma de
corazón con pequeñas semillas amarillas y coronado por una delicada flor
blanca. Con una sonrisa en la que retozaba el sol, se lo ofrecía a la joven
mientras repetía en su lengua el nombre de la flor de mariposas.
─¡Ana!... ¡Ana!
Los demás, agitando en
exhibición orgullosa sus piezas recién cobradas, y hablando todos a la vez,
rodearon a la náufraga. Ella hizo un esfuerzo supremo para incorporarse, e
inmediatamente el dolor punzante de su pierna se transmitió a todos sus
miembros. Cautelosa, tomó en su mano la dádiva silvestre. El joven acercó hacia
Ana su diestra con lentitud, la hundió entre sus rubios cabellos y los alzó
suavemente; el sol los enhebró en lenta cascada con cien haces de áurea luz.
Con la mano abierta, el indígena arrodillado se golpeó por tres veces su amplio
pecho, y dijo:
─Tabey, taíno.
Luego, señaló uno por uno a
sus compañeros y desgranó sus nombres:
─Guabró, taíno. Taguax,
taíno. Caimó, taíno...
Ana apuntó su índice hacia
sí misma, y dijo:
─Ana.
El joven tocó levemente la
blanca flor de mariposas, y repitió:
─Ana.
Después señaló a la náufraga
y sus cejas se curvaron en una muda interrogación. Como quien reconoce una
música o una voz, la aragonesa supo que ya le había ocurrido aquello. El
recuerdo de Anagua relució en su mente. Sonrió desmayadamente y, señalando a la
flor, preguntó:
─¿Ana?
Poniendo luego el índice
sobre su seno, dijo:
─Ana.
Por cuatro veces repitió
palabra y gestos, iluminando al nativo que, señalando a la flor y a la
náufraga, repitió sonriendo el idéntico nombre.
Con la celeridad y destreza
con que los pájaros marinos cazan a los incautos peces voladores, los indígenas
fabricaron con cañas y bejucos unas angarillas en las que transportaron a la
joven por una depresión entre desprendimientos rocosos salpicados de chumberas.
Poco a poco la selva se fue espesando. A cactos, mangles y palmas sucedieron
árboles que, cuando sus ramas se alzaban y curvaban vigorosas, hacían que el
grupo se deslizase bajo largos túneles vegetales; si se amontonaban, muertas y
podridas, los obligaba a caminar a una vara del suelo. La maraña de lianas y
ramajes los rodeaba como una gigantesca red en la que fosforecían los coloridos
vuelos de higuacas, guacamayos y
tocororos. El hambre ahondaba en Ana un vacío estragador. El agotamiento la
fulminaba en un desfallecimiento angustioso y el dolor oprimía cada uno de sus
músculos. Su febril pensamiento se obstinaba en revisar el montón de espejos
rotos que constituía su memoria del naufragio: el viento tiznado, el punzón de
la lluvia, el tambor de los truenos en la cueva celeste, el empuje de las
gigantescas olas, los ojos vacíos de los muertos sumergiéndose en las fauces
del océano, la chirriante ira de gavilán en el rostro enloquecido de Nicuesa,
la mueca de pánico eterno en los violáceos labios de Cecilio Támara. Todos
ellos yacerían ahora sobre las escotillas naufragadas o habrían sido
despedazados ya por los dientes de los monstruos marinos.
Al llegar a una depresión
que esclarecía la selva, Tabey gritó una extraña llamada que fue contestada por
una sinfonía de caracolas al otro lado de los árboles. Finalmente, entraron en
un terreno abierto que daba a un valle de verdes vertientes donde florecían
cultivos de yuca y maíz salpicados de ceibas, caobas y granadillos.
Descendiendo de las colinas del fondo, un límpido torrente que tomaba acá y
allá la forma de pequeñas cascadas se convertía en caudaloso río. El norte
tenía el aspecto de un elevado anfiteatro derruido y cubierto de trepadoras
aéreas que se agarraban a las copas de los árboles con sus raíces colgantes,
pugnando por alzarse hacia un gigantesco macizo. Los barrancos que surcaban sus
faldas aparecían como enormes grietas causadas por los estragos del tiempo. Una
de ellas tenía el aspecto de la embocadura de una enorme cueva. El suroeste,
antes de abrirse a un sao de árboles frutales, estaba ocupado por un cercado de
tierra amarilla festoneado de flores. En medio del valle se agrupaba el gran
poblado de Huionacoa, donde habitaban
cerca de cuatro mil taínos en unos doscientos bohíos. Su centro lo dominaba un batey elipsoidal cuyos puntos cardinales
ocupaban cuatro caneyes.
Tan pronto como avistaron
sobre las parihuelas a la mujer blanca de cabello dorado, los habitantes
desperdigados en el batey huyeron a esconderse en sus casas. Pero al
poco rato todo el valle resonaba de clamores, y los nativos se adunaban sobre
los recién llegados, con miradas perplejas, y ardientes deseos de contemplar de
cerca aquel fenómeno singular. Quienes habían recogido a la náufraga precisaban
con extraordinaria vehemencia el lugar y las circunstancias en que la habían
encontrado. La densa muchedumbre apenas si los dejaba avanzar. El caney donde
Tabey y sus amigos depositaron a Ana se llenó por completo de gente excitada de
curiosidad. Los que no cabían en el interior observaban con atención aturdida y
severa a la mujer blanca a través del bajareque
de las paredes, mientras quienes habían formado parte del grupo de salvadores
no daban abasto para contestar las innumerables preguntas que, con frenética
gesticulación y vivaz griterío, formulaba todo el pueblo a la vez. De repente,
se hizo un silencio denso: Ana había acabado por perder nuevamente el sentido.
Lo que más la torturaba era
el olor de aquel venerable hombre desnudo, macerado de hambre, mitrado de
plumas y ferozmente tatuado de pies a cabeza, que con sus manos héticas le
estrujaba cada uno de sus miembros. Ana quería huir de él, pero unas palabras
vegetales la hacían encogerse y quedar inmóvil, temblando. Muy lejos, un
resplandor rojizo teñía la noche sin estrellas. Tuvo la certeza de que llevaba
encerrada en aquel oscuro lugar al menos una semana, condenada sin comida y
bebida, para mejor ser descuartizada e ingerida por los caníbales. Ya no le
dolía la pierna, pero sus entrañas la succionaban hasta la náusea. Hubiera
querido echar a correr, pero escalofríos, pálpitos y convulsiones se lo
impedían. Sentía que sus hombros y piernas se enmohecían bajo hierbas
putrefactas. La espera se le hacía insoportable. Quiso enderezarse y sintió las
ataduras en las muñecas brazos y tobillos. Estaba estancada sobre una hamaca, condenada en una nube de humo
picante que penetraba en sus pulmones quemándolos lentamente, mientras el
anciano brujo la rodeaba una y otra vez, chupaba su cerviz, echaba por la boca
espumarajos con los que untaba su clavícula y sus piernas. Haciendo cien
visajes con la cabeza, le soplaba su cuerpo y le retorcía cada músculo, en un
habilidoso intento de ablandarlos. Ninguna plegaría podía salvarla. Tras
convulsivas toses, oía unos aullidos que rebotaban en las tinieblas con un
quejido; era ella misma, que tosía y gritaba porque estaba viva y todo su
cuerpo se defendía de lo que iba a venir; del final inevitable. Muchísimo
tiempo después, le llegó el deslumbre de
la antorcha que portaba el desnudo acólito del hechicero acercándose para
mirarla con deseo, curiosidad, ira o piedad. El resplandor escarlata reverberaba
en su cobrizo torso, en sus vigorosos brazos tatuados, en el pelo negro
coronado de plumas. Apartó las hierbas de los apósitos que cubrían sus
tumefactos miembros y con un cuchillo de sílex cortó las sogas. Luego,
desapareció. Ana supo que el fatídico momento había llegado. Sin embargo,
columbrado en el umbral, apareció el joven que la había encontrado en la playa.
Sus manos la alzaron y la transportaron
a una brisa limpia y fresca que acarició sus mejillas, mientras un coro
innumerable hacía pedazos el silencio con risas y palmoteos de regocijo. La
inclemente luz que la desbordó de pronto alivió sus pulmones. Cautiva su
espalda y sus piernas en los brazos de Tabey se alejaba de los bohíos, del humo
azul de los corrales, de las varas de bambú dobladas por las redes, de las
canoas alineadas bajo la fresca sombra de un cañizo enramado de parras
monteses. Su balanceante cabellera rubia acarició rojos campeches de agudas espinas y nidales de hormigas en los troncos de
los árboles caídos.
Finalmente se encontró
depositada en la suavidad de la canción del agua en el río. Una bendición de
frescor y delicia abdujo su cuerpo inerte hacia el fondo de aquel seno puro.
Cuando su cabeza volvió a la superficie se encontró circundada por un
vocinglero enjambre de taínos que nadaba en la corriente y se deslizaba por las
pequeñas cascadas que orlaban las rocas. Los muchachos salpicaban a las chicas,
de empapadas cabelleras traspasadas de luces y pechos vivos con la carne de
gallina. Tabey ciñó la frente de Ana con una guirnalda de flores amarillas. Las
manos de ella bajo el agua se cercioraron de que su cuerpo estaba aun cubierto
por los andrajos de su vestido. Las yemas de los dedos del taíno acariciaron
las mejillas de la mujer blanca y se entretuvieron en recoger las gotas de agua
que le caían del rostro, para luego extenderlas lentamente sobre su propio
torso como si fueran un bálsamo. Tenía el rostro esculpido enteramente para la
risa y una frente amplia que parecía huir hacia atrás. Su cuerpo exhibía los
músculos con una ostentación soberana. En su mirada florecía una intensidad que
hizo palpitar el busto de Ana, con tal fuerza, que el corazón se le detuvo.
Como evitando el rumor de un abismo, ella se ocultó en el fondo del río. La
corona de flores quedó flotando y meciéndose al capricho de la corriente. Más
tarde, los nativos le ofrecieron pescados ceciales y fruta, que comió hasta
hartarse. En el instante en que volvía a pisar el poblado, un zumbido de trueno
segó la vida de una verdinegra corúa
que había volado en la gloria de la luz cambiante. Entonces, vio a Codro Aquileia.
Congregada con superstición,
la gente de Huionacoa formaba un enorme círculo de temor y asombro.
En medio, con el cañón de un arcabuz aun humeante, y proyectando su correosa
sombra sobre un arcón y una caja de herramientas, el piloto triestino ofrecía
al cacique de la tribu el cadáver del pájaro con blancas rayas en su cuello.
Era el cacique un hombre maduro y espigado, con mirada interpeladora bajo una
frente coronada por una diadema de plumas. Su pecho estaba decorado por un
lirio de oro que colgaba de un collar de madreperlas. Se llamaba Tureygua y era
hermano de la madre de Tabey. Ana corrió hacia Aquileia igual que una cigüeña
vuela hacia la espadaña para hacer nido tras la emigración invernal. Al
fundirse en un abrazo, sus sienes palpitaron. Un susurro de estupefacción entre
los lugareños cubrió los trinos alegres de las aves en la fronda, y una melodía
evocadora de tiempos ya marchitos floreció en el espíritu de Ana haciéndola desear
que aquel instante durase eternamente.
El piloto le relató de qué
manera, flotando a la deriva sobre el botalón de foque, había arribado
milagrosamente a tierra. Tras algunas horas de escalar promontorios volcánicos,
había llegado a un macizo rocoso en cuya base se abría la negra garganta de una
gruta. Allí había caído exhausto, y pasado la primera noche en un sueño sin
sueños. Una bandada de pájaros lo había despertado al día siguiente. Desde el
promontorio en que se hallaba vio pecios flotando sobre el mar calmado y, a
cosa de setecientas brazas de la playa, la popa y la mitad del casco de la nave
del infortunado Nicuesa, encallada en un banco de coral. Creía estar al oeste
de La Española, así que había
desechado su primer impulso de llegarse hasta el barco naufragado y hacerse con
herramientas suficientes para fabricar una pequeña embarcación con la que
avistar Santo Domingo. Pero más tarde, determinado a elegir lo cierto por lo
probable, prefirió actuar en vez de descansar confiando en la suerte. Nadó hacia
la nave varada para, cerciorarse de las provisiones de las que podía servirse
para saciar su hambre y su sed. Le costó una semana, transportar a la cueva una
arcón lleno de higos secos, cecina y galleta, dos odres de agua, un mediano
pellejo de vino; la caja de herramientas; dos arcabuces y el arcón de Ana. Lo
eligió porque supuso que contendría abalorios, alfileres, tijeras, algún espejo
y vestidos con bordados, que podría utilizar como moneda de cambio con los
indígenas que pudiesen salirle al paso.
Al alba del octavo día lo
despertó el chapoteo de unos remos y las voces de unos cincuenta hombres con el
rostro acicalado. Tras alinear seis largas canoas sobre la arena de la playa
desaparecieron en el interior de la selva. Al darse cuenta de que los
visitantes no hablaban arahuaco,
llegó a la conclusión de que debía hallarse en La Dominica o en cualquier otra
isla de las Pequeñas Antillas que habitaban los caribes. Se preparó para
responder a un eventual ataque. Durante dos días permaneció en la boca de la
cueva con las armas dispuestas, alerta por el temor a ser sorprendido.
Finalmente, treinta indígenas regresaron a sus embarcaciones, cargados de
frutos y abundante caza. Se hicieron a los remos de cinco canoas y bogaron
hacia el horizonte dejando sobre la arena una embarcación. Cuando los
visitantes se habían perdido ya en la luz amarilla que preludiaba el ocaso, se
dispersó por la playa una algarabía de gritos. Los veinte acicalados indígenas
que restaban de la expedición llevaban consigo a tres muchachas que culebreaban
con ira y orgullo entre los brazos de sus raptores, intentando vanamente
escabullirse. Antes de que llegasen a la solitaria canoa, aparecieron corriendo
entre los árboles una decena de perseguidores que reconoció por sus voces como arahuacos. Los secuestradores arquearon
sobre ellos una llovizna de flechas que hirieron brazos y muslos de algunos
perseguidores. Pero éstos, dispuestos por encima de todo a rescatar a sus
mujeres, corrieron con pies de viento hacia los saqueadores, desplegándose en
abanico, lanzando gritos de mandril e irguiendo sobre la arena una encarnizada
pelea. A pesar de su inferioridad numérica, la ferocidad de los invasores hizo
que el fiel de la balanza se inclinara a su favor. Habían dado muerte a casi la
mitad de los invasores cuando una de
las prisioneras logró soltarse de su raptor y asir una piedra con la que le
rajó el cráneo, salpicándole el pecho con los sesos. La muchacha echó a correr
con increíble velocidad hacia los promontorios volcánicos que conducían al
macizo rocoso donde se hallaba el refugio del triestino. Un valiente arahuaco se abalanzó contra dos de los raptores
enemigos que, tras arrojar al suelo a sus presas habían seguido el rastro de la
muchacha homicida. La macana del arahuaco aporreó una mandíbula y una
sien, derribando a sus dueños con la muerte llenándoles hasta el borde la
mirada. Cuando un tercer invasor alzaba su jabalina para ensartar la espalda
del valeroso arahuaco, Aquileia
apretó el gatillo de un arcabuz. El raptor cayó fulminado con el pecho veteado
de sangre y los intestinos colgando, mientras su jabalina surcaba el aire con
un vuelo que fue vencido por el tiempo. El estruendo del arma había provocado
tal consternación entre los contendientes que congeló sus gestos sin saber de
dónde provenía la muerte. Un nuevo disparo dio en tierra con otro de los raptores;
los demás, despavoridos y con gritos que se impusieron al sordo eco de la
descarga, saltaron a la canoa dispuestos a huir. Pero los arahuacos se lo impidieron, cayendo sobre ellos en vengativas
marañas de un impenetrable bosque de letales golpes de macana.
Cuando el silencio se adueñó
de la playa, el triestino se descubrió ante los vencedores, que, con su
espíritu arrasado de pánico pusieron sus manos en tierra y la besaron en señal
de respeto a aquel dios barbado, blanco como la yuca, y poseedor del trueno que
provocaba el fuego y la muerte. El piloto descendió a la playa. Iba a hablar,
cuando un enemigo agonizante se alzó y levantó su hacha de sílex contra el
piloto. El joven arahuaco que matase
primero a dos invasores lanzó su azagaya, y el filo del hacha del raptor hizo
una pirueta que sólo consiguió rasgar el talón de su propio dueño. Con el
cuello atravesado, el desdichado cayó definitivamente sobre la espuma,
desparramándola con un siseo de sal.
─Te debo la vida, arahuaco ─dijo Aquileia en la lengua de
los indígenas.
El valeroso joven le sonrió
y, golpeándose el pecho con la mano abierta, dijo, orgulloso:
─Guabí, taíno.
Precavidos, los demás fueron
uno a uno diciendo sus nombres y el de su pueblo. De nuevo la duda se albergó
en la mente del piloto: si aquellos hombres eran taínos, ¿dónde se encontraba?
─¿Haití? ¿Quizqueia? ¿Borinquén? ─les preguntó.
Pero los indígenas, que no
conocían el significado de tales palabras, negaban con sus cabezas.
─¿Cubanascnan? aventuró el piloto.
Los nativos afirmaron
sonrientes y con grandes movimientos de cabeza.
─¡Cubanascan!, taínos. Cubanascnan,
Huionacoa ─afirmó Guabí, señalando
hacia el norte. Y preguntó a Aquileia si venía del cielo y había ido a aquella
tierra a unirse con la diosa blanca de cabellos rubios y ojos de mar. De ese
modo sospechó el piloto que la aragonesa se había salvado del naufragio. Ambos
habían ido a parar a Cuba, la isla que el
almirante viejo había bautizado con el nombre de quien era ahora la reina
de Castilla: Juana. Estaban por tanto a unas pocas leguas del extremo
occidental de La Española. Maquinando
que la ayuda de aquellos indígenas podría serle de gran utilidad para salvar
cuanto necesitase del navío naufragado para fabricar una embarcación con lo que
dirigirse en compañía de Ana a Santo Domingo, aceptó de mil amores la
hospitalidad que le ofrecían.
La alegría había inundado Huionacoa cuando se supo que los guerreros de Guabí
habían derrotado a los invasores guanahacabibes
y rescatado a las adolecentes raptadas. La noticia de la providencial aparición
del blanco dios barbado, que venía de levante y poseía dos macanas provocadoras del fuego y la muerte, hizo que el bojike ─que era el curandero que había
sanado a Ana de las heridas de su pierna─ se afirmara en su primer
presentimiento. La náufraga era en realidad Aicayía
(el pecado de la belleza), llegada de Matininó
sobre la caguama en que cabalga
buscando el mal para los hombres. Tanto Tabey como Guabí, Guabró y los demás habían
visto la tortuga junto a la joven blanca en la playa. Quien regresaba ahora en
su busca era sin duda Guahayona, que
en la noche de los tiempos, cuando la tribu taína aun habitaba la cueva de Cacibajagua, había enseñado a los
hombres a cultivar en conucos la yuca, el maíz, el aje, el
boniato, la batata, el tabaco y el maní; y a amarse los unos a los otros, sin
recurrir a la violencia, a no ser por defenderse.
Los relatos de los abuelos
de los abuelos de los taínos narraban cómo dos de ellos, Guahayona y Anacacuya,
había salido un día a pescar y se perdieron. Al no poderse ocultar antes de que
saliese el sol, Anacacuya se
convirtió en ruiseñor, y desde entonces entonaba su bellísimo canto al amanecer
implorando el auxilio de su amigo Guahayona.
Éste, que se había ocultado en la cueva de Jouanboina,
había sido apresado por las mujeres sin sexo que habitaban la tierra de
Matininó; donde nacen el sol y la luna. Para salvarse, pidió ayuda al pájaro
carpintero; y el pájaro le hizo caso y con su agudo pico hizo un agujero entre
las ingles de las mujeres. Guahayona,
con la ayuda de cuatro enormes caracolas, las mantuvo una por una con brazos y piernas separadas y las poseyó hasta volverse
del color de la yuca. De esa manera, no sólo consiguió salvarse sino que obtuvo descendencia. Ahora, regresaba
al pueblo taíno para preservarlo de nuevos posibles enemigos. Al comprobar el
color blanco de Aquileia, el poder de su macana
de fuego, escuchar la complicada melodía de la siringa de pequeñas cañas con
que el piloto hizo su entrada en Huionacoa,
y tener noticia de la gran canoa hundida en el mar de Bayaguarabo, todos comprendieron la veracidad de las premoniciones
de su bojike.
Por tanto, el triestino
había sido acogido con cándida reverencia, superstición, curiosidad y
esperanza. Dispuesto a preservar aquella veneración en su favor, el piloto
repartió entre los nativos tijeras y cintas de colores, regaló una botella de
cristal a Guabí, cascabeles y cuentas de vidrio a los principales de la tribu
─a quienes llamaban nitaynos─, la
siringa de cálamos unidos con cera blanca a Tabey, un espejito al bojike y el arcabuz al cacique Tureygua.
La desenvoltura y jovialidad de Aquileia se había ganado en un instante el
respeto y el agradecimiento de todos. Mas como el espíritu sacerdotal se parece
a la pupila de un ojo, que cuanto más intensa es la luz más se contrae, el bojike, que había estado muy atento al
efusivo encuentro de Ana y Codro, previno a los nitaynos de que los seres blancos podían no ser Aicayía y Guahayona,
sino sus malévolas almas; contra las que sólo tenía algún poder el cuchillo de
pedernal negro clavado en sus corazones.
─De no sacrificar esas almas
terribles ─amonestó el bojike─ arderán las pezuñas de los animales, los
bosques y la orilla del mar; será mordido el resplandor del sol hasta oscurecer
y apagar su rostro; temblará la tierra; y a la luz de la luna vendrán los
demonios escarabajos para derramar hasta la última gota de sangre taína sobre
la tierra.
Al observar que tras sus
palabras una sombra nublaba la emoción de los rostros de Tabey y de Guabí, el sacerdote,
tras un suspiro, barbotó:
─Quizá el anciano bojike se equivoca en sus
presentimientos. También la golondrina se olvida a veces de que no está dotada
para el canto y eleva un débil y molesto chirrido. Hasta que vuelva a brillar
la luna llena me alimentaré solamente con zumo de jícama
y aspiraré sin cesar la cohoba
para ser digno
de que Yocahu Bagua Maorocoti me envíe desde su casa celeste de humo y
resplandor su inequívoco oráculo. En tanto, recordad que sólo hay un medio para
saber si estoy o no en lo cierto: averiguar si tienen ombligos. En caso
contrario, pensad en la felicidad del pueblo taíno y destrozadles el corazón.
Sólo de ese modo la larga noche de la muerte se llenará del sonido de la benéfica
luz.
El caney que les habían
destinado a Ana y Aquileia estaba lleno de nativos expectantes. El centro lo
ocupaban dos bandejas con carne cocida de pecarí,
boniatos, batatas y pan cazabe; un
dornajo con higos chumbos y guayabas; y cuencos con agua de coco y vino de
maíz. Mientras la aragonesa y el piloto comían sentados en duhos, los nativos se fijaban en sus más pequeños gestos,
proporcionándoles temas abundantes para sus jocosos comentarios. Enfrente de
los dos blancos, en cuclillas y más reservados que el resto, los nitaynos los observaban con una intensa
curiosidad que devanaba en sus mentes el peligroso hilo de la superstición.
Junto a un vehemente Guabí, que no paraba de abrumar al triestino con mil
preguntas, una mujer de unos treinta años, pero de cuerpo flexible y una
belleza que era la perfección de la gracia femenina, tenía prendidos los ojos
en el piloto. Se llamaba Guanaroca y cuando la mirada de Aquileia reparaba en
su rostro redondo las mejillas de la mujer se le inyectaban de sangre hasta
transparentar un ligero bermellón. Tabey estaba colocado frente a Ana,
observándola con una intensidad grave; ni una vez abrió sus labios, sino que
mantuvo su rígida compostura sin desviar de ella la mirada un sólo instante.
Ana sólo ante Cecilio se había sometido a examen tan profundo y curioso de
alguien que no dejaba entrever ninguno de sus pensamientos, pero que parecía
leer con mucha atención los suyos. Mas, en vez de sentirse alerta, se
sorprendió a sí misma pensando que aquel joven tenía ojos que atraían como la
luz a los insectos en las tinieblas.
Cuando en el horizonte
recortado por el pórtico del caney ascendió brillante la hoz del cuarto
menguante de la luna, la comida y el vino le habían prodigado a Aquileia su
fuego, su júbilo y su música. Paternalmente, pasó un brazo por los hombros de
Ana y la obligó a un suave balanceo de vaivén mientras entonaba una canción
española.
Dadme del tu amor, signora,
siquiera una rosa;
dadme del tu amor, galana,
siquiera una rama.
Ana ─a quien la embriaguez del piloto le
confirmaba que la única cosa sin misterio es la felicidad, porque se justifica
por sí sola─ se unió a él en el estribillo:
A sombra de mis cabellos
se adurmió.
Si la despertaré yo.
Si la despertaré yo.
Mientras el triestino bebía reverentemente el
vino de una totuma, Ana continuó con
una nueva estrofa:
Yéndome y viniendo
vóime enamorando:
una vez riendo
y otra vez llorando.
Ante los ojos de los indígenas, encendidos por
lo insólito, Aquileia volvió a abrazar a Ana con la sonrisa del hombre que hace
ya tiempo ha aprendido a agradecer las modestas limosnas de los días; y coreó
el estribillo final:
A sombra de mis cabellos
se adurmió.
Si la recordaré yo.
Si la recordaré yo.
Los nitaynos
se despidieron y, tras ellos, el grupo que los rodeaba se fue dispersando
gradualmente, dejando a Ana y al piloto con Tabey, Guabí, Taguax, Guabró,
Caimó, Guanaroca y dos de las muchachas que habían sido raptadas por los guanahacabibes ; se llamaban Naibe e
Inna. Tendieron hamacas y se
aprestaron a dormir. Las paredes de bajareque
exudaban una humedad vaporosa. Una sinfonía de olores amalgamaba la masa de
figuras humanas: tufo rancio de axilas y cabelleras aceitosas, frutas a medio
comer, alientos con especias, sudor franco de los hombres, ungüentos que se
derretían en el pecho de las mujeres, respiración exultada y agobiante de las
flores de la selva. Ana daba gracias a Dios por haber recuperado aquella paz que
la hacía disfrutar de una tranquilidad de absolución. Le latía la sangre en los
párpados, y, sobresaltada de lo poco que le importaba el futuro, le pidió al
Creador que le concediese el don de volver a adquirir la ligereza y la
aceptación sonriente de los dones de cada día; sin esperanza, sin gratitud, sin
miedo.
Escuchó a sus espaldas
sordas risas y sílabas susurradas. Dos cuerpos descendieron de sus hamacas y avanzaron con callados pasos.
Silueteadas por la luz de la luna sobrepasaron a Ana las sombras del piloto y
Guanaroca saliendo fuera del caney. Ella iba delante, llevándolo de la mano.
Mientras andaba, los rizos negros de su cabello se le desprendieron y cayeron
lentamente. La nitidez de su espalda se prolongaba hasta la bahía de sus
glúteos resistentes. El ritmo de su respiración era anhelante y el sudor, que
el calor de la noche le depositaba en cada una de las hondonadas de su cuerpo.
parecía arder. Aquileia la seguía con torpeza beoda y risa contenida. Pero, de
pronto, tomó en sus brazos a la india, que se enroscó alrededor de su cuello y
le mordió suavemente el lóbulo de la oreja. La pareja desapareció del umbral
hacia las sombras de la noche. Ana se ordenó a sí misma no juzgar. Se dijo que
la vida es un misterio y que cada cual obedece a leyes diferentes. Al fin y al
cabo era incapaz de saber qué fuerza de
las cosas empujaba a los seres humanos, ni la clase de sufrimientos o deseos
que trazaban su camino. Sonó el ululato del sijú,
al que calló el alegre canto del cardenal, que,
al cabo, fue burlonamente sustituido por el melodioso sinsonte. Sobresaltada, la joven recordó que Tabey dormía a menos
de tres varas de ella. Volvió el rostro y lo vio acostado de espaldas, con las
piernas alegremente abiertas como una lejana burla sagrada. Ana sintió de
pronto en la raíz del pelo una especie de agradable punzada que irradiaba calor
hacia sus hombros y axilas. Se dijo que aquella excitación tenía que deberse al
vino indígena y a la acumulación de acontecimientos de los últimos días; pero
intuía el laberinto a que le podía arrastrar la fascinación que sobre ella
ejercía aquel taíno.
El amanecer no era aun rosa
y el gran concierto de pájaros e insectos todavía no se había iniciado cuando
la aragonesa empezó a notar movimiento a su alrededor. Se desperezó
voluptuosamente en la hamaca. Se
levantó y, al darse cuenta de que estaba completamente sola en el caney se
dirigió a la puerta. A suroeste, los colibríes chupaban con voracidad las
flores que cercaban el amarillo terraplén. El desvanecimiento de dicha que la
embargó la obligó a apoyarse con el hombro en una de las jambas. En medio de
aquella especie de éxtasis se dio cuenta por vez primera de que para ella el tiempo
había quedado suspendido.
Inna y Naibe le trajeron una
batea con mamey, batata, un huevo
cocido de carey y un cuenco de agua, que Ana desayunó con inusual voracidad.
Las jovencitas le alejaban los insectos que a veces iban a posarse sobre los
alimentos o en sus brazos y frente, mientras observaban con curiosidad
incesante hasta el menor de los ademanes de la mujer blanca. Cuchicheaban entre
sí, riendo excitadas, señalando sin pudor o recato alguno las expresiones de
extrañeza, disgusto o placer que, al degustar los alimentos o sentir la
intromisión de un insecto, hacía Ana. Al preguntar por Aquileia, comprendió por
gestos que había ido con Guanaroca, Tabey, Guabí y muchos jóvenes de la aldea
al lugar donde estaban encallados los restos de la nave naufragada de Nicuesa.
Ana aprovechó para iniciar una complicidad con ellas. Abrió su arcón rescatado
por el triestino y, ante los encandilados ojos de las chicas, fue exhibiendo su
contenido, del que más de la mitad estaba empapado. Inna quiso envolverse en un
vestido orlado por amplios cercos de sal. Intentó meter la cabeza por una de
las mangas, sacó ambos brazos por el escote, y la seda cayó dejándola
nuevamente desnuda y desatando la hilaridad de Ana y Naibe. La aragonesa
levantó el vestido en sus manos para ayudar a Inna. Pero a la taína le costó
hacer pasar el brazo por la manga; poco a poco fue avanzando la mano hasta que
asomó un dedo por la puñera, de un tirón volvió a sacar el brazo de la manga y
se miró la mano como si no fuese suya. Naibe batía palmas y saltaba alrededor,
entre risas jubilosas. Inna introdujo el otro brazo en la otra manga,
intentando que fuese más sencilla la operación, pero pronto sintió que la mano
apenas avanzaba y que sin alguna extraña maniobra no conseguiría hacerla llegar
a la salida. Comenzó a patear en el suelo, irritada, mientras las otras dos
jóvenes se desbordaban en carcajadas. Bajo la seda del vestido sonaban las
protestas de Inna, opacas, rabiosas. Tras empujar con todas sus fuerzas, su
cabeza se abrió paso en el escote, sofocada, casi sin respiración. El alborozo
de Ana y de Naibe se le contagió y comenzó a girar sobre sí misma como una
peonza; los aljófares de las mangas le azotaban el cuerpo y la cara. Y terminó
por caer en el suelo, mareada y envuelta en varas de seda. Naibe y Ana,
radiantes, metieron las manos por los puños en busca de las de Inna y, cuando
las hallaron, dieron un seco tirón que levantó del suelo a la taína embutida
definitivamente en el vestido. Ana, con resuelta ternura, la ayudó a ponerse en
línea los senos. Mientras Inna paseaba por el caney gesticulando cómicamente,
la aragonesa sacó del arcón un espejito de mano y se lo puso ante el rostro.
Por un instante el estupor deshizo el entusiasmo de la joven. Naibe se lanzó a
por el espejo y miró su rostro en él con incredulidad. Ana tomó el espejo y lo
puso frente a las dos, que se abrazaron mirándose en el azogue; luego,
mostraron los dientes, se alzaron el cabello, tiraron de sus orejas, sacaron
sus lenguas, permanecieron hieráticas como estatuas, e hicieron todo tipo de
visajes, muecas, rictus, mohines y pantomimas ante la pequeña superficie
pulida. Hasta que cerraron los ojos y se les llenó la cara de lágrimas. Más
tarde, se colgaron collares de abalorios y zarcillos de granates y plata; se
calzaron borceguíes de piel de ciervo y zapatos de pico de pato y anduvieron sobre la arcilla del suelo del
caney, como funámbulas borrachas sobre una sirga tensada. Se probaron guantes
de cabritilla con botoncitos dorados. Se perfumaron con agua de rosas y
violetas. Ana se quitó los andrajos, para vestirse con una camisa de cambray. Pero
las taínas al verla en faldilla, con sus níveos muslos desnudos, se lanzaron
sobre ella para desnudarla del todo. Maullando como gatas a la luna le
levantaron la faldilla y admiraron su cándido vientre en el que se hundía la
florecita del ombligo. La aragonesa se defendió, escandalizada y pudorosa, como
una gallina aterrada. Las taínas, con inocente desahogo y asomando el pinchazo
de su sonrisa, le mostraron a Ana sus pubis redondos como codornices
apelotonadas bajo el plumón. Ana se puso apresuradamente la camisa. Las chicas
se asombraron de su destreza y rapidez en el vestir, y la enlazaron de las
manos para hacerla girar como un molinillo movido por la brisa.
Todo el día fue un alborozo.
Chuparon la resina en el rosado tronco del cuajaní
y mezclaron su seco sabor con el gusto aceitoso del anón y el dulcísimo de los
mameyes. Se tendieron en la espesura entre el zumbar de las avispas, rameando
el cuerpo de luces deslumbrantes mientras observaban cómo se despereza guiñando
los ojos la iguana envuelta en el sofocante perfume de las guayabas
corrompidas. Se coronaron con guirnaldas de mórbidas orquídeas. Subieron a una
colina entre el planear de águilas y siguapas.
Y se detuvieron en la cima, con los brazos libres, el corazón latiendo
salvajemente y el rostro sereno al sol mientras la brisa volaba su ropa y
alborotaba sus cabellos. Ana experimentó junto a sus nuevas amigas el asombro
que las cosas elementales provocan; y recobró la conciencia de que la tierra es
la tersura exultante del mundo. Se sentía rodeada por una verdadera vida,
luminosa, reposada y virginal ─acendrada de tristezas, angustias y ensueños─,
que brotaba de las gargantas felices de las aves, del perfume cálido del aire, de
la disponibilidad de las flores y frutos, de la complicidad de las mujeres y
del candor de los hombres. Y se preguntó si no sería posible que el Divino
Creador hubiese hurtado a aquellas almas inocentes el conocimiento de
Jesucristo porque no necesitaban su redención para sentarse a
la vera del trono de Dios.
La llamada de las caracolas en
el crepúsculo anticipó una enorme excitación. En cabeza de tres docenas de
jóvenes, Aquileia llegó a Huionacoa,
entusiasmado, ebrio y cantando:
Onde si move e donde nasce Amore?
Qual è suo proprio luogo, ov'ei dimora
Sustanza o accidente, o ei memora?
È cagion d'occhi, o è voler di cuore?
Da che procede suo stato u furore?
Come fuoco si sente che divora
Di che si nutre domand'io ancora?,
Come, e quando, e di cui se fa signore?
Lo abrazaban Guabí y Taguax, tambaleantes y
con la sonrisa petrificada por el aguardiente, que relumbraba de oros en el
cristal de la botella que exhibía orgulloso el primero. A dos pasos los seguía
Guanaroca, con todas las maneras de los pájaros en su cimbreo. El resto de la
comitiva traía en las manos hachas, sierras, martillos, picos, formones y
cuchillas que relampagueaban al sol poniente. Entusiasmados y vencidos por la
admiración, comenzaron a contar las nuevas a la gente del poblado, con
interminables y vehementes discursos adornados de aspavientos, mientras
mostraban la dureza y utilidad de las herramientas de hierro que habían
aprendido a manejar. Tabey, haciendo sonar una melodía torpe en la siringa que
le regalara el triestino, caminó hacia el caney del cacique; pero sus ojos,
abismados en el oleaje exultante de una dicha muda, estaban detenidos en la
silueta de Ana como si saludaran la belleza del mundo. Ella, calada del indio
hasta el tuétano de la luz, sintió la tristeza del amor ensordeciendo su
corazón. Y para no caer en aquel abismo entreabierto corrió en busca del piloto
y lo saludó con fingida severidad.
─¿No os da vergüenza, micer
Codro? ¡Estáis como una cuba!
─Sono a Cuba...nascnan! Borracho, aun no, signorina Ana ─dijo el triestino arrastrando las palabras como si
fuesen cuerpos informes que hubiera de modelar con sumo cuidado─. Ma puede que lo esté antes dell'alba. La tierra bebe l’acqua que la fecunda y el árbol
bebe la humedad de la tierra. El aire es bebido por las olas, y las olas por el
sol al ponerse. Al sol se lo beben la luna y las estrellas, e quelle son bebidas nuevamente por el
sol. Entonces… ¿por qué un humilde navegante no puede regar su garganta con
aguardiente indio?...
─Creí que erais un hombre
prudente y no un parlero sin razón ─le increpó Ana.
─Al menos poseo ocho razones
para beber ─advirtió Codro, con la prosopopeya de un comediante─. Dapprima, porque vos y un servitore nos encontramos sanos y
salvos. Segundo, para calmar mi sed de náufrago. Después, porque he conquistado
de la brava Guanaroca un amor que se
parece al fuego del desierto. Ulteriormente,
porque quien puede reír come il vento,
estrechar la mano de un desconocido y encontrarse con la fermezza que no tuvo la mano
del amigo, y ver que, aunque uno ya es vecchio,
todavía puede sorprenderse con el asombro del deleite merece no desdeñar un respetable aguardiente
indio. Además, porque estos indígenas son capaces de arrancarle bajo el agua
las barbas al mismo Nettuno, con la
facilidad y alegría con que los perros corren detrás de la liebre. Y, sobre
todo, porque dentro de una settimana
estaremos di ritorno a La Española, de la que nos separan no
más de veinte leguas; y volveré a pilotar una nave como corresponde a mis
méritos. E finalmente, cara signorina,
para evitar que más tarde me sienta sediento.
Ante la risa y los palmoteos
desmadejados de Taguax y Guabí, que se comportaban como si hubiesen entendido
al triestino, Codro escanció en su garganta un largo trago de aguardiente.
─Entonces, ¿creéis
verdaderamente que seréis capaz de tener lista esa nave? ─inquirió Ana.
─Tan seguro como que los
hombres sólo recordamos a las mujeres que nos ha hecho llorar, y que las
mujeres sólo a los hombres que las hicieron reír... o que les obsequiaron
valiosos regalos. Yo tengo uno para vos.
Y abriendo el morral de
cuero que como un presente extraordinario llevaba en bandolera Guabí, extrajo
de él una tablilla en la que estaba pintada la Virgen y se la entregó a Ana.
─Estaba en el camarote del disgraziato Nicuesa ─dijo.
Ana se santiguó, ató la
imagen en las cañas de la puerta del caney y se hincó de rodillas ante ella.
─¿Querríais ayudarme...?
─rogó la aragonesa al piloto.
─Sólo soy un povero peccatore, signorina Ana.
─Todos lo somos, micer
Codro. Pero vos conocéis las palabras de estas gentes.
─Per carità!.. Os repito que... ─balbució el triestino, como si la
fiebre del aguardiente se le hubiese convertido en una niebla que volvía vaga
su mirada.
Los nativos se estaban
arremolinando ante la pintura, escrutando los rasgos de la imagen sagrada. Ana
se alzó y, mirando afablemente a los cariacontecidos rostros indígenas, señaló
a la imagen y dijo que aquella Señora era la madre de Dios. Aquileia,
conteniendo un malestar que lo impulsaba a echar a correr, tradujo aquellas
palabras. Los taínos se miraron, escandalizados. Ana prosiguió diciendo que el
Sumo Creador había hermoseado de virtudes a aquella Virgen y encendido su pecho
de amor y humildad, pues estaba destinada a ser la madre de Jesucristo, el Hijo
de Dios, que quiso hacerse hombre para que todos los hombre pudiesen salvarse y
ascender al reino de los Cielos.
Tabey y Tureygua se habían
acercado al perplejo grupo de nativos. El cacique miró con atención la tabla y
luego preguntó si aquel Jesucristo era el nombre que las gentes de piel blanca
daban a Yocahu Bagua Maorocoti, que
había creado a los taínos. Ana le respondió ─y el piloto tradujo, no sin cierto
temor agorero─ que Dios era el único Creador de todos los hombres que habían
vivido, vivían y vivirían en el ancho mundo; que Él era el eterno amor, la
misericordia, el Supremo Hacedor del sol, las estrellas, la luna y la
naturaleza.
─¿Y cómo los adoráis, a Él y
a Ella? ─inquirió Tureygua, tras un largo y meditativo silencio.
Ana y el piloto se
arrodillaron ante la imagen y, lentamente, se santiguaron y oraron:
─Ave María, grátia plena,
Dóminus tecum: benedicta tu in muliéribus, et benedictus fructus ventris tui,
Iésus.
El cacique se postró ante la
Virgen; y con él, el resto de los taínos.
Más tarde, Guabró contó al bojike cuanto había sucedido en la
jornada.
─Así que Guanaroca, Inna y
Naibe han confirmado que tanto Guahayona
como Aicayía tienen ombligos...
─meditó el sacerdote.
─Vinieron del mar, es
cierto. Pero también lo hace el malvado Yayael,
que quiere matar a su padre ─dijo, vehemente, Guabró.
─Todo lo diferente viene del
mar. También los padres de los padres de nuestros padres. El origen de toda
vida está donde nace el sol. Por eso, cuando llega la noche el miedo se tiende
a la puerta del caney y del bohío, y cuando amanece el día se marcha a las
colinas.
─Pero estos son blancos,
como el rayo destructor.
─Primero fue la oscuridad,
donde la noche era la dueña de los colores. Luego vino un rayo de luz que había
estado escondido del poder de las tinieblas en un gigantesco caracol. De su
sonido salieron los recuerdos y borraron lentamente las sombras. El blanco es
el color de los heraldos de los dioses, por eso es blanca Maroya, la luna.
─También es blanca la faz
polvorienta de Huracán, que arranca
los árboles, estampa contra las rocas pájaros y peces, y echa por tierra los
caneyes y bohíos del pueblo taíno.
El bojike, tras fumar silencioso la cohoba, dijo a su acólito:
─Yocahu Bagua Maorocoti, aquel que recuerda al hombre que es difícil
la vida en el mundo para quien quiere ponerse en el afán de aprender, es quien
da lo bueno y lo malo entre los buenos y los malos.
Ante el áureo zemi que presidía la estancia fumaron
los dos la cohoba en silencio, como
si un hierro hubiera vaciado sus rostros para convertirlos en ascéticas
máscaras. Meditaban hundiendo sus cabezas entre los brazos sobre las rodillas,
escuchando la nada e intentando ver en el fondo del hoyo de sí mismos el
espacio en el que no hay espacio. Su piel se granulaba en carne de gallina y,
sin embargo, el calor era sofocante en torno suyo. Ni la perplejidad de un
curiel, que penetró desorientado en el interior del caney y desapareció en
asustada carrera hacia la quietud de la selva que rezumaba un ruido de
deglución fangosa, ni la proximidad a sus pies de una gran araña salpicada de
manchas rojas quebraron la inmovilidad del sacerdote y su discípulo. El zureo
de un pájaro hizo que Guabró alzase su mirada al bojike y le susurrase con desasosiego:
─No puedo dejar de sentir
que todo ha cambiado desde que Aicayía
y Guahayona llegaron.
─La vida es continuo cambio.
─Pero tú me has enseñado que
la vida, el tiempo en el que podemos elevar las plegarias y en el que podemos
recordar los días venturosos, es exacta. Y que, medido con igual exactitud,
está el tiempo en que vigilan sobre nosotros las estrellas, desde cuyo
interior, velando por nosotros, nos contemplan los dioses. ¿Cómo puede cambiar
lo que es exacto?
─Todo día, toda luna y todo
tiempo son exactos. Pero también caminan y pasan.
─¿Entonces, si lo diferente
es semejante a lo igual, dónde hallaré una certidumbre que me sosiegue y me
consuele?
─Al hombre que piensa no lo
domina el sentimiento de la claridad. El pensamiento y el corazón son
soberbios, caprichosos y crueles.
─¿Para qué nos los dieron
entonces los dioses?
─Para amar y ser diligentes
en descubrir las cosas. Una vida sin curiosidad no es vividera para el hombre.
─Pero para saber hay que pensar.
Y, a mí, cuando pienso, el amor se me convierte en sombra. ¿Es que me han
condenado los dioses a la tristeza de la duda?
─Has tenido el privilegio de
ser elegido por ellos bohití, y
serás, por tanto, el futuro bojike de
los taínos. Ser bojike supone, a
cambio de presentir la causa de lo que sucede, soportar en el corazón una carga
pesada y más llena de espinas que los erizos marinos.
─Me da pena echar de menos
la inocencia que tenía antes de que Aicayía
y Guahayona vinieran a Huionacoa.
─Cuando te domina la pena no
deberías pensar: se ve demasiado justamente. La tranquilidad del corazón está
en la persecución de la sabiduría. No en poseer la certeza, que es muchas veces
madre del orgullo.
─Pero, ¿cómo puedo borrar de
mi mente la certeza de las cosas que veo? Sería engañarme…
─Conocer a los demás es
saber; sin embargo, conocerse a sí mismo es comprender.
─No veo bien la diferencia, bojike. Dímela.
─Cuando un hombre sabe,
todas las criaturas se convierten en enemigos. Así que, saber sólo y no amar a
los hombres es como encender una antorcha y cerrar los ojos.
─¿Quieres decir que la
diferencia está en el corazón?
─No somos más que corazones
que sustentan un cadáver.
─Necesito que me des una
norma que seguir en mi modo de obrar, bojike.
─No una, sino tres, te doy:
domina tus impulsos, piensa y haz todas las cosas como si alguien leyese tus
pensamientos y viera tus actos, y eleva sagradas invocaciones a las cuatro
esquinas del cielo. De ese modo, Yocahu
Bagua Maorocoti, que da su luz sobre la tierra, desentrañará la tiniebla de
tus dudas.
Incansables en sus
atenciones, los taínos trataron con respeto, confianza y generosidad tanto a
Ana como a Aquileia. El tiempo discurrió sin que se acuñara en días. En un
clima y sobre un suelo donde la subsistencia podía conseguirse con sólo
agacharse para coger los productos de la tierra o alzar la mano para
obsequiarse con el fruto de los árboles, la diversión era una necesidad
primaria. Las personas y las cosas, al no tener que inclinarse unas hacia otras
orientadas por su ambición o utilización, existían por sí solas, ingenuamente,
en una especie de deleite cálido y fraternal.
Cuando rayaba el alba, el
triestino y tres docenas de jóvenes caminaban a la playa de Bayaguarabo para construir la nave en la
que el piloto pensaba secretamente regresar con Ana a La Española. Durante días, con la minuciosidad de quien pierde las
horas en un juego, el filo de las hachas fue abriendo en un árbol de tres varas
de diámetro una cuña que, finalmente, gimió antes de dejar que el tronco cayese
sobre una tumba de helechos. Los taínos rasparon su gangrenoso musgo y
arrancaron las enredaderas que lo enlazaba todavía a la tierra. Lo amarraron
con cuerdas de cabuya y henequén, y lo hicieron rodar hasta la
playa. Vaciaron y abrasaron sus canales rebajados a golpes de hacha, para que
los rescoldos royesen el centro del gigante muerto, que vaheaba como para
alcanzar el mar. El calor, dilatando la madera, lo convirtió en costillaje de
borda.
Mientras tanto, las mujeres
enseñaron a Ana a convertir los pescados en ceciales, cubriéndolos con un palmo
de tierra; a sembrar maíz los primeros días de la luna nueva, y a plantar la
yuca los primeros días del cuarto menguante; a rayar ésta, prensarla en un
costal, destilar su amarillo zumo venenoso y cocerlo en tarteras de barro para
que se transformase en pan cazabe ; a
fabricar vinagre que, con ajíes, servía para sazonar las comidas. Los niños le
mostraron cómo tendían trampas a los roedores con bejucos y tierra removida; y
cómo, camuflando sus cabezas con hierba y valiéndose de una varilla, un lazo y
un papagayo atado ─al que hacían chillar
hasta que acudían los pájaros en su ayuda─, apresaban a las aves incautas. La
aragonesa ayudó a los jóvenes en el torneado, coloración y cocimiento de objetos
de barro y de madera. Recorrió las colinas con algunos ancianos ─la mayoría de
ellos apenas se levantaba de sus hamacas
en las que pasaban las horas reclinados fumando tabaco, bebiendo aguardiente y
conversando─, para aprovisionarse de hierbas y resinas con que hacer medicinas.
Enseñó a una cuarentena de jovencitas a desarrollar la aplicación e hilaridad
suficientes como para unir varias mantas de algodón y formar una gran vela
latina, valiéndose de agujas de hueso e hilo de cabuya. No obstante, la hora más dichosa de Ana era la del baño en
el río con las jóvenes taínas. Imitándolas, desnudaba su cuerpo para sentir la
vida ferviente entre hojas y ramos. Se decía que aquella absoluta libertad
poseedora de la embriagadora nitidez de la inocencia no podía contener el
temeroso nombre del pecado ni el turbio espesor del remordimiento. Aprendió a
escurrirse casi a flor de agua sin apenas mover ni sus manos ni sus pies,
ladeándose, hendiendo suavemente el caudal. A veces, cuando se proponía
sumergir bajo el agua a alguna de aquellas nuevas amigas, las demás se lanzaban
sobre ella como un banco de delfines, y se apoderaban de sus brazos y piernas,
la volteaban y la hundían entre carcajadas bajo los rayos dorados del sol. La
tierra y los hombres habían cambiado de sentido para Ana; la sombra y la
vergüenza habían cedido a la luz. El peso de la vida se había aligerado y hecho
gozo.
Cuando la primavera verdeció
los prados y abrió la espita de todos los pájaros de la selva, los taínos que
trabajaban con Aquileia en la construcción de la nave hacharon las durísimas
ramas de los acajúes para tallar los
remos, la larga y encorvada entena que soportaría la vela gigante, el bauprés,
el botalón, el timón y el único palo con sus jimelgas y su mecha. Los
constructores del falucho aprovecharon los zunchos del bergantín naufragado y
fabricaron jarcias con henequén, para
que todo ensamblase. Aseguraron el palo en la carlinga y dejaron la nave, ya
terminada, acurrucada en la arena.
Mientras se llevaba a cabo
aquel enfebrecido trabajo, tanto el bojike
como el bohiti Guabró descifraron con
perspicacia y alivio que los turbadores extranjeros preparaban su huida de Huionacoa. Al correr la noticia por el
pueblo, la inquietud y la tristeza ensombrecieron la expresión jovial de Tabey.
Eso lo decidió a llevar a Ana a Mayarí, donde la enorme cascada de Guayabo
formaba las aguas tranquilas de una laguna. Acompañados de Inna, Naibe, Taguax
y Caimó remontaron con una canoa el río Jibacoa hasta llegar a aquel paraje,
que era el sitio más fresco de toda la región. Multitud de aves acuáticas
planeaban en busca de pececillos y ranas. Al llegar a la grandiosa cascada
donde el sol alzaba los estribos del arco iris, Tabey puso su índice en los
labios para mandar callar a las bulliciosas taínas. Los hombres embutieron sus
cabezas en grandes calabazas vacías con agujeros para los ojos, y se
sumergieron en el agua. Alejándose presurosos del torbellino de encaje en que
se deflagraba la cascada sobre el caudal del río, se detuvieron hundidos hasta
la barbilla. Ana pudo contener a duras penas la risa que le produjo ver a los
nativos convertidos en tres calabazas que cortaban con sus ligeras oscilaciones
las ondas, acercándose a las aves. Cuando una yaguasa picoteó a uno de los redondos frutos, una mano fuerte salió
presurosa del agua, agarró las patas del palmípedo incauto y, sumergiéndolo, lo
hizo desaparecer. Yaguasas y corúas de oxidados gritos ─suponiendo
que su compañera buceaba en busca de comida─ la imitaron y cayeron en la trampa
de los cazadores. De ese modo, hasta quince aves fueron a parar a las cestas de
los astutos jóvenes.
De regreso, Inna y Naibe se
colocaron de pie a proa y a popa de la canoa. Se deshicieron de las naguas que las cubrían y las izaron
manteniéndolas alzadas en sus manos, como velas al viento. Bajo la firme copa
de sus caderas, las columnas rotundas de sus piernas reverberaban con un fulgor
fugitivo el reflejo de la luz sobre el rumor del agua. El azabache de sus
cabellos ondeaba sobre sus hombros redondos, y la canoa se deslizaba con
rapidez. La aragonesa levantó los ojos al cielo para recibir la amarilla pasión
de las luces húmedas del final de la tarde. Cuando los posó distraídamente en
el semblante de Tabey, que la devoraba con su mirada, se creyó transportada a
una región en la que podía olvidar su cordura. El rubor le llegaba hasta el
último confín, y allí se quedó temblando con la presión del éxtasis. Sentía que
la vida la circundaba pletórica, con el pasmoso significado de la implacable
unión que enlaza la alegría de uno con la del otro, como una cerilla ardiendo
en una planta de azafrán. Tabey dejó caer sobre las rodillas de ella una
orquídea y la besó en los labios. Ana le golpeó la espalda con los puños,
mientras los demás reían y palmoteaban, divertidos. Tabey deshizo el beso e
intentó sonreír, pero su mirada triste lo traicionaba. Una nube comenzó a
llover sobre ellos mariposas pequeñas de un amaranto profundo, y los chorlitos
blancos se elevaron chirriando.
Al llegar de noche a Huionacoa, una entusiasmada aurora ardía
en el pecho de Aquileia: había terminado su empresa y sólo necesitaba envergar
la vela en las relingas de la entena, amurar los cuchillos en el botalón y el
bauprés, y deslizar la nave a las olas.
─¡Tan sólo un día, y nos
haremos a la mar! ─dijo, alborozado, a Ana─ ¡Y en menos de tres jornadas
estaremos en La Española!
Ana dio gracias a la estampa
de la Virgen. Aquel beso robado sorpresivamente por Tabey en la canoa era para
ella igual que una nube que pasa sobre la luna y la desvanece con su oscuridad;
por muy inocentes que fueran los sentimientos del taíno, de haber tenido que
permanecer más tiempo en aquel valle no hubiera podido tolerarlos. Tuvo que
hacer acopio de toda la fuerza de su carácter para tenderse en la hamaca a escasos pasos de Tabey. Volvió
el rostro hacia la pared de bajareque,
y antes de entregarse al sueño oyó a las higueras abrazándose. La noche penetró
en sus ojos con tal hondura que no se dio cuenta de que el taíno, cuando ya
cantaba el ruiseñor, le enjugaba con un copo de algodón el sudor de sus brazos
y la fiebre de sus mejillas. El enamorado pensaba llevarla ese día al mar, para
mostrarle cómo sabía pescar las terribles y sabrosas barracudas utilizando el
pegajoso disco de la cabeza del guaicán.
Estaba seguro de que cuando ella comprendiese que era valeroso y que la podía
proteger siempre, desistiría de abandonar Huionacoa.
Cuando Ana se despertó y vio tan cerca el rostro de Tabey, los latidos del
corazón le lastimaron el pecho. Le dio con fuerza la espalda para que el beso
no franquease sus labios, ni el amor sus rodillas apretadas. Él susurró algo
que ella no pudo comprender y le besó los cabellos, abrasándola con su aliento.
Luego, taciturno, salió del caney. Ana miró el umbral; y el vacío en él la
destrozó de un golpe, como a un cristal.
Una ola se estiró con
suavidad sobre la arena de la playa de Bayaguarabo
jugando con un cangrejo muerto, y se retiró decepcionada. Las hojas de las
palmas habían cobrado una pesadez de hierro forjado. Tras ellas la selva
alentaba como un animal y en la espesura de invisibles arroyos se dejaba oír un
rumor inhabitual. Los pájaros guardaban silencio y los insectos habían
desaparecido. Guabí embarcó los remos y los puso paralelos en la borda. Aquileia
aflojó los nudos de las camisas de la vela ya envergada. Tabey colocó la caña
del timón acostada en el centro de la nave. Cuando saltaron al suelo, cincuenta
y seis nativos arrastraron la embarcación por la alfombre de guano sobre la
arena; la vela latina apenas vibró con los empujones. La cabeceante proa acordó
con las olas olvidar que una vez fue árbol y, mientras los taínos se frotaban
las manos, emocionados, cabalgó las olas del mediodía, traqueteando los remos. Aquileia,
Guabí, Taguax, Caimó y Tabey chapotearon los senos de las ondas y embarcaron.
El triestino metió la caña del timón en las cuñas del codaste y veinte taínos
levantaron con enorme esfuerzo la pesada áncora del navío de Nicuesa, y la
dejaron resbalar al agua con un estruendo de sal y cien surtidores de blancas
gemas líquidas.
─¡Parece una mariposa!
─gritó, jubiloso, Taguax, admirando la tersura de la vela.
─Sí. Una mariposa blanca que
podrá llevarnos en busca de otras mariposas más grandes y firmes ─pensó,
emocionado, el piloto.
─Algunas noches ─confesó
Guabí, sonriente─ he soñado que era una mariposa. Y, cuando me despertaba no
sabía si yo seguía siendo Guabí que había soñado que era una mariposa, o una
mariposa que entonces soñaba que era Guabí.
Sus compañeros estallaron en
jubilosa carcajada.
─El aguardiente te pone
estupendo, Guabí ─rió Aquileia.
El resto de los nativos
nadaban rodeando el falucho, o buceaban bajo su casco; los más osados trepaban
por los obenques, subían a la gavia y desde allí resbalaban por la curvada
verga, con una enorme felicidad. Cuando regresó a la arena Aquileia, Guanaroca
acababa de prepararle en una concha enorme rodajas de serpiente. El piloto
contuvo una arcada de repugnancia.
─¡Mmm!.. Huele que
alimenta... ─dijo con sorna.
Guanaroca, complacida, le
acercó la concha a los labios. Él, con un respingo de asco que se apresuró a
dulcificar con una forzada sonrisa, cogió la valva en sus manos, diciendo:
─Un manjar como éste debe
ser bien regado. ¿No te parece?
A Guanaroca le
relampaguearon los ojos de complacencia y echó a correr hacia la botella de
Guabí. El triestino dio gracias al Cielo porque los jóvenes, protestando como
mirlos, hurtaran durante algún tiempo el refulgente frasco de aguardiente a
Guanaroca, toreándola y haciéndola rabiar. De ese modo pudo Aquileia vaciar la
concha y tapar su contenido bajo la arena. Cuando regresó la taína con la
botella y vio la valva vacía, se detuvo extrañada y escrutó con incredulidad el
rostro del triestino. Pero éste, aspaventando sus manos abiertas sobre el
vientre para indicar lo lleno que lo había dejado el guiso, se acercó a sus
caderas en pleamar y la abrazó, susurrándole:
─Era tan exquisito y tenía
tanto hambre que no he podido esperar al aguardiente. Vas a hacer de mí un
glotón, amore mío.
La besó en el cuello antes
de apoderarse de la botella y casi apurarla de un largo trago. Después, volvió
el rostro para admirar la nave fondeada en el suave oleaje y pasó su brazo por
cintura de la nativa, atrayéndola con fuerza.
─Es realmente hermosa ─ dijo,
lleno de orgullo.
Guanaroca le sonrió. Y en
una exaltación, con melancólicos ojos salpicados de la luz del mar, reclinó su
rostro en el hombro del piloto. Sobre el falucho, un rabihorcado vaiveneaba la
lenta sierra de sus alas falcadas.
─¿Sabes, ojos de garza?,
parece como si siempre hubiese escuchado tu voz, sin saberlo.
Aquileia se quedó helado
después de decirlo. Un pasmo de silencio, roto tan sólo por los chirridos del
rabihorcado, estremeció a la pareja enamorada. Ella tomó la mano del piloto, la
puso sobre su vientre y dijo en un murmullo:
─Te voy a dar un hijo.
El triestino pensó que no
existía ninguna mujer que no supiese atar lazos; y que a veces la naturaleza
consagraba toda la belleza de una raza en una sola de ellas.
Ana había pasado el día
sopesando las consecuencias que para ella tendría volver a un mundo del que
había terminado por repugnarle la ostentación violenta de sus actos. Se
preguntaba sobre ─a costa de renunciar a un mundo que se tendía inefable a la
luz generosa de la inocencia─ cuántos antiguos caminos tendría que volver a
repasar para acostumbrarse de nuevo a aquel griterío violento y seco que casi
había olvidado. Y de noche soñó que era otra vez una niña jugando a escondecucas con Fatma. Corría por
el jardín y por toda la casa de su padre buscando un lugar donde zafarse de la
persecución simulada de la morisca. Dudando de si el escondite escogido era el
más adecuado, cuando escuchaba cercanos los pasos de su aya salía precipitada a
buscar otro refugio más seguro. Después de repetir varias veces aquel rito
excitante, desandaba sus pasos para regresar al jardín y decidía encaramarse a la más alta de las
ramas de la higuera; donde esperaba con una emoción tan intensa que la sangre
le zumbaba en sus oídos. Y, de pronto, caía. Pero era ya una mujer hecha y
derecha la que caía y caía con un enardecimiento que le provocaba el vértigo
desasosegante y dulce del éxtasis. Resbalaba entre la airada espuma de la
cascada de Guayabo, que la conducía hacia el remanso del agua del lago, que
luego era el ancho mar, en el que navegaba una carabela cuyas alas eran una
enorme orquídea que un Tabey de resplandeciente y acogedora sonrisa pilotaba. Y
antes de que el gran mar se la llevase en su abrazo, Ana gritaba: ¡No renuncio a ti!
Cuando el campo chispeó
verdes cocuyos en la oscuridad nocturna del caney, Aquileia vislumbró que Ana
se roía con meditativa obstinación el borde de las uñas de su diestra. A su
alrededor, Inna, Naibe, Caimó, Taguax y Tabey dormían plácidamente. Hubo un
ligero crujido, un vago rumor de pasos descalzos sobre el suelo húmedo de
escarcha, y la figura de Guabí se columbró en el umbral. Guanaroca y Aquileia
se alzaron con sigilo de la hamaca.
El piloto extendió la mano hacia Ana y le susurró con urgencia:
─Andiamo, signorina!...
Ni siquiera la estribación
boscosa que rodeaba Huionacoa podía
atisbarse en el ciego firmamento de la luna nueva. Cuando desapareció de su
mirada la silueta de Tabey, arrojado seráficamente sobre la hamaca, el corazón de Ana sufrió un
desgarramiento. El caney se le alejaba de sus ojos igual que una pieza de
ajedrez movida por la mano inexorable de un destino cargado de desconcertante y
obstinada previsión. Se internaron en la jungla, entre las raíces de los
árboles y el mareante respirar de las flores.
─Pisad donde yo haya puesto
mis pies, signorina ─oyó al piloto.
Guabí, para ganar tiempo,
había decidido no hacer el camino acostumbrado y echar por un atajo. Anduvieron
a buen ritmo. El aleteo de tres murciélagos perseguidos por una bandada de
pájaros rojinegros los detuvo con sobresalto un instante. La bruma que se
levantaba de la tierra flotaba como una muralla fantasmal. Tras bordear un
cerro, siguieron el curso de un torrente sulfuroso que apresuraba su carrera
hacia el mar. Bajo los pies de los fugitivos se quebraban los juncos, sentían
las raíces, el barro de la rutilante superficie grumosa del terreno salpicado
de rocas y cantos rodados. Al cabo, se abrió ante ellos la sima de un profundo
barranco cuyos flancos estaban festoneados por árboles y matorrales. Por encima
del sombrío tumulto de laderas, una peña desnuda elevaba su negrura hasta
confundirse con la oscuridad del cielo. El descenso era muy empinado y, el
último tramo, realmente duro. Lo bajaron arrastrándose de espaldas. Las piedras
desplazadas rebotaban bajo sus pies, sin ningún ruido perceptible. De pronto,
les cortó el paso una enorme catarata.
─No hay más remedio que
atravesarla ─susurró Guabí, señalando una delgadísima cornisa en la pared
sobrevolada por el alud de agua y espuma.
─Porca miseria! ─farfulló Aquileia ─¡No nos quedemos aquí pensando!
Sacó su daga y, con brío y
enorme esfuerzo, cortó una larguísima liana que anudó fuertemente al tronco de
un arbusto. Avanzó el primero por la resbaladiza cornisa, tensando la liana,
empapado por los flecos de la torrencial caída de agua. Ana y Guanaroca imitaron los cautos movimientos del piloto,
aferradas a la liana y con los rostros lívidos por el brillo de las toneladas
de agua que las encajonaba. Guabí fue el último en pasar la catarata. El
costado del agua se despeñaba en un precipicio cuyo negro final no se percibía,
y tuvieron que descenderlo caminando de costado, calculando cada paso,
examinando cada rugosidad, agarrándose a cada rama, raíz o mata.
─¡No miréis abajo! ─ordenó
el piloto─ Si caemos al vacío, è la morte.
Poco a poco, el descenso fue
mejorando y, a pesar de que espinas, hierbas y arbustos azotaban sus piernas y
arañaban sus manos, al fin llegaron a ver los altos helechos en que parecía
acabar la quebrada, como un hirsuto mechón de pelo en la frente de la blanca
playa de Bayaguarabo. El último tramo
se les convirtió únicamente en una respiración ronca; algo así como la paz que
sigue al grito. Cuando saltaron a la arena sus pulsos latían deliciosamente.
─Eccoci arrivati! ─exclamó el
triestino.
Echaron a correr hacia las
leves manchas lívidas del tamaño de una mano que aparecían entre el cielo y el
agua del mar. A medida que avanzaban, aquellos levísimos destellos de luz se
fueron haciendo más anchos y paseaban su perfil de montículo entre la continua
ondulación de las dunas. Ante ellos, recortado contra el fondo índigo, estaba
el falucho apuntando su proa hacia un mar plano con colores fantasmales. Ni la
más ligera brisa campeaba sobre la nave; su envergadura refulgía con una
lividez espantosa.
─¡No hay viento ni para
hinchar la vela de una barca de juguete! ─refunfuñó Codro.
Guabí exploró el espacio con
la persistencia del águila.
─Hay una mancha blanca hacia
poniente ─dijo─. ¡El viento amanecerá!
Aquileia le sonrió, como un
paciente padre que se percata de la mentira con que oculta su hijo una
travesura.
─Tienes razón, Guabí. Hay
una mancha blanca. Eso quizá sea suficiente.
Y cortó el cabo que ataba la
nave a una estaca clavada en la arena. Empujaron el falucho y saltaron a su
exigua cubierta. Entre los cuatro, con enorme esfuerzo, izaron el áncora. Guabí
y Guanaroca sumergieron las palas de los remos. La embarcación hizo un ligero
rizo y dejó de tocar fondo. Se alejaron de la costa en declive, internándose en
una neblina que los envolvió igual que una nube corona la cresta de una
montaña. Aquileia iba de pie junto a la escota de popa, manejando la espadilla.
Guabí, a proa, sin dejar de remar con una ágil torsión que angulaba la pala del
remo para la siguiente remada, volvió la cabeza y señalando con la barbilla
hacia poniente sonrió, radiante, diciendo:
─¡Ya viene! ¡La brisa ya
viene!
El triestino lo miró con
paciencia, gratitud e incredulidad, pues sus ojos veían claramente que no había
ni un solo rizo en el mar. Pensó que era peor no darle la razón, así que dio
una guiñada con la caña del timón y ordenó al taíno que ciñese la vela empapada
de rocío. El nativo se frotó las manos con entusiasmo y empezó a desbaratar los
nudos del trapo. Ana y Guanaroca se aprestaron a ayudarlo. La alborada se abría
paso entre las tinieblas, y algunas gaviotas volaban en círculo tierra adentro.
La aureola del sol, aun bajo el agua, caminaba por el cielo con la precaución
de un gato por la cornisa de una fachada. Ana se fijó en cómo un alcaraván
dibujaba un semicírculo sobre el agua y terminaba por flotar siempre a la misma
distancia de la proa. Sintió que estaba guiándolos y eso la hizo sonreír.
Tiraron de las jarcias y amarraron los apagapenoles verificando que el aparejo
estuviera bien. La diminuta embarcación elevó su ala desplegada, pero con una
inmovilidad de muerte. No había ni el menor soplo de viento bajo el cielo, ni
el menor movimiento en el aire, ni el menor signo de esperanza. El sol no iba a
brillar, las nubes que se habían ido
formando de repente y por todas partes, ahora lo cubrían. La escasa luz,
aislada del origen de la vida, parecía consumida por un extraño debilitamiento.
La vela de la frágil nave, inmóvil, destacaba con palidez cerúlea en la universal
penumbra. Guabí tendió a Aquileia la botella de aguardiente, diciéndole, con
una sonrisa cómplice:
─Hay que estar preparados
para cuando llegue la primera ráfaga de viento.
La estampa de la Virgen cayó
al suelo y rodó hasta el interior del caney. Tabey se despertó sobresaltado, e
incorporándose en su hamaca,
masculló:
─¡Huracán!
Enseguida reparó en la
ausencia de Ana, y la sangre se le agolpó en su pecho hasta ahogarlo. Con la
velocidad de una flecha salió al batey,
que era ya un río de agua fangosa, cenizas, basura y hojas muertas. Un chubasco
innumerable arremolinaba el aire en torno a los nativos que habían salido
asustados de sus bohíos. Un vasto rumor envolvía el valle, y el sonido del agua
concertaba el trémolo de las hojas hostigadas de los árboles del bosque.
Ráfagas de viento desacompasadas se fueron apretando en sostenido embate. Al
darse cuenta que del techo del caney del cacique temblaba, Tabey corrió hacia
allí. Intentó sacar a Tureygua de aquel turbión, luchando contra el vendaval
que, finalmente, hizo al armazón entero salir volando por los aires como un
vilano anunciando el invierno. Mientras las negras nubes hacían estallar los
límites del cielo, el huracán giraba sobre sí mismo con un violento bramido que
no tardó en lanzar derrumbes de ramas y fragores de hojas sobre los aterrados
indígenas que corrían hacia las colinas con niños y enseres en los brazos.
Volaban frutos desgajados y pájaros que terminaban por estamparse contra las
paredes de los bohíos. Se estremecían los árboles, gimiendo en sus raíces que
se empezaban a alzar sobre torrentes de agua. Un flabelo entró por el umbral
del caney del bojike, azotando
iracundo la imagen del zemi. Hamacas, barbacoas, paredes de bajareque,
techos de palma, duhos, piezas de
algodón y hatos de plumas invadían el aire y golpeaban en su feroz vuelo a los
nativos, que luchando contra el ciclón intentaban ascender al refugio de la
cueva. En la puerta de su caney, enhiesto y solemne, pero con el rostro
descompuesto, el bojike era una
estatua de estupor. Guabró lo abrazó, para oponer un peso más compacto a la
fuerza del viento. Uno de los techos desprendidos cayó sobre cuatro mujeres y
cinco hombres que dilataban su huida para salvar cestas de alimentos. El fuste
central de uno de los bohíos se derrumbó mortalmente sobre el pecho de una
mujer y un adolescente. Apoyándose en los árboles, cogiéndose a las matas y
raíces, la turba de taínos ascendía por el sendero de la quebrada hacia el
alvéolo de piedra en el que la luz reverberaba la incandescencia muerta del
amanecer. Las mujeres, trabadas como si estuviesen anudadas por una fuerza
salida de sus entrañas, caminaban con niños en brazos sobre montones de ramas
que formaban palpitantes y erizadas pirámides bajo un cielo ceniciento. Los
hombres, asiéndose de hito en hito en los árboles, avanzaban encorvados sobre
sí mismos entre torbellinos de hojas y musgos lacerados. Tropezaban entre sí,
vapuleados por la violencia del viento. Muchos perdían el contacto con los
demás, y más de dos docenas cayeron rodando por el barranco. Remontando la
ladera, por la que descendían con fuerza terrible manojos de yucas, guamas y bejucos arrancados, Tabey
corría a ponerse en cabeza e indicar el camino que debía seguir aquella
aterrada masa humana. Cada falla, cada pliegue, cada arruga de la piedra eran
cauce de un torrente. La tempestad furiosa atacaba a los nativos tratando de
derrotar sus cuerpos y sus espíritus. Una explosión de furia desencadenada
arrancó de la tierra las enormes raíces de una caoba, que con el estruendo y
sobresalto de un terremoto aulló por todas sus astillas y cayó sobre el cacique
Tureygua. Abajo, en el valle, centenares de bohíos quedaban reducidos a los
horcones entre fangales. El batey era
un foso de lodo donde navegaban paredes, caballetes, pórticos y palmas
embestidos bestialmente por una cólera que parecía querer devastar cualquier
resquicio donde se hubiese amado, llorado, gozado, padecido o vivido. El rayo
martillaba con acoso tan pertinaz que no terminaba una centella de alumbrar el
horizonte cuando ya otra nacía enfrente abriéndose en garfios que se hundían
entre los árboles. Tabey descendía hacia los restos de Huionacoa. El ruido cada vez mayor de las piedras al caer rodando
lo acompañaba. Un turbión de agua lo empapó con un empellón tan brutal que lo
hizo resbalar entre flores aplastadas, restos de aves reventadas y caparazones
de tortugas como armaduras de guerreros descuartizados. Sin aliento, magullado
y trastabillando se puso de nuevo en pie y siguió a la carrera. De vez en
cuando, un pájaro o un roedor, en alguna parte, emitía un débil y lamentable
chillido. Al evitar un enorme fragmento de roca que rodaba hacia él, sus ojos
dieron con la enorme caoba derrumbada que aplastaba el cuerpo de Tureygua. El
huracán ululaba y se convulsionaba, gigantesco y omnipotente. Cuando Tabey le
acercó el rostro, Tureygua abrió lentamente sus párpados y lanzó un gemido
agónico.
─¿Está a salvo el pueblo
taíno? ─preguntó el cacique, con un hilo de voz.
─En la cueva de Guamuhay.
─Ha llegado para mí el día
en que todas las cosas deben reunirse para volver a ser una sola.
Hablaba lentamente,
masticando cada sílaba que salía de su garganta con un esfuerzo increíble.
─Soy viejo. Y un viejo está
de más en este mundo. No lo siento. Planté, coseché, cacé, pesqué, enseñé,
construí y he cuidado de los taínos... Ahora, volaré hasta donde me espera el
pájaro Yahubaba para llevarme donde
el dios Mautiatihuel cierre para
siempre los ojos de mi alma. Ahora, de tus decisiones dependerá el destino de
nuestro pueblo. Busca a la mujer color de luna y, cuando seas viejo, entrega el
mando al primer hijo que ella te dará.
Tras un profundo estertor
que se superpuso al horrísono temporal, Tureygua expiró. Tabey sintió cómo el
espíritu del cacique abandonaba su cuerpo de tierra y, pasando por su lado,
volaba hacia el Cielo.
En alta mar, la lluvia se
desplomaba en sábanas sobre el falucho, perpendicularmente, con fuerza
constante. Los truenos retumbaban a lo lejos. Aquileia luchaba denodadamente
por mantener la caña del timón en dirección levante. Con la vana esperanza de
amainar la vela, Ana, Guanaroca y Guabí se aferraban al aparejo para no ser
deglutidos por los montones de espuma que borbollaban alrededor de la pequeña
nave. La borrasca de poniente, gigantesca y despótica, golpeaba el trapo con
frenético aleteo. El falucho, con la arboladura oblicua y la proa inclinada,
era catapultado sobre las crestas de las olas. La eslora se agitó con un
espasmo angustioso y la débil embarcación dio un súbito respingo. Ana resbaló
de espaldas, con los ojos abiertos de terror y esforzándose por asirse a alguna
parte. Guanaroca cayó contra la borda, con la cabeza entre las piernas y las
manos apretadas en un ovillo fetal. El ventarrón desgajó la vela en cien
banderas que restallaron como fogonazos entre los rugidos del trueno. Guabí
rodó por la cubierta barrida por el mar y se golpeó la cabeza contra la
bancada. Cuando la proa volvió a caer sobre el agua, una ola que se levantó a
estribor alcanzó a todos de lleno. De pronto, el viento había cambiado y
arrastraba el falucho hacia el sur. En ese instante, la entena se cimbreó
salvajemente y un zuncho de hierro golpeó violentamente al triestino en el plexo
solar, haciéndolo rodar sobre cubierta. Guabí, arrastrándose entre bandazos se
introdujo en la fuerza del viento y llegó hasta él. Los relámpagos dejaban su
rastro de luz fantasmal en septentrión, sobre una línea de islotes que parecían
una pequeña pulsera de piedras preciosas entre las hirvientes aguas que erguían
grandes cascadas de espléndida blancura.
─¿Sabes... aquello? ─el
tumulto del viento devoraba las palabras de Codro.
─...Caicos de Baraguá ─le respondió, asustado, el taíno.
Una oleada hizo perder al
falucho su inestable nivel de flotación. Los ojos de Aquileia adquirieron la
opacidad de la mirada de las tortugas, mientras decía al taíno:
─... orden... a marinero...
─¡Marinero Guabí! ─chilló el
nativo, golpeándose orgullosamente el pecho con sus puños. Un duro embate cayó
de arriba con una sacudida ensordecedora, y Codro vio la cabeza de Guanaroca
chocando contra la borda de proa; con sus manos atenazando la escota de la vela
hecha trizas y con la mirada enloquecida. Zumbó feroz el viento, y un crujido
de madera partida se destacó espantoso sobre el retumbar del trueno; la mitad
de la entena y la verga volaron a las aguas encrespadas. El taíno abrazó con
fuerza al piloto para oponer a ambos a
la fuerza del viento.
─¡Salva... mujeres! ─chilló Aquileia.
Guabí, luchando
denodadamente contra el ventarrón, corrió hacia Ana y, rodeando su cintura con
un cabo, la ató a la entena truncada. Guanaroca, arrastrándose, llegó hasta el
piloto y se abalanzó sobre él como un gato sobre su presa. Lo besó
desesperadamente y le gritó al oído:
─¡No me abandones!
Ni siquiera el ímpetu de una
ola, que cayó sobre ellos como un terraplén desmoronándose, pudo desunirlos. El
esternón del triestino se sacudió en un violento espasmo, al que siguió un
vómito de sangre. Guanaroca atrajo hacia su pecho la cabeza de Codro, que
susurró en un arahuaco casi
inaudible:
Guanaroca mía, corazón alegre:
mira cómo llora toda la naturaleza
y el iracundo mar se alza y nos circunda.
¿Qué sepulcro existe más parecido a la cuna?
Aleja la turbación de tu pensamiento, ojos de garza.
No desesperes, no temas, no recuerdes,
no sufras, amor mío. La muerte es justa
dispensadora de gloria para las almas generosas.
Con estrépito desgarrador, una tonelada de
agua cayó sobre la fragilísima embarcación. Cuando el falucho volvió a aparecer
entre la descomunal espuma, ni Guanaroca ni Codro Aquileia estaban ya sobre su
cubierta.
Ana y Guabí hicieron pie en
un pegajoso fondo azotado por la resaca. A sus espaldas, los restos del falucho
yacían en el mar como un animal devorado por los buitres. El desgarrado vestido
de Ana estaba tan empapado que su peso le entorpecía sus pasos. La vigorosa
mano de Guabí tenía que arrastrar a la joven con todas sus fuerzas. Tras salvar
la playa, avanzaron por un suelo rocoso y resbaladizo, y se internaron entre
los árboles. La aragonesa sintió la bendición de estar resguardada por las mil
techumbres de follaje que la lluvia no traspasaba, aunque tamborileara con un
ruido contumaz y ensordecedor. En aquel refugio el suelo se hacía cada vez más
fangoso, y de él subía un vapor caliente que se perdía en las bóvedas de
hojarasca. Un olor de fecundidad y podredumbre flotaba en el aire. Miles de
mosquitos muertos cubrían el légamo como una costra y, a medida que el suelo se
fue convirtiendo en marjal, Ana y Guabí se percataron de que lo que creían
fango era la inmovilidad de varias manadas de pecaríes que habían establecido su pocilga en aquella zona
pantanosa. La debilidad, el cenagal y el miedo hicieron a la aragonesa seguir
el ejemplo de los paquidermos, y se sentó en el lodo. De cuando en cuando, de
las ramazones llovía un intolerable hollín vegetal impalpable, pesado como
puñados de barro que alguien arrojase desde lo alto. A un largo trueno, que
entró desde el mar y voló sobre sus cabezas preludiando el tiempo abundante de
la noche, siguió la perenne caída de frutos muertos, de simientes velludas que
hacían llorar, de hebras que encendían la piel. Las tinieblas se estremecían de
sobresaltos y deslizamientos. Comenzaron a surgir de todos lados gritos,
silbidos que subían y bajaban, cosas que se zambullían, martilleaban, crujían o
aullaban. Perdida toda razón, incapaz de sobreponerse al miedo, Ana se abrazó a
Guabí buscando el calor de su cuerpo, como si fuese un escudo protector del
infierno que los circundaba. Estaban en la noche de las noches, en el tiempo
donde el tiempo se terminaba.
Dos días más tarde, la
tormenta se llevó sus últimos relámpagos, cerrando la tremebunda sinfonía de
sus iras con el acorde de un trueno prolongado. Cuando la aurora ahondó el
laberinto de árboles con su luz rosada, se llenó la ondulante superficie del
bosque de un vapor atosigante. Mojados hasta el tuétano y temblando de frío,
Guabí y Ana anduvieron penosamente entre los charcos, breñas, zarzas,
arrancadas raíces retorcidas y montones de ramas desguazadas que conducían a la
playa. Sobre el cuerpo tranquilamente derramado del mar, volaban pájaros de
alas multicolores y dulces trinos que saludaban a la luz solar que comenzaba a
izarse sobre la melancólica inclinación de los montes. Ana se dijo con exaltación:
Todos mis deseos se han extinguido. El
miedo, la pena y el dolor están ahora lejos de mí. Lo que he perdido lo he
olvidado. Lo que me ha dolido se ha desvanecido. A lo que he renunciado no existe.
¡Esta mañana de felicidad rosa me basta!
Ella y Guabí echaron a andar
hacia poniente, sin perder de vista el mar infinitamente azul. Durante más de
tres horas salvaron rocas amontonadas al pie de pequeños cerros que reposaban
como cuerpos cansados. Atravesaron bosquecillos con árboles brillantes de savia
encendida y flores pujantes que abrían sus misteriosos labios al sol que, poco
a poco, empezaba a tornarse en blanca luz que quemaba. Cuando avistaron una
vasta llanura que orlaba el horizonte marino con ardientes guijas,
decididamente extenuada y dolorida, Ana cayó desmayada al suelo.
La despertaron los gritos de
júbilo de Guabí, que señalaba el horizonte del mar de Jibara. Bogando frenético
a bordo de una canoa, llegaba hacia ellos Tabey. Cuando el nuevo cacique de Huionacoa puso sus plantas en el playa,
Ana, como impulsada por un resorte, corrió hacia él ganando el espacio y el
tiempo. Y se arrojó en sus brazos, sintiendo cómo el latido de la sangre
ruidosa en sus sienes llenaba de fulgor el mar, la tierra y el cielo, mientras
pensaba: Quiero que cada ciega partícula
de mi cuerpo, cada tembloroso movimiento de mi alma lleve dentro de sí este
instante; te lleve a ti. Cuando aflojó la presión de sus brazos, como para
cerciorarse de que no vivía un ensueño, su mirada nublada de lágrimas contempló
la lumbre que crujía en la cabellera del taíno y restallaba de resoles en su
frente y en sus mejillas, ofreciendo la vida vibrante en su boca, y haciéndose
brasa en sus negras pupilas. Los labios de Tabey se acercaron al lóbulo de la
oreja de Ana, susurrándole unas palabras que a ella le recordaron todo el rumor
de la dicha. Mientras el corazón de Ana latía tan fuertemente que le golpeaba
el pecho, Tabey le sorbió la sal de sus lágrimas encerrando en besos sus
párpados. Ebria en la música de su aliento, le atrapó los labios con su boca y
se dejó penetrar hondamente por un fuego que convirtió en lumbre su alma,
despeñándose en gozos de brillo y plenitud hasta saciarla. Y supo que ya nunca
su vida carecería de la luz del amor. Que, día tras día, serían su risa y sus
lágrimas del corazón de Tabey. Que sus alegres ojos y sus enérgicas manos la
acompañarían hasta el fin.
Al tiempo que en la estación
seca el resplandor de los almendros representaba una degradación, el pueblo
taíno, sin más herramientas que azuelas de piedra e hilos vegetales, taló
árboles, cortó y desmochó ramas, cepilló parales y cabrios para construir
nuevos bohíos y caneyes. Aprovechando las madrigueras que marmotas y hutías
habían excavado a través de raíces de zarzamora, cavó sótanos que sirvieran de despensas.
Sembró maíz, yuca, frijoles, batatas, maní, malanga y chayotera. Ana trabajó
como un taíno más; confiada, intensa y tan verdadera que acabó por aprender su
idioma: palabras que le revelaron que las cosas tienen ojos para mirarnos,
lengua para decirnos, dientes para mordernos y voluntad de perdurar. Tabey
demostró ser el mejor compañero para pasar la vida: tierno y firme como una
espiga de acero, todo corazón y alma libre. A través de los árboles de las
laderas la tierra expandió su jugoso verdor modelado por el viento. Los poros
conmovidos de la tierra se abrieron para dar paso a las doradas mazorcas de
maíz, al verde surtidor de alfanjes del henequén,
a las blancas flores de la yuca de anchas pencas, a las jugosas frutas cuyo
aroma ascendía en columnas y se esparcía en círculos. Ana dio a luz un hijo que
reproducía los rasgos de Tabey, a excepción de dos luminosos ojos del color del
mar. Guabró, el nuevo bojike, puso al
recién nacido el nombre de Alabado sea
Dios; es decir, Miguel. Bajo la tendida luz de seis otoños, las horas se
convirtieron en estados de gracia como praderas nacientes. Y todo lo que había
sobre la tierra, el mar y lo que veían las blancas estrellas en Huionacoa cantaban, alentaban y
florecían alrededor del amor de Ana y Tabey.
Pero todo cambió cuando una
tarde las caracolas ulularon detenidas en una sola nota de exasperante
quejumbre y, despavoridos y sin aliento, llegaron dos vigías con media docena
de ciboneyes que habitaban la fértil desembocadura del río Toa. Anunciaron que
unos hombres nacidos del huevo de las auras o del dolor de la tierra se
empeñaban en vanagloriarse de haber sido creados a imagen y semejanza de un
dios desconocido y sembraban su estrella con el vértigo del poder. Se llamaban
cristianos y traían escolta de más de trescientos esclavos cargados con
voluminosas cestas sobre sus hombros.
─Son cien hombres con
rostros greñudos igual que los monos, pero blancos como la yuca ─explicó uno de
los ciboneyes─. Visten conchas plateadas para volverse inmortales.
─He conocido a uno de ellos
─les dijo Tabey─. Ha sido mi amigo, y amigo de nuestro pueblo. Era un hombre
bueno.
─No sería cristiano. Los
cristianos son tan rapaces como carairas
─afirmó uno de los ciboneyes.
Atropelladamente, y
quitándose la palabra uno a otro, contaron los nativos del Toa que, hacía ya
tantas lunas como suele vivir un hombre, aquellos cristianos habían llegado
primero a la aldea de Guajaba, en la isla de Haití, cinco soles al levante de
donde rompe el mar en Bayatikeri. Nada más poner pie en tierra, advirtiendo que
se enseñoreaban de ella, habían cautivado a las gentes y tomado a sus mujeres e
hijos. Así se lo había contado a ellos Hatuey, cacique de aquel pueblo de
Guajaba, que tuvo que desterrarse a bordo de una canoa y, arriesgándose en las
espumas del siempre peligroso mar, se había refugiado con los ciboneyes.
─¿Sabéis por qué fueron tan
crueles? ─les preguntó Tabey.
─Porque tienen un señor a
quien sirven y por el que angustian y persiguen a los demás ─dijo uno de los
heraldos─. Ese poderoso señor es el oro.
Y señaló el dorado lirio que
cubría el pecho del nuevo cacique. La estupefacción que se instaló en la frente
de Tabey se convirtió en grave y alertada preocupación, a medida que se
sucedieron con rapidez las nuevas de los ciboneyes. Hacía diez lunas que
aquellos hombres blancos habían desembarcado en Baracoa.
─¿Cómo los recibisteis?
─Les hicimos guerra.
─¿Por qué no les disteis la
bienvenida, como es costumbre?
─Porque, según Hatuey,
deseaban cuanto poseíamos, nos enseñarían el miedo y nos convertirían en
esclavos.
Los habían atacado con macanas que producían el estampido del
trueno y perpetuaban su eco, y con otras macanas
y lanzas fulgurantes y durísimas que
convertían los cráneos en crujientes vainas. Les habían hecho cientos de
muertos y heridos y, con el tesón sañudo de las carairas, habían buscado al cacique Hatuey en las montañas, para
finalmente quemarlo vivo en la hoguera. Habían destrozado los zemies, robado el oro y la comida que
tenían, y prendido fuego a su poblado. Más tarde, habían invadido Bayamo,
Cumanayagua, Batabanó, e incluso las tierras de los guanahacabibes. Ahora dominaban como señores toda la tierra de Cubanascnan, desde Guane hasta
Bayatikeri. Sólo porque la voluntad de Yocahu
Bagua Maorocoti lo había permitido, el valle de Huionacoa había seguido tranquilo y las aves habían continuado
marcando protectoras cicatrices a su espacioso cielo. Entre tanto, los muy
cristianos habían mojado las frentes de todos y trazando sobre ellas la señal
de la golondrina, para convertirlos en esclavos.
─Por eso, muchos de nosotros
─concluyó uno de los ciboneyes ─nos hemos quitado el agua del bautismo, lavando
nuestra cabeza y exclamando luego en secreto: ¡Ahora ya no soy cristiano!
─¿Por qué se llaman hijos de
Dios esos hombres tan crueles? ─inquirió Tabey.
─Sólo sabemos que con ellos
nos llegó la miseria, el tributo y la muerte. Si os advertimos todo esto es
porque los cristianos están viniendo a Huionacoa.
Ya deben andar por Caracusey. Si hemos podido venir a avisaros ha sido por
orden suya. Para que os anunciemos su llegada y os pidamos que les cedáis los
mejores caneyes, bohíos, bebidas y alimentos. Como amigos de los taínos que
siempre hemos sido, os aconsejamos que los obedezcáis en cuanto ordenen. Quizá
de esa manera el pueblo de Huionacoa
sea más afortunado que los demás de Cubanascnan,
y no veáis sobre vuestra tierra cómo arden las cosechas y se quiebra el rostro
del sol sobre los dioses.
Meditando que la temeridad
es peligrosa en un cacique, y que el verdadero valor consiste en ser prudente,
Tabey ordenó a Guabí que, cuanto antes, trajese a Ana ─que había ido al mar de Bayaguarabo, con el pequeño Miguel y los
niños del poblado─; necesitaba su consejo.
Apenas habían tenido tiempo
de extender sobre el centro del batey
una amplia estera con frutas en señal de bienvenida, cuando descendieran por
las colinas una docena de caballeros enfundados en cotas de malla y a lomos de
corceles andaluces. Tabey, previendo que el azaroso encuentro fuese
desafortunado, dijo a sus nitaynos:
─Recordad que, por
superiores que parezcan esos cristianos, ningún nacido de mujer es tan grande
como la tierra, ni tan alto como las montañas. Así que cubrid vuestra cólera
con alegría, como las aguas tranquilas de la ciénaga ocultan al caimán.
Se sentó en la estera,
vigilante, aunque en perfecto reposo e inmutable. Lo imitaron los nitaynos y el bojike, adornados con sus cascos de plumas, petos y collares. En
pie, tras ellos, hombro con hombro, el resto del pueblo taíno era un enjambre
atónito.
En cabeza de la hueste,
sobre una airada yegua roana que mordía el espumoso bocado sin querer
doblegarse a la barbada, destacaba su capitán: el vallisoletano Pánfilo de
Narváez. Era un guerrero de al menos cuarenta años y alto de estatura, que a
causa de su ascética severidad poseía aspecto noble y distinguido. Llevaba
loriga, fuertes armas y escudo en los que se veían aun añejas huellas de
heridas profundas, marcas crueles de muchos campos ensangrentados. Tenía fama
de valiente, pero poco prudente y lascivo. Poseía las manos fuertes y rasposas
de quien está acostumbrado al trabajo del campo. Su poblada barba que ocultaba
una boca recta aumentaba el carácter tenaz que sugería el prognatismo de su
barbilla. Pero en su faz curtida y cubierta de pecas destacaba, junto a unos
ojos pequeños de color azul oscuro bajo hirsutas y rojas cejas, una larga
cicatriz en la mejilla, que lo precedía y seguía como un aullido. Cabalgaba medio
adormilado, con la vista perdida en la torva cavilación y en el ensueño. Pero
la cicatriz hablaba por él, miraba por él, le volvía despierto y terrible. Ante
su vista, los demás rostros de la hueste parecían palidecer como bajo el sol en
un eclipse.
Fue el primero en
descabalgar. Dos caballeros lo imitaron, con aire de negligencia que bien podía
ser consecuencia de un cansancio excesivo, y se colocaron a sus costados. Uno
de ellos vestía ropas talares, el otro se quitó las manoplas, alzó su visera y
se desprendió del yelmo; tal como había hecho su capitán. El sol aureoló la
bermeja melena de Narváez. Tabey lo invitó a sentarse sobre la estera, con el
mudo gesto de adelantar los brazos y extender las palmas de sus manos hacia el
lugar vacío frente a él. Aunque los otros dos hombres blancos permanecieron de
pie ─debido seguramente a la escasa movilidad que les permitían los quijotes y
grebas de sus armaduras─, el cacique, el bojike
y los nitaynos arquearon sus torsos
hacia sus negras sombras, pusieron las manos en la tierra y la besaron.
─Mi nombre es Tabey y soy
cacique del pueblo taíno de Huionacoa.
Sed bienvenidos.
─¡Ha... Habláis... nuestra
lengua!... ─tartamudeó, estupefacto, el más joven de los caballeros. Poseía
éste una mirada color de miel en una tez pálida con despejada frente perlada de
sudor, expresión melancólica, actitud lánguida y nariz de perfil recto sobre
una boca de labios carnosos. Parecía cortés y afable, y se le habría tomado por
cualquier cosa menos por un caballero de armas. Tenía el aspecto de un hombre
del que pueden esperarse prudentes consejos y sentimientos morales,
entremezclados oportunamente a una o dos vaciedades inspiradas por una honrada
convicción.
El repentino silencio de
Tabey ahondó en Narváez la inquietud que le había asaltado al escuchar las
palabras castellanas. Guabró, ceremonialmente, le pasó la cuerda de tabaco para
que fumase, pero el paladín declinó el honor con un gesto. Abruptamente, hubo
en el centro del batey una calma
parecida al sosiego del aire entre un jadeo de borrasca: las miradas de los
caballeros medían a las de los jefes nativos. La numerosa infantería, a medida
que llegaba, mascullando un rosario de maldiciones y chanzas, se esparció en
pequeños grupos tras los caballeros, que permanecían en sus sillas con la lanza
en ristre. La compacta masa de taínos, tras un instante de estupefacción, se
fue esponjando poco a poco desparramándose temerosa y curiosa hacia los
caballos y los soldados fulgurantes al sol del mediodía. Reparando Narváez en
el brillo de algunos cascabeles y cuentas de vidrio ensartados en los collares
de los nitaynos, echó mano a su bolsa
de cuero y extrajo de ella dos camisas, algunas cintas doradas, dos jubones,
dos pares de zaragüelles y dos gorras de grana que entregó con cierta solemnidad
a Tabey. Éste obsequió al capitán con una manta de algodón sobre la que estaban
colocadas ciertas preciosas joyas de oro. Los habitantes del valle, lentamente,
fueron rodeando a las cuadrillas de infantes, admirando con temerosa curiosidad
plagada de exagerados gestos y continuo parloteo, el resplandor del sol en los
almófares, camisotes de malla, espadas y lanzas. Los más arriesgados se
acercaban a los corceles, con precaución y risa nerviosa; observaban,
elogiaban, comparaban, medían y se maravillaban de la estatura y corpulencia de
los animales, del brillo acerado de sus cascos al patear inquietos el polvo, de
las proporciones de cada uno de sus miembros, de sus piafidos, de la largura y
textura de sus crines y colas que azotaban nerviosamente el aire para
espantarse los jejenes.
─Es una bendición de Dios
─dijo el capitán Narváez a Tabey─ que podamos entendernos directamente y sin
ayuda de farautes, que nunca llegan a decir con exactitud lo que ambas partes
exponen y sugieren. Soy el capitán Pánfilo de Narváez y os traigo noticias y
órdenes del adelantado Diego
Velázquez, gobernador de esta Isla Juana y representante de Su Alteza el Rey
de Castilla, de quien somos todos fieles vasallos. He venido a daros la paz en
su nombre, y a requeriros que reconozcáis su legítima soberanía sobre vuestro
pueblo y vuestras tierras, de lo que no os puede venir ningún daño sino mucho
provecho.
─No entiendo ─dijo el
cacique.
─El capitán Pánfilo de
Narváez quiere deciros... ─farfulló el caballero de ropas talares.
─No he oído tu nombre ─le
interrumpió, deliberadamente impertinente, Tabey.
─Perdonad ─barbotó, nervioso
y contrariado, el clérigo─. Me llamo Bartolomé de las Casas, y soy sacerdote.
Era un hombre de unos cuarenta
años, acento sevillano, calvicie avanzada en un apepinado cráneo, y grandes
ojos acuosos e inteligentes que lo distinguían como persona emotiva y tenaz,
pero dotada de sencillez.
─Hemos venido para tomar
amistad con vosotros ─continuó el
clérigo─. Para enseñaros a vivir políticamente, conocer a Dios y mostraros la
ley de Jesucristo, por la cual os salvaréis.
─Me parece bien lo de la
amistad y cualquier conocimiento. No sé qué significa vivir políticamente, ni
comprendo de qué tenemos que salvarnos ─repuso Tabey.
─Significa ─dijo con
urgencia Narváez─, que en este poblado manda el rey Carlos Primero.
─Yo soy el cacique de Huionacoa.
─Y lo seguiréis siendo.
Aunque, ahora, sois también vasallo del rey de España.
─¿Qué es ser vasallo?
─Que el rey está obligado a
trabajar con diligencia para el bien de vuestro pueblo.
─¿Por qué?
─Porque serviréis en las
cosas que más convenientes sean para ese gran señor.
─Yo sólo sirvo al pueblo
taíno de Huionacoa.
─Los taínos de vuestro
pueblo servirán desde ahora al rey de España y le darán cuanto en vuestra
tierra tengáis, como lo hacen ya todos los pueblos de esta isla y otros mucho
más grandes pueblos de la tierra.
─Los taínos de Huionacoa son libres. No sirven a nadie.
─Y seguirán siendo libres.
Pero, además, vasallos del rey de España ─remarcó con impaciencia el capitán.
─Mi pueblo no quiere ser
vasallo.
De las Casas medió, con el
insufrible paternalismo del maestro que recita una lección aprendida de
memoria:
─Dios ha elegido
graciosamente al rey de España para que os gobierne, como nos gobierna a
nosotros. Él, a través de su adelantado
Diego Velázquez, os entregará en manos de excelentes cristianos que estarán
obligados a vuestro suficiente mantenimiento.
─El pueblo taíno está
gobernado por sus nitaynos y por
mí ─le respondió Tabey, mientras hacía
un seco gesto para espantar a una hutía que mordisqueaba las frutas de la
estera─. No quiere nada que no pueda obtener con su inteligencia, destreza o
fuerza. Y no necesita que ningún cristiano intente conseguir para él lo que sus
dioses le dan día a día. Al nacer al mundo, Yocahu
Bagua Maorocoti proveyó a cada taíno de los medios que necesita para vivir,
hasta el día en que el sagrado pájaro Yahubaba
le cierre los ojos y lo lleve al lugar que Yocahu
Bagua Maorocoti le tiene preparado en su gran caney de humo.
─Os repito ─dijo agriamente
Narváez─ que pertenecéis al rey de España. Si queréis ser sus vasallos, seréis
honrados y favorecidos. Si os mostráis rebeldes, seréis castigados conforme a
la justicia.
─Vuestro rey debe ser muy
pobre, pues pide.
─El rey de España es el más
grande y poderoso monarca de la tierra ─espetó Narváez.
─Yo digo además que es muy
atrevido, pues, a quienes no conoce, amenaza con tomarles la tierra y querer
hacerles esclavos.
─Nadie ha hablado de
esclavitud ─intercedió el joven caballero de mirada amielada─, sino de trabajo.
El hombre tiene que trabajar hasta que muere, como los pájaros.
─Poco sabéis de pájaros y
sus trabajos, que no son ningunos. A ellos, como a los taínos, los mantiene Yocahu Bagua Maorocoti.
Una iguana se plantó junto a
ellos. Con su mano izquierda Tabey hizo un gesto que asemejó al aleteo de una
golondrina aturdida, y el saurio lleno de arrugas se retiró lánguidamente hacia
los árboles. Algunos adolescentes taínos habían perdido ya el temor, y se
atrevían a acariciar los lomos y las crines de los corceles; la risa floreció
en sus rostros cuando un caballo alzó ufano su cola y cagó deis bostas del
color del cobre. En cambio, la expresión de Pánfilo de Narváez había adquirido
la crispación de quien contiene un furor nacido de no soportar que le lleven la
contraria.
─En todo caso, Su Majestad
no amenaza. Pero, porque puede, y porque vela por la salvación eterna de
vuestras almas, exige el cumplimiento de sus deseos. En el preocuparse por
vosotros, como lo hace por nosotros, no debéis ver atrevimiento sino un
derecho.
─El pueblo taíno no sufre
cosquillas ante las demasías de cualquier otro pueblo, ni de sus guamiquinas.
─Mirad ─intervino veloz el
clérigo, para anticiparse al seguro estallido del capitán─, el rey de España es
un gran padre y todos somos sus hijos; vosotros y nosotros.
─Mi padre fue Guaracabuya,
hermano de Tureygua, el anterior cacique de Huionacoa.
─Pero Su Majestad Carlos
Primero es también, ahora, vuestro padre.
─Yo no quiero otro padre.
─Quiero decir..., ¿Cómo
explicaros?... Un padre en espíritu...
─En espíritu, los padres del
pueblo taíno son los hermanos y los hijos de nuestros dioses.
─Mirad que esos dioses son
falsos. Adoráis a unos ídolos impuros que entregan vuestras almas a la
perdición eterna.
─Yocahu Bagua Maorocoti ─intervino, serena y gravemente, Guabró─ es
la luz que alumbró la vacía extensión del cielo, el agua en reposo o saltarina,
el mar apacible o encolerizado, la inmovilidad y el silencio en la oscuridad de
la noche. Así se originó Huracán, el
corazón del cielo. Yocahu Bagua Maorocoti
y Huracán
hablaron entre sí y meditaron hasta ponerse de acuerdo y juntar sus palabras y
su pensamiento. Dispusieron la invención del tiempo y de dioses y diosas que
les hicieran compañía. Juntos, formaron la tierra, las montañas, los valles,
los ríos, los árboles, los bejucos, los animales y los alimentos. Y
establecieron el nacimiento de la vida y la creación del hombre.
─Estáis equivocado, hijo.
─No soy vuestro hijo.
─Tenéis razón en eso,
hermano.
─Tampoco soy hermano
vuestro.
─Todos lo somos en el amor a
Dios, el Único, Verdadero, Eterno y Omnipotente Padre Creador del cielo y de la
tierra, de todo lo visible e invisible. El Dios de Dios que encarnó por obra
del Espíritu Santo en la Virgen María y se hizo hombre con el nombre de
Jesucristo. Él nombró como representante suyo al Papa, haciéndolo señor del
universo. Y éste dio a España todas estas tierras con sus habitantes, a fin de
que su poderoso rey introduzca aquí la fe cristiana.
─En lo que dices de no haber
sino un solo Dios ─respondió Tabey─ y que éste gobierna el cielo y la tierra y
que es señor de todo, me parece bien, y así debe ser. El pueblo taíno también
lo cree. Pero en lo que dices sobre que el Papa es señor de todo, como si fuera
Dios, y que él ha hecho merced de nuestra tierra al rey de España, ese Papa
debía estar seguramente borracho cuando lo hizo, pues ha dado lo que no es
suyo. En cuanto al rey, que pide y toma un regalo tal, está loco; ya que pide y
quiere tomar lo que es de otros.
Como impulsada por un
resorte, la mano del capitán Pánfilo de Narváez aferró la empuñadura de su
espada. Tabey hizo caso omiso del brutal gesto y sus ojos se detuvieron en la
acalorada y tensa faz del clérigo.
─Por último, quiero deciros
que el pueblo taíno no quiere disputas. Sabed que la Ave María es amiga de nuestros dioses.
─¿Quién os ha enseñado el
santo nombre de Nuestra Señora? ─preguntó, asombrado, De las Casas.
Tabey observó cómo los
resplandecientes caballeros ponían sus aceradas lanzas en posición horizontal,
sopesándolas con excesiva inmovilidad. Dudó si dar o no un definitivo paso que
podría llevar a la hecatombe a su pueblo. Lo más difícil para un cacique no era
cumplir su deber, sino conocer ciertamente ese deber. Pero, para ayudarlo en
eso, para que pusiera su lengua allí donde su corazón golpeaba, para que soplara
cálidamente en su espíritu de desconcierto repentino, para pensar y fraguar una
paz que se abriese camino con el vigor de la luz de la luna entre la negra
humareda de nubes, necesitaba a Ana. Así que, se levantó de la estera, con
tranquilidad, y pidió a los españoles que lo siguiesen a su caney, en cuya
puerta destacaba la tablilla con la imagen de la Virgen, profusamente adornada
de flores.
Guiados por la estrella que
primero asoma en el cielo al oscurecerse, alborotadores guabairos volaban hacia la resaca vespertina cuando Ana apareció en
el batey llevando de la mano a
Miguelito. Se había engalanado con el vestido de luto, el único que le quedaba
en buen estado. El joven caballero de ojos amielados la vio llegar como si su
mente estuviese perdida en esa isla de niebla que nos protege del recuerdo de
quien estamos seguros que no vamos a volver a ver nunca. Cierta nostalgia cruzó
por la mente de Ana al reconocerlo. Era el abogado que la había ayudado en La Española a ponerse al frente de la
expedición del bachiller Enciso: don Pedro Sánchez Farfán.
─Son mi mujer y mi hijo
─dijo el cacique con orgullosa naturalidad. Al ver que el capitán de la
cicatriz acariciaba la guarda de su
espada ─sacudido por un espasmódico movimiento de vindicador de doncelleces
y honras holladas─, Sánchez Farfán se apresuró a reverenciar a Ana y besarle la
mano. Ella lo saludó afablemente y le dio las gracias por el recado que había
recibido de él en Santa María del Darién
de labios de Rodrigo de Colmenares. Pánfilo de Narváez descompuso su automático
gesto y, a regañadientes, imitó la cortesía del abogado, presentándose:
─Soy el capitán Pánfilo de
Narváez, y me pongo rendidamente a vuestros pies, señora. No dudéis en pedirme
lo que deseéis. Os satisfaré con diligencia y plenitud.
Ana le estrechó la mano.
Hizo lo mismo con otros diez caballeros de rostro aborrascado, y se esforzó
para ocultar la risa que iba a aflorar en sus labios al darse cuenta del
mayúsculo escándalo que reflejaba la mirada de Bartolomé de las Casas fija en
el pequeño Miguel.
Los taínos habían dispuesto
un caney para los caballeros y sus monturas, seis bohíos para la infantería, y
tres para los ciboneyes y su carga. Durante la cena ─a la que asistieron
Narváez, De las Casas, Sánchez Farfán, los caballeros, los nitaynos, el bojike,
Tabey y Ana─, la aragonesa contó sucintamente sus aventuras y desventuras desde
que había salido de La Española ;
concluyendo que cada alma que había conocido era un río que discurriendo con un
enérgico murmullo, a veces alegre, a veces sombrío, había convertido a una
muchacha de infancia mimada en una llama ascendente. Tabey se emocionaba tanto
al observar con qué gracia y fluidez expresaba Ana sus pensamientos, que temía
ruborizarse ante aquellos intempestivos visitantes cada vez que los azules ojos
de su esposa se detenían en él. Aprovechándose de la reserva que le brindaban
los instantes en que Tabey conversaba con sus nitaynos o los caballeros, que alardeaban de sus proezas de matones
sangrientos, Narváez, en voz baja, ofreció a Ana rescatarla de aquellos
salvajes que andaban desnudos.
─Los conozco bien, señora.
Da igual que sean lucayos, ciboneyes, caribes, guanahacabibes o taínos. Son unos haraganes borrachos de vino y
humo, que no tienen en nada el matarse ni matar, y son incapaces de doctrina.
Me apena sobremanera pensar que habéis tenido que sobrevivir más de seis años
con una gente tan cocida en vicios y bestialidades como nunca crio Dios.
─Os agradecería vuestra
compasión, capitán Narváez ─respondió sosegadamente Ana─, si no fuera porque he
encontrado en los taínos de Huionacoa
a las personas más inocentes, humildes, pacientes, pacíficas y sin rencores,
odios o deseo de venganza que jamás he conocido. Todo su defecto es que son y
desean ser pobres.
El vallisoletano sospechó
que aquellas palabras eran hijas del miedo a que Tabey la escuchase o leyese en
sus labios. Mas, como su intención era sonsacarle información sobre las
riquezas que poseía el poblado, en vez de contradecirla, le dijo que se
felicitaba de que los taínos de Huionacoa
no fuesen como los demás indígenas. Eso ayudaría al buen entendimiento de su
tropa con aquella gente que, evidenciando su pobreza, ataría las manos a la
posible codicia de los soldados.
─Ya sabéis que, por mucho
que un capitán se esfuerce, los hombres de armas no tienen a veces todas las
virtudes que serían necesarias en ellos.
─Sí. Suele decirse que la
espada inspira el crimen, hasta envainada ─comentó, irónicamente, Ana.
─Sin embargo, gracias a ella
y a quienes la utilizan en nombre de Dios se puede confiar en que los paganos
abran los ojos un día u otro, y sean fieles a quien los protege; sin rebelarse
contra quien los anima a otra forma de vida.
─Veo, Narváez, que ante todo
creéis en la intimidación.
─Soy un soldado, señora. Mi
labor es el heroísmo.
─Pero como cristiano estáis
obligado a la caridad. Y esa virtud entraña comprensión.
─Toma largo tiempo
comprender nada, señora.
Cuando, más tarde, caminaban
hacia el terraplén amarillo para asistir al desarrollo del areyto, Bartolomé de las Casas confió a Ana que viajaba a Santa María de la Antigua del Darién, con objeto de vigilar el
exacto cumplimiento de la instrucción dada por el rey Carlos I acerca del buen
trato que debía darse a los indios. Había tenido conocimiento de que el nuevo
gobernador, un tal Pedro Arias de Ávila, no era muy estricto con la ley. Por
orden suya, un Diego de Almagro había matado al sáhila de Careta, y su
sobrino había asolado las tierras del Cenú. Un Juan de Ayora había eliminado al
quevi de Jurá y al cacique de Pocorosa.
Un cierto Garavito había dejado un rastro de sangre en el recién descubierto Mar del Sur, y un llamado Gaspar de
Morales había robado de Isla Rica oro por valor de más de cuatro
mil pesos, y dos libras y media de
perlas. Cuando, al hacer escala en Xagua, le habían contado que en Isla Juana
aun quedaba una aldea sin cristianizar, le había insistido a Narváez para poder
acompañarlo a Huionacoa y bautizar a
sus habitantes.
─Lo comprendo ─dijo Ana,
amargamente─. Queréis evitar que se vean privados de entrar en el Reino de los
Cielos, puesto que bastantes de ellos no quedarán vivos muchos meses tras el
trato con los soldados.
─Desgraciadamente, mi
experiencia no puede llevaros la contraria, señora. Así sucede demasiadas
veces. Pero comprended que lo hago fundamentalmente porque es obligación de mi
ministerio sacerdotal. Y, por cierto, supongo que habréis bautizado vos misma a
vuestro hijo.
─Sí. Y lo he educado en
nuestra fe, tanto como mi esposo lo ha hecho en la suya.
─Sabéis que no se puede
servir a dos amos: el verdadero Dios, y los falsos ídolos.
─Para ellos es el mismo
Dios, con nombre distinto.
─Siento compasión por vos,
hija mía, que sufrís la sinrazón que aqueja a quien ha vivido mucho tiempo
alejada de su religión, su familia y sus costumbres. Mañana mismo administraré
el bautismo en el poblado. En cuanto a vos, recordad que si vuestra situación
pretérita es digna de misericordia, a partir de ahora, si no consentís en que
yo sea imprescindible testigo del sacramento del matrimonio entre vos y el
cacique, tened en cuenta que viviréis en pecado mortal.
─Contestadme, reverendo
padre. Una vez bautizados los taínos, ya no hay razón para que Castilla pueda
justamente requerirles sus tierras, ¿no es verdad?
─Cuando los paganos se ponen
en contacto con el conocimiento de Dios, todos los poderes y derechos de
dominio poseídos por ellos pasan a Cristo, Señor de la tierra en sentido
espiritual y temporal. Ahora bien, como Cristo delegó este dominio en sus sucesores...
─...y el Papa Borja partió
el mundo en dos mitades, como a una calabaza ─interrumpió, agriamente
sarcástica, Ana─, y una se la concedió a
Castilla... Tened buenas noches, mosén Bartolomé.
Una luna protectora y
propicia bañaba los pasos y hermosos dorsos arqueados de las nativas ritmando
la cadencia dulce de la siringa que tocaba Tabey y acompañaban caracolas y
tambores. Los labios frutales de las danzarinas desgranaban un cántico que les
servía para el balanceo gimiente del anhelo amoroso. Echaban la cabeza hacia
atrás para que el fulgor de las estrellas perlase el sudor de sus gargantas y
hombros. El flameo de sus negros cabellos embalsamaba el poblado de deliciosa
acritud, que se mezclaba con el asfixiante aroma de los sahumerios. Los
soldados, con esos ojos aldeanos que parecían guardar el misterio de los
paisajes que habían visto, se apretaban en haces palpitantes por el deseo de
abrazar los cuerpos de las doncellas. Algunos se daban codazos cómplices y
hacían salaces muecas refiriéndose a ellas. Los más borrachos abrían en
bostezos sus bocas, dejando que el vino se les escurriera por las barbas.
Don Pedro Sánchez Farfán
contó a Ana que, por encargo del nuevo obispo del Darién ─un franciscano que había sido condiscípulo suyo en la
universidad de Alcalá de Henares─, iba a Acla, una villa que había repoblado
Balboa al norte de la Tierra Firme, para
construir naves que conquistasen el riquísimo Birú de cuyas riquezas tanto le habían hablado los nativos. Su
amigo el obispo, quería que evitase por todos los medios legales que el nuevo
gobernador de Veragua enviase preso a
Balboa hacia Castilla. Se llamaba Pedro Arias Dávila y había llegado a Tierra
Firme con el bachiller Fernández de Enciso, para reponer a éste en su cargo de
alguacil mayor en Santa María la Antigua del Darién. Eso había desatando la ira
de Balboa, que tomó la tierra de Acla y se estableció en ella con un centenar
de amigos que viven armoniosamente con los indígenas. El odio del gobernador
aumentó cuando el esgrimidor descubrió un nuevo océano, del que el rey lo
nombró adelantado, además de gobernador
de Panamá y de Coíba. De hecho, el
tal Arias Dávila mandó construir en el patio de su casa una jaula en la que
tuvo encerrado a Balboa durante dos meses; aunque luego, por avidez o para hacer
las paces, lo casó por poderes con su propia hija. Mas, como Balboa sigue amancebado con una hija del sáhila de Careta, mi amigo el obispo del Darién
teme que el gobernador acabe por
vengarse del esgrimidor de forma
definitiva.
Ante semejante rueda de
astucias, bizarrías y rencores que le recordaban vivamente su inmediato pasado,
Ana sintió compasión por aquellos antiguos compañeros suyos que aun eran
incapaces de aceptarse tal como eran, con sus límites infranqueables, con su
limitada porción de valentía, de talento y de éxito; sin saberse perdonar y
tomando sus vidas en forma trágica, sin inclinarse a las humildes condiciones de
las cosas humanas. Y no pudo por menos que dar las gracias al Cielo por haberla
arrebatado de aquella vida estremecida y haberla depositado en la naturalidad
desnuda e inocente que diariamente la iluminaba.
Hacía ya tiempo que el
mochuelo dormía. Sin embargo, en la oscuridad del caney, Ana y Tabey aun
devanaban el ovillo de su incierto futuro.
─Estos cristianos nada saben
de consejo. Vienen y ordenan el olvido de nuestros dioses, y quieren imponer la
servidumbre a mi pueblo. ¿Es que no hay entre ellos nadie como Guahayona?
─Seguramente, muchos. Pero
no deciden.
─¿Guahayona no era nitayno?
─Era un hombre de mar. Veía
las cosas de tierra desde lejos. Era auténticamente libre.
─Quienes viven en tu tierra,
¿son esclavos?
─Están sometidos.
─¿Estar sometido es ser
vasallo?
─Sí. Aunque se puede ser
vasallo y tener muchísimo poder. Depende del número de señores que te mande.
Quien más vasallos tiene es el rey, sobre quien nadie manda. A medida que se
tiene menos poder, se tienen más señores y menos sometidos.
─¿Tu padre tenía muchos
vasallos?
─Ninguno.
─¿Tenía mucho poder?
─Lo despreciaba.
─¿Estaba sometido?
─Someterse cuando la
necesidad lo exige es una valerosa virtud, Tabey.
─¿Por qué?
─Porque se puede ser más
libre que buscando el poder.
─No lo entiendo. ¿Es que los
que tienen poder no son libres?
─La ambición no les permite
serlo.
─¿Qué es la ambición?
─Dejar lo que se tiene por
lo que se puede llegar a tener. Eso hace que uno no ande muy de acuerdo con la
bondad, sino solamente con el engaño y con la violencia. Por eso no son los
mejores quienes disfrutan el poder.
─¿Y por qué no se lo quitan
los mejores?
─Porque están guardados por
los guerreros, los hombres ricos, los aduladores que quieren llegar a serlo,
los nitaynos infames, los farsantes y
los locos que distraen el corazón de los poderosos.
─¿Qué quieren conseguir
todos ésos?
─Orgullo, dignidades y oro.
Para ser más poderosos.
─¿Por qué el oro da poder?
─Porque quien lo tiene lo es
todo; sin sabiduría es un sabio, tiene ingenio, corazón, mérito, rango, virtud,
valor, dignidad, y sangre; es amado por los poderosos y querido por las
mujeres.
─No lo entiendo. ¿Para qué
les sirve el oro?
─Para ser dueños de tierras,
casas, esclavos, y dominar las voluntades de los demás. Con el oro, el orgullo
y las dignidades se consigue la ayuda de los guerreros y los bojikes. Mira, Tabey, si en mi tierra
apareciese una serpiente con un collar de oro todo el mundo todo el mundo la
llamaría “señora serpiente”.
─¿Qué es el orgullo?
─La máscara de nuestros
defectos.
─¿Para qué quieren ponerse
máscaras los poderosos?
─Para engañar a los demás
pareciendo buenos y respetables.
─¿Qué son las dignidades?
─El reconocimiento de los
poderosos.
─¿Es el rey más ambicioso
que nadie?
─Al rey lo tienen que
respetar todos, ambiciosos y humildes.
─¿Por qué?
─Porque es Dios quien ha
querido que sea rey.
─Si tu Dios es bueno y ha
querido que mande el rey, ¿por qué el rey no hace que todos sus vasallos sean
buenos?
─Dios nos enseña que todos
debemos querernos como hermanos. El rey manda que cumplamos esa ley de Dios.
Pero, como su reino es muy grande, tiene que nombrar a unos representantes
suyos para que vigilen el cumplimiento de ese mandato.
─¿Los nitaynos?
─Sí, los nitaynos. Que son, o se hacen
ambiciosos.
─¿Narváez, Casas y Sánchez
Farfán son nitaynos?
─No. Ellos no son más que
vasallos que están acostumbrados a someterse y a cumplir su deber.
─¿Lo hacen porque si no los nitaynos los matarían?
─Lo hacen porque si no
serían pobres.
─Si lo que quiere ese rey, a
través de estos vasallos, es herirnos, robarnos y matarnos, los taínos
lucharemos.
─Y a quienes sobrevivan no
les quedará ni el recuerdo de haber sido hombres. De todas formas serán
esclavos.
─¡Los taínos lucharemos y no
seremos esclavos!
─Son tantos como granos de
arena tiene la playa de Bayaguarabo.
Están acostumbrados a atacar, tender trampas, violar, descuartizar, saquear e
incendiar. Y nunca desistirán. Seguirán llegando cada vez más, y mejor
armados... ¡Tabey! ¡Mi Tabey! Aun peor que la esclavitud, es la guerra; que
sólo se hace para robar. La guerra, Tabey, cambia el juicio de los hombres, sus
deseos y sus corazones.
Ana guardó un silencio
triste que acompañó, pensativo, Tabey. Al cabo, la aragonesa susurró,
desazonada:
─Tanto si combatimos como si
no, ya nunca volveremos a ser lo que somos.
─Dices, “si combatimos...”
¿Lucharías al lado de los taínos contra tu pueblo?
─Mi pueblo es donde tú
estés.
─Si no luchamos, dime: ¿qué
podemos hacer?
─Yo haré lo que tú me
mandes. Pero creo que antes debes pensar con tus nitaynos lo que le conviene al pueblo de Huionacoa. Y, en todo caso, que cada taíno escoja libremente su
destino. Pero, para eso, necesitaríamos tiempo.
─¡Tiempo!... Tiempo para
pensar en todo lo que me has dicho... ¡Tiempo que no tenemos! Ahí afuera el cielo se está volviendo color
de ceniza y suenan los primeros crujidos de ramas, porque saltamontes y
lagartijas presienten el inminente claror de la luz anunciando que Yocahu Bagua Maorocoti va a amanecer.
Así que, Ana, dime, ¿cómo puedo conseguir ese tiempo que necesito?
─Para ayudarte, desearía
tener más sabiduría y poder detener este instante hasta que tú quisieras. Pero
sólo poseo el idioma y el conocimiento de algunas leyes y costumbres de tus
enemigos... Si te sirve, y para que juzgues su conveniencia, te diré lo que un bojike aconsejó al rey de un lejano
país: “Besa la mano de tu enemigo, mientras no puedas cortársela”.
Un grito femenino rasgó la
noche con el pavor de quien ha visto a los muertos alzarse de sus tumbas. De un
tajo feroz, la espada de un soldado ebrio había cercenado la cabeza a Naibe por
resistirse a ser violada. Fue el toque de a rebato para los hombres de hierro y
de soberbia. Cuando Tabey brincó de la hamaca
y, empuñando su macana, salió a las
tinieblas, Ana sintió la frente oprimida por el horror y presintió las fauces
abiertas del infierno. Estrechó a Miguelito contra su pecho, susurrando:
─¿Qué va a ser de ti, hijo
mío? ¿Qué va a ser de todos nosotros?
Corrió al umbral del caney y
se convirtió en una estatua muda con el rostro estremecido. Todas las espadas
habían saltado de las vainas para tundir vidas inocentes. Atónitos y
espantados, los taínos no sabían dónde guarecerse o huir. Los cien más avisados
hicieron volar flechas y azagayas de caña, que tiñeron de sangre el cuero de
algunos coseletes cristianos. La desesperación empujó al resto a defenderse sin
más armas que las que lograban arrebatar a sus enemigos. Diez, y a veces
veinte, perdían la vida antes de derribar a uno de aquellos hombres con sed de
gloria. Narváez, en camisa, descalzo y todavía bajo el efecto del aguardiente,
salió de su bohío dando órdenes. Una piedra lanzada por Taguax lo alcanzó en la
boca del estómago haciéndolo rodar al suelo. Sorteando al postrado capitán, veinte
sombras salieron del caney donde habían pernoctado y saltaron sobre los
caballos alborotados. A cintarazos, se abrieron paso entre los nativos que se
derramaban hacia la selva. Manos enfundadas en hierro prendieron fuego al bajareque. Tabey, armado con la espada
de un castellano al que había matado a golpes de macana, segó el brazo de un caballero en el momento en que iba a
traspasarlo con su lanza, y lo degolló cuando cayó a tierra. Sánchez Farfán
corrió esquivando golpes y caídas hasta llegar junto a Ana que, en el umbral de
su caney, helada de terror y con su hijo llorando abrazado a su falda,
intentaba distinguir la silueta de su amado entre aquel saturnal caos de bultos
enloquecidos sobre el lóbrego batey.
Retumbaba en el bosque el sordo crujido de los lanceros al desmembrar cuerpos
desnudos. Todo el valle era gritos de guerra, alaridos de espanto, piafidos de
caballos, desesperado gemir de los heridos, crepitar del fuego deflagrando en
cenizas al poblado. Las espadas cristianas dispersaban a los paganos como un
huracán púrpura. Los taínos arremetían contra los hombres de rostro barbado,
pero no encontraban sino la férrea e impenetrable resistencia de las armaduras
o el criminal temple del acero convertido en daga, espada, hacha, martillo o
lanza que los traspasaban. Bartolomé de las Casas, con sus crispados brazos
extendidos hacia un cielo imperturbable, en el que hasta la propia luna había
sido inmolada, caminaba entre la dantesca hecatombe clamando en vano que cesase
aquella locura, recordando inútilmente el divino mandamiento de caridad para
con el prójimo, y asegurando que arderían eternamente en las llamas del
infierno los culpables del pecado de homicidio. Guabró golpeó con un hacha la
celada de un infante, con tal fuerza, que el filo le segó la cabeza. Cuatro
jinetes con cuerdas atadas a los pomos de sus sillas, enlazaron las muñecas y
tobillos del joven bojike y lo
descuartizaron. Guabí se encaró el arcabuz de Codro Aquileia y alcanzó en plena
cara al caballo de uno de los descuartizadores. El animal, con relinchos
horrísonos, levantó las manos y arrojó por tierra al caballero, que veinte
indígenas arrollaron hasta acabar con su
vida. Lanza en ristre, otro de los descuartizadores se arrojó contra el costado
de Guabí, mientras un infante levantaba al mismo tiempo la voz y la espada.
Guabí giró sobre sí mismo, arrebató la lanza al jinete, y pasó con ella de
parte a parte al infante. El jinete ensartó los ijares de Taguax, que acudía en
ayuda de Guabí. Éste, alcanzó con la lanza la cara del caballo, que alzó el
pecho y dio con el descuartizador en tierra. Taguax, armado con una piedra
enorme, golpeó el rostro del caballero una y otra vez, hasta que el cristiano
entregó el alma a Dios. Sobre él, con sus intestinos colgando, cayó muerto
Taguax. Un descuartizador, que todavía arrastraba por el polvo la cabeza del bojike, frenó su montura tirándole del
bocado, y traspasó de un lanzazo el paladar de Guabí; el valeroso taíno dio el
color de su sangre al amarillo término del areyto.
A treinta pasos, Tabey luchaba con un infante gigantesco que blandía su espada
como una varilla y lo hacía retroceder. El acero del castellano centelleó en el
aire y descendió sobre la cabeza del joven cacique que, saltando de costado, no
sólo evitó el mandoble, sino que pudo darle a su descomunal oponente un tajo
formidable que le partió los dientes y los sesos. Sánchez Farfán, al no
conseguir que Ana se ocultase en el interior del caney, se puso ante ella
protegiéndola con su espada y ocultándole la vista de la espantosa carnicería,
en la que los españoles eran los segadores y el pueblo taíno la cosecha.
Narváez, montado sobre su yegua roana, pasó de parte a parte a Tabey con su
lanza. Pero el joven cacique se agarró tan fuertemente al venablo que dio con
el capitán en tierra. Éste, se alzó de
un salto, asió la lanza que atravesaba al cacique, y de un tremendo empellón se
la sacó del cuerpo. Tabey, casi exánime y enmarcado por las llamas, cayó sobre
el cadáver de Guabí. El capitán de la temible cicatriz desenvainó su espada,
dispuesto a acabar de una vez con el cacique. Con la garra de la muerte
oprimiéndole el vientre, Tabey se hizo con el acero que centelleaba junto al
cadáver de Guabí. Sólo el valor logró que se alzase tambaleante y se arrojase
sobre Narváez. El vallisoletano evitó la estocada, hendió con su acero los
hombros del exangüe taíno y, de un puntapié, lo desarmó. Con un último
esfuerzo, las manos de Tabey aferraron la garganta de Narváez, con intención de
estrangularlo; pero el capitán enarboló su daga y le atravesó el esternón. Roto
su aliento, Tabey intentó en vano incorporarse de nuevo. Sus ojos velados por
la muerte buscaron la puerta de su caney circundado por el siniestro fulgor del
vasto incendio. Extendió su diestra hacia allí, como un ciego perdido en su
eterna noche, y gritó con el último estertor:
─¡A... na!
Cayó boca arriba, con los
ojos fijos en la luz de la naciente aurora. A lo lejos, Ana sintió que le
estallaba el corazón. Narváez la vio llegar cortando el aire con sus brazos
abiertos y caer sobre su amado en un desesperado abrazo que fundía todos los
ocasos en su alma. Tomó entre sus manos la cabeza de Tabey y besó largamente
sus labios yertos. Narváez le dio la espalda y caminó sin rumbo entre el montón
de cadáveres que inundaba el batey.
Ana, abrazando el cuerpo ensangrentado de Tabey lo acunó dulce y patéticamente.
Al cabo, alzó sus ojos extraviados al cielo, con un mudo y feroz reproche.
Humeaban las montañas. El firmamento era un sudario escarlata del que emigraban
los pájaros. Temblaban las hojas de la selva y el silencio hirvió en el valle
de Huionacoa. Yacía en su suelo la
inocencia vencida. Y tanta vida se vació como enmudecen de pronto y todas
juntas las cigarras.
Don Pedro Sánchez Farfán se
hizo cargo del pequeño Miguel y de Ana, que no opusieron resistencia alguna a
ser conducidos a la nave anclada en la desembocadura del río Zaza. Durante la
semana que duró la travesía, la espantosa inmovilidad de la aragonesa sólo se
rompió por súbitos escalofríos y accesos convulsos con un sonoro castañetear de
dientes. El negro vestido realzaba en su rostro la despavorida expresión de
quien está ahogándose por la asfixia de una cruel zarpa invisible en la
garganta. Sus ojos estaban fijos en un punto indeterminado del horizonte y sus
brazos estrechaban a Miguelito como si más allá nada pudiese haber seguro. El
joven abogado, habituado a prescindir de todo signo de admiración ante los más
extraordinarios acontecimientos, sentía su ánimo extrañamente apesadumbrado al
evocar aquella aterradora reducción a la nada de todo cuanto unos seres habían
visto, sabido, amado u odiado; de todo lo que para ellos era inapreciable o
necesario. Luchar contra la perversa costumbre de la guerra lo había llevado a
estudiar leyes y ejercer la abogacía. Mientras que otros vacilaban o
flaqueaban, él había aprendido a protegerse con una coraza de firmeza y
desapasionamiento que, dejándolo sin rastro de emoción, le permitía saber a qué
atenerse para defender a quienes padecían las consecuencias de aquel vesánico
vértigo. Sin embargo, el espanto entumecido de Ana le hacía atisbar por vez
primera la auténtica locura que reviste la cólera.
Cuando llegaron a Acla, la
selva no dejaba oír sonido ni grito ni murmullo alguno. El puerto tenía en un
lado cortos espolones vestidos de boscaje bajando en ángulo recto hasta la
misma costa; y en el otro, perdiéndose en el misterioso ópalo de las grandes
distancias envueltas en árida bruma, se abría una gran llanura. Las paredes de
caña de las casas con tejados de palma apenas se divisaban entre los árboles,
por donde filtraba la luz su destello como líneas de lluvia que no chocaban.
Esperaba la llegada de la nave un revoltijo de harapos, piernas llagadas y
patas de palo, brazos esqueléticos y muñones, cabezas tiñosas y cuerpos ardidos
de hambre. Se gritaban hablillas, protestas y llamas:
─Esa nave viene de Isla Juana.
─Dicen que trae un millón de
maravedíes en oro.
─Siempre fuiste una ansiosa
pelona. ¿Tú qué sabes?
─Me lo dijo un fraile.
─¿Quién va a decirte nada a
ti, vieja puta?
─Habrá un resto como
limosna.
─Y bolsillos que vaciar.
─Sí. ¡De pordioseros!
─El oro será para Pedrarias. ¡Como siempre!
─Ese Furor Dómini nos enterrará a todos en Tierra Firme.
─¡No eches mal de ojo!
─El ataúd donde duerme lo
hace inmortal.
─¡Y con poder para
ahorcarnos!
─¡Vade retro!
─También a mí me pertenece
ese oro. ¡He nacido en Vizcaya!
─¡De madre egipcia y padre marrano!.. No esperes más que migajas.
─¡Eso hemos conseguido los
castellanos en Yndias!
─¿De qué te quejas? Naciste
en la cofradía de los pobres.
─¡Fui soldado y conquisté un
reino!
─¡De bubas y piojos!
─¡Así paga el rey a quien lo
sirve!
─¡Mandará que te ahorque, si
no callas!
─No me entiende, es flamenco.
Tras el desembarco, siempre
con su mano aferrada a su hijo, Ana caminó entre aquella mugre como si sus pies
fuesen de plomo. Su imagen trágica recordaba a un ser que acabase de salir de
la tumba y estuviese horrorizado de tener que despertar cerca de una locura que
no era sino la intolerable lucidez del terror. Sánchez Farfán preguntó por el
paradero de la casa de Balboa, donde el obispo Quevedo le había indicado que
podía instalarse como huésped.
─El adelantado no está allí. Lleva seis meses en el río Chucunaque
armando una flota de bergantines.
─Dicen que, para separarse
del rey de España y gobernar él solo lo que conquiste.
─¡Mandar no quiere par!
─Se cuenta que en los reinos
del sur todo es de oro.
─¡Y que atan los perros con
longaniza!... Prefiero malo conocido.
El abogado contrató una
silla de manos y avanzaron por un suburbio de bohíos. Se cruzaron con nativas
cuidando a una multitud de niños que jugaban en el polvo. Más de una docena de
canes revolvían los montones de desperdicios y no se tomaron la molestia de
gruñir cuando pasó la silla. Se internaron en un haz de casas en mejor estado;
muchas de ellas ─de adobe enjalbegado y vigas de madera─ se mezclaban con
amplios bohíos recién construidos. Eran las viviendas de los conquistadores. Algunos
de ellos, desastrados y descalzos como mendigos, se hacían transportar de un
lado a otro sobre los hombros de indígenas jóvenes, a quienes urgían con gritos
para que apurasen el paso, como si huyesen de un incendio o acudiesen al
reparto del oro en la casa de fundición. Observando a aquel tropel de
vagabundos empeñados en mantener la necia soberbia de poderosos caballeros,
Sánchez Farfán sintió que su corazón se conmovía al recordar con qué furor de
heroísmo, esperanza y fe habían conquistado el Nuevo Mundo. Todos habían soñado
que se convirtiese en refugio y amparo de los desesperados. Jamás nadie había
albergado en su alma semejante sueño de liberación, gloria y aventura. Habían
creído que el mismo cielo sonreía sus matanzas, y habían acabado por transformar
sus casas en domicilios de rivalidades, envidias y ambiciones sin límite.
La silla desembocó en una
calle de negros manzanillos. Se escuchó el tenue eco de una pequeña campana que
aspiraba a llenar con estrépito de bronce la colmena de tejados. Cuatro mujeres
blancas doblaron una esquina, apresurándose. De un bohío que hacía funciones de
taberna salió un musculoso rufián en harapos, limpiándose la espesa barba con
el dorso de su manaza peluda; se tambaleó un poco y levantó sobre su cabeza una
bota de vino. Sánchez Farfán advirtió en el lóbulo de su oreja el brillo de una
esmeralda engastada en un pendiente de oro, y tres sortijas brillantes en otros
tantos dedos de su mano izquierda. Su capote estaba raído en los bajos,
formando flecos, y, al balancearse para recibir mejor el chorro de vino sobre
su gaznate, mostraba debajo una buena cantidad de piel desnuda cubierta de
cicatrices.
Al poco, las tapias de una
hacienda irradiaron una blancura marchita, como una visión de brumas en las que
sonaron varias voces. Unos áloes florecían sobre ellas. Nativas con vestidos
holgados y de vivos colores corrían de un lado a otro cacareando como gallinas
perseguidas. Una joven llenó el umbral de la puerta de la casa: era Anagua,
que, tras la muerte de su padre a manos de Diego de Almagro, había sido
recogida por su hermana Anayansi. La coíba
se lanzó hacia la silla de manos, gritando como si la hubiesen apuñalado.
Riendo y llorando al mismo tiempo abrazó a Ana, cuyo rostro seguía absorto y
petrificado dentro de aquella racha de azabache. Anagua besó la frente del
asustado Miguelito, mientras media docena de cabezas con cabellos negros
señalaban a los recién llegados, cuchicheando con un murmullo incesante.
Los rescoldos del incendio
del día se apagaron, y la noche se abatió sobre Ana con su profunda negrura. Ya
no le quedaba más que el cuerpo y la angustia en la decisión de ese cuerpo.
Dentro de su desgracia todo era calma, todo le había pasado de largo, todas las
puertas estaban cerradas y no se oía sonido alguno. Su pensamiento seguía la
silueta flotante de Tabey más allá de todos los mundos conocidos. Juntos ella y
él se elevaban; por encima del dolor, el incendio, la crueldad, el asesinato y
la desesperación. Habían dejado la muerte y todas las cosas excepto su amor,
que irradiaba su halo alrededor de tres llamas que eran el pequeño Miguel y
ellos dos mismos. La inmortalidad los rodeaba de una enorme y tranquilizadora
oscuridad donde nada se movía. Flotaban en ella en completo silencio, y la
envoltura vacía del cuerpo de Ana vigilaba las tres llamas que, una al lado de
la otra, mezclaban su luz en medio de la soledad infinita. Eran las tres velas
que ardían débilmente sobre un duho
cerca de la cabeza de la aragonesa tendida en la cama. Anagua se inclinó hacia
ella, ante la sombra compasiva de Sánchez Farfán. Ana abrió desmesuradamente
los ojos. Había estado durmiendo durante seis días. Y el despertar le pareció
un nuevo nacimiento.
─¿Y Miguel? ─susurró.
A la coíba se le alegró el rostro con el fulgor de un alba primaveral.
Le besó la frente y le cogió la mano.
─Ahora le digo que venga,
para que lo veas.
Con aquella breve vuelta a
la realidad retornó la desolación aumentada diez veces. Hubiera deseado
agradecer a aquella amiga tan querida que la mimase entregando su cariño en
silencio, pero no dejaba de pensar que el enemigo esperaba tras el umbral, como
la muerte aguarda en la puerta de la vida. Anhelaba sobre todo dormir, en un
deslizamiento suave y blando hacia la inconsciencia.
Durante todo un mes
permaneció boca arriba en medio del silencio y las sombras de la habitación.
Cuando rara vez se despertaba, su mirada clara que destacaba en un rostro
apergaminado se paralizaba en el techo. Anagua la atendía de día; la lavaba e
intentaba por todos los medios que bebiese y se alimentase; a veces,
recurriendo a la presencia del pequeño Miguel, a quien la convaleciente
contemplaba desde un oscuro silencio preñado de febril ausencia. Sánchez Farfán
permanecía a su lado por las noches; sentado pacientemente a su lado, cruzado
de brazos y observándola con la estupefacción de quien no sabe qué hacer para
ayudar.
Idéntico desconcierto lo
siguió embargando cuando Ana se levantó y comenzó a alternar su silencio en la
habitación con la actitud ausente en la suave penumbra del amplio jardín de la
casa, donde la brisa mecía las hojas de los árboles en los que anidaban los
trinos de los pájaros. Anayansi y Anagua le hacían, con ramitas de flores,
pasadores para sus cabellos, o confeccionaban juguetes brillantes como
estrellas para el pequeño Miguel. Sánchez Farfán la contemplaba desde la
distancia, preguntándose con qué podría compararla que fuese tan hermoso como
ella. Pensaba que era más verdadera que la verdad, y más bella que el mar.
Sentía que, aunque su alma fuese tan incógnita, honda e insondable como la
cúpula celeste, comenzaba verdaderamente a amarla.
Un día le llegó una carta
desde Santa María de la Antigua del
Darién. Era de Bartolomé de las Casas, quien le contaba que había
encontrado en Pedrarias ─llamaban así
a don Pedro Arias Dávila, por su ávida afición a las piedras preciosas─ un
viejo de setenta años, de carácter férreo y vengativo, tan codicioso como
artero, tan legalista y meticuloso como intransigente y despótico. Le explicaba
que la colonia estaba desmesurada por los mil doscientos nuevos colonos que
habían venido con el nuevo gobernador, trayendo arcones y bolsas con ropa,
vajilla y recuerdos de familia, creyendo sin duda que iban a encontrar en
aquella Veragua lo que no podían ni
soñar en España. Pero cuando se han dado
cuenta de que Santa María no es sino un horizonte de desolación ─comentaba
De las Casas─, sin otro oro que el de las
tardes mutiladas en el incierto ocaso, sus ánimos se han crispando como un ruido
de cristales que se rompen. Quienes no han huido con Vasco Núñez de Balboa o no
han conseguido permiso de Pedrarias para regresarse a España, van y vienen
entre el quebrado término del bosque y la ribera amoldando huertos a las
ondulaciones del terreno, limpiando de maleza los escasos surcos con
polvorienta verdura y mal crecido trigo. El susurro estremecedor de la selva
les presagia alimañas, frutos venenosos y desconocidas amenazas. De modo que
reniegan de la tierra que pisan, porque los vaivenes del clima les hacen saber
que no podrán recolectar el futuro venturoso que habían anhelado. En sus
sueños, ya ni siquiera aparece el fulgor del oro. Únicamente fantasean con
simientes que germinarán en el estiércol y se rizarán como gusanos blancos, con
rábanos que ahondarán su carnosa nariz o con el latido de alcachofas y
esquejes. Puesto que su historia es una ristra de deseos inflados, de golpes de
suerte, de contratiempos, de caídas y de errores, intentan adaptarse a comer
roedores, frutas y pescados desconocidos; a soportar la luz como un bárbaro
vaho brillante; a aclimatarse al calor espeso como ciénaga; a acostumbrarse a
lo verde erguido impetuosamente en derredor suyo; a vivir en casas de
bajareque, asaltadas por insectos que les acribillan los párpados; a convivir
con una raza de hombres de quienes piensan que los van a matar por sorpresa.
Algunos de los que no comen los alimentos de los indígenas por considerarlos
hierbas o raíces sólo aptas para el ganado, entregan sayos de seda, candelabros
de bronce y aun collares de amatistas por una libra de bizcocho de Castilla.
Los más, perecen de hambre, dando quejidos y rogando "¡dadme pan!".
Mueren tantos, que los entierran en fosas comunes o los dejan sin sepultura durante semanas, por no tener
fuerza para enterrarlos. El sacerdote finalizaba la carta anunciándole que,
cuando terminase la estación de lluvias torrenciales que estaban padeciendo,
regresaría a Santo Domingo para entrar en la orden de Santo Domingo, informar
de la triste situación de la colonia al Consejo de Yndias y proponer el
nombramiento de un nuevo gobernador.
Sánchez Farfán alzó su vista
al jardín, donde la mañana era clara y vigorosa. El color dorado del cabello
sobre sus hombros realzaba la blancura de nácar de la piel de Ana; silenciosa,
estatuaria, con ojos tan bellos como el rocío en las zarzas. Y, decidió que no debía contarle nada de cuanto había
leído. Creía que un gesto secreto como ese lo acercaba demasiado a ella, tan
ausente. Y aspiraba a que, brindándole su protección día tras día, semana tras
semana, el tiempo quizás acabase acercándolos el uno al otro, hasta disolver
aquella insufrible distancia.
A los tres meses de su
llegada a Acla, Ana fue citada a comparecer ante un tribunal eclesiástico.
Sánchez Farfán comprendió entonces que las manos de Pedrarias alcanzaban lejos. El gobernador había sabido por el
bachiller Enciso por qué el abogado estaba en casa de Balboa, y comenzaba a
atacar.
─¿Sabéis lo que debéis
hacer, señora? ─le dijo a Ana.
─Responder a las preguntas
que se me hagan.
─¡Debéis mentir!
El insomnio del dolor y del
recuerdo volvió a adivinarse por un fugaz instante en los ojos de la joven,
haciéndole bajar la mirada, para repetir:
─¡Mentir!...
─Debéis hacerlo.
─No mentiré. No silenciaré
la mejor parte de mi vida.
─¿Habéis pensado en vuestro
hijo? ¿Os lo vais a dejar arrebatar por un prejuicio?
─No podéis utilizar a mi
hijo para obligarme.
─Quiero salvarlo. Quiero
salvaros a él y a vos.
─Viví feliz y libre con los
taínos durante años, y mi hijo no es fruto de un amor forzado. Nunca diré otra
cosa.
─La verdad que pongáis en el
corazón de vuestra mentira será lo único
que podrá absolveros.
─Si sois capaz de hallar
argumentos de abogado que no me repugnen y que expliquen aquellos hechos, los
repetiré─ dijo Ana tras un largo silencio.
A pesar de que durante tres
días Sánchez Farfán la hizo repetir una y mil veces las respuestas más
convenientes a todas las posibles inquisiciones, Ana estaba asustada de aquel
hervir tumultuoso de fantasmas que sentía pasar por su mente como visiones para
las que no tenía la fuerza de convertirlos en vagos recuerdos.
La sala a la que acudió era
un ámbito severo y despojado de muebles, a excepción de una mesa cubierta por un
paño de terciopelo negro donde campeaba una cruz verde. La brisa marina rascaba
los barrotes del elevado tragaluz por el que el sol se filtraba lo justo para
destellar amarillos fulgores en un crucifijo de bronce. Presidía el tribunal un
único miembro que era un viejo conocido de Ana: el franciscano Andrés de Vera.
No obstante, el epiceno fraile se comportó durante todo el interrogatorio como
si jamás la hubiese visto. Ana, de pie ante él, se percató de que las manchas
encarnadas de su rostro abotargado eran ya permanentes moraduras, que sus
ademanes eran más blandos y lentos que antaño, y que su voz meliflua ─que se
expandía por la sala con resonancia admonitoria─ se había vuelto más aguda.
─Decidme, ¿es cierto que los
indígenas con los que habéis vivido comen carne humana?
─No.
─¿Eran buenos guerreros?
─No hacían la guerra. Sólo
una vez los vi pelear: contra los españoles.
─¿Por qué lo hicieron?
─Habían violado y asesinado
a una doncella, y les querían robar su tierra.
─Cuando algún indio se
quería ir de su pueblo, ¿podía hacerlo?
─Sí. Mas no podía vender su
hacienda; pero se la podía dejar a sus parientes.
─¿Por qué andaban desnudos?
─Era su costumbre. De esta
manera anduvieron sus antepasados.
─¿Dónde creían ir después de
muertos?
─Debajo de la tierra.
Quienes muriesen en la guerra, arriba.
La mirada bovina del
franciscano se alzó interrogativa. Ana precisó de inmediato:
─Llamaban arriba donde está el sol.
─¿Creían ir con el cuerpo,
como aquí vivieron?
─Creían que el cuerpo se
pudre en la tierra y el espíritu va al cielo.
─Para ellos, ¿quién creó el
cielo y la tierra?
─Yocahu Bagua Maorocoti, eterno señor de la yuca y del mar.
─¿Sólo tenían ese dios?
─No. Tenían más dioses.
─Esos ídolos, ¿eran
espíritus, o tenían cuerpos?
─Creían que algunos tenían
un cuerpo como ellos.
─¿Qué creían qué comían esos
dioses?
─Lo mismo que ellos, pues
todo les venía de sus dioses.
─¿Tenían templos?
─Cada bohío tenía un zemi, que adoraban.
─¿Qué hacían con esos
ídolos?
─Les daban sahumerios y
pedían unas cosas y otras.
─¿Tenían libros o escrituras
para conservar las palabras de sus dioses?
─Se las transmitían
oralmente de uno a uno desde sus antepasados.
─¿Quién les mostró a hacer
aquellas figuras de los ídolos que tenían?
─Sus antepasados.
─¿Para que las tenían?
─Para pedirles salud y
dicha.
─¿Les hacían sacrificios
humanos?
─No.
─¿Ofrecían otras cosas a los
dioses?
─Cada uno llevaba a casa del
bojike lo que quería ofrendar:
pescado, maíz o pan cazabe.
─¿Quién se lo comía?
─El bojike y el bohiti, que
era su discípulo. Lo que sobraba lo daban a los niños.
─¿Podía tener un taíno más
de una mujer?
─No más de una legítima
casada. Pero algunos tenían otras con quienes se echaban.
─¿Qué le daban, o con qué
servían al cacique?
─No le daban nada, ni lo
servían. Simplemente lo obedecían como hombre principal.
─¿Vos cohabitasteis con
algún indio?
─Fui la esposa del cacique
de Huionacoa.
─¿Esposa, decís? ¿No
erais la esposa de Cecilio Támara?
─Cecilio Támara murió cuando
la nave de Nicuesa naufragó.
─¿Naufragó?
─Una galerna rompió la
embarcación en mil pedazos.
─¿Se salvó el gobernador de Veragua?
─Sólo sé que nos salvamos
micer Codro Aquileia y yo.
─¿Qué ha sido del triestino?
─Murió al sureste de Isla Juana.
Naufragamos cuando navegábamos hacia Santo Domingo.
─¿No habéis declarado que la
nave de Nicuesa se partió en mil pedazos?
─Los taínos ayudaron a micer
Codro a fabricar una especie de falucho.
─Habéis declarado ser la
esposa de un indio. ¿Celebró algún sacerdote católico ese matrimonio?
─Soy buena cristiana y sé
que los ministros del matrimonio son los contrayentes.
─Pero hace falta el
testimonio de un sacerdote católico.
─No lo había. Ni existía
posibilidad de que lo hubiera en mucho tiempo.
─¿Vuestro consentimiento fue
expresado con palabras?
─Sí.
─¿En qué tiempo verbal fue
utilizada la fórmula?
─En presente.
─¿No pudisteis esperar hasta
que apareciesen en el poblado un sacerdote?
─Quise evitar la
concupiscencia y caer en la tentación de incontinencia.
─Antes de ese
amancebamiento, que decís matrimonio, ¿fuisteis tentada por Satanás
violentamente?
─En Huionacoa el amor sonreía en los ojos de la naturaleza como en un
espejo. Susurraba en el arroyo y en los árboles. Y el alma lo respiraba hasta
en la queja melancólica de los pájaros. Era la primera vez que yo vivía en
contacto tan primitivo con la naturaleza. Y me sentí tentada, sí.
─Además de la evitación del
pecado, es necesaria la fidelidad matrimonial.
─Amé a mi marido como Cristo
ama a su Iglesia.
─La Iglesia prohíbe
severísimamente el matrimonio entre personas católicas e infieles.
─Creo que sólo para que no
haya perversión de la fe en Cristo por parte del católico o su prole.
─¿Qué garantías teníais vos
de que ello no ocurriese?
─Mi esposo me lo garantizó.
─¿Procurasteis la conversión
de vuestro cónyuge?
─Esperaba que fuese
bautizado tan pronto encontrásemos un sacerdote.
─¿Lo instruisteis en la
verdadera fe?
─Le enseñé que Dios era uno
y trino: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Que Cristo había sido concebido por la
Santísima Virgen María. Y le enseñé a rezar el Ave María.
─Vivís ahora en casa del adelantado del Mar del Sur con un cierto Pedro Sánchez Farfán, ¿es pariente
vuestro?
─Es un abogado que conocí en
La Española, y que luego volví a ver
en Isla Juana. Compadecido de mi hijo y de mí misma, nos trajo aquí.
─¿Por qué aquí y no a Santo
Domingo?
─Sólo sé que la nave
desembarcó aquí.
─¿Tiene en Acla algún
negocio concreto?
─Lo desconozco.
─¿Por qué vive en casa del adelantado del Mar de Sur?
─No lo sé. Quizás se
conocieran de vivir en La Española.
─¿No consideráis imprudente
vivir bajo el mismo techo que un hombre que no está ligado a vos por razón de
parentesco?
─He estado enferma no sé
cuánto tiempo y sin saber dónde ir.
─¿No tenéis a nadie en
Castilla?
─Soy aragonesa.
─¿No tenéis a nadie en
Aragón?
─Ni en Aragón ni en otra
parte.
─Meditad serenamente si no
os convendría embarcar para España con la mayor prontitud.
Sánchez Farfán la esperaba
en la puerta del tribunal, y en el camino hacia la casa de Balboa le rogó que
le repitiese, palabra por palabra, cuanto se había inquirido y respondido en el
tribunal. Al llegar a la casa, la aragonesa caminó directamente al jardín y
acarició a Miguelito, que jugueteaba paseando una piedrecita entre los dedos de
sus pies descalzos, con esa nerviosidad urgente que tiene la infancia al encontrarse
atada a una situación embarazosa. Apoyada de espaldas en la tapia, la aragonesa
miró la hiedra que trepando hacia las ventanas intentaban cubrir la casa, y
permaneció de ese modo hasta que la enmarcó el oro de la tarde, como engastada
para siempre en el inmediato pretérito. Cuando Anagua le advirtió que tenía
aviada la cena, enlazó a su hijo de la mano y caminó suavemente hacia la
habitación en que se tendía la mesa. Comieron en silencio, como siempre. Cuando
las coíbas se levantaron y Miguelito
besó a su madre antes de irse a dormir, don Pedro, rígido de pura atención y
sin desprender sus ojos de aquella figura con la majestad del mármol y la calma
de las piedras, dijo:
─Espero de todo corazón,
señora, que no os sintáis molesta conmigo por haberos ofrecido mi compañía sin
que me lo hayáis pedido.
Ana hizo apenas un gesto y
el blanco destello entre sus labios encarnados fue tan breve que Sánchez Farfán
no supo con certeza si había sido una sonrisa o una feroz mueca con la que
quisiera mostrar su irritación. El resto del rostro de la aragonesa mantenía su
agotada, tensa y enigmática expresión. A él le resultó tan atractiva que no
pudo domeñar la tensión de su alma.
─Supongo que os habéis dado
cuenta de que la cita ante el tribunal, y esa intimidatoria advertencia del
fraile, son graves.
Ella no contestó. Alzó un
instante los ojos y recibió la misma impresión que si hubiese visto una silueta
desconocida.
─Estoy preocupado por vos,
señora ─susurró el abogado. Y pudo observar el brillo de una punta de amenaza
no expresada en el fondo de aquellas pupilas dilatadas dentro del intenso
círculo azul del iris.
─Habéis sido extremadamente
generoso conmigo ─le dijo Ana, con sencillez─. Y os doy las gracias por ello.
Pero mi vida ha llegado a un punto en el que nada de cuanto pueda afectarme
tiene ya la menor importancia.
Y entornó de nuevo los
párpados, despojando la situación de todo misterio.
─¿Y vuestro hijo? La vida de
vuestro hijo...
Ella rompió a llorar. Pedro
se sintió avergonzado; jamás había visto llorar a una mujer de aquella manera.
Quizá por estar tan impresionado permaneció quieto, sin un solo gesto ni un
sólo movimiento, contemplándola como si se hubiese perdido en una maraña de
pensamientos que exigieran su más concentrada atención. La expresión de Ana era
pura sugerencia del más trágico dolor. Poseído por esa ilusión conmovedora
propia de los hombres que creen en la fragilidad de las mujeres, Sánchez
Farfán, con impetuosa ternura, le dijo:
─Nunca me he considerado un
marido codiciable ni por hacienda ni por virtudes. Pero mi nombre puede ser un
escudo para vuestro hijo y para vos. Aceptadme; aunque sea lo único que
aceptéis.
Ana lo miró con toda la
pujanza de su alma, que en esos instantes parecía despertar de un letargo en el
que sólo había podido temblar con cada dentellada de angustia. Sintió horror al
descubrir que el abogado temblaba sin poder contenerse. ¿Por dónde podría
escapar ella de aquella nueva perfidia encubierta bajo la forma de la
magnanimidad? El torbellino que la había sostenido en vilo acababa de
abandonarla, dejándola caer de nuevo por su propio peso, despojada de cualquier
libertad, que en esta vida es más necesaria que toda la caridad que se puede
recibir. Vio que una lágrima se cuajaba en los ojos de color de miel del
abogado, antes de que dijese:
─Si queréis, y basta con que
lo digáis, ni siquiera os he de mirar. No penséis que voy a obligaros a pagar
con vuestro corazón el derecho de asilo. De ninguna manera. Desde que os
conozco me he encontrado a mí mismo, y preferiría incluso vender mi alma al
diablo antes que dejaros marchar a vos y a vuestro pequeño lejos de mi
custodia.
Ana se fijó en que el
abogado se esforzaba por sonreír rompiendo así la rigidez de sus labios.
Súbitamente, Sánchez Farfán se alzó, caminó los tres pasos que lo separaban de
ella, la tomó por las manos y la alzó. Con un pie en esta vida y otro en una
pesadilla, Ana lo miró directamente a los ojos, y encontró en ellos una especie
de alborozo que le heló la sangre en las venas. Se debatió para soltarse, pero
él apretó con más fuerza sus manos, mientras le decía que sentía con toda su
alma lo que a ella le había sucedido. La proximidad de su rostro aterraba a
Ana. Fue como si él se esforzase por ver a través de ella todo el espanto que
quería borrar de su mente. En la retahíla pormenorizada de aquellos
acontecimientos que, ahora, Sánchez Farfán le recordaba con palabras
indignadas, no había sólo compasión, sino algo más espontáneo, más perverso y
excitante. Como un eco distante que retumbó en sus sienes, resonaron las
últimas palabras con las que guardó un silencio de tumba:
─Sólo soy un hombre que
quiere arrancaros de vuestra inmensa aflicción. Siempre y cuando no me tengáis
miedo.
Ana se desembarazó de él y
escapó corriendo al jardín. Los frondosos árboles, las flores que la brisa
mecía y las nubes rondando por el cielo amoratado dieron vueltas y más vueltas
alrededor de ella, como si el mundo fuera a desgajarse sacudido por un
torbellino; como si, dando un paso más, sus pies sólo pudieran encontrar el
vacío. La roja muralla de áloes detuvo su carrera.
─¿Me habéis comprendido,
señora? ─escuchó a sus espaldas.
Ella se volvió para mirarlo,
en silencio, a través de sus lágrimas: borroso, mera sombra sobre la oscura hiedra.
─Os amo ─concluyó Sánchez
Farfán.
─Nadie puede amarme ─dijo
ella, en tono muy sosegado, demostrando un dominio de sí misma puramente
externo, pues por dentro temblaba, sin saber a qué atenerse.
Don Pedro avanzó. Sus pasos
sisearon sobre la acedera, con empaque en medio de la paz y el silencio.
─Que yo os ame es asunto mío
─repuso él, deteniéndose a dos pasos de Ana. Ella hizo un esfuerzo sobrehumano,
y con un hilillo de voz suplicó que la dejase a solas.
─Es inútil. Es inútil
─repitió con extrema debilidad, sintiendo que en su interior se henchía una
obstinación invencible.
─¿Inútil? ─prosiguió él con
firmeza─. Podéis mostraros indiferente y no quererme, pero vos sois lo que
nunca nadie fue para mí. Nací para vos antes de que existiera el mundo. No hay
cosa feliz u hora alegre que yo haya tenido que no lo fuera porque os preveía.
Formáis parte indisoluble de mi ser.
─Imposible ─respondió Ana,
contemplándolo con un aire de expectación atenta.
Sánchez Farfán calló. Luego,
le dijo, con un tono de lúgubre curiosidad:
─No soportáis siquiera mi
presencia. ¿Es eso?
─No. Ni siquiera estoy
pensando en vos ─dijo Ana.
Y echó a andar hacia el
interior de la casa.
Durante toda la noche, la
lluvia se comportó igual que una loca. A lo lejos, el mar espumoso roncaba como
dentro de una cueva. Una inmensa aflicción perforaba el corazón de Ana de parte
a parte. Tenía que embarcarse para España, necesaria y urgentemente. Pero,
¿cómo y para qué? No poseía siquiera un peso
y estaba exhausta, azotada por la violencia de la cólera y decidida a morir
alimentándose únicamente de recuerdos. Después de haber saboreado las horas
junto a un hombre en cuya sonrisa brillaba la hora iluminada del alba, y cuya
frente sólo se hería contra los rayos dorados de la vida ¿cómo iba a vivir en
un mundo que la rodearía de recelos, ambiciones, envidias, miedos, traiciones e
intrigas que ahogarían toda instintiva aspiración de su alma hacia la confianza
y la paz? ¿En qué hondonada podría esconder su alma para olvidar la muerte de Tabey,
esa rosa de sangre abierta en su pecho? Perdonar porque se olvida sucede en la naturaleza,
donde hasta la rama más espinosa muere; olvidar porque se perdona sucede sólo
en el territorio de Dios, al que nadie tiene acceso.
Mirando a su hijo, en cuyo
dormir inocente se apoyaba la levedad última de la vida, una ola de ternura le
ascendió al pecho. Se inclinó hacia él y, suavemente para no despertarlo, le
enlazó su manita, como recordaba que hacía con ella Fatma. El aliento luminoso
de su hijo se elevó hasta ella como viento de tréboles, su piel olía a selva, a
fruta y a barro. No pudo evitar apoyar su rostro en aquel pecho leve, para
escuchar la sangre recorriendo su interior. Pero en su mente crepitó el eco de
la amedrentadora advertencia del franciscano: Meditad serenamente si no os convendría embarcar para España con la
mayor prontitud. Y, por un instante, creyó que debía acatar aquel consejo
que era una orden. ¿Qué otra cosa podía y debía hacer sino regresar a la tierra
de donde vino, para brindarle a su pequeño Miguel una vida tan feliz como la
que ella disfrutó? E imaginándose en L'Ainsa a solas con su hijo, iluminados
por el sereno verdor del valle y a la sombra grácil del océano de hayedos que
besaban la falda de las altas montañas de frente nevada, sintió que su corazón
se inflamaba con una voluptuosidad indecible. Pero enseguida cayó en la cuenta
de que nunca se puede lograr que se vuelva a repetir la hora pretérita. ¿Acaso
allí los hombres no sufrían la fiebre de acceder a una gloria forjada en tronos,
altares, audiencias de justicia y prisiones? ¿Acaso, al vivir entre ellos, su
mestizo hijo Miguel no iba a desatar el cúmulo malsano de pasiones que se
desencadenan ante el estigma de ser
distinto? Por muy grande que fuese la herencia de don Pedro de Urríes,
¿bastaría para que pudiese jugar con amigos, tener compañeros leales e incluso
aspirar al amor? En un mundo cuyos mandamientos eran: el hombre para el campo y
para mandar, y la mujer para el hogar y para obedecer; ¿cómo podría proteger a
su hijo? Únicamente Sánchez Farfán se mostraba deseoso de cobijarlos en su
casa, incluso de casarse con ella. Pero Ana no podía concebirse viviendo de
nuevo con un hombre; dentro de ella reinaba la noche de la separación
definitiva. Recordó, sin embargo, que en el primer instante en que había
sentido sus manos atrapadas por las de Sánchez Farfán para atraerla, ella no
había hecho el menor esfuerzo por librarse de su presión, tan firme e
insinuante como para hacer que la invadiese una oleada de lánguida calidez. ¿Le
había llegado la hora de tomar de la mano también a aquel hombre que parecía
más desamparado que ella misma? ¿Qué podría decirle? ¿Qué palabras de aliento o
de esperanza tenía ella? Ninguna. No recordaba ninguna. ¿A dónde podría escapar
de aquel ser compasivo que razonaba con exactitud y manos tendidas hacia ella?
Su personalidad exenta de alegría parecía no obstante irradiar calor y bondad.
Pero para ella, penetrada por las sombras más lúgubres y crueles, él era
demasiado extraño, demasiado remoto y desconocido para que su presencia llegara
a impresionarla con ternura, con fuerza y con vida. Esa ternura, esa fuerza y
esa vida que le sobraba a Tabey.
Afuera, la lluvia era un
llanto desolado e infinito que terminó por confundirse con el chirrido de los
chorlitos blancos acribillando la aurora. Cuando el cielo y la tierra enmudecieron Ana ya estaba dormida. En
sueños, sintió sobre su frente la suave caricia de unos labios y el ardor de
una lágrima; la imagen del bebé de Anagua fundiéndose con la de Miguelito llorando
en su regazo la despertó. Quizás porque su hijo ya no estaba en la alcoba, el
pánico ensombreció su rostro y corroyó el escaso valor que aun le restaba. En
dos enérgicas zancadas se plantó en el jardín. Las alondras eran flechas
disparadas contra los cúmulos de las nubes. Ana titubeó en el umbral al ver a
Sánchez Farfán enseñando a jugar al aro a su hijo. Reían como si fuesen los
únicos seres que hubiese sobre la faz de la tierra encontrándole al mundo
resortes de alegría. Ana se preguntó si el deseo de aquel hombre no nacía de
que su vida en soledad estaba incompleta sin aquella compañía inocente, sin
tiempo por detrás, breve e inverosímil como una manzana en el mar. Eso la
complació. Era en las cosas más pequeñas donde quería que alguien expresase la
lealtad que necesitaba, la lealtad de los momentos fugaces.
Al darse cuenta de su
presencia, su hijo corrió hacia ella y la abrazó. Y fue maravilloso volver a
sentir el peso de su cabecita sobre su pecho. Cuando lo dejó saltar a tierra,
avanzó hacia el abogado sintiendo que ya no le quedaba más que la angustia de
su desesperada resolución. Así que dijo:
─Seré vuestra esposa, don
Pedro.
Los casó el dominico
Hernando de Luque. En su deseo de parecer sublime a los ojos de Ana, Pedro
inició su camino de esposo de modo sentimental, cauteloso y casi paternal. La
necesidad de que todo fuese perfectamente respetable le dio no pocos
quebraderos de cabeza y momentos de auténtica angustia. No se había unido a
ella únicamente por compasión. En su pecho ─como en el de todos los hombres─
latía un amante. La escrupulosa y honorable actitud que él creía que era su
deber adoptar para siempre, a menos que ella condescendiera a hacerle una señal
en el futuro, lastraba su corazón. Si disimuló todo sentimiento no fue por
doblez, deseaba descubrir lo que aquella situación podría depararle. Para él,
Ana era como un templo ante el que uno pasa deseando asombrarse de los
misteriosos ritos que se celebran en su interior, las plegarias que se elevan,
las visiones que se tienen. Se sentía feliz de haber logrado convertirse en el
afortunado que había recibido la llave de aquel santuario, aunque no sabía muy
bien cómo emplearla. Puesto que apenas conocía a su esposa, debía tener un
cuidado inmenso para que aquella extraña situación no se redujera a cenizas.
Pero le resultaba extremadamente difícil dejar que la pasión que invadía todo
su ser se concretase únicamente en mantener una relación de sublime delicadeza
sojuzgando todas sus facultades, conduciéndolo embridado y espoleado a los
límites de la locura. Pensar que ella no lo amaba le hacía sentirse humillado,
al tiempo que redoblaba su pasión; pues el deseo y la emoción germinan con más
fuerza cuantos mayores son la adversidad y la agridulce dilación de la
esperanza. Pero, de momento, se conformaba con sentirse el más venturoso
espectador del único ser humano que, a su juicio, abarcaba el alma del mundo
entero en toda su belleza, perfección, dolor e infinitud; como quien recorre
una costa albriciado de luz y maravillado de la infinitud del mar.
A medida que el tiempo
transcurrió, Ana se enorgullecía secretamente de haberse colocado sobre el
potro de tortura sin gemir de dolor, a cambio de que Sánchez Farfán protegiese
la vida de su hijo y a ella la dejase existir en un pretérito limpio de toda
vileza y con ojos cerrados al porvenir; igual que había logrado salvarse de
perecer ahogada aferrándose a la mitad de un palo de la nave. Admiraba el
cuidado exquisito con que él quería otorgarle una existencia imposible. Y la
conmovía el esmero que ponía en procurar que se sintiera tan cómoda como fuera
posible, con una magnanimidad y delicadeza que le demostraban día a día que era
un hombre decente y cariñoso; porque, si su
amor hubiera sido egoísta, habría rebasado con mucho la ambición de su
vanidad o de su generosidad y no habría consentido esa renuncia ante la que
ningún hombre sabría si reír o temblar. Pero la entristecía que Pedro la
hubiese convertido en su ideal, con esa manía masculina de incorporar a su
conducta los sueños y la pasión que un poeta traslada a sus versos, cuya
fabricación y resultados son más preciosos que su propio yo. Sabía que eso lo
acabaría convirtiendo en desdichado; pues tarde o temprano descubriría que no
era el orgulloso dueño, sino el desgarrado cautivo de su propia indulgencia. Y
temía que aquella bien intencionada solicitud terminase por convertirse en
impaciencia e indignación, al ver que su vida se agotaba en una esperanza
insatisfecha que dejaba caer los minutos uno tras otro sobre el corazón, como
las gotas de agua que erosionan la piedra en la que cae.
La "San Cristóbal" y la "Santa
María de la Buena Esperanza" ─dos naos construidas por Balboa con
titánico esfuerzo a orillas del río Chucunaque─ habían permitido al esgrimidor, después de un sin fin de
calamidades a lo largo de casi año y medio, iniciar la búsqueda del áureo Birú del que le hablara el primogénito
de Comogre. Había navegado hacia el sur y admirado los centenares de ballenas
que surcaban las aguas de una rada que bautizó con el nombre de Puerto Peñas. Pero, a causa de la
violencia con que aquel diciembre irrumpieron las lluvias, decidió regresar al
golfo de San Miguel. Y como la broma
había perforado las quillas de las naos, tuvo que fondear en Pequeo para repararlas. Hasta allí, no
sólo llegó la noticia de que el rey Carlos I había nombrado como nuevo
gobernador al caballero cordobés don Lope de Sosa, sino que recibió una carta
de Pedrarias solicitándole que
regresase a Acla para ultimar las ayudas imprescindibles para mejor llevar a
cabo una gran expedición hacia el fabuloso Birú.
Y, como a menudo encontramos nuestro destino por los caminos que tomamos para
evitarlo, Balboa partió hacia Acla. A diez leguas de la ciudad Francisco
Pizarro, al frente de sus mejores soldados, le salió al paso.
─En nombre del rey, daos
preso ─dijo secamente.
─¿Qué es esto, porquero? No solíais vos salirme a
recibir antes así ─respondió el
esgrimidor, sorprendido.
─Hace ocho años juré en
Punta Caribana que un día me daría el gusto de veros preso. ¿Lo recordáis? Yo
gobernaba “La sanluqueña”, vos, un
cascarón de nuez.
─No me detengáis con
chanzas, que voy apremiado.
─¡También juré por Dios que
os mataría en Tierra Firme!
─Mal vino traéis, tunante.
─Sabéis que jamás lo cato.
─¡Apartaos y dejadme camino!
─No puedo.
─Considerad la afrenta que
hacéis.
─No es afrenta, sino
justicia que debo a don Pedro Arias Dávila.
─Es mi suegro. Dejad las
burlas para otra hora.
─Jamás bromeo, esgrimidor.
─Soy vuestro amigo.
─Yo no tengo amigos.
─He sido un padre para vos.
─¡Nunca tuve padre!
─Sois vos mismo quien os
llamáis hideputa.
─Puede que lo sea. Pero no
soy traidor infiel a la Corona de Castilla. ¡Ponedle los grillos!
─Si alguien me ha levantado
la acusación de traidor, es falsedad. Nunca me vino ese pensamiento. Porque, si
tal intención hubiese tenido, no habría necesitado venir a la llamada de Pedrarias. Tengo trescientos hombres en
la Isla de Las Tortugas, y cuatro navíos con los que, sin verlo ni oírlo el
gobernador, me hubiese ido por la Mar del
Sur adelante, donde no faltaría tierra en que asentarme, pobre o rico.
El regreso de Anayansi, con
inconsolables lágrimas desfigurando la belleza de sus facciones, trajo las
fatídicas nuevas a su hermana Anagua, a Sánchez Farfán y a Ana que, al escuchar
un inusual vocerío, se asomaron a la ventana que daba a la plaza. Vasco Núñez
de Balboa, encadenado y fuertemente
custodiado, cabalgaba sobre su blanco caballo, con esa peculiar majestad que tienen
los osados, urgidos por un destino épico. Una cohorte de sombras en corrillos
levantaba un eco de asombros y temores.
─¡El Tibá-Yu, con grillos y cadenas!...
─¡Parece un Jesús Nazareno!
─Con más de dos ladrones a
sus costados.
─¡A la luz del día! ¡Y por
Todos Santos!
─Me huele a traición de Pedrarias.
─¡Quiá! Es su suegro...
─Es mucha la soberbia que
tiene el Furor Dómini .
─¡Así se condene!
─¡Verdugo!
─¡Alma de Lucifer!
─¡Habíamos de verlo sin pan
y sin techo!
─Nunca ocurre tal con hombre
de almenas.
─Pizarro era su amigo… ¡Y le
ha puesto los grillos al más grande capitán de los españoles!
─El perro con rabia muerde
hasta a su amo.
─Lo corroe la envidia, como
tiña.
─Pica demasiado alto.
─¡Un bastardo!
─En Castilla, todos somos
hijos de...
─¡Schitsss!
─...de Dios.
─Anoche, junto al cuerno de
la media luna apareció quieta la estrella de Balboa. Dicen que un nigromante le
había predicho que esa era la señal cierta de su muerte.
─Nunca junto a él quedó un
soldado sin su ayuda.
─¡Enseñó la teología a
caballo y descubrió la Mar del Sur!
─¿Dónde está la antigua
justicia de Castilla?
─¡Negra Castilla de ruines
gobernadores!
A Balboa se le dio como
prisión la casa de Juan de Castañeda, la única de obra de ladrillo con una sola
puerta. Pizarro la rodeó de guardias fuertemente armados. Sánchez Farfán
evidenció el temple de su carácter y la fibra de que estaba dotado para el
cumplimiento de sus obligaciones como abogado. Acreditó que las declaraciones y
testimonios que acusaban de alta traición a Vasco Núñez y a cuatro compañeros
estaban directamente inspirados por el gobernador. Con habilidad e inteligencia
se manejó entre intrigas, rencores y traiciones. Y demostró su imaginación al
proponer soluciones que aliviasen la rivalidad entre Pedrarias y el esgrimidor ;
dos hombres a quienes les venía estrecho un Nuevo Mundo que desbordaba el
horizonte. Finalmente, se supo ganar la confianza de Gaspar de Espinosa, que
era el encargado de incoar el proceso contra Balboa.
─Son tiempos estos, señor
licenciado ─le persuadió Sánchez Farfán─, en que algunos caciques se están
alzando contra nosotros. Y estoy seguro de que sabéis que a quienes hacen
prisioneros los torturan introduciéndoles oro fundido en sus gargantas,
mientras les dicen: ¡Come oro! ¡Hártate
de oro!
─Ese es un asunto que no
viene al caso y que es de la competencia exclusiva del gobernador ─ le
respondió, espeluznado, Espinosa.
─Os recuerdo que Vasco Núñez
de Balboa, a quien los nativos llaman Tibá-Yu,
cuenta con más de treinta caciques como aliados suyos. ¿Os parece que
ajusticiar a quien temen y respetan los indígenas de punta a punta de Tierra Firme sólo compete al gobernador?
¿Os parece beneficioso para la salud de una gobernación mermada en su tercera
parte por la desesperanza y las enfermedades? ¿Va a ver con buenos ojos el rey
de España, a quien Dios guarde muchos años, que se dé vergonzosa muerte a quien
él mismo ha nombrado adelantado de la
Mar del Sur y gobernador de Panamá y Coíba? Meditadlo, señor licenciado.
Meditadlo bien.
Cuando Espinosa comunicó a
Sánchez Farfán que el gobernador había hecho caso omiso de su petición de
indulto, el esposo de Ana se embarcó en una canoa y navegó hasta Santa María de la Antigua del Darién para entrevistarse con Pedrarias. Con diplomacia, intentó
convencerlo de que una acción como aquella no sólo sería mal recibida por
Consejo de Yndias sino, sobre todo, por el obispo Quevedo, que estaba en
Valladolid visitando al rey. El Furor
Dómini le sonrió.
─Sé muy bien lo que hace ese
franciscano. Lo mismo que el Bartolomé de Las Casas. Proponen al rey que el
gobernador de Canarias, un cierto Lope de Sosa, me sustituya. Pero,
francamente, señor abogado, se me da una higa. Todo lo que vivo es de propina.
¿Sabíais que, mientras tenían lugar mis propios servicios funerales en el
monasterio de las monjas de la Cruz, en Torrejón de Velasco, me erguí del ataúd
en el que me habían enterrado tras declararme muerto y llorarme? He sobrevivido
desde entonces millares de días y mi nombre pone temblor en las lanzas.
Creedme, don Pedro, mi ocaso está bien lejos. Daré sepultura en las gradas del
altar mayor de la catedral de Santa María
de la Antigua a ese tal Sosa. En cuanto al asunto que os ha traído a mi
presencia, no tengáis pena. Recordad que Balboa es mi hijo político. Y si lo he
puesto en prisión y he mandado hacerle proceso ha sido para satisfacer al
tesorero De la Puente, que lo ha acusado de traición. De ese modo, y de una vez
por todas, sacaré en claro la fidelidad del adelantado
del Mar del Sur.
─No todo el mundo verá con
vuestros ojos esa limpieza de intención, excelencia.
─La verdad pasa por el fuego
sin quemarse, señor licenciado.
─La maledicencia anda por
soportales, bohíos, naves y siembras, con la apariencia de súbdito fiel.
─De sobras lo sé. Me llaman:
“Galán”, “Justador”, “Enterrado”,
“Pedrarias”, “Furor Dómini”...
Pero los dejo en paz. Prefiero ser temido que amado Lo irritante del amor
estriba en que requiere un cómplice. Y un Grande
de España no tiene par. Así que, esas ladinas hablillas, ¿qué han de poder
con mi alma?... Como no deberían poder con la vuestra, de quien se dice que
vivís con varias indias en casa de Balboa, y que os echáis con una cacica por
quien la Iglesia siente una peligrosa curiosidad.
─¡Doña Ana Aniés es mi
esposa!
─¡Naturalmente!... Y Balboa
está casado con mi hija.
─Me alegro de que
consideréis a Balboa como vuestro hijo. Porque os complacerá saber que para él
y sus compañeros he pedido la apelación a la Corona, que en derecho les
corresponde.
En la sala de decente
blancura que amortajaba la pasión roja de la caoba, el tirano sonrió al
despedir a Sánchez Farfán. Pero su irritación era tal que, al día siguiente, al
frente de veinte hombres, cabalgó las trémulas tierras que exhalaban el humo
gris de la lluvia torrencial de las noches. Atravesó manadas de bosques,
tierras agostadas, cortinas de montañas y granitos desnudos que bordeaban el
mar, mientras se juraba que ninguna apelación a la Corona iba llegar antes que
él; tan acostumbrado a seguir el camino del asesino a la víctima, de la víctima
al castigo y del castigo a la siguiente ejecución.
Al séptimo día se plantó en
Acla para entrar a saco en los escrúpulos del licenciado Espinosa.
─¡Ese esgrimidor es reo de traición! Lo ha confesado Garavito, su propio
lugarteniente.
─Quizá lo ha hecho con
doblez... Al parecer, bebe los vientos por la india de Balboa ─respondió,
tímido, el licenciado.
─¡Como juez, debe bastaros
su declaración!
─Pero, mirad, vuecelencia,
que los muchos servicios que Balboa ha prestado al rey merecen que se le
otorgue la vida.
─¡Más altos adarves se
hundieron!
─Quizás haya pecado de
debilidad…
─¡Preguntad al bachiller
Martín Fernández de Enciso con qué debilidad lo despojó de su cargo! ¿Fue
debilidad haber propagado noticias erróneas, para hacer fracasar la expedición
de Enciso y llevar a la muerte a un buen puñado de bravos soldados? ¿Fue con
debilidad como se desembarazó de Enciso para ser nombrado alcalde? ¿Fue por
debilidad por lo que propaló la falacia de que todo el oro de Tierra Firme provenía de Dabaibe, consiguiendo que las tribus de Abanumaque, Abibaibe y Abraibe hicieran un espantoso descalabro
a nuestras tropas?... Inquirid a los indios con qué habilidad los ha maltratado
en contra de las leyes de la Corona. ¿Consiste sólo en debilidad haber dado
informes falsos ¡al mismísimo rey! sobre la enorme riqueza del Darién y del Mar del Sur, para que lo nombrase adelantado y gobernador de Panamá y Coíba? Si a todas esas indignidades las llamáis debilidad, ¡por
Cristo, que esa debilidad causa mayores estragos que la traición!
─Quizá el Consejo de Yndias...
─¿Cuándo se sacó algo de
tres frailes? Su reino no es de este mundo.
─Pues, en última instancia,
el propio rey.
─Es flamenco y no habla
nuestra lengua.
─Pero el Real Consejo de la
Corona...
─¡Yo soy la Corona aquí! Y
redactaré de mi puño y letra la declaración de los crímenes de Vasco Núñez de
Balboa!
Mas, como es destreza en los
poderosos encubrir su abyección mediante promesas, pasó Pedrarias a contar al licenciado sus planes de explorar el Mar del Sur y fundar una nueva colonia
menos insalubre que Santa María de la
Antigua. Para esa expedición contaba con Espinosa como adelantado, y pensaba regalarle los dos bergantines que el esgrimidor había construido en el río Chucunaque. Ni qué
decir tiene que el artero licenciado volvió a poner manos al proceso, en el que
el que Hernán Muñoz, Fernando de Argüello, Andrés de Valderrábano, Luis Botello
y Vasco Núñez de Balboa eran sentenciados a la pena capital. La ambición de
riqueza es lo más mezquino y despreciable que la naturaleza puede conceder al
temperamento de un hombre; por eso, se la concede a los necios más ramplones, a
quienes nada más puede proporcionar.
Cuando Espinosa se lo
comunicó a Sánchez Farfán, el abogado se quedó estupefacto. No podía concebir
tan atroz vileza. Pensativo, caminó hacia casa de Balboa con pasos mesurados,
como si temiese quebrar el silencio que había caído súbitamente sobre aquella
tierra afligida. Entró en la sala donde estaba Ana intentando dar consuelo a la
desolada Anayansi. Permaneció de pie, inmóvil, y les dirigió una mirada que
reflejaba con evidencia la decepción y humillación de su alma. Ana lo miró como
si la vida del abogado dependiera de la inquebrantable firmeza de sus ojos. La
alargada sombra del abogado se proyectaba hacia el jardín donde se remansaba la
tarde, mientras Anagua y Miguelito jugaban entre la vida benigna de las
plantas. Don Pedro miró a Anayansi y presintió que la negra galerna que la
cercaba podía conducirla a una decisión irremediable. Sus ojos buscaron la
transida faz de Ana y le suplicó con un mudo gesto que ayudase, como sólo ella
podía hacer, a extirpar de la desgraciada coíba
sus ganas de acabar. Y caminó hacia el jardín igual que si fuese a degollar
aquel enero intenso. Como un dardo, una golondrina salió de los áloes y lo detuvo,
haciéndole que le fallase el corazón. Súbitamente, abrió sus brazos y los
levantó rígidos sobre su cabeza, como si intentase evitar el desplome del
firmamento. A Ana le pareció que susurraba algo inverosímil:
─¡A fuerza de apiadarnos de
las desdichas de los héroes, concluiremos apiadándonos con exceso de las
desdichas propias!...
Pero sin duda se debía haber
equivocado, porque la voz de don Pedro, dirigiéndose a Anagua y a Miguel, sonó
clara y diáfana, diciéndoles:
─Si la luna tiene esta noche
un cerco rojo, mañana lloverá.
Hacía varios días que venían
apareciendo a lo lejos unas nubes bajas, masas blancas de bordes sombríos casi
sólidas en apariencia y no obstante cambiando incesantemente de forma. De la
plaza llegaba el eco sordo de los serruchos y martillos que levantaban a
marchas forzadas el patíbulo.
Terrible en clamor, al alba
se derrumbó el cielo verdoso en abatimiento de agua y de sombra. Bajo el
temporal intenso, la embarrada Acla era un desierto viscoso y aborrecible a
todas las miradas. Sin embargo, Pedrarias
ordenó que lo transportaran en una litera al interior de un bohío situado a
doce pasos del cadalso, para mirar la ejecución a través de los dedos de luz
gris que bardaban las paredes de caña. Su ira fue arreciando a medida que la
lluvia silbaba más y más entre la negra fronda y una blanca niebla terral
vagaba rodeando el patíbulo en medio de la plaza lacerada. Dos escuadras de
soldados, mandados por Francisco Pizarro, aguardaban a pie firme que el
gobernador diera una orden; sus lorigas sonaban con el estrépito de millares de
clavos de hierro vaciados en una palangana. Durante toda la mañana las flechas
de lluvia se arquearon en centelleante cascada sobre los tejados de guano. Pedrarias comió dos palomas torcaces y
una papaya, mientras galeones de nubes guerreaban con relampagueantes ráfagas
azules y el furor de la lluvia chirriaba sobre los charcos, como aceite
hirviendo. Toda la tarde la lluvia fue una espesura inmóvil. Pero antes del
crepúsculo, de pronto, escampó; el diluvio, lleno de orgullo, se marchó mar
adentro y la luz del sol miró por una rendija. Pedrarias alzó la mano a Pizarro.
Los tambores atronaron la
hosca villa, y de la casa de Juan de Castañeda, escoltados por la tropa de
Pizarro, salieron los reos. En mangas de camisa y con las manos atadas a la
espalda, caminaron hacia el patíbulo Vasco Núñez de Balboa, Luis Botello, Hernán
Muñoz, Andrés de Valderrábano y Fernando de Argüello; sus botas chapotearon los
arroyos de barro. Alcaravanes y gaviotas volaban en círculo hacia el mar
Pacífico. Un nimbo escarlata aureolaba el agobiado sol, que formó sobre Acla el
arco iris. Los reos ascendieron al cadalso. No había un alma en la calle y el
silencio era cada vez más grande. Gaspar de Espinosa y un pregonero salieron de
un bohío. Sorteando los goterones que desprendían los aleros de las casas y
patinando sobre el fango, se acercaron al rollo de madera de ceiba que ocupaba
el centro de la plaza. El licenciado Espinosa ordenó clavar en él el pregón con
la sentencia de muerte. El redoblar de los tambores cesó y el pregonero leyó en
voz alta:
─Esta es la justicia que
manda hacer el rey nuestro señor don Carlos Primero de España, y don Pedro
Arias Dávila en su nombre: a Vasco Núñez
de Balboa, a Luis Botello, a Hernán Muñoz, a don Andrés de Valderrábano y a don Fernando de Argüello, mandándolos
degollar por traidores y usurpadores de las tierras sujetas a su real Corona.
─¡Mientes! ¡Mientes tú y
quien te lo manda! ─gritó Balboa─ Es mentira y falsedad que se me levanta.
Nunca por el pensamiento me pasó tal cosa, ni pensé que de mí tal se imaginara.
Antes bien, siempre fue mi deseo servir al rey como fiel vasallo y
aumentarle sus señoríos con mi poder y
fuerza.
Su voz se apagó sobre el
fango de la vacía plaza. Un moñudo y verde pájaro planeó majestuoso y dio un
golpe con su negro pico en la frente de Pizarro, tirándole por tierra el casco.
El verdugo, con un tufo muerto a aguardiente y la vaga mirada de un sonámbulo,
le pidió con respeto al esgrimidor
que se arrodillase y pusiese la cabeza en el tajo.
─Jamás me arrodillé ante
nadie que no fuese Dios Nuestro Señor ─dijo con orgullo Balboa─. No lo haré
ante la muerte
Pizarro alzó la vista hacia
el rostro de esgrimidor y fue presa de un sudor helado. Las lágrimas
le punzaban los ojos. Se llevó el pulgar a los labios y se persignó
rápidamente. Descendió luego su nervuda diestra para aferrar la empuñadura de
su espada. De un furioso tirón, que chirrió como un rabihorcado precipitándose
sobre un banco de jureles, sacó su acero de la vaina, meció hacia atrás la hoja
y la lanzó con fuerza hacia el verdugo, que con las dos manos detuvo su vuelo.
Luego, el verdugo beodo la echó hacia atrás de sus hombros mientras sus labios
mudos pedían fuerza a sus manos. Y de un feroz tajo segó la cabeza de Vasco
Núñez de Balboa, que trazó un sangriento arco en el aire y se hundió en el
barro. Borboteando hirviente espuma escarlata en el cuello desguazado, su
enhiesto cuerpo vaciló un instante como la proa de una nave empapada por la luz
horizontal del ocaso. Finalmente, se desmoronó e hincó las rodillas antes de
caer tendido sobre los tablones del patíbulo.
Una nube de mosquitos
penetró por las hendijas de las paredes del bohío donde estaba escondido Pedrarias y se lanzó contra sus ojos en un ataque que lo
enceguecieron en llanto. La desesperación le hizo mearse en las calzas. Con los
dientes apretados y a grandes trancos abandonó el bohío. Chapoteando en los
charcos subió a la silla de manos y ordenó que lo sacasen de la plaza. La luna
comenzó a afilar sus cuernos gemelos en la racha de estrellas cuando la cabeza
de Fernando de Argüello ─el último en ser degollado─ rodó hasta el ajado
repostero que cubría la sexta parte del cadalso; boquiabierta y con los ojos
exultando de terror. El silencio se hizo tan opresivo en la noche que se podían
oír los túneles de aguas pardas rugiendo en los mangles.
Antes de que la luz de la
aurora envolviese a Acla, Anayansi, crecida sorpresivamente de las sombras,
caminó hacia el cadalso, con esa melancolía que los fantasmas sienten al volver
a sus tumbas porque en ellas el futuro da marcha atrás. Había escogido el
momento oportuno: los guardias dormían a los pies de las enhiestas picas por
las que aun goteaba la sangre de las cabezas ajusticiadas y ensartadas en
ellas. La coíba se agachó bajo la
pica que exhibía la cabeza pelirroja del adelantado
del Mar del Sur y escarbó con furia
la tierra oscura hasta que sus manos se le quedaron rojas y laceradas. La pica
cedió con un gemido leve, que hizo a uno de los guardias cambiar de postura
para acomodar mejor la hondura de su sueño. Anayansi dio un salto felino hacia
la mitad del asta y se quedó colgando, tirando con toda la fuerza de su cuerpo
hacia el suelo como un rábano ahonda su raíz. Finalmente, la pica se tambaleó,
tan lentamente como un helecho acariciado por el inicio de una brisa. La hija
de Chimba avanzó lentamente a pulso hasta la cima de la pica. Sus ojos estaban
a un palmo de los labios yertos de
esgrimidor cuando la pica cedió totalmente y cayó sobre el rocío de las
ortigas. Anayansi se revolvió en aquel mar verde oscuro que escocía toda su
piel de bronce. Se puso a gatas, y se le heló el corazón cuando sus manos
rozaron la barba roja de Vasco Núñez, que la miraba desde las glaucas burbujas
de sus ojos con la vacua fijeza del aventurero temerario que atraviesa en un
relámpago el raro paisaje de sus mapas del futuro. De un seco tirón desclavó la
cabeza y, con ella entre las manos, volvió a caer de espaldas sobre las
ortigas. La sacudida cerró los párpados de Balboa para siempre. Anayansi le
besó con furia los labios.
Anagua pensaba que los
frondosos árboles de la bahía eran distintos de su reflejo; también ella misma
y la canoa donde esperaba a su hermana. Le parecía que estaba viendo árboles,
canoas y mujeres distintas. Unas, agazapándose al borde del embarcadero; la
otra, ahogada con impersonal semblante debajo. Al alzar la mirada con angustia,
vio a Anayansi cojeando por la acanalada playa. A pesar del dolor de todos sus
miembros, corría hasta meterse en el mar. Ayudada por Anagua, saltó a la frágil
embarcación y se acurrucó en la popa, llevando sobre las rodillas la cabeza del
hombre a quien tanto había amado. Su hermana asió con fuerza los remos, y la
canoa resbaló por los hendidos bordes de los bajos con rumbo al ignoto y
tenebroso poniente.
A primeras horas, en la
plaza de Acla, la desaparición de la cabeza del esgrimidor desató entre los congregados ese cinturón trémulo que,
fraguado en el miedo y la superstición, desenvolvía la música perdida de las
leyendas. Los bohíos de los indígenas se conmovían con largas notas de caracolas
que golpeaban en la frente de cobalto de la bahía. Los efluvios de la brisa
traían el rumor de incontables bandadas de palomas pardas y quiscales negros. Un mendigo gigantesco
─harapos militares, ojos llagados por la peste y un cayado en su mano
sarmentosa─ alzó su voz oscura y gangosa en la que la tristeza de su alma de
siervo se arrastraba como una larva:
─¡Arrepentíos, cristianos!
¡Arrepentíos, torvos gavilanes! ¡Emponzoñasteis la tierra prometida con vuestra
soberbia, vuestra envidia y vuestra avaricia! ¡Sin reparar en que os pudriréis
en la huesa y os esperan las llamas del infierno! ¡Arrepentíos, cristianos!
¡Arrepentíos, torvos gavilanes! ¡Habéis cedido al miedo y cubristeis el nombre
de Castilla de vergüenza, dejando degollar al último de los Amadises!
En ese medroso instante,
chapotearon en el fango los cascos del blanco caballo de Balboa que, a galope
tendido entre armados henequenes se
abrió paso en la plaza. Los lagartos se internaron de un salto en los bohíos.
El corcel dio tres vueltas al patíbulo, sin que nadie osase detener su carrera;
la línea divisoria del aire venía rodeando su estela. Finalmente, refrenó el
paso y, a trote lento, terminó por encararse al rollo de ceiba, donde todavía
permanecía clavado el pregón con la sentencia firmada por Espinosa y Pedrarias. Abrió los belfos y asió el
pergamino. Luego, lo hizo pedazos con los dientes y desapareció al galope.
Cinco días más tarde, Pedrarias partió con una pequeña tropa a
las playas del Mar del Sur para parodiar la toma de posesión que Balboa
hiciera del Océano Pacífico. Enarbolando en su diestra una bandera de tafetán
blanco en la que figuraba la imagen de Nuestra Señora, hincó las rodillas en el
suelo, mandó tañer las trompetas y dijo a voces:
─¡Oh, madre de Dios!, amansa
la mar y haznos dignos de estar y andar debajo de tu amparo. Debajo de lo que
se pliega, descubramos estos mares y tierras del Mar del Sur y convirtamos las gentes de ellas a nuestra santa fe católica.
En casa de Balboa la madera
crujía lastimada hasta por las lanzas del sol o los labios de la brisa. Como un
hombre exhausto al borde del colapso, Sánchez Farfán permaneció más de una
semana encerrado en sí mismo, como si su memoria se hubiese erguido ante él y
lo contemplase. Finalmente, con la fe de la rama vencida por el fruto, salió al
jardín y se dirigió hacia su esposa, que bordaba sentada en un duho bajo la sombra del magnolio. La
saludó inclinando su cabeza y le comunicó que había decidido abandonar su
oficio de abogado para dedicarse a la agricultura. Nada podía complacerle ya
más que trabajar con las manos el resto de sus días. En adelante, quería ser el
único responsable de cuanto hiciera. Necesitaba volver la espalda a las miradas
en las que el mundo ardía en crímenes. No se podía permitir ni una sola lágrima
más por algo que hubiese tolerado contra su voluntad. Así que se uniría a un
grupo de castellanos: Francisco Hernández de Córdoba, Bernal Díaz del Castillo,
Antonio de Alaminos, Juan Álvarez de
Huelva y Juan Tébar de Lería, para ir a Isla Juana.
─Comprendo, doña Ana, que no
puedo encender en vos la llama del amor, y no deseo más de lo que me dais. El
cielo sabe que os amo con toda mi alma y que daría mi vida por hacer de
nosotros mismos el retiro donde escondernos ante el insulto del mundo. Pero
renuncio a mi ocasión y a mi suerte ─añadió, en voz baja, con tristeza─. Si
queréis regresar a España no me opondré. Acabo de recibir de La Española el dinero que puso bajo mi
custodia el infanzón Cecilio Támara para que lo administrase como vuestro
tutor. Os lo devolveré, como corresponde. Si queréis regresar a España haré que
pongan en venta vuestra casa de Santo Domingo que, aunque poco, algo más
añadirá a ese dinero. Pero, de todos modos, yo os proveeré los pasajes y
correré con los gastos que en adelante necesitéis.
─No deseo regresar a España
─dijo Ana─. Quiero estar a vuestro lado.
Estaba tan hierática, que don
Pedro dudó de que las palabras hubiesen surgido de ella.
─No podéis echarme de ese
modo ─concluyó su esposa, con energía─. No pienso irme de vuestro lado. No os
quiero abandonar. Y Miguel, tampoco.
Se alzó del duho y, con la solemnidad con que una
firme carabela hiende las aguas envueltas por la niebla, recorrió los seis
pasos que la separaban de Sánchez Farfán y se abrazó a su cuello. Bajo las
sombras del magnolio, su rubio cabello le caía por la espalda formando una masa
tan oscurecida como el cabello de una ahogada. Estuvo a punto de abandonarse y
caer al suelo, pero don Pedro no retiraba el brazo con que la sostenía contra
su pecho con fuerza indudable. Era hermoso verla tan de cerca y en estado casi
salvaje. Le invadió una extraña paz, al tiempo que experimentaba una gran y
humilde gratitud. La inmensa dicha que lo embargó hizo que sus tinieblas se
disiparan por completo. Sentía cómo el amor por ella perduraría en él. Sufría
el enmudecimiento y la vacilación que experimentan las almas ante la magnitud
de un cambio que va desde el borde de la desesperación a la consumación de una
alegría suprema. Las palabras de Ana y aquel abrazo cambiaban para él la vida y
el mundo. Se veía envuelto por una felicidad tan ligera que no la sentía, tan
repentina que no podía creerlo, tan dulce que al final adquirió una sensación
de sosiego increíble. Y, sin embargo, no se veía capaz de repetirle una vez más
cuánto la amaba. Era algo que no se podía expresar con palabras, algo que sólo
cabría demostrar día a día, a todas horas, durante la larga vida que tenían por
delante. Solícito, inclinó la cabeza sobre Ana y le besó la frente con emoción
infinita.
La aventura de la conquista
de Yndias fue una prolongación del estado militar en que dejó a Castilla la
guerra contra el musulmán, sirviéndole a la vez de estímulo, en contraposición
al interés civil y al progreso, afectados por el militarismo exclusivo. La
salida de la Edad Media surgió del cansancio de seguir sosteniendo los días
atravesados por símbolos. Los castellanos, hartos de penitencia y destino
predeterminado, empezaron a presumir que las ventajas de la vida eterna quizás
estaban exageradas por los teólogos. Y, por tanto, decidieron convertirse en
los únicos dueños del laberinto que tramasen sus pasos. De ese modo renacieron
como individuos. Después de los primeros viajes de Colón comenzaron la
conquista de la Tierra Firme : la
esperanza de hallar un país donde todos los deseos serían prodigiosamente
satisfechos, un país donde caerían definitivamente las cadenas, un país donde
se podrían refrescar las frentes heridas
por el despotismo, la pobreza y el servilismo. Pero esa ardiente ilusión
terminó por convertirse en un árbol cuyas desmedidas ramas acabaron por quitar
al tronco castellano toda su savia y sólo sirvieron para dar sombra
Puesto que lo nacido de la
cólera termina siempre en vergüenza, Gaspar de Espinosa se posesionó de las
naves que Balboa construyera, y,
llevando como piloto a Juan de Castañeda ─el carcelero del esgrimidor─, fundó la ciudad de Panamá; de la que Pedrarias nombró a Francisco Pizarro
regidor y alcalde, tras trasladar a ella
la capitalidad de Veragua. Las
treinta tribus indígenas que habían sellado su alianza con Vasco Núñez de
Balboa se confederaron y arrasaron Santa
María de la Antigua del Darién.
Francisco Hernández de
Córdoba, tras haber viajado a Cuba con Ana y Sánchez Farfán, se embarcó en una
expedición que tuvo como resultado la fundación en Nicaragua de las villas de
Bruselas, Granada y León. Precisamente en ésta última, Pedrarias lo inculpó de traición y lo mandó degollar; demostrando
que es condición de la maldad reiterarse. Mas como la misericordia divina
premia sin hacer distingos entre los humildes y poderosos que la han impetrado,
el tiránico Furor Dómini murió a la
avanzada edad de 91 años, reconfortado con los últimos sacramentos, y en paz y
gracia de Dios.
Bartolomé de las Casas tomó
el hábito de dominico, para emular al fraile que predicara por vez primera a
favor de los indígenas en el Nuevo Mundo aquella tarde lejana de Santo Domingo
a la que asistió Ana. Dedicado con obsesión absorbente el resto de sus días a
luchar contra la ilicitud de la guerra contra los indígenas y la institución de
la encomienda, escribió “Historia de las Yndias” y la “Brevísima relación de la destrucción de las
Yndias”. Pero, al entregarse con toda la vehemencia de su alma a salvar del
exterminio a los nativos, permitió que Carlos I concediese licencia a los
castellanos para introducir esclavos negros en las islas del Caribe.
Uno de sus opositores más
enconados en la Controversia de
Valladolid habría de ser el bachiller don Martín Fernández de Enciso,
empecinado negador de la humanidad de los indígenas y defensor a ultranza de la
conveniencia de hacerles guerra. Y, puesto que a fuerza de repetirnos lo que
hubiéramos debido hacer terminamos por creer que es imposible no haberlo
realizado, plagió gran parte de la obra del portugués Andrés Pires y la publicó
con el nombre de "Summa
Geographica".
Convencido de que la
santidad sólo se obtiene en medio del peligro, fray Andrés de Vera se embarcó
en una expedición hacia las costas de la Baja California. Desgraciadamente, su
nave naufragó y él fue hecho prisionero por los indios yumas, entre los que vivió como esclavo durante más de diez años;
hasta que una serpiente cascabel se apiadó del epiceno franciscano y mandó su
alma al Reino de los Cielos.
Pánfilo de Narváez fue
enviado a México con una armada de dieciocho naves y ochocientos hombres, para
despojar a Hernán Cortés de sus atribuciones y hacerse cargo de la conquista;
pero, como gran parte de su hueste se pasó al bando de Cortés, salió derrotado.
Diez años más tarde, una tormenta acabó con su vida en las costas de Florida.
Francisco Pizarro reclutó a
sus hermanastros como capitanes en Tierra
Firme. Al llegar a los cincuenta años compró una de las naves de Balboa y,
en sociedad con Diego de Almagro ─el asesino del sáhila de Careta─, emprendió la descomunal empresa de la conquista
del Birú ; es decir, del Perú. Como
recompensa a esta alianza, su hermano mayor, Hernando, encarceló, estranguló, y
más tarde mandó degollar públicamente a Diego de Almagro, y acabó sus días en
su Trujillo natal, como pobre de solemnidad. El hijo de Almagro vengó la muerte
de su padre asesinando a un Francisco Pizarro ya de setenta años; que, a pesar
de haber sido premiado con un marquesado y mandar como virrey sobre un
territorio cuya superficie doblaba con creces la de España, expiró pidiendo
confesión, sin que nadie trazase sobre él la señal de la cruz diciendo: “Dios te perdone”. El menor de sus
hermanos fue ejecutado por el virrey que sucedió a Francisco en la gobernación
del Perú.
Ana Aniés, Pedro Sánchez
Farfán y el pequeño Miguel se instalaron en el valle de Huionacoa, cerca del cual Diego Velázquez había mandado construir
una villa a la que bautizó con el nombre de Santísima Trinidad. El resto de sus
días transcurrió sin nudos ni metáforas, sencillamente, según la piel y el
ritmo del corazón.

